Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
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Capítulo 23
Capítulo 23
El nudo que no sabía hacer
—Yo sí.
Sebastián me miró como si acabara de revelar un poder inútil y fascinante.
—¿Sabes hacer un nudo Eldredge?
—Tuve una etapa.
—¿Una etapa de nudos de corbata?
—Una etapa de tutoriales para no pensar en cosas peores.
No preguntó cuáles.
Eso me gustó de él: sabía cuándo una puerta se abría para entrar y cuándo solo para ventilar.
La cena de MBT era esa misma noche, en un restaurante privado de Polanco. Inversionistas, directivos, dos consejeros, Gabriel y, por primera vez, "la señora Montero" en una mesa que no era familiar. Yo debería haber estado nerviosa por eso.
Lo estaba.
Pero el verdadero problema era la corbata.
Sebastián se cambió en su habitación y salió con traje azul oscuro, camisa blanca y la corbata color vino todavía colgando del cuello, derrotada. Yo estaba en el pasillo con mi vestido verde profundo, la mascada que compré esa tarde y el pulso demasiado rápido para alguien que supuestamente iba a ayudar.
—No te rías —dijo.
—No me estoy riendo.
—Estás pensando en reírte.
—Eso no es delito.
Se quedó frente a mí.
La distancia era mínima.
Tomé los extremos de la corbata.
—Quieto.
—Sí, señora.
El "señora" me rozó los dedos.
Me concentré en el tejido. Cruce ancho sobre estrecho, vuelta, lazo, otra vuelta. El nudo Eldredge era innecesariamente dramático, perfecto para alguien que decía no saber hacerlo pero aceptaba llevarlo porque la invitación lo pedía.
El problema no era el nudo.
Era su respiración.
Cada vez que mis nudillos rozaban su cuello, Sebastián se quedaba más quieto. No ayudaba. No retrocedía. Solo dejaba que mis manos trabajaran, y esa confianza me subía por los brazos.
—¿Así aprendiste? —preguntó.
—Con videos.
—¿Para Diego?
La pregunta fue tranquila.
No celosa.
Eso me permitió responder sin defenderme.
—Sí. Él tenía eventos y nunca se hacía bien la corbata.
Mis dedos no se detuvieron.
—¿Se la atabas?
—Una vez. Luego me dijo que parecía que lo estaba ahorcando.
Sebastián bajó la mirada a mis manos.
—Qué falta de gratitud.
Solté una risa corta.
—Tú también podrías terminar ahorcado si te mueves.
—No me moveré.
Terminé el nudo y lo ajusté con cuidado hasta dejarlo en el centro. Era elegante, complejo, un poco ostentoso. Le quedaba demasiado bien.
—Listo.
No retiré las manos de inmediato.
Él tampoco se apartó.
La corbata quedó entre mis dedos como una excusa delgada.
—¿Demasiado apretado? —pregunté.
—No.
—¿Seguro?
—Si digo que sí, ¿vuelves a acercarte?
Levanté la vista.
Sebastián tenía la expresión seria, pero los ojos no.
—Eso fue trampa.
—Fue una pregunta logística.
—Eres terrible.
—Estoy aprendiendo de mi esposa.
Mis dedos, traidores, alisaron la tela una vez más.
—Tu esposa tiene mejores métodos.
—Lo sé.
La respuesta me calentó la cara.
—Gracias —dijo.
—De nada.
Su mirada bajó a mi boca.
Yo recordé el estacionamiento, la frase "estoy sobria", su frente contra la mía.
Di un paso atrás porque, si no, no íbamos a llegar a ninguna cena.
Gabriel nos esperaba en el restaurante con expresión de hombre que ya había hecho demasiada gestión emocional ajena.
—Llegan tarde.
—Cinco minutos —dijo Sebastián.
Gabriel miró el nudo.
—Ah. Entiendo.
—No entiendes nada —respondí.
—Entiendo lo suficiente para no preguntar.
En la entrada, una hostess le ofreció a Sebastián ajustar el guardarropa. Él negó con cortesía y, cuando ella elogió la corbata, dijo sin dudar:
—La hizo mi esposa.
La hostess sonrió hacia mí.
Yo tuve que fingir que revisar mi bolso era una tarea urgente para no sonreír demasiado frente a todos los presentes en la entrada iluminada del restaurante privado esa noche.
La cena empezó formal. Copas, contratos disfrazados de conversación, sonrisas medidas. Al principio, varias personas me hablaron con esa cortesía que se usa cuando una no sabe si la esposa del CEO entiende algo o solo está ahí para decorar.
—¿Y usted, señora Montero, a qué se dedica? —preguntó un consejero.
—Pinto —respondí.
—Qué bonito.
El tono me puso una espina en la lengua.
Sebastián dejó el vaso sobre la mesa.
—Valentina acaba de reabrir su trabajo bajo @NaranjaDulce. Marco Bianchi empezó a seguirla esta semana.
El consejero parpadeó.
—¿Marco Bianchi, @NotteBianca?
—Ese.
Gabriel sonrió dentro de su copa.
Yo miré a Sebastián.
Él no exageró. No explicó por mí. Solo colocó mi trabajo en la mesa con el mismo peso con que otros colocaban cifras.
La conversación cambió.
Una directora de investigación, la doctora Salinas, se inclinó hacia mí.
—¿Acuarela o digital?
—Ambas. Últimamente acuarela.
—Mi hija está obsesionada con ilustración. ¿Le puedo enseñar su cuenta?
—Claro.
Por primera vez en la noche, sonreí sin calcular.
Después, cuando Sebastián se levantó para saludar a un consejero que llegaba tarde, el mismo hombre que había dicho "qué bonito" intentó corregir el rumbo.
—No quise sonar despectivo, señora Montero.
Pude dejar que la incomodidad muriera sola.
Antes habría hecho eso.
—Sonó un poco así —respondí.
El hombre parpadeó, sorprendido.
Gabriel bajó la mirada al plato para esconder una sonrisa.
—Tiene razón —admitió el consejero, con más honestidad de la que esperaba—. Disculpe. Mi esposa también es artista y odia cuando la tratan como pasatiempo.
—Entonces salúdela de mi parte.
La doctora Salinas levantó su copa hacia mí.
Ese gesto pequeño me sostuvo más que una defensa grandiosa.
Cuando Sebastián volvió a sentarse, no preguntó qué había pasado. Solo miró mi postura, la copa de la doctora, el consejero más cuidadoso, y entendió.
Debajo de la mesa, su mano rozó la mía.
No la tomó.
Solo rozó.
Como diciendo: lo vi.
Más tarde, durante el postre, Sebastián recibió un mensaje. Lo leyó y su ceja se movió apenas.
—¿MBT se incendia? —pregunté.
—No. Lucía quiere saber si sobreviviste a los inversionistas.
—Dile que sí.
—También pregunta si el nudo sigue intacto.
Me atraganté con mousse de chocolate.
Gabriel soltó:
—Yo también tenía esa duda, pero soy más discreto.
—No eres discreto —dijimos Sebastián y yo al mismo tiempo.
Nos miramos.
La risa nos salió junta.
Al volver al coche, la noche de Polanco estaba fresca. Sebastián me ofreció su saco; lo acepté porque el vestido era bonito, no térmico.
—Lo hiciste muy bien —dijo.
—¿El nudo?
—La cena.
—Tú me ayudaste.
—No. Solo dije la verdad.
Me acomodé el saco sobre los hombros.
—Entonces gracias por decirla en voz alta.
El chofer abrió la puerta, pero Sebastián no subió.
—¿Quieres ir a casa?
La pregunta sonaba inocente.
No lo era.
Yo tampoco quería ser inocente todo el tiempo.
—No todavía.
Algo en sus ojos cambió.
—¿Qué quieres hacer?
Pensé en restaurantes, bares, caminar, besarlo contra otra puerta de coche.
—Película —dije, porque mi valentía tenía pésimo sentido del timing.
Sebastián sacó el celular.
—¿Romántica?
La palabra lo hizo pausar medio segundo.
Lo vi.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Sebastián.
—Hay una función de animación a las diez cuarenta.
—¿Animación?
—Tiene buenas críticas.
Lo miré con sospecha.
—Estás evitando una película romántica.
—Estoy eligiendo una opción culturalmente sólida.
—Cobarde.
—Prudente.
Subí al coche riéndome.
Él se sentó a mi lado y compró dos boletos para una película infantil como si acabara de tomar una decisión estratégica de alto nivel.
—Muy bien —dije—. Vamos a ver si sobrevives a palomitas y niños.