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Mil primaveras para ti

Mil primaveras para ti

Status: En proceso
Genre:Viaje a un juego / Villana / Romance
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Serena Mora tenía una vida perfectamente normal: universidad, tesis, y una novela de fantasía que leía para procrastinar. Hasta que despertó dentro de esa novela, atrapada en el cuerpo de la villana más odiada de la historia.
Su primera misión: hacer que el protagonista masculino se enamore de ella. El problema: él la odia con un puntaje de -123,456.
Adrián Navarro fue prisionero, torturado, y mutilado durante años. Su cuerpo se regenera de cualquier herida — un don que otros usaron para hacerlo sufrir. No confía en nadie. No ama a nadie. Y definitivamente no planea enamorarse de la mujer que lo tuvo cautivo.
Pero Serena no es la villana que él recuerda.
Con su espíritu guía (un loro parlanchín llamado Lilo), un medidor de afinidad que marca cifras ridículas, y un corazón demasiado terco para rendirse, Serena se propone cambiar el destino de todos. El de Adrián. El de sus amigos. El suyo propio.
Lo que no sabe es que su historia no empieza en una novela. Empieza hace diez mil años, cuando dos almas se encontraron por primera vez — y el destino juró separarlas.
Tres vidas. Trescientos años en el inframundo buscándola. Mil años reconstruyendo un cuerpo para volver a ella.
¿Cuántas primaveras hacen falta para un amor eterno?

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

—La próxima vez no vendrán a medir fuerzas. Vendrán a llevárselo.

La advertencia de Tomás Calvo dejó el campamento más frío que la noche.

Serena Mora no respondió de inmediato. Miró a Adrián Navarro, sentado al otro lado de la fogata, y vio que él también había escuchado. No se sorprendió. No se indignó. Solo cerró el frasco de ungüento con cuidado, como si la posibilidad de ser cazado por la Corte de las Sombras fuera una molestia conocida.

Eso le dio más miedo que cualquier ataque.

—Entonces avanzamos temprano —dijo Serena—. Antes del amanecer.

Tomás asintió.

—Yo haré la primera guardia. Valentina, la segunda. Alicia, descansa hasta que te releve.

—Puedo hacer otra ronda —dijo Alicia Nieves, aunque tenía ojeras suaves bajo los ojos.

—No. Curaste a tres guardias y a nuestro sanador. Descansa.

Valentina Rojas se dejó caer junto al fuego.

—Si alguien se acerca, grito. Si no se detiene, lo quemo. Plan simple.

—Prudencia —dijo Tomás.

—Estoy avisando antes de quemar. Eso ya es evolución.

Serena casi se rió, pero el cansancio le ganó. Se sentó sobre una manta prestada y abrió la piedra de comunicación. La respuesta seca de Héctor seguía brillando en la superficie. Debajo, otro mensaje acababa de aparecer:

"Mándame ubicación exacta."

Serena apretó los labios.

Escribió con el pulgar, lento porque todavía no entendía bien cómo obedecía la piedra:

"No. Si vienes con soldados, vas a asustar a todos y harás que Adrián parezca prisionero otra vez. Estoy viva. Confía en mí una noche."

La piedra tardó tanto en responder que Serena pensó que Héctor la había lanzado contra una pared.

Al final, apareció una frase:

"Una noche."

Serena soltó el aire.

—Tu hermano da miedo incluso en texto —dijo Lilo desde su hombro.

—Es su lenguaje del amor.

—Qué familia tan intensa.

—Tú eres un loro sistema que mide romance con números negativos. No juzgues.

Lilo se acomodó las plumas con dignidad.

Al otro lado del fuego, Adrián miraba la piedra.

Serena notó su atención y bajó la mano.

—Le dije que no viniera.

—Pudo traer soldados.

—Sí.

—Y no se lo pediste.

—No quiero que despiertes rodeado de lanzas.

Adrián sostuvo su mirada.

—Antes no te importaba.

El comentario no fue fuerte. No necesitaba serlo.

Serena sintió el golpe igual.

—Lo sé.

—Esa respuesta no explica nada.

—No tengo una explicación que puedas creer.

—Conveniente.

—Terriblemente.

Valentina, que fingía no escuchar, soltó un ruido entre risa y tos. Tomás la miró. Ella levantó las manos, inocente.

Alicia dejó una taza de infusión junto a Serena.

—Para dormir un poco. No tiene nada raro.

Serena miró la taza, luego a Adrián. Él entendió la referencia al caldo y apartó la vista.

—Gracias —dijo ella.

La infusión sabía a hierbas dulces y tierra caliente. No era café. A Serena le dolió extrañar el café en ese momento absurdo, pero el cuerpo ya no podía más. El día entero le pesaba en los huesos.

Valentina se levantó para revisar el perímetro con Tomás. Alicia se envolvió en una manta. Los guardias se repartieron cerca de los carruajes dañados. El fuego bajó de tamaño.

Serena se obligó a ponerse de pie.

—Yo también puedo hacer guardia.

Tomás la miró de arriba abajo: las botas llenas de tierra, los hombros caídos, la mano todavía cerrada alrededor de la piedra de comunicación.

—No.

—Qué respuesta tan larga.

—No sería prudente.

—Ahí está. Ya me sentía abandonada por tu palabra favorita.

Valentina soltó una risa desde el borde del campamento.

Tomás tomó una piedrita blanca de una bolsa y se la entregó a Serena.

—Si ves movimiento fuera del círculo de luz, no te acerques. Rompes esto contra el suelo. Hará ruido suficiente para despertarnos a todos.

Serena recibió la piedra como si fuera una granada.

—Mi primer aporte oficial al equipo: hacer escándalo.

—Un escándalo oportuno salva vidas —dijo Tomás.

Adrián, desde su roca, la observó guardar la piedra junto a la manta. No se burló. Tampoco apartó la mirada.

Serena intentó permanecer despierta.

Falló.

Adrián lo notó antes que nadie.

La cabeza de Serena cayó hacia adelante una vez, luego otra. Lilo dormía hecho una bola verde sobre la manta, demasiado agotado para anunciar protocolos. La mano de Serena seguía cerca de la piedra de comunicación, como si incluso dormida esperara otra orden de su hermano.

Adrián no dormía.

No dormía nunca de verdad cuando había gente alrededor.

Había usado los paños, aunque esperó hasta que nadie lo mirara de frente. El hombro ardía menos. La muñeca seguía doliendo, pero ya no cortaba como el metal de Ciudad Azul. El ungüento de Alicia servía. Eso lo irritaba.

Todo servía.

El caldo que no tenía veneno. La llave que no abrió la celda, pero aflojó el grillete. La orden de no tocarlo. El gesto de interponerse ante Héctor. La manera en que Serena decía "Adrián" cuando otros lo reducían a "el joven" o "ese hombre".

Era demasiado rápido y demasiado limpio para encajar con la mujer que él recordaba.

La Serena que él conocía no se detenía cuando alguien decía no. No dejaba comida y retrocedía. No pedía paños "para quien los necesite". No se ponía entre una espada y un prisionero de la Corte. No tenía manos incapaces de mover una chispa.

Adrián miró esas manos.

Estaban sobre la manta, abiertas, con pequeñas marcas rojas por la rama con la que Valentina le había corregido la postura. Eran manos torpes, sin Éter, las mismas que esa mañana habían olido a sangre.

Serena se movió dormida.

La manta se le resbaló de los hombros y una chispa de la fogata saltó cerca de la tela. Adrián se incorporó antes de decidirlo. Cruzó los pocos pasos entre ambos, pisó la chispa con la bota y levantó la manta lo justo para cubrirla otra vez.

No la tocó.

Ella murmuró algo.

No fue su nombre. Tampoco una palabra del mundo arcano.

—Mi tesis... no guardé el archivo...

Adrián frunció el ceño.

No entendió la frase, pero entendió el tono. Era la voz de alguien preocupada por una tontería doméstica, no por castigos, poder o venganza.

Serena movió la mano dormida hasta rozar la piedrita blanca que Tomás le había dado. Los dedos se cerraron alrededor de ella con torpeza.

—No lo encadenen otra vez —murmuró después, más bajo—. Si se asusta... va a pelear.

Adrián se quedó inmóvil, sin respirar del todo.

Esa frase sí pertenecía a este mundo. A la celda. A la sangre. A él.

Y aun así, no sonaba como una orden de carcelera. Sonaba como una advertencia para proteger a otros de su miedo.

Serena volvió a quedarse quieta.

El fuego iluminó su rostro dormido. Sin la barbilla levantada, sin sarcasmo, sin esa determinación nerviosa con la que ordenaba a todos que no lo tocaran, parecía mucho más joven. Mucho menos peligrosa.

Adrián debería haber vuelto a su sitio.

No lo hizo.

Se quedó de pie junto a la manta, con la sombra quieta bajo sus botas, mirando a la mujer que llevaba el rostro de su carcelera y los gestos de una desconocida.

—No confío en ti —susurró.

Serena no despertó.

Adrián bajó la voz todavía más.

—Entonces dime... ¿quién eres?

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Yenireth Aular
me encanta está historia
Yenireth Aular
me encanta está historia ❤️❤️
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