"Cuatro esposos, cuatro muertes misteriosas, una viuda sospechosa. El detective Eduardo Rizzo se infiltra en la vida de Julieta Vera, la enamora y se casa con ella. Pero cuando la verdad sobre su investigación salga a la luz, ¿podrá su amor sobrevivir al peligro y la traición?"
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Capítulo 12
«Los detectives aun no encuentran alguna pista»
―¿Cómo es posible que se haya gastado esa millonada en apenas una maldita semana en ese caso? ―vociferaba el comisario a Eduardo. ―¡Al paso que vamos va a quebrar el sistema judicial de este país, y vas a volver más ríca aún a la viuda negra de CABA!!
Eduardo ni se inmutaba ante los gritos de su jefe y Betty quería hacerse invisible o que la tierra se la tragara y la escupiera en algún planeta de la galaxia. Miraba a su compañero y este seguía con su mirada altanera, convencido de que esa es la mejor manera de desenmascarar a Julieta Vera. Y está seguro de que la inversión que hizo se va a duplicar, pues los negocios que tiene Julieta son prósperos gracias a su manejo.
―Comisario, pero tómelo como una inversión. Ese dinero se va a duplicar; es un gana-gana por donde lo mire. ―El comisario se para de su silla lleno de rabia, y le da un golpe a la mesa, haciendo que los cafés que estaban allí se derramaran.
―¡Imbécil Se supone que eres el “mejor” detective de la sección de delitos no resueltos. Pero ya veo que ese título le quedó grande. Creo que ni siquiera estudió la vida y obra de la señora Vera antes de abordarla. Te quedaste solo con la información que se sacó de la base de datos. ¡Eso lo hace hasta un niño de Kinder! ―Cuando el comisario dijo eso último, Eduardo sintió que la sangre le hervía. En veinte años de carrera que lleva en la institución, jamás le habían dicho algo semejante. Lamentablemente debía reconocer que su jefe tenía razón; si no es capaz de sacarlo de la investigación, y su ego herido no lo va a permitir.
―Jefe, tiene toda la razón, me confié de que iba a ser fácil desenmascararla, pero esa mujer es difícil. Es seria en su trato con los demás, no se relaciona con nadie; con sus empleados es una jefa correcta y amable, pero sé que algo esconde y lo vamos a descubrir. —Eduardo seguía insistiendo.
―Tenías un mes y ya ha pasado una semana y lo que has hecho es gastar dinero que no te pertenece. ¿Crees que en estas tres semanas restantes vas a lograr algo? ―El comisario quiere llevar al límite al agente Rizzo.
―Eso haré, jefe. Lo más importante ya se hizo, que es ganarme su confianza. El lunes viajaremos juntos a Bariloche, Ushuaia y El Calafate. Allí es donde Dante Rinaldi tenía radicados sus negocios, los cuales están siendo investigados por el departamento federal y, pueda que ella se reúna con algún nexo de sus actos delictivos. —Eduardo le explica el plan de acción en su viaje.
Betty también da su informe de lo que hizo en su primera semana de labores en la inmobiliaria Lozano y Constructores, pero solo son datos de los empleados que laboran allí, nada relevante. Nada importante. Nada que vincule a Julieta Vera con las muertes de sus esposos.
Betty y Eduardo salieron de la comisaría cabizbajos; nada había salido como lo habían pensado y se reunieron en un café cercano.
―López, recapitulemos. No es posible que algo se nos esté escapando. Primera muerte, móvil: quedarse con su empresa inmobiliaria. Fue un infarto, pero pudo ser premeditado; era un hombre de 51 años, aún estaba joven para tomar la pastillita azul, no tenía más antecedentes médicos de importancia para necesitar una ayuda extra. —Indica Eduardo.
―El segundo esposo, asesinado por una banda de narcos. Muchos errores para ser una persona con tantos enemigos. Primero, nadie sabía de su boda, excepto la novia, su abogado y su mano derecha, que al final fue un traidor que le estaba robando. Sus escoltas fueron neutralizados estratégicamente. ¿Quién sabía dónde estarían ubicados? Julieta Vera, Enzo Scola y el abogado Álvaro Cañón. —Betty añade.
―Tercer esposo, el traidor. Se suicidó porque fue descubierto. No quería pisar una cárcel y tomó la salida más cobarde. Pero también pudo haber sido amenazado por Julieta al descubrirlo. Ella puede tener aún aliados de su difunto segundo esposo. Es raro que no haya dejado una carta antes de colgarse; la mayoría de los suicidas lo hacen. —Betty asiente ante lo que dice Rizzo y finaliza con el último esposo.
—Cuarto esposo, falleció en un accidente. Se determinó que los frenos fueron cortados, pero no se ha descubierto quién lo hizo. En el accidente, Fabio Legarreta no llevaba su cinturón de seguridad puesto. Eso es extraño; según su familia, él siempre era muy cuidadoso con las normas de seguridad. Hay testigos que dijeron que ellos iban a viajar en la camioneta de ella, pero Julieta insistió en ir en el auto de él. —Finaliza.
―¿Y por qué será que ya no viaja en auto? Solo en una vieja moto que era de su segundo esposo. —Dice Eduardo más para si mismo.
Y ahí se quedaron hablando de mucho y de nada, pues pasaron las horas y siempre llegaban al inicio de la investigación, en ceros.
Ese viernes, Julieta se despidió de sus niños. No los vería en una semana y ya los extrañaba.
Como todos los viernes, viajó a casa de sus abuelos y su padre, y se quedó con ellos hasta el domingo en la mañana. Después de acompañarlos a la misa dominical, regresaba a la capital.
Su rutina de siempre era ir al cementerio a visitar a sus difuntos esposos. Las tumbas están en el Cementerio de la Recoleta, que casualmente es el cementerio de las familias adineradas de Buenos Aires.
Va en orden a sus tumbas.
En la de su primer esposo, Reynel Lozano, deja anturios. Qué ironía: eran sus flores favoritas. Esboza una oración y le habla con cariño, a pesar de lo patán que fue antes de morir, pues fue su primer amor.
Luego pasa a la tumba de Dante, su amado mafioso, con un ramo de flores silvestres, salvajes como era él. Aunque después de muerto se enteró de la doble vida de su guapo esposo, no lo juzgó. Él la protegió en su último suspiro, demostrándole lo importante que era para él. También le dedica una oración, pidiendo al cielo que le haya perdonado todo lo malo que pudo haber hecho.
Después pasa a la tumba de su tercer esposo. Ahí casi no se demora. Hace una oración para que su alma sea perdonada, pero no le deja flores.
Por último, llega a la tumba de su amado Fabio, el esposo que más amó, con quien formó un hogar y con quien iba a tener un hijo. En esta tumba sí llora. Aquí se desahoga contándole a su amado todas sus penas. Deja, como siempre, un ramo de rosas rojas en forma de corazón —las mismas que él le regalaba— y le canta una canción de cuna a su bebé, que fue enterrado al lado de su papá por petición suya, para que estén acompañados en la eternidad.
🎶 ¿Me reconocerás?
¿Si te veo en el cielo?
¿Será todo igual?
¿Si te veo en el cielo?
Debo ser fuerte.
y continuar,
Porque sé que hoy no estará.
Aquí en el cielo.
🎶 ¿Me darás la mano?
¿Si te veo en el cielo?
¿Me sostendrás en pie?
¿Si te veo en el cielo?
Hallaré el camino.
Cruzando noche y día,
Porque sé que no debo.
Quedarme en el cielo.