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EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Embarazo no planeado / Posesivo
Popularitas:419
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.

Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.

Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.

Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.

Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Moneda de cambio

A mitad de semana, la universidad se había convertido en un trámite borroso y completamente insustancial. Las clases de la tarde pasaron como una tortura de murmullos lejanos, pizarras blancas y apuntes que no lograba retener en la cabeza, porque mi mente -y mi cuerpo entero- seguían atrapados en el búnker en el que habíamos convertido mi casa.

En cuanto el profesor cerró el libro y despidió al grupo, salí disparada del aula casi pisándome los talones. Liam ya me esperaba recargado contra su auto en el estacionamiento, con las manos en los bolsillos de la chaqueta negra y esa mirada afilada que parecía desvestirme a cincuenta metros de distancia. No medimos palabra. Apenas abrí la puerta del copiloto y me tiré en el asiento, él ya había puesto el motor en marcha con una agresividad contenida, pisando el acelerador rumbo a casa con la urgencia de quien regresa a su territorio de caza.

Llegamos en tiempo récord. El pestillo de la puerta principal apenas terminó de girar cuando las manos de Liam ya me estaban emparedando contra la madera, devorándome los labios con el hambre acumulada de seis horas de clases separados.

-Te tardaste una eternidad, Zoé -me gruñó contra la boca, con la respiración ya alterada, mientras me levantaba en vilo para que enredara las piernas en su cintura.

-Culpa al maldito decano y su discurso eterno -le respondí con una risa traviesa, mordisqueándole el labio inferior antes de dejarme arrastrar pasillo adentro.

Hacía tres días que habíamos iniciado el encierro, y el balance era una auténtica locura. Si alguien hubiera hecho un inventario de los daños en la casa de mis padres, el resultado habría sido catastrófico. Ya no quedaba un solo rincón sagrado: habíamos profanado el sofá de la sala, la larga mesa de caoba del comedor, la isla de la cocina entre tazas de café humeantes, la alfombra del estudio de mi padre y hasta el baño de visitas, donde el vapor de la ducha había empañado los espejos mientras el mundo exterior seguía girando sin sospechar nada.

Liam me llevó a rastras hasta el pasillo de la planta alta, acorralándome contra la pared mientras sus manos recorrían cada curva con una familiaridad peligrosa.

-Dime que todavía queda un maldito rincón de esta casa que no hayamos destruido, Black -lo reté, con las mejillas encendidas y el corazón latiéndome a mil por hora, desafiándolo a encontrar el último escondite antes de que el tiempo de nuestra libertad se nos fuera de las manos.

Liam soltó una risa oscura, pegando su frente a la mía mientras sus dedos se deslizaban por debajo de mi ropa con una precisión quirúrgica.

-Solo nos falta el estudio de tu padre, nena -susurró con una promesa perversa en los ojos-. Y te juro que vamos a empezar ahora mismo.

El estudio de mi padre era el último bastión de la respetabilidad en esa casa. Repleto de estanterías oscuras de caoba, libros de finanzas que jamás entendí y un enorme escritorio de cuero gerencial que olía a formalidad y a perfume caro, era exactamente el lugar donde se suponía que yo debía estudiar becas y portarme como una señorita impecable.

Por eso mismo, entrar ahí con las manos de Liam marcando mi piel se sintió como una declaración de guerra.

Sin mediar palabra, me empujó hacia adelante hasta que mis caderas chocaron contra el borde del escritorio de cuero. Los lomos de los libros y algunos papeles sueltos se deslizaron al suelo con un golpe sordo, pero a ninguno de los dos nos importó lo más mínimo.

-Apóyate ahí, Zoé -me ordenó Liam con esa voz áspera y dominante que me cortaba la respiración, mientras me apartaba el cabello del cuello con una brusquedad hambrienta.

obedecí de inmediato, inclinándome sobre la superficie fría del cuero mientras mis manos se aferraban con fuerza a los bordes. Sentí el calor de su cuerpo pegarse por completo a mi espalda, su pecho agitado rozando mi piel y el peso de sus manos aferrando mis caderas con una posesividad feroz, marcando cada centímetro como si fuera de su exclusiva propiedad.

Cuando me penetró en la posición de perrito, con una estocada tan honda y brutal que me arrancó un grito ahogado contra el escritorio, el mundo entero se redujo al sonido de nuestras respiraciones y al choque violento de la carne. No había ternura, ni pausas, ni intenciones de suavizar el ritmo; era una locura desatada, un acto de pura posesión mutua donde buscábamos destruirnos y reconstruirnos al mismo tiempo.

-Mírame... carajo, siente cómo eres mía -me gruñó al oído, mordiéndome la piel del hombro con la intensidad justa para dejarme una marca roja, mientras aceleraba el ritmo de sus embestidas hasta volverse completamente salvaje.

El cuerpo me temblaba de arriba abajo, atrapada en esa espiral de placer y caos absoluto que el estudio de mi padre presenciaba por primera vez. Cada golpe de sus caderas me empujaba más hacia el borde del precipicio, haciéndome arquear la espalda y perder la razón por completo, hasta que mi propio clímax estalló dentro de mí con una fuerza devastadora, haciéndome contraerme a su alrededor entre gritos rotos.

Pero la descarga de Liam no llegó. Lejos de detenerse o de venirse conmigo, su respiración se volvió aún más pesada, y su ritmo, en lugar de apagarse, se tornó más denso, más lento y calculadamente sádico.

-Ni creas que vas a librarte tan fácil, Zoé... -me susurró en la nuca, con una sonrisa oscura en los labios mientras volvía a sujetarme de las caderas para marcar otra serie de embestidas profundas y sostenidas que me hicieron perder el aliento de nuevo-. Apenas estamos calentando motores para lo que queda de noche.

Las embestidas volvieron a ser rítmicas, implacables, arrancándome gemidos que se ahogaban contra la superficie de cuero del escritorio. El eco de nuestras pieles chocando llenaba el estudio silencioso, un sonido escandaloso y sucio que contrastaba con la seriedad de los tomos de economía y derecho que nos rodeaban desde los estantes.

-¿Te duele, Zoé? -me susurró al oído, con esa voz áspera y provocadora que siempre lograba encender lo peor de mí-. ¿O prefieres que baje el ritmo para que descanses?

-Cierra la boca, Black... y no te detengas -le exigí con la voz rota, arqueando aún más la espalda para recibirlo con más fuerza, desafiándolo a cruzar cualquier límite que nos quedara por delante.

Liam soltó una carcajada ronca, un sonido lleno de pura adrenalina y triunfo, antes de cumplir su palabra. Me agarró del cabello con una mano, tirando con la fuerza justa para obligar a mi cabeza a inclinarse hacia atrás, mientras con la otra mano me inmovilizaba la cadera, convirtiendo cada movimiento en una estocada más profunda, más salvaje y deliberadamente cruel. El placer era tan denso, tan abrumador, que mis piernas empezaron a flaquear sobre el suelo.

Sabíamos perfectamente que el tiempo corría en nuestra contra. Faltaban apenas unos días para que el crucero de mis padres terminara, para que la ilusión de este búnker se disolviera y tuviéramos que volver a las aulas, a los susurros en los pasillos y a las miradas de reojo. Pero en ese preciso instante, con el estudio de mi padre convertido en el epicentro de nuestra demencia, el futuro no importaba una mierda.

-Mía... eres completamente mía, Zoé -me repitió como un mantra febril contra la piel del cuello, mientras el ritmo volvía a acelerarse hacia un segundo colapso que amenazaba con destrozarnos por dentro a los dos.

El ritmo seguía siendo una maquinaria perfecta de fricción y caos, con Liam gobernando mi cuerpo desde atrás mientras me mantenía anclada al escritorio de mi padre, cuando un sonido seco rompió de golpe la atmósfera cargada de la habitación.

Ring.

Me quedé helada. En medio del estudio, sobre una esquina del mismo escritorio de caoba donde estaba apoyada, descansaba el teléfono fijo de la línea de la casa. Un aparato arcaico que casi nadie usaba ya, salvo para llamadas de emergencia o...

Ring.

Mis padres.

La pantalla de mi celular personal, tirado en el sofá de la planta baja, llevaba horas acumulando llamadas perdidas porque lo habíamos dejado olvidado abajo. Al no contestar, optaron por el número de la casa.

Liam detuvo el movimiento por un segundo, apoyando la frente contra mi espalda con los ojos oscuros brillando de pura incredulidad antes de soltar una carcajada ronca, divertida y malévola.

-Están llamando al cuartel general, nena -me siseó al oído, con un tono burlón-. Parece que tus papás se pusieron nerviosos.

Ring.

-Mierda, Liam, cállate... -gimí por lo bajo, sintiendo el pánico y el morbo mezclándose en una descarga eléctrica que me recorrió toda la columna.

Antes de que pudiera reaccionar, Liam volvió a moverse con una estocada tan profunda, lenta y calculada que me arrancó un suspiro ahogado, casi un gemido que apenas pude morder antes de que se me escapara.

Ring.

Con las manos temblando de adrenalina, estiré el brazo hacia atrás sin apartarme de su cuerpo, tomé el auricular del teléfono fijo y lo llevé a mi oreja, mientras Liam me embestía con una cadencia sádica y perfecta que me hacía perder el aliento.

-¿B-bueno? -alcancé a decir, intentando que mi voz sonara normal, aunque mis pulmones quemaban.

-¡Zoé, al fin! -la voz de mi mamá al otro lado de la línea sonó con un eco lejano, pero notablemente preocupada-. Hija, llevamos toda la tarde intentando marcar a tu celular y saltaba al buzón. Estábamos asustados, pensamos que te había pasado algo. ¿Por qué no contestas?

*-Dile que estás ocupada conmigo... -*me susurró Liam contra la piel del cuello, pegando sus labios a mi oreja mientras empujaba mis caderas con más fuerza, buscando exactamente el punto que me hacía temblar.

Apreté los ojos con fuerza, mordiéndome los labios hasta hacerme daño para contener el gemido que amenazaba con destrozar mi fachada. El contraste entre la voz maternal al otro lado del teléfono y el cuerpo pesado y posesivo de Liam embistiéndome por detrás era una demencia absoluta.

-Yo... lo siento, mamá -logré articular, tragando saliva con desesperación mientras sentía una estocada particularmente honda que me hizo arquear la espalda con violencia-. Es que... e-estaba...

-¿Estás bien, hija? Te oyes... agitada. ¿Te pasa algo?

-No, no pasa nada -mentí, con la respiración cortada y un hilo de voz que apenas se sostenía, mientras las manos de Liam me apretaban las caderas con una posesión feroz-. Estaba... haciendo ejercicios en casa, por eso dejé el celular abajo y no lo escuché. Perdón por preocuparte.

-Ah, con razón. Bueno, cariño, solo queríamos saber cómo estabas. Nos vamos a cenar ahora, cuídate mucho.

-Sí... gracias, mamá. Igual tú. Adiós.

Colgué el teléfono de golpe y lo dejé caer sobre la base con un temblor en las manos. Apenas el aparato se acomodó en su sitio, solté un gemido largo y sin filtros que ya no pude contener.

Liam soltó una carcajada oscura y triunfante contra mi hombro, pegando su pecho al mío con una fuerza inquebrantable.

-Haciendo ejercicio, ¿eh? -me siseó con una voz ronca, profundamente excitado por la escena que acababa de presenciar, mientras retomaba un ritmo salvaje y desatado sobre el escritorio de mi padre-. Pues más te vale romper tu récord personal, Zoé, porque de aquí no te vas a mover hasta que te ganes una medalla.

Un sonido de risa aguda y descarada se escapó de mi garganta, rebotando contra los estantes repletos de libros de derecho y finanzas. La idea de estar hablando con mis padres sobre "ejercicios" mientras Liam me destruía por dentro era tan absurdamente perversa que el miedo se transformó de inmediato en una adrenalina pura, eufórica y desatada.

-¿Una medalla, Black? -le reté por encima del hombro, con los ojos brillando de pura malicia y las mejillas encendidas por el esfuerzo-. Tendrás que esforzarte mucho más si quieres que me gane algo esta noche. Porque la verdad... se me antoja comer algo bastante delicioso.

Liam detuvo el ritmo en seco, con las pupilas completamente dilatadas y una expresión de genuina y repentina confusión cruzando su rostro duro. Antes de que pudiera procesar el giro de la conversación o atreverse a preguntar a qué diablos me refería, me deslicé con una destreza milimétrica de su agarre, aprovechando su desconcierto.

Me giré con rapidez, lo empujé con las dos manos contra el amplio y cómodo sofá de cuero que presidía una esquina del estudio y lo obligué a dejarse caer de espaldas sobre los cojines.

Antes de que pudiera reaccionar, me deslicé al suelo y me arrodillé justo frente a él, apoyando las manos en sus muslos firmes mientras le sostenía la mirada con una chispita de desafío absoluto en los ojos.

-Voy a arrodillarme frente a ti, Black -le susurré con una lentitud deliberada, rozando mis labios contra los suyos antes de bajar la vista con una sonrisa de suficiencia-. Y te aseguro que no es precisamente para rezar o pedir perdón.

Las manos de Liam se cerraron de golpe sobre el cuero de los cojines, y un gemido ronco y ahogado se le escapó de la garganta cuando extendí los dedos, tomé su miembro con total confianza y lo llevé con una destreza experta directamente a mi boca, saboreando el triunfo de haberlo dejado sin palabras por primera vez en toda la semana.

El contacto inicial hizo que los dedos de Liam se crisparan con tanta fuerza contra el respaldo del sofá que el cuero crujió bajo su presión. Pasé la lengua desde la base hasta la punta con una lentitud deliberada, saboreando el pulso acelerado de su piel y disfrutando del modo en que sus caderas se arquearon instintivamente hacia adelante, buscando más, rogando en silencio por un ritmo que todavía no pensaba concederle del todo.

-¿Qué pasa, Black? ¿Te comió la lengua el ratón? -murmuré contra él con voz burlona, dejando que el calor de mi aliento lo hiciera temblar antes de volver a tomarlo por completo dentro de mis labios.

Me moví con una cadencia experta y absorbente, alternando la presión de la lengua con succiones profundas que lo obligaron a cerrar los ojos de golpe y a inclinar la cabeza hacia atrás contra los cojines. El hombre que se pasaba las horas intentando controlarlo todo, el mismo que disfrutaba imponiendo reglas y mirándome desde arriba con una suficiencia inquebrantable, estaba empezando a desmoronarse centímetro a centímetro bajo mi control.

-Mierda, Zoé... -se le escapó un susurro ronco, áspero y roto que apenas logró retener en la garganta.

Aceleré un poco el movimiento, creando un sonido húmedo y rítmico que llenaba el estudio en penumbra. Sus manos abandonaron el sofá para enredarse con desesperación en mi cabello, tirando de los mechones con la fuerza justa para guiarme, para suplicar sin palabras que no parara, que lo llevara directo al borde del abismo. Pero yo jugaba con sus tiempos. Cuando sentí que sus músculos se tensaban al máximo y su respiración se convertía en una sucesión de jadeos cortados, disminuí la velocidad, rozándolo apenas con la punta de los labios antes de volver a empezar.

-No tan rápido, Black -lo regañé con una sonrisa traviesa contra su piel, sintiendo cómo su cuerpo entero se estremecía por el choque de la frustración y el placer-. Te dije que esta noche ibas a sudar por ganarte algo.

-Vas a matarme, maldita sea... -gruñó entre dientes, con las venas del cuello marcadas y el pecho subiendo y bajando de forma violenta, mientras su voz por fin se quebraba por completo al pronunciar mi nombre en un gemido bajo y descarnado-: Zoé... carajo, Zoé...

Verlo así, completamente a merced de mis labios, con el control hecho añicos y rogando con la mirada mientras su miembro latía con fuerza sin que le permitiera llegar al final, fue la descarga de poder más embriagadora que había sentido en toda la semana. La tensión entre nosotros era tan espesa que quemaba, y la noche en la casa apenas nos estaba dando una tregua antes del siguiente salto al vacío.

Me detuve un instante, dejando que mis labios rozaran apenas la punta mientras él jadeaba, con los ojos cerrados y el cuerpo completamente rígido por la tensión acumulada. Apoyé una mano en su abdomen firme, sintiendo los latidos frenéticos de su piel, y subí la mirada para encontrarme con sus ojos oscuros, que me suplicaban una tregua que no pensaba concederle tan fácilmente.

-¿Quieres acabar, Black? -le pregunté con una sonrisa traviesa y pausada, saboreando el momento exacto en el que su paciencia se agotaba-. Sabe mal dejar con las ganas a un chico tan insistente... Pero supongo que todo depende de qué tan obediente seas el resto de la noche.

Liam me miró con el ceño fruncido, respirando con dificultad, intentando recuperar algo de la compostura que le había arrebatado por completo.

-No estoy para juegos, Zoé. Termina de una maldita vez... -me advirtió con la voz ronca, aunque sus caderas volvieron a arquearse de forma involuntaria hacia mí.

Me incorporé despacio, limpiándome los labios con el dorso de la mano mientras lo observaba desde arriba con una suficiencia absoluta, sabiendo exactamente qué cuerda tocar para volverlo loco de remate. Me acerqué a su oído, rozando su piel con los labios, y le solté la estocada final:

-Escúchame bien, Liam. Si te portas como un buen chico y obedeces cada maldita cosa que te pida de aquí en adelante... te prometo que al final de la semana reconsideraré eso que me pediste el otro día en la universidad. Ya sabes... eso a lo que me negué rotundamente frente a los casilleros.

Las palabras flotaron en el aire del estudio por un segundo, y la comprensión cruzó de inmediato por las facciones de Liam. Sus ojos oscuros se abrieron de par en par, las pupilas se le dilataron aún más y un destello de pura desesperación y deseo prohibido encendió su mirada. Recordó perfectamente la propuesta de sexo anal que le había negado días atrás y que había dejado en el aire con un simple "lo pensaré".

Un gruñido bajo, áspero y completamente vencido brotó de su garganta. El poderoso Liam Black, el que siempre imponía las reglas, acababa de quedar atado de pies y manos a mi merced, dispuesto a tragar su orgullo y obedecer cada capricho solo con la remota posibilidad de conseguir su premio.

-Haré lo que quieras, Zoé... -me siseó entre dientes, con una mezcla de frustración y excitación extrema mientras me agarraba de la nuca para volver a atrapar mis labios en un beso hambriento-. Pero te juro que vas a cumplir tu promesa.

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