Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
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Capítulo 13
Capítulo 13
Puede que no sea yo. Pero jamás serás tú.
—¿Tomaste el Metro solo para ir a comprarme esto?
Sebastián miró el boleto sobre la mesa como si acabara de traicionarlo.
—Era más rápido que manejar a esa hora.
—Sebastián.
—Y más fácil que despertar al chofer.
—Sebastián.
La tercera vez que dije su nombre, dejó de acomodar los tamales y me miró.
—Sí.
Una palabra.
Como siempre, suficiente para hacer más ruido que un discurso.
Me quedé con el vaso de atole entre las manos. El calor me subía a los dedos, pero lo que me ardía era otra cosa: imaginarlo en el andén, entre desconocidos, sin guardaespaldas visibles, sin coche blindado, haciendo fila en Coyoacán porque alguna vez notó que ese puesto me hacía feliz.
—No tenías que hacerlo —dije.
—Ya sé.
—Entonces ¿por qué?
Sebastián tomó un tamal de dulce, lo puso en un plato y empujó el plato hacia mí.
—Porque ayer leíste comentarios horribles y no quise que este día empezara con ellos.
La respuesta me dejó sin defensa.
No dijo "para demostrarte". No dijo "para que me quieras". No dijo nada que pudiera convertirme en deudora.
Solo cambió el inicio del día.
Dos días después, Diego Castillo llegó a la torre de MBT sin cita.
El edificio de Polanco era todo cristal, mármol claro y silencio caro. En recepción, una mujer con traje azul intentó detenerlo con una sonrisa profesional.
—Licenciado Castillo, el señor Montero está en reunión. Si gusta dejar sus datos...
—Dígale que Diego Castillo está aquí.
—Con gusto, pero necesito que espere en la sala.
Diego no esperó.
Atravesó los torniquetes antes de que seguridad reaccionara. Un guardia lo siguió; otro habló por radio. Diego escuchó su propio apellido rebotar en el lobby y sintió una satisfacción breve, amarga. Todavía había lugares donde su nombre obligaba a moverse.
En el piso ejecutivo, Gabriel Torres salió del elevador justo cuando él llegaba.
—No —dijo Gabriel.
—Quítate.
—No tienes cita.
—Tengo algo que decirle a tu amigo.
Gabriel lo miró de arriba abajo. No había burla en su cara, y eso irritó más a Diego. La burla se podía devolver. La lástima, no.
—Diego, vete antes de que seguridad te saque.
—¿También te mandó a protegerla?
—No todo gira alrededor de ti.
La frase lo empujó hacia adelante.
—Dile eso a Sebastián. Se casó con ella para meterse en mi vida.
Gabriel soltó una risa incrédula.
—No tienes idea.
La puerta del despacho se abrió.
Sebastián apareció sin prisa, saco oscuro, reloj "Coisíní" en la muñeca, expresión serena. Detrás de él se alcanzaba a ver una sala de juntas con pantallas encendidas y tres directivos fingiendo que no escuchaban.
—Déjalo pasar —dijo.
Gabriel giró hacia él.
—Sebastián.
—Cinco minutos.
Diego entró al despacho.
La puerta se cerró.
El silencio adentro era distinto al del lobby. Más denso. En la pared había una obra abstracta en tonos azules; sobre el escritorio, nada fuera de lugar. Ni una foto de Valentina. Ni un anillo exhibido. Ni una prueba visible de que Sebastián necesitara demostrar algo.
Eso le molestó.
—Ella no te ama —dijo Diego.
Sebastián caminó hasta el escritorio, pero no se sentó.
—Buenos días para ti también.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
—Valentina no te ama.
Sebastián sostuvo su mirada.
—¿Y eso qué importa?
Diego se quedó quieto.
Había esperado negación. Rabia. Una grieta. Cualquier cosa.
No eso.
—¿Cómo que qué importa?
—Es mi esposa.
La calma con que lo dijo fue peor que una provocación.
—Tu esposa por un accidente —escupió Diego—. Por una foto de hotel y por despecho. ¿Crees que no la conozco? Valentina se aferra cuando está herida. Tú fuiste lo primero que encontró para no mirarme.
Sebastián no parpadeó.
—Qué cómodo debe ser pensar eso.
—Es la verdad.
—No. Es la versión que te permite dormir.
Diego sintió el golpe, pero siguió.
—Ella estuvo enamorada de mí desde el Colegio San Patricio.
—Lo sé.
—Me buscó durante años.
—Lo sé.
—Trabajó en mi empresa por mí.
—También lo sé.
Cada "lo sé" le raspó a Diego algo por dentro.
—Entonces sabes que no te eligió a ti. Me estaba castigando.
Sebastián bajó la mirada al reloj, tocó la correa con el pulgar y volvió a mirarlo.
—Si eso fuera cierto, seguiría hablando de ti.
Diego apretó la mandíbula.
—No seas arrogante.
—No lo soy. Soy observador.
—No la conoces.
Por primera vez, algo en la expresión de Sebastián se movió.
No fue rabia.
Fue cansancio.
—Sé que no le gusta el chile en los esquites aunque finge que puede comerlo. Sé que toma leche de fresa cuando está concentrada y café cuando quiere parecer adulta. Sé que dobla la esquina de las servilletas cuando está nerviosa. Sé que no llora frente a Renata porque aprendió demasiado pronto a no pedir consuelo. Sé que guarda dibujos de @X en una carpeta llamada "cosas que duelen bonito". Sé que Doña Lupe en Coyoacán le pone doble papel a los tamales cuando llueve.
Diego no habló.
No podía.
—Y sé —continuó Sebastián— que durante años tú tuviste todo eso frente a ti y decidiste no verlo.
La oficina pareció quedarse sin aire.
—No te atrevas —dijo Diego.
—Ya lo hice.
—No tienes derecho a darme lecciones. Tú aprovechaste un momento en que estaba vulnerable. La viste borracha, herida, enojada conmigo, y le ofreciste un contrato con apellido Montero. Eso no es amor. Es oportunidad.
Sebastián no respondió de inmediato.
Esa pausa le dio valor a Diego.
—¿O me vas a decir que no sabías lo que significaba para ella entrar a una familia como la tuya? ¿La casona, el abuelo, las joyas, el anillo de tu abuela? Sabías exactamente qué darle para que se sintiera elegida.
La temperatura de Sebastián cambió.
No levantó la voz. No hizo falta.
—Ten cuidado.
—¿Por qué? ¿Porque dije la verdad?
—Porque estás a una frase de convertir su herida en argumento para justificarte.
Diego apretó los dientes.
—Ella siempre quiso pertenecer.
—Sí —dijo Sebastián—. Y tú usaste eso para tenerla cerca sin elegirla nunca.
El golpe entró por un lugar que Diego no tenía protegido.
—Yo nunca la obligué a quedarse.
—No. Solo le diste lo suficiente para que esperara.
—Eso no es mi culpa.
—Claro que lo es.
Diego dio una risa áspera.
—Qué fácil hablar desde tu lado. Tú llegaste al final, cuando ella ya estaba cansada. Yo estuve ahí desde antes.
—Estuviste al lado. No es lo mismo que estar ahí.
La frase se clavó entre ambos.
Diego recordó a Valentina cargando carpetas en Grupo Castillo, esperando afuera de salas de junta, comprando café aunque nadie se lo pidiera, sonriendo cuando él decía "gracias, Vale" sin mirarla. Recordó lo fácil que era confiar en que estaría.
Recordó, y odiarlo fue más sencillo que aceptar lo demás.
—Tu matrimonio no durará —dijo.
—Puede ser.
—Cuando el contrato deje de servir, la vas a soltar.
—No firmé para sujetarla.
—Entonces divórciate.
Sebastián lo miró con una calma casi triste.
—Si Valentina me lo pide, sí.
Diego se quedó sin una réplica limpia.
—¿Así nada más?
—Así nada más.
—Mientes.
—No todos confundimos amar con poseer.
El rostro de Diego se endureció.
—No uses esa palabra.
—¿Amar?
—Ella no te ama.
—No te amaba hace diez años —soltó Diego, y la frase salió más cruel de lo que planeó—. No te amará ahora.
Sebastián se quedó muy quieto.
Por primera vez, Diego pensó que había tocado algo real.
Pero cuando Sebastián habló, su voz siguió baja.
—Puede que no.
Esa respuesta lo desconcertó.
—¿Qué?
—Puede que Valentina nunca llegue a amarme como yo la amo.
Diego sintió una alegría sucia, inmediata.
Sebastián la apagó antes de que creciera.
—Puede que en el futuro quien esté a su lado no sea yo.
Diego dio un paso.
—Entonces...
—Pero jamás serás tú.
La frase cayó limpia.
Sin grito.
Sin insulto.
Sin necesidad de repetirla.
Sebastián rodeó el escritorio y se acercó lo suficiente para que Diego viera la marca ya casi borrada en su cuello, ese origen ridículo de todo lo que ahora no podía controlar.
—La perdiste tú solo, Diego.
Los dedos de Diego se cerraron en puños.
—Ella volverá cuando entienda lo que está haciendo.
—No.
—La conozco.
—Conocías a una mujer que esperaba. Esa mujer se bajó del coche.
Diego retrocedió como si le hubieran empujado el pecho.
—¿Qué dijiste?
Sebastián no respondió. Tocó un botón en el teléfono del escritorio.
—Gabriel.
La puerta se abrió casi de inmediato.
Gabriel entró con dos elementos de seguridad.
—Acompañen al licenciado Castillo a la salida —dijo Sebastián.
—No he terminado.
—Yo sí.
Seguridad se acercó.
Diego no quería forcejear. No en MBT, no con cámaras, no con directivos mirando por cristales. Aun así, cuando uno de los guardias le indicó el camino, la humillación le subió al rostro.
—Esto no se queda así —dijo.
Sebastián lo miró como se mira un correo molesto antes de archivarlo.
—Por tu bien, ojalá sí.
El trayecto al elevador fue peor que la discusión.
Nadie en el piso ejecutivo habló en voz alta, pero todos vieron. Una asistente bajó la mirada al teclado. Un directivo se metió a una sala. Gabriel caminó detrás, no como enemigo, sino como testigo de una vergüenza que Diego no podía desmentir.
En el reflejo de las paredes de cristal, Diego se vio a sí mismo escoltado por dos guardias de una empresa que no era la suya. Traje caro, labio ya curado a medias por el golpe de Mateo, ojos demasiado abiertos. Parecía un hombre importante saliendo de un lugar donde acababan de demostrarle que su importancia no alcanzaba.
El elevador tardó ocho segundos en llegar.
Fueron ocho segundos largos.
Una becaria abrazó una carpeta contra el pecho y susurró:
—¿Ese no es el de Grupo Castillo?
Alguien le respondió:
—Sí. El ex de la señora Montero, creo.
Ex.
La palabra le pegó más que "Castillo".
En el lobby, mientras esperaba que seguridad le devolviera su identificación, dos empleados salieron de la cafetería con vasos en la mano.
—¿Sí viste lo del juego de pareja del Family Day? —dijo una de ellas, riéndose bajito—. Dicen que el señor Montero contestó todo sobre su esposa sin fallar.
—¿Todo?
—Todo. Bebida favorita, puesto de tamales, talla de zapato, hasta cómo toma el café cuando pinta. Y eso que llevan casados nada.
—Ay, no. Eso sí es amor. Mi novio ni sabe mi segundo apellido.
Diego se quedó inmóvil.
El guardia le tendió la identificación.
—Licenciado.
Diego la tomó, pero los dedos no le cerraron bien.
La risa de las empleadas siguió hacia los elevadores.
Y por primera vez, la frase de Sebastián no sonó como amenaza.
Sonó como sentencia.
Una que nadie en ese lobby necesitó escuchar dos veces, ni Diego tampoco, aunque le ardiera.