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Prisionero del amor más oscuro

Prisionero del amor más oscuro

Status: Terminada
Genre:CEO / Posesivo / Maltrato Emocional / Completas
Popularitas:8.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Sofía Marquez

Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.

NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12: Al borde del abismo

No sabía cuánto más podía aguantar.

Después, Santiago tampoco supo cuánto tiempo pasó desde que pensó eso.

El sótano no tenía mañana. No tenía tarde. No tenía noche. Solo la luz amarilla zumbando sobre su cabeza y la cadena raspando el cemento cada vez que su cuerpo se movía por instinto. A ratos se quedaba sentado en la cama, mirando un punto fijo de la pared. A ratos caminaba los siete pasos hasta la mesa, los cuatro hasta la cama, los dos hacia el baño. Siete. Cuatro. Dos.

El mundo se redujo a números pequeños.

Cuando León bajaba, Santiago sabía que había pasado algo de tiempo, pero no cuánto. A veces traía comida caliente. A veces solo agua y medicinas. A veces se quedaba parado sin hablar, como si esperara que Santiago levantara la vista y le diera una señal de que todavía estaba ahí.

Santiago dejó de darle señales.

—Necesitas comer —dijo León una vez.

La voz le llegó desde lejos.

Santiago tenía la mirada clavada en la cadena.

—Santiago.

Nada.

León se agachó frente a él.

—Mírame.

Santiago no lo hizo.

La mano de León se acercó a su cara. No llegó a tocarlo.

El cuerpo de Santiago reaccionó como si sí lo hubiera hecho.

Se echó hacia atrás con tanta violencia que la cadena tiró de su tobillo. El golpe de metal le arrancó un sonido breve, casi animal, y se pegó a la pared con las manos levantadas.

—No —dijo—. No, no, no.

León se quedó congelado.

—No iba a...

—No me toques.

—Solo quería...

—¡No me toques!

El grito rebotó en el sótano y le volvió a la garganta como un golpe. Santiago se tapó los oídos. No quería oír su propia voz. No quería oír el metal. No quería oír a León respirando como si fuera él quien estuviera sufriendo más.

León retrocedió despacio.

—Está bien. No te toco.

Pero ya era tarde. El cuerpo de Santiago no le creyó. Siguió temblando hasta que las piernas se le doblaron y terminó sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, respirando rápido.

Esa fue la primera vez que León subió sin insistir en que comiera.

La segunda señal llegó con el agua.

Santiago empezó a beber solo cuando tenía la garganta demasiado seca. La jarra quedaba en la mesa, a siete pasos de la cama. Una vez intentó levantarse y no pudo recordar si ya había caminado o si apenas iba a hacerlo. Se quedó en medio del sótano con la cadena tirante, mirando la jarra como si fuera un objeto de otro idioma.

Cuando León bajó horas después, la encontró intacta.

—¿Tomaste agua?

Santiago parpadeó.

La pregunta no entró.

León dejó la charola en el suelo y se acercó con cuidado, como uno se acerca a un borde que puede romperse. Tomó el vaso, lo llenó y lo sostuvo a distancia.

—Bebe.

Santiago miró el vaso.

No lo tomó.

—Por favor.

La palabra no significaba nada en esa boca.

León apretó los dedos alrededor del vaso.

—Santiago, por favor, bebe un poco.

Al final Santiago levantó la mano. Le temblaba tanto que el agua se derramó sobre sus dedos. Bebió dos tragos y apartó el vaso como si pesara demasiado.

León lo miró con un horror que ya no podía esconder.

No miedo a perder el control.

Miedo a lo que el control había hecho.

La tercera señal llegó cuando Santiago dejó de pedir que abrieran la cadena.

Eso fue lo que terminó de romper a León.

Había esperado gritos, insultos, amenazas. Los habría soportado mejor. Cuando bajó y encontró a Santiago sentado en el suelo, la cabeza apoyada en el borde de la cama, mirando la pared sin reaccionar al ruido de la puerta, algo se le fue del rostro.

—Santi.

Santiago no corrigió el apodo.

No porque lo aceptara.

Porque no pareció escucharlo.

León dejó la charola en la mesa y se agachó a varios pasos, respetando la distancia que la cadena marcaba con crueldad.

—Santiago, dime algo.

Silencio.

—Insúltame.

Nada.

—Dime que me odias.

Santiago pestañeó, lento.

La respuesta no llegó.

León subió las manos a la cabeza y se quedó así, doblado sobre sí mismo, respirando con dificultad. Luego se levantó de golpe y llamó a Don Tomás desde la escalera.

—Traiga la llave.

Don Tomás apareció casi de inmediato, como si hubiera estado esperando esa orden desde hacía días.

—¿Señor?

—La llave de la cadena.

El mayordomo lo miró. Por primera vez, no escondió el alivio.

—Sí, señor.

Santiago no reaccionó hasta que la llave tocó la cerradura de la esposa.

El sonido lo atravesó.

Se encogió contra la pared.

—No.

León levantó ambas manos.

—Voy a abrirla.

—No.

—Voy a quitarla, Santiago. Escúchame. Voy a quitarla.

Santiago lo miró, pero sus ojos no parecían enfocar.

Don Tomás se quedó en la escalera, pálido, con una manta y una bolsa de ropa limpia.

León abrió la esposa.

El metal se apartó del tobillo.

La piel quedó marcada, roja, hinchada en los bordes. León se quedó mirando la marca como si alguien se la hubiera grabado a él en el pecho.

Santiago no movió la pierna.

No entendía todavía que podía.

—Ya está —dijo León, con la voz rota—. Ya no está.

Santiago bajó la vista al tobillo.

La cadena seguía en el suelo.

No en su cuerpo.

Y aun así no se levantó.

León tragó saliva.

—Vamos arriba.

Cuando intentó ayudarlo, Santiago se apartó tan rápido que casi golpeó la pared.

—No me toques.

—Está bien. No te toco.

León miró a Don Tomás.

—Que traigan una silla.

—No —dijo Santiago.

Fue una palabra mínima, pero fue palabra. León se aferró a ella como si fuera oxígeno.

—¿Puedes caminar?

Santiago no respondió.

Apoyó una mano en la cama. Luego la otra. Se puso de pie con una lentitud dolorosa. El tobillo derecho no sostuvo bien el peso y tuvo que agarrarse del borde, pero no permitió que León se acercara.

Subió las escaleras solo.

Tardó mucho. Cada escalón le arrancó aire. León subió detrás, a distancia, con las manos abiertas, preparado para atraparlo si caía y obligado a no tocarlo porque tocarlo podía hundirlo más.

Al llegar arriba, la luz natural de la casa le pegó en los ojos.

Santiago se cubrió la cara con el brazo.

Había olvidado que el sol podía doler.

Don Tomás abrió una habitación de la planta baja, no la de la segunda planta. Más cerca. Sin escaleras. Habían cambiado las sábanas, retirado objetos pesados, dejado agua, comida blanda, ropa limpia y un botiquín sobre la mesa.

Todo parecía cuidado.

Todo seguía siendo una cárcel.

Santiago entró y se sentó en el borde de la cama.

León se quedó en la puerta.

—Voy a llamar a un médico.

Santiago no lo miró.

—No.

—Necesitas que revisen el tobillo.

—No.

—Entonces déjame...

Santiago levantó la vista.

León se calló.

La mirada de Santiago estaba seca. No furiosa. No suplicante. Seca.

Eso fue lo que terminó de asustarlo.

—Está bien —dijo León—. No voy a entrar si no quieres.

Santiago volvió a mirar la pared.

Don Tomás dejó una bandeja cerca de la cama y salió sin hacer ruido. León permaneció un segundo más.

—Santiago.

No hubo respuesta.

—Lo siento.

La frase cayó al suelo sin tocar a nadie.

León cerró la puerta, pero no con llave.

Santiago escuchó el sonido.

La parte racional de su cabeza registró el dato: la puerta no estaba cerrada.

Su cuerpo no se movió.

Pasó una hora mirando la misma esquina. O quizá fueron diez minutos. El tiempo seguía descompuesto. Cuando intentó acostarse, se detuvo antes de que el tobillo derecho tocara la sábana, como si la cadena todavía estuviera allí.

No estaba.

La sentía igual.

Más tarde, León abrió la puerta apenas un poco.

—Traje caldo.

Santiago no levantó la cabeza.

—Lo dejo aquí.

Los pasos se acercaron dos veces y se detuvieron. León dejó la bandeja en el suelo, a distancia. Se retiró.

—No voy a tocarte.

Santiago cerró los ojos.

La promesa era inútil.

Su cuerpo ya había aprendido a temer antes de escuchar.

Antes de que anocheciera, Don Tomás volvió con una tina pequeña, toallas limpias y ropa suave. No entró hasta que Santiago movió apenas la cabeza. Dejó todo junto al baño y mantuvo la vista baja.

—Puede asearse si lo desea. El agua está tibia.

Santiago miró la puerta del baño.

Era una puerta normal. Sin seguro por fuera. Sin cadena. Aun así, cuando intentó cerrarla, la madera tocó el marco y el sonido le cortó la respiración. Tuvo que abrirla de nuevo. Se quedó de pie, una mano sobre el lavamanos, temblando como si el sótano hubiera subido detrás de él.

Don Tomás no dijo nada.

Eso ayudó un poco.

Santiago se lavó la cara con agua tibia y se cambió la camisa sin quitarse del todo la anterior hasta tener la nueva lista. La piel del tobillo ardió cuando el pantalón rozó la marca de la cadena. No pidió ayuda. No iba a pedir ayuda para cubrir una herida que esa casa le había hecho.

Cuando salió, Don Tomás seguía junto a la puerta, con la charola intacta en las manos.

—¿Quiere que avise al señor?

Santiago lo miró.

Don Tomás entendió antes de que respondiera.

—No le avisaré.

Fue una concesión pequeña. Tardía. Insuficiente.

Pero fue la primera cosa en esa casa que no sonó como una orden.

Esa noche, la primera fuera del sótano, no durmió. Cada vez que la casa crujía, se sentaba de golpe. Cada vez que una sombra cruzaba bajo la puerta, se llevaba las rodillas al pecho. La comida quedó intacta. El agua bajó apenas.

Al amanecer, León lo encontró en la misma posición.

Estaba sentado contra la cabecera, con los ojos abiertos, la piel pálida y el tobillo marcado. Seguía vivo, pero algo se había apagado detrás de la mirada.

1
LUANA
excelente
AralckShaira
Ay se me salen las lagrmitas solas😭😭😭😭
AralckShaira
Ufff que frases tan brillantes
AralckShaira
Ay caramba lloreee😭😭
AralckShaira
Para mí es una historia muy bien contada, fresca, distinta con un tema relativamente normal pero que talvez no se cuenta así, como lo está contando la artista de la pluma, excelente trabajo
AralckShaira
Está historia no me gusta.... Me fascina
AralckShaira
Que historia!!!!!
AralckShaira
Uffff estoy reconectada, me superencanta
AralckShaira
Estoy enamorada 🤭
AralckShaira
Un cliché muy bien presentado
AralckShaira
Excelente
AralckShaira
Me gusta te estilo, prome tu historia 🥰
Amy Katin
😭 pobre de Santiago, espero que pueda volver a sentirse vivo.
AralckShaira: El ser humano es otra cosa
total 1 replies
ISABELRUIZDIAZ[BETA]😈🖤
Buenos días Te quería decir que ahora encontré tu trabajo y este capítulo me lo voy a guardar para leer más tarde no te frustres ni te enojes Si es que todavía no consigues apoyo en esta aplicación pero en cualquier momento tu historia va a ser descubierto y vas a conseguir muchos seguidores así que por favor si quieres seguir publicando más capítulos si es que se puede está muy buena por lo que veo y nada Gracias esperemos más de tus ingeniosas ideas Saludos a usted😈
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