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El Contrato de un Billonario

El Contrato de un Billonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor prohibido / Mujer fuerte/hombre frágil / Atracción entre enemigos
Popularitas:23.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13

Capítulo 13

"¿Puedes darme todo lo que necesito?"

Santiago acababa de llegar.

Valentina no tuvo tiempo de cubrir el plato.

Él entró con el saco sobre un brazo, la corbata floja y el cansancio escondido bajo la misma expresión de siempre. Se detuvo apenas cruzó la sala. No miró a Valentina primero.

Miró los huevos a la mexicana.

El vapor subía entre los dos como un fantasma doméstico.

—Marco me mandó su lista de preferencias —dijo Valentina, antes de que él pudiera preguntar—. Si viene con reclamaciones, diríjalas a su propio equipo.

Santiago cerró la puerta.

—No iba a reclamar.

—Qué raro. Es su actividad favorita.

Él dejó el saco sobre el respaldo de una silla. La corbata seguía mal aflojada, como si hubiera intentado quitársela en el elevador y se hubiera detenido a mitad del gesto.

Valentina tomó la bandeja vacía.

—La cena está servida.

—La corbata.

Ella se volvió.

—¿Perdón?

—Se arrugó. Cuelga la corbata.

—Tiene dos manos.

—Y tú estás asignada a la suite.

Valentina sonrió despacio.

—¿Quiere que llame a Recursos Humanos para preguntar si quitarle la corbata al huésped está dentro de mis funciones?

—Hazlo.

La tranquilidad con que lo dijo la irritó más.

Santiago se acercó un paso. No la tocó. Solo inclinó la cabeza para ofrecerle el nudo, como si de verdad fuera un asunto de servicio y no una provocación envuelta en seda.

Valentina pudo negarse.

Debió negarse.

En cambio, dejó la bandeja, levantó las manos y tomó la corbata. Sus dedos rozaron el cuello de la camisa. La piel de Santiago estaba tibia. Él no se movió.

—No respire sobre mí —murmuró ella.

—Estoy respirando en mi suite.

—Respire hacia otro lado.

Tiró del extremo de la corbata con más fuerza de la necesaria. El nudo cedió. La tela se deslizó entre sus dedos, negra, suave, demasiado íntima para un objeto tan simple.

Valentina la dobló con cuidado rabioso y la colgó en el respaldo de otra silla.

—Listo.

Santiago no miraba la corbata.

Miraba sus manos.

—Come conmigo.

—Estoy trabajando.

—Entonces sirve.

—Ya serví.

—Siéntate.

—¿Eso es una orden o una invitación?

—Tú decides cómo odiarla.

Valentina sostuvo su mirada un segundo. Luego tomó aire, se sentó frente a él y empujó el plato hacia su lado.

—Buen provecho, señor Reyes.

Santiago se sentó.

Durante varios segundos no tocó el tenedor. El silencio se llenó del olor a jitomate, chile y huevo caliente.

Valentina esperaba una burla. Un comentario frío. Quizá que dijera que estaba mal hecho, que faltaba sal, que no era como antes.

Pero Santiago solo tomó el tenedor y dio un bocado.

Su rostro no cambió.

Eso fue lo que la asustó.

Porque lo conocía lo suficiente para saber que, cuando Santiago no mostraba nada, algo se había abierto por dentro.

—¿Tú los preparaste? —preguntó.

Valentina cruzó los brazos.

—No se preocupe. No les puse veneno.

—No pregunté eso.

—Sí. Los preparé yo.

Santiago miró el plato como si la respuesta no lo hubiera tomado por sorpresa, sino por la garganta.

—El chef pudo hacerlo.

—El chef no sabía cuánto picar el chile.

—¿Y tú sí?

Valentina bajó la vista a las yemas de sus dedos, todavía sensibles por el serrano.

—Antes sí.

La palabra antes quedó servida en la mesa junto a los huevos.

Santiago dio otro bocado.

Ella casi le pidió que dejara de comer. No por el plato, sino por la forma en que lo hacía: lento, contenido, como si estuviera castigándose con cada mordida y aun así no pudiera detenerse.

—Si lo odia, no tiene que comerlo —dijo.

—No dije que lo odiara.

—Su lista sí.

—Mi lista dice muchas cosas.

—Qué conveniente. Ahora también sus listas tienen secretos.

El sabor lo arrastró diez años atrás.

Colegio San Patricio. Pasillo del segundo piso. Última luz de la tarde. Santiago llevaba en la mano un yogur de mango comprado en la tienda de la esquina, todavía frío, con la tapa perlada de humedad.

No le gustaban los lugares donde Valentina podía estar.

Esa era la mentira que se decía mientras la buscaba.

La había visto en el patio durante el descanso, riéndose con Daniela y otras dos chicas. Llevaba el cabello suelto y un listón blanco en la muñeca. Le había prometido que esa tarde practicaría piano para el acto de graduación. Él no tenía motivo para ir.

Fue de todos modos.

El salón de piano estaba al final del corredor. Antes de llegar, oyó risas.

La puerta estaba entreabierta.

Santiago se detuvo con el yogur en la mano.

—Te estás pasando, Valentina —dijo una voz de chica.

Daniela.

Otra rió.

—No, déjala. Yo jamás creí que el becario fuera a caer tan rápido.

Santiago no respiró.

Dentro, alguien tocó dos notas torpes en el piano.

—No le digan así —respondió Valentina.

Su voz.

Santiago cerró los dedos alrededor del yogur.

Daniela soltó una carcajada.

—Ay, por favor. Hace dos semanas tú misma dijiste que era imposible. "A que hago que Santiago Reyes se enamore de mí antes de graduarnos." ¿Ya se te olvidó?

—Era una broma.

—Era una apuesta.

El pasillo se volvió estrecho.

La tapa del yogur crujió bajo sus dedos.

—Lo persiguió por una apuesta —canturreó otra chica—. Y el pobre hasta la mira como si hubiera visto a la Virgen.

Risas.

Santiago miró el vaso de yogur.

Mango.

Había elegido mango porque Valentina siempre compraba cosas de mango. Porque una vez dijo que ese sabor le parecía "alegre". Porque él, idiota, había pensado que llegar con algo que a ella le gustaba no era tan distinto a decir "te busqué".

Dentro del salón, Valentina dijo algo que él no alcanzó a oír.

Daniela sí respondió claro:

—No te hagas. Ganaste. Ya puedes dejarlo.

Santiago retrocedió un paso.

Luego otro.

No entró.

No arrojó el yogur.

No pidió explicación.

Solo bajó por las escaleras con el envase frío apretado en la mano.

En el patio, el ruido del colegio siguió igual. Un balón golpeó una pared. Alguien gritó por un examen. Dos profesores pasaron hablando de la ceremonia de graduación. Nada se detuvo porque a Santiago Reyes acabaran de romperle algo que ni siquiera había aceptado tener.

Se sentó detrás del gimnasio, donde casi nadie iba después de clases. El yogur de mango seguía intacto. La tapa estaba hundida por la presión de sus dedos.

El teléfono vibró.

"¿Dónde estás? Te estoy esperando en piano."

Valentina.

Santiago leyó el mensaje hasta que las letras perdieron forma.

No respondió.

Cinco minutos después llegó otro.

"Santi, ¿te enojaste?"

Ahí estuvo el golpe verdadero. No la apuesta. No las risas. Ese Santi escrito con una confianza que parecía imposible de fingir y que, sin embargo, acababa de quedar manchada por una frase de Daniela.

Santiago abrió la tapa del yogur.

El olor a mango subió dulce, alegre, absurdo.

No lo comió.

Lo dejó en la banca junto a él, se puso de pie y regresó al pasillo solo para verla salir del salón de piano. Valentina salió sola, con el ceño fruncido y el celular en la mano. Daniela y las demás venían detrás, todavía riéndose, todavía brillantes, todavía intactas.

Valentina buscó a ambos lados.

Por un segundo, Santiago quiso creer que lo buscaba de verdad.

Luego Daniela le pasó un brazo por los hombros y le dijo algo al oído. Valentina se apartó, molesta, pero ya era tarde.

La duda había encontrado una casa.

Desde ese día, cada gesto bonito tuvo doble fondo. Cada plato caliente. Cada mensaje. Cada vez que ella lo llamaba Santi.

Algo dentro de él aprendió una lección que ningún maestro del Colegio San Patricio le había enseñado: la ternura también podía ser una trampa de gente rica.

—No te gusta.

La voz de Valentina lo devolvió a la suite.

Santiago miró el plato. Había comido tres bocados sin darse cuenta.

—Sí me gusta.

—Su lista dice que también lo odia.

—La lista no se equivoca.

Valentina bajó los ojos al plato.

—Qué eficiente su odio. Hasta tiene menú.

Santiago dejó el tenedor.

—¿Por qué lo hiciste?

Ella se tensó.

—Porque estaba en la lista.

—Antes.

No necesitó decir más.

Valentina entendió otra cosa. No toda. Nunca toda. Pero sí lo suficiente para que la mano se le quedara quieta sobre la mesa.

—Porque comías tortillas frías y frijoles todos los días —dijo—. Y porque me dio coraje.

—¿Coraje?

—Sí. Que nadie lo notara.

Santiago soltó una risa sin aire.

—Tú lo notaste.

—Yo notaba muchas cosas.

—Cuando te convenía.

La frase cayó como una piedra en el plato.

Valentina se puso de pie.

—No voy a cenar con usted si va a convertir huevos revueltos en interrogatorio.

—No están revueltos.

—No me corrija la comida mientras me insulta.

Santiago también se levantó, pero no la siguió. Caminó hacia el dormitorio de la suite, dejó la puerta abierta y apagó la luz al entrar.

Valentina se quedó en la sala, con el plato entre ambos lugares vacíos.

Debió irse.

Tenía el permiso perfecto: el huésped se había retirado, la cena estaba servida, su turno podía terminar.

Pero algo en la forma en que Santiago había preguntado "¿por qué lo hiciste?" le arañó el pecho. No sonó como reproche por los huevos. Sonó como otra cosa. Como una pregunta guardada demasiado tiempo.

Tomó la bandeja.

La dejó otra vez.

—Idiota —murmuró, sin saber si era para él o para ella.

La habitación seguía a oscuras.

Valentina cruzó la sala y se detuvo en el marco de la puerta.

—Señor Reyes.

Nada.

Solo la silueta de Santiago junto al ventanal, de espaldas, con la camisa blanca abierta en el cuello y la ciudad reflejada en el vidrio.

—Santiago.

Esta vez sí giró la cabeza.

La oscuridad le dejaba medio rostro oculto.

—¿Qué necesitas? —preguntó ella, más bajo de lo que planeaba.

La pregunta cambió algo en el cuarto.

Santiago se volvió por completo.

—¿De verdad quieres saberlo?

Valentina tragó saliva.

—Depende de si va a usarlo para humillarme.

Él dio un paso. La luz de la ciudad le marcó los ojos.

—Lo que necesito...

Se detuvo.

Valentina no respiró.

Santiago terminó la frase con una calma que dolía más que cualquier grito:

—¿Puedes dármelo?

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Stella Vergara
Hermosa historia
Stella Vergara
después de tantos secretos, lágrimas , desafíos, odio ,amor , reconciliación, tormentas , exoneración y justicia, siempre triunfa el amor
Stella Vergara
la verdad era más fácil aunque doliera
Stella Vergara
,fuerte,las mentiras son crueles
Stella Vergara
e🤭🤭🤭🤭🤭🤭 enamorados o no hacen un equipo perfecto
Stella Vergara
ya es hora que pase algo con bueno entre ellos ,se siente fastidiosa
Stella Vergara
no entiendo nada
Stella Vergara
par de locos se odian no se soportan y se aman o son ideas jajaja🤭👏👏
Stella Vergara
jajajajaj está interesante
Stella Vergara
pobre muchacha 🤭🤭
daniela guzman
me encanta
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