Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.
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Capítulo 5: La última ilusión
Punto de vista: Alana
El aroma a madera de sándalo y lluvia fresca me envolvió antes de que abriera los ojos.
Ahí estábamos otra vez. La misma terraza suspendida entre las luces doradas, pero esta vez el viento de la noche se sentía extrañamente más denso, más cercano, como si la frontera entre esta ilusión y la realidad se hubiera vuelto delgada como una hoja de papel.
Sentí sus brazos rodear mi cintura desde atrás con una presión firme y casi dolorosa, pegando mi espalda a la solidez de su pecho desnudo. Un escalofrío me recorrió de la nuca a los pies cuando rozó con sus labios la curva sensible de mi cuello.
—Llegas tarde... —murmuró contra mi piel con esa voz grave que me hacía temblar entera—. Empezaba a pensar que no vendrías esta noche.
Me giré entre sus brazos para mirarlo a la cara. Esos ojos azules como el océano profundo me observaban con una mezcla de fiera posesión y un cansancio sutil que nunca antes le había visto. Enredé mis dedos en su cabello castaño claro, sintiendo el calor real de su piel bajo mis palmas.
—Tuve un viaje largo... —admití en un susurro agitado, dejando que mis manos bajaran por sus hombros musculosos—. Soñar contigo después de un día tan pesado debería sentirse como un descanso, pero solo logras encenderme la sangre.
Él dejó escapar una risa baja y oscura, inclinándose para atrapar mis labios en un beso voraz y dominante. Su lengua se abrió paso con exigencia, saboreándome como si fuera la última vez, mientras sus manos bajaban hasta mis muslos para levantarme en el aire. Lo rodeé con mis piernas por instinto, acorralada contra el ventanal mientras el placer comenzaba a latir con fuerza entre mis piernas.
—No quiero ser un descanso, preciosa —susurró contra mi boca, acelerando el roce de nuestros cuerpos con una urgencia brutal—. Quiero ser tu única distracción. Mañana tengo que enfrentarme a un circo corporativo que aborrezco... y solo pensar en despertar me enferma.
—Yo también tengo que empezar en un lugar nuevo mañana —respondí entre jadeos, arqueando la espalda cuando sus labios descendieron hacia mi escote, dejando un rastro ardiente a su paso—. Mi primer día de pasantía... en una gran empresa.
Él se detuvo un segundo, mirándome a los ojos con una intensidad que me heló la sangre.
—¿Pasantías? —preguntó, acariciándome la mejilla con el pulgar—. ¿En qué ciudad estás, preciosa? Dime qué suelo estás pisando ahora mismo.
—No podemos... sabes que el sueño se rompe —le advertí, sintiendo cómo el ambiente a nuestro alrededor empezaba a vibrar peligrosamente.
—¡Dímelo esta vez! —exigió con voz rasposa, apretando mi cintura con desesperación—. Estoy harto de que seas solo una fantasía para liberar estrés. Dime dónde estás.
El paisaje comenzó a temblar. El brillo de la ciudad dorada empezó a difuminarse en un parpadeo de sombras y el calor sofocante de su cuerpo comenzó a enfriarse gradualmente.
—Estoy... en Los Ángeles... —logré articular, sintiendo que la garganta se me cerraba.
Sus ojos azules se abrieron de par en par, llenos de un choque eléctrico de sorpresa.
—¿Qué...? —alcanzó a pronunciar él, estirando la mano mientras la niebla nos separaba—. ¡Yo también estoy en...!
El sonido estridente de la alarma de mi teléfono me arrancó del sueño de golpe.
Me senté en la cama de un salto, respirando agitadamente con la cabeza dando vueltas y el corazón latiendo a mil por hora. Miré a mi alrededor: la habitación de mi nuevo departamento en Los Ángeles, la luz del sol matutino filtrándose por la ventana y la pantalla del celular marcando las 6:30 AM.
Me llevé las manos a las mejillas ardiendo.
—¿Los Ángeles...? —murmuré para mí misma, aún conmocionada—. Hasta en mis sueños mi subconsciente acomoda la escenografía a la ciudad donde estoy.
Me levanté de la cama intentando sacudirme la sensación de sus labios en mi cuello. Hoy era el gran día. No podía darme el lujo de perder la cabeza por un fantasma creado por mi mente.
Me duché con agua tibia para espantar el cansancio, me arreglé con un traje sastre moderno y elegante en tono beige que resaltaba mi figura esbelta de 1.70m, y dejé mi cabello castaño oscuro caer en ondas naturales hasta mi cintura. Un maquillaje sutil resaltaba mis ojos color ámbar.
A las 7:30 AM, Mateo tocó a mi puerta. Lucía impecable con un traje azul marino que se ajustaba perfectamente a su complexión atlética.
—¿Lista para conquistar el imperio Hale? —preguntó con un guiño confiado, ofreciéndome el brazo.
—Lista —sonreí, ajustando la correa de mi maletín de bocetos.
Caminamos las dos cuadras que nos separaban de la imponente torre de cristal de Hale Developments. Al cruzar las puertas giratorias de la entrada, la majestuosidad del vestíbulo de mármol y acero nos dejó sin aliento. Decenas de ejecutivos caminaban a prisa con sus cafés en mano y los ascensores panorámicos subían y bajaban sin cesar.
Una recepcionista nos guio hacia el piso catorce, directo a la Sala de Juntas A.
Allí ya se encontraban otros seis pasantes de distintas partes del mundo, conversando en voz baja con evidente nerviosismo. Mateo y yo nos acomodamos en uno de los extremos de la enorme mesa de cristal.
Pocos minutos después, la puerta doble de la sala se abrió de par en par.
Un hombre alto, de 1.85m, con un estilo desenfadado pero elegante y ojos avellana, entró sonriendo con una carpeta bajo el brazo.
—Buenos días a todos. Soy Lucas Vance, Director Creativo y Arquitecto Principal —se presentó con amabilidad—. Les doy la bienvenida a Hale Developments. En un momento se unirá a nosotros el CEO para darles la apertura oficial del programa.
Mateo me dio un codazo leve con una sonrisa. Yo suspiré para calmar el aleteo en mi estómago.
Y entonces, el aire de la habitación pareció congelarse.
Pasos firmes y pesados resonaron en el pasillo exterior. La puerta se abrió nuevamente y un hombre de 1.90m, de espalda ancha, hombros imponentes y figura musculosa perfectamente ceñida en un traje a la medida color gris marengo, cruzó el umbral.
Tenía el cabello liso castaño claro peinado con elegancia ejecutiva. Su mandíbula marcada y su porte dominante llenaban cada rincón de la sala.
Cuando levantó la vista para recorrer a los presentes, sus ojos azules como el mar profundo se clavaron directamente en los míos.
El café que Mateo tenía en la mano estuvo a punto de caérsele. A mí se me cortó la respiración por completo. El mundo a mi alrededor perdió el sonido y el color.
Era él.
El hombre de mis noches. El hombre con el que había hecho el amor hacía apenas una hora en mi mente. El hombre que creía haber inventado.
El CEO de Hale Developments se detuvo en seco en medio de la sala. Su mirada azul se fijó en mi cabello castaño hasta la cintura y en mis ojos color ámbar. Vi cómo el color se le iba sutilmente del rostro y cómo sus puños se apretaban a los costados, incapaz de dar un solo paso más.
—¿Alex...? —murmuró Lucas a su lado, mirándolo con preocupación al notar su parálisis.
Él no me quitaba la mirada de encima. Estaba viendo a su fantasma... respirando frente a él en la vida real.