Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 4
Capítulo 4: Vengo a disculparme
—Investiga a esa chica —dijo.
Tres días después, media ciudad ya sabía que Diego Castellán había sido enviado a Monterrey.
Nadie decía "castigo". En los salones caros, las palabras feas se envolvían en servilletas de lino. Decían "reacomodo", "proyecto familiar", "oportunidad en el norte". Pero en El Palacio, bajo una instalación de nieve artificial que caía detrás de los ventanales como si Polanco se hubiera comprado un invierno europeo, Máximo Delgado soltó una carcajada sobre su copa de mezcal.
—Oportunidad, claro. Yo también llamo oportunidad a que te avienten a llenar reportes mientras se te cura la ceja.
Tomás Reyes, sentado junto al ventanal, levantó ambas manos.
—Técnicamente, El Mirador no tuvo nada que ver. Yo solo presto el edificio, no el temperamento de Adrián.
—Tú prestas edificios, problemas y pésimas ideas —dijo Santiago Montiel, sin apartar la vista de su teléfono—. Es un portafolio muy completo.
Máximo le señaló con el vaso.
—Miren al poeta empresarial. ¿Qué lees con tanta cara de funeral elegante?
Santiago giró la pantalla. Había varios mensajes de Mariana Montiel, todos escritos con demasiados signos de exclamación para su estilo.
—Mi prima está preguntando por la dirección de La Hacienda Castellán.
Tomás casi se atragantó con un hielo.
—¿Para qué?
—Dice que una amiga necesita devolver algo. O recuperar algo. Mariana no sabe mentir cuando tiene culpa.
Máximo se inclinó hacia delante, interesado.
—¿La del vestido rojo?
Santiago no sonrió, pero sus ojos sí.
—Eso parece.
Tomás se llevó una mano al pecho.
—No, no, no. Una cosa es morderlo en mi club y otra aparecerse en su casa. ¿Esa mujer quiere vivir o quiere protagonizar una tragedia?
Máximo bebió mezcal.
—Hermano, si una mujer muerde a Adrián Castellán y al tercer día va a su casa, eso ya no es tragedia. Es vocación.
En el otro extremo de la ciudad, Valentina Serrano estornudó dentro de un Uber y decidió que la vocación era una estupidez.
—Todavía podemos regresar —susurró Paloma, sentada a su lado con una bolsa de papel sobre las rodillas—. Podemos mandar una carta. Una canasta. Una disculpa por mensajería. Una disculpa anónima.
—Paloma.
—Un arreglo de flores. Algo blanco. Muy de paz.
—Le mordí el cuello.
Paloma se cubrió la cara con la bolsa.
—No lo digas así.
—¿Cómo quieres que lo diga? ¿Le hice una intervención dental no autorizada?
—¡Jefa!
Valentina se habría reído si el estómago no le ardiera desde la mañana. El médico le había prohibido desvelos, picante y estrés. Ella había obedecido dos de tres. El estrés iba sentado en el asiento delantero, con forma de dirección escrita en una nota: La Hacienda Castellán, Pedregal de San Ángel.
Mariana había conseguido la dirección con Santiago después de jurar por todos los santos que Valentina solo quería disculparse y recuperar una reliquia familiar. Valentina no sabía si eso contaba como mentira. Sí quería disculparse. También quería su peineta. Lo que no quería era volver a respirar el mismo aire que Adrián Castellán.
Pero la peineta de su abuela estaba con él.
El Uber se detuvo frente a un portón de hierro negro. Detrás se alzaban muros de piedra volcánica, bugambilias trepando por las esquinas y una entrada larga bordeada de palmas. No era una casa. Era una declaración de guerra con jardines.
Paloma bajó primero, pálida.
—Esto no parece un lugar donde uno dice "perdón" y se va.
—Por eso trajimos polvorones.
—Son de rosa. ¿Crees que le gusten?
—Creo que puede comprar la panadería si no le gustan.
Valentina acomodó el saco sobre el vestido sencillo que Carmen le había obligado a ponerse. Nada rojo. Nada provocativo. Nada que recordara el desastre. Se había recogido el cabello con un broche barato y cada tirón le recordaba lo que faltaba.
Al acercarse al interfono, una voz masculina silbó detrás de ellas.
—Mira nada más. ¿La señorita Serrano en persona?
Valentina giró.
Un hombre joven se apoyaba contra un auto deportivo estacionado cerca de la banqueta. Tenía lentes oscuros aunque el cielo estaba nublado y una sonrisa demasiado confiada. Julio. Lo había visto en eventos de proveedores: heredero de una familia que creía que pagar tarde era una estrategia de negocios y tocar brazos ajenos era simpatía.
—Julio —dijo Valentina—. Qué mala coincidencia.
—Yo diría que buena. No todos los días una diseñadora viene a rogar a la puerta de un Castellán.
Paloma se pegó a la bolsa de polvorones como si pudiera usarla de escudo.
—No estamos rogando —dijo Valentina.
Julio se quitó los lentes.
—Claro. Viniste a pedir empleo de jardinera.
Valentina respiró hondo. Uno, dos, tres. El médico había dicho nada de estrés. Nadie le había preguntado si Julio existía.
—Apártate.
—¿Y si no quiero?
Él dio un paso, demasiado cerca, y bajó la voz.
—Escuché lo de El Mirador. Valentina, Valentina... uno piensa que eres fina, y sales mordiendo hombres en pisos privados. Si necesitabas atención, me hubieras llamado.
Paloma soltó un sonido ahogado.
Valentina sonrió.
—¿Terminaste?
—Todavía no.
Julio estiró la mano hacia un mechón que se le había soltado.
Valentina pisó su zapato con el tacón.
No fue un roce. Fue todo su peso, justo sobre el empeine.
Julio lanzó un quejido que espantó a dos pájaros del muro.
—¡Estás loca!
—Y tú estás demasiado cerca.
Valentina retiró el pie, pero no retrocedió. Paloma la miraba con una mezcla de horror y admiración.
El portón emitió un sonido metálico.
Un hombre de traje oscuro salió del módulo de seguridad. Valentina lo reconoció por la postura antes que por la cara: Joaquín, el asistente de Adrián.
—Señorita Serrano —dijo con absoluta cortesía—. El señor Castellán la está esperando.
La boca de Julio se abrió.
—¿Qué?
Joaquín ni siquiera lo miró.
—Y a usted, señor Julio, le sugiero retirarse antes de que el personal de seguridad revise por qué está bloqueando una entrada privada.
Julio miró el portón, luego a Valentina, luego a su zapato arruinado.
—Esto no se queda así.
Valentina inclinó la cabeza.
—Claro que no. Te falta cojear hasta tu coche.
Paloma casi dejó caer los polvorones.
Joaquín sostuvo el portón abierto.
—Por aquí, por favor.
El camino de piedra atravesaba un jardín demasiado ordenado: palmas podadas, bugambilias sin una rama fuera de lugar, una fuente de cantera al centro y cámaras discretas escondidas bajo las cornisas. Paloma caminaba pegada a Valentina, abrazando la bolsa de polvorones como si fuera una ofrenda para una deidad difícil.
—Jefa —susurró—, ¿crees que nos revisen la bolsa?
—Si encuentran azúcar glass, confesaré todo.
Joaquín escuchó, pero no reaccionó.
—El señor Castellán pidió que esperen en la sala azul.
—¿Pidió? —repitió Valentina.
—Ordenó —corrigió Joaquín, amable—. Pero suena menos hostil si digo pidió.
Valentina no supo si reírse o preocuparse más.
Valentina cruzó el umbral con la espalda recta y la garganta seca.
No vio a Adrián.
Pero en una sala de seguridad al fondo de La Hacienda Castellán, una pantalla mostraba en directo la entrada principal. Adrián observó cómo Valentina avanzaba por el camino de piedra con el cabello mal sujeto, la cara todavía pálida por la fiebre y la misma insolencia intacta en la barbilla.
En la esquina de la pantalla, Julio cojeaba hacia su auto.
Adrián no sonrió.
Pero Joaquín, al volver la vista a la cámara, entendió que el señor Castellán había visto todo.
excelente
Gracias.