En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 12: La colisión de las ilusiones
El destino, que durante dos horas los había mantenido separando sus trayectorias por apenas cincuenta metros de distancia, decidió cobrar su cuota de crueldad en la esquina suroeste de la plaza, junto al callejón de los Impresores.
Era un tramo estrecho, mal iluminado por un farol cuya mecha parpadeaba por la humedad. Las cornisas de los edificios proyectaban sombras oscuras sobre el adoquín resbaladizo.
Dorian caminaba a pasos agigantados, con la cabeza gacha, la mirada clavada en sus propias botas de cuero y la mano izquierda metida en el bolsillo de su abrigo. Iba ciego de amargura, masticando su propia humillación, deseando que la tierra se tragara su existencia.
Rosalie venía en dirección opuesta, doblando la esquina del callejón a toda prisa para evitar la corriente principal de carruajes. Llevaba la capucha tan calada sobre el rostro para ocultar sus lágrimas que su campo de visión quedaba reducido a medio metro por delante de sus pies.
Ninguno de los dos miraba hacia adelante. Ninguno redujo la marcha.
El impacto fue violento y seco.
El hombro de Dorian chocó brutalmente contra el costado de Rosalie. La fuerza del choque, multiplicada por la diferencia de corpulencia, hizo que Rosalie soltara un ahogo de sorpresa y saliera despedida hacia atrás, perdiendo el equilibrio sobre el adoquín mojado. Dorian, pillado totalmente desprevenido, tropezó con el borde de un bordillo de piedra y cayó de rodillas, soltando sus paquetes.
Un estrépito de cosas cayendo rompió el murmullo de la lluvia.
La caja de galletas de Rosalie se reventó contra el suelo, esparciendo su contenido sobre el barro. El paquete de violetas salió volando. Los libros de Dorian y el tintero de cristal impactaron contra las piedras; el tintero se fracturó, derramando un charco de tinta negra que se mezcló instantáneamente con el agua de la llovizna.
—¡Ah! —exclamó Rosalie, cayendo sentada sobre el suelo frío, con la capa desabrochada y las manos apoyadas en el agua sucia.
—¡Maldición! —gruñó Dorian, con la rodilla doliéndole por el golpe contra la piedra.
Durante tres segundos, solo se escuchó el goteo de la lluvia cayendo desde los tejados y el sonido de sus propias respiraciones agitadas. Dorian, todavía sobre sus manos y rodillas en el suelo, bajó la vista hacia el charco de tinta. El impacto del choque le había hecho perder el sombrero de copa, que ahora rodaba a medio metro de distancia, y el cuello de su abrigo se había desplegado por completo, dejando su rostro al descubierto bajo la luz amarillenta del farol de gas.
Rosalie, sacudiéndose el agua de los guantes, levantó la cabeza para disculparse con el desconocido.
—Lo siento mucho, señor... no estaba prestando atención... —comenzó a decir, con la voz entrecortada por la agitación.
Pero la frase quedó congelada en sus labios.
Dorian alzó la mirada exactamente al mismo tiempo.
El tiempo en el callejón de los Impresores no solo se detuvo; se pulverizó.
A menos de un metro de distancia, separados únicamente por un montón de libros empapados y galletas deshinchadas en el barro, sus miradas se cruzaron.
Rosalie se quedó paralizada en la posición en la que estaba, con la mano suspendida en el aire y la boca ligeramente abierta. Frente a ella, iluminado por el resplandor directo del farol de gas, no había un desconocido.
Aquellos ojos... no, aquel único ojo azul, profundo, helado y dolorosamente inteligente, era inconfundible. La forma de las cejas, la línea recta y noble de la nariz, la curvatura exacta de los labios que la habían besado durante meses en la penumbra del faro... Era él. No había duda alguna. El aura de soledad abrumadora y la presencia imponente que emanaba de su cuerpo eran idénticas a las del hombre con el que había compartido sus noches.
Pero la realidad reclamaba su cuota de horror.
Por primera vez, Rosalie contemplaba el lado izquierdo del rostro de Dorian fuera de la luz dorada de sus sueños. Vio el mapa de piel purpúrea y arrugada, el tejido cicatrizado que tiraba de la comisura de su boca, y la cuenca vacía y hundida donde los párpados sellados formaban un pliegue trágico.
Para Rosalie, la visión no provocó asco, sino una sacudida eléctrica de comprensión absoluta: de golpe, todas las evasivas de Dorian, sus frases amargas sobre "el monstruo que te aterrorizaría" y su negativa a hablar de la realidad cobraron un sentido desgarrador.
Dorian, por su parte, sintió que el corazón se le detenía por completo.
La mujer que yacia en el suelo frente a él poseía el cabello castaño empapado pegado a las mejillas, la piel de alabastro y unos ojos avellana cargados de una luz tan viva y familiar que le cortó el aire. Era Rosalie. La verdadera Rosalie. No una creación de su subconsciente, no un fantasma de la mente, sino una criatura de carne, hueso y aliento.
Pero la alegría duró menos de un milisegundo. En el instante en que Dorian notó que su sombrero yacía en el suelo y que su cicatriz estaba completamente expuesta a la luz del farol, el terror más primario y destructivo que había experimentado desde los siete años le atenazó la garganta.
Vio los ojos de Rosalie abiertos de par en par, fijos en su piel deforme. En su mente distorsionada por años de rechazo, Dorian no vio la fascinación ni la empatía en la mirada de la joven; creyó ver el horror puro, la parálisis del asco y la condena definitiva de su fealdad.
Un minuto entero transcurrió en un silencio abrumador, donde solo el sonido del agua cayendo sobre los adoquines marcaba el latido de dos corazones aterrorizados. Ninguno de los dos se movió. Ninguno se atrevió a pronunciar una sola palabra.
Entonces, el pánico de Dorian estalló.
—¡No! —soltó Dorian en un ahogo rasposo y lleno de agonía.
Con un gesto frenético y desesperado, Dorian se llevó la mano izquierda a la cara, cubriéndose el lado cicatrizado con la palma abierta y los dedos temblorosos. Se levantó torpemente del suelo, tropezando con sus propios pies, ignorando sus libros y el tintero roto. Agarró su sombrero del barro con la otra mano y, manteniendo el rostro oculto tras su brazo como si fuera un leproso expuesto a la luz pública, se giró y echó a correr a toda velocidad por el callejón oscuro.
—¡Dorian, espera! —alcanzó a gritar Rosalie, saliendo finalmente de su parálisis.
Pero la voz de ella sonó débil, ahogada por la lluvia. Dorian ya había desaparecido en la penumbra de la siguiente esquina, con el sonido de sus botas resonando en las paredes de piedra como el eco de un escape desesperado.
Rosalie, presa de una mezcla de vergüenza, timidez y un shock emocional que amenazaba con hacerla desmayarse, se incorporó del suelo a toda prisa. Recogió mecánicamente su retículo, dejando atrás las galletas y las flores arruinadas, y huyó en dirección opuesta, echándose a llorar desconsoladamente bajo la cubierta de su capucha mientras se perdía en la multitud de la avenida principal.