Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.
Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.
Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.
Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.
Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.
Lo difícil es que el mundo no se entere.
"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."
NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18
Esa ceja hizo más ruido que un portazo.
Valentina miró el mensaje otra vez, como si las letras fueran a cambiar si las leía con menos sueño. Reunión sujeta a revisión de Grupo Montero. Nueva fecha por notificarse. Una frase limpia, corporativa, sin sangre. Pero ella había estado demasiadas veces del lado donde las decisiones ajenas caían con membrete y cortesía.
—Así de fácil —murmuró.
Sebastián guardó el celular.
—No fue fácil. Fue correcto.
—Para ti las dos cosas se parecen mucho.
Él no contestó de inmediato.
Desde la puerta del cuarto, Carmen carraspeó.
—Si van a pelear, háganlo donde no me suban la presión.
Valentina giró tan rápido que casi se le cayó el teléfono.
—Abuela, no estamos peleando.
—Mija, fui maestra treinta y cinco años. Distingo una pelea aunque venga envuelta en voz bajita.
Sebastián inclinó la cabeza, respetuoso.
—Tiene razón, doña Carmen. La dejo descansar.
—A mí no me deje nada. Dejen de hacer cara de funeral empresarial.
La frase habría sido ridícula en otro momento. A Valentina le sacó una risa breve que se le quebró enseguida.
Daniel apareció al fondo del pasillo y, al verlos en la puerta, se acercó con prudencia.
—Doña Carmen necesita dormir un par de horas —dijo—. La presión está mejor. Si quieren salir a comer algo o resolver pendientes, este es buen momento.
—No voy a irme —dijo Valentina.
Carmen levantó la mano desde la cama.
—Sí vas a irte si vas a mirarme con esa cara. Me enfermas más.
—Abuela.
—Y usted —le dijo Carmen a Sebastián, apuntándolo con un dedo flaco— no me la traiga de regreso sin comer.
—Sí, doña Carmen.
Daniel miró a Valentina.
—Yo estaré en piso. Cualquier cambio le aviso de inmediato.
El `le aviso` formal, correcto, le dio a ella una pequeña isla. Asintió.
No habían llegado al elevador cuando el celular de Sebastián vibró otra vez. Él leyó, y algo en su mirada se volvió más frío.
—¿Qué pasó? —preguntó Valentina.
—La reunión no se canceló. Castellano pidió que se hiciera hoy, con USV y Agencia Prisma presentes, para "aclarar malentendidos".
—¿Hoy?
—En Torre Grupo Montero. En cuarenta minutos.
Valentina soltó una risa sin humor.
—Qué casualidad tan eficiente.
—Puedes quedarte aquí.
—No.
Sebastián la miró.
—Valentina.
—Si esa reunión toca perfiles académicos, intérpretes y mi nombre, voy a estar. No para que me defiendas. Para que no hablen de mí como si yo fuera una silla que se puede mover de sala.
Él la observó unos segundos. Luego asintió.
—Entonces entraremos por separado.
—Gracias.
—Y en la sala serás profesora Solís.
—Y tú, Director Montero.
La formalidad dicha entre ellos sonó como una puerta cerrándose a propósito.
Torre Grupo Montero olía a vidrio limpio, café negro y aire acondicionado caro. Valentina había estado allí antes como intérprete, pero entrar después de dormir dos horas en un hospital y de ver a Sebastián mover una reunión con dos llamadas era otra cosa. Los guardias lo saludaron con una inclinación mínima. El elevador privado se abrió antes de que él tocara el botón. Marcos Peña esperaba arriba con una carpeta gris y expresión de no haber parpadeado en toda la mañana.
—Director Montero.
—Marcos.
Luego Marcos miró a Valentina con formalidad impecable.
—Profesora Solís. Paola está en la sala B con la abogada de Legal. El Rector Sandoval entra por videollamada.
—Gracias.
Sebastián caminó delante de ella sin tocarla. Ni una mano en la espalda, ni un gesto que pudiera alimentar el tipo de historias que ella temía. Y aun así, cada empleado que se apartaba a su paso le recordaba que él no necesitaba tocar para ocupar un espacio entero.
En la sala B, Paola se levantó al verla.
—Profesora, lamento la urgencia.
—Si es por proteger el proceso, aquí estoy.
Paola le apretó el brazo apenas, rápido, de mujer a mujer.
—Eso mismo pensé.
Andrés llegó tres minutos después.
Traía otro traje impecable y una cara de cansancio que no le quitaba elegancia. Al entrar, sus ojos buscaron primero a Valentina. Ella sostuvo la mirada, pero no le dio nada más.
—Profesora Solís —dijo él.
La corrección pública fue tan clara que Paola levantó un poco las cejas. Sebastián no se movió.
—Señor Castellano —respondió Valentina.
La reunión empezó con cortesías. El Rector Sandoval apareció en la pantalla desde su oficina. La abogada de Legal leyó el punto de conflicto: Castellano Infraestructura había solicitado participar en la selección de perfiles de interpretación y acceso previo a información académica de docentes e intérpretes vinculados al convenio. Andrés lo presentó como una medida de "calidad y coordinación".
Valentina dejó que terminara.
Luego pidió la palabra.
—Desde el punto de vista lingüístico y académico, la calidad no se garantiza con acceso directo a expedientes personales —dijo—. Se garantiza con criterios verificables: combinación de idiomas, experiencia temática, disponibilidad, confidencialidad y ausencia de conflicto de interés. La USV puede certificar perfiles sin entregar información sensible ni permitir que una empresa elija nombres específicos.
Andrés la miró.
—Nadie quiere vulnerar información, profesora. Solo evitar errores.
—Entonces el procedimiento actual basta.
—Usted sabe que hay proyectos delicados.
—Precisamente por eso no deben depender de preferencias personales.
El silencio fue breve, pero denso.
Valentina sintió la presencia de Sebastián al otro extremo de la mesa. No la interrumpió. No la salvó. La dejó terminar.
—Además —añadió—, cualquier contratación de intérpretes debe pasar por Agencia Prisma o por el canal formal de la USV. Si una empresa solicita a una persona por nombre, esa persona debe poder rechazar sin presión institucional.
Paola escribió algo en su libreta.
—Estoy de acuerdo —dijo—. Agencia Prisma no entrega datos personales sin contrato específico ni consentimiento.
El Rector Sandoval carraspeó en la pantalla.
—La universidad respalda esa postura.
Andrés entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Mi intención no era presionar a nadie.
Sebastián habló por primera vez desde que empezó la discusión.
—Entonces no le molestará retirar la solicitud.
La sala se enfrió un grado.
Andrés giró hacia él.
—Director Montero, con todo respeto, Castellano Infraestructura tiene derecho a cuidar sus intereses.
—Y Grupo Montero tiene derecho a no asociarse con procesos que confundan coordinación con vigilancia.
—No fue vigilancia.
Sebastián apoyó una mano sobre la carpeta gris.
—Su solicitud llegó dos horas después de que usted se reunió con una profesora incluida en el anexo técnico. Pidió acceso a perfiles y selección directa. En mi empresa, eso se llama riesgo.
Andrés apretó la mandíbula.
—Está interpretando motivos personales.
—Estoy leyendo documentos.
Fue una frase simple. Golpeó más por eso.
Valentina sintió el pulso en la garganta. Una parte de ella quería aplaudir. Otra parte quería salir corriendo. Porque Sebastián no levantaba la voz, no insultaba, no necesitaba. Bastaba con que ordenara los hechos sobre la mesa para que todos entendieran dónde terminaba el permiso.
Andrés la miró de reojo. Esta vez no buscó a Vale. Buscó una reacción de la profesora Solís.
No la obtuvo.
La abogada de Legal cerró el punto con un acuerdo: Castellano Infraestructura retiraría la solicitud; cualquier selección de personal quedaría en manos de los canales establecidos; Grupo Montero revisaría el convenio antes de fijar nueva fecha. El Rector Sandoval pareció aliviado. Paola, satisfecha. Marcos, desde la esquina, no mostró nada.
Cuando la pantalla se apagó, Andrés se quedó de pie.
—Profesora Solís —dijo—, ¿puedo hablar con usted un minuto?
Sebastián no giró la cabeza. Solo levantó la vista hacia él.
—No dentro de mis oficinas.
Andrés sonrió apenas.
—¿Sus oficinas también regulan conversaciones personales?
—Cuando una conversación personal intenta disfrazarse de asunto institucional, sí.
La sonrisa de Andrés desapareció.
—No soy su empleado, Director Montero.
—Por eso se lo estoy diciendo con tanta cortesía.
Paola bajó la mirada a sus papeles. El Rector ya no estaba en pantalla, pero la vergüenza ajena seguía sentada allí.
Valentina se levantó.
—No necesito hablar, señor Castellano.
Andrés respiró por la nariz.
—Entiendo.
No entendía. Se le veía. Pero esta vez no insistió.
Cuando salió, la puerta se cerró suave. Casi demasiado suave.
Valentina recogió sus copias con manos firmes hasta que la sala quedó vacía. Entonces los dedos le temblaron.
Sebastián lo notó.
—Lo hiciste bien.
—No me califiques.
Él se quedó quieto.
—Perdón.
Valentina guardó la carpeta en su bolsa y salió al pasillo. No quería hablar en la sala donde él acababa de demostrar que podía congelar a un empresario con tres frases. Sebastián la siguió a distancia hasta un corredor lateral, junto a una ventana enorme desde donde se veía San Valero como una maqueta: avenidas, edificios, autos diminutos bajo el sol.
—Este es tu mundo —dijo ella.
—Una sala de juntas no es mi mundo.
—Sí lo es. Estas puertas que se abren antes de que toques. Gente esperando con carpetas. Abogados que convierten una mirada tuya en política interna. Hombres como Andrés quedándose callados porque tú pusiste la mano sobre un expediente.
Sebastián miró la ciudad.
—¿Preferías que lo dejara pasar?
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Él volvió la vista hacia ella.
—Entonces, ¿qué te asusta?
Valentina tragó saliva. Abajo, en la calle, un taxi amarillo se detuvo en el semáforo. Parecía pequeño desde esa altura. Ella se sintió igual.
—Que contigo no hace falta que nadie me insulte para que el mundo recuerde mi lugar.
Sebastián frunció apenas el ceño.
—Ese no es tu lugar.
—Tú no decides cómo me miran los demás.
—No.
—Pero sí puedes decidir quién entra, quién sale, qué reunión se congela, qué apellido pesa más.
—Y hoy usé eso para protegerte.
—Lo sé.
La parte más difícil era esa: saberlo. No estaba frente a un hombre que quisiera comprarla. No era la madre de Andrés con una tarjeta de presentación escondida en un sobre. Sebastián no la había reducido. La había dejado hablar, le había guardado el espacio, había golpeado solo cuando el procedimiento lo justificaba.
Y aun así, el miedo seguía ahí, como una astilla.
—Aun así me asusta —dijo.
Sebastián bajó la voz.
—¿Yo te asusto?
Valentina lo miró.
En privado era el hombre que le llevaba café, que le guardaba una silla junto a Carmen, que se detenía antes de tocarla cuando la veía al límite. En público era Director Montero, y la ciudad parecía inclinarse un centímetro cuando él hablaba.
—No sé separar las dos cosas —admitió.
Esa confesión sí lo tocó.
—Valentina...
Ella dio un paso atrás antes de que él pudiera acercarse.
—Tengo que volver al hospital.
—Te llevo.
—Voy en taxi.
—No.
La palabra salió como orden.
Valentina se quedó inmóvil.
Sebastián lo entendió en cuanto lo dijo. Cerró los ojos un instante.
—Perdón. Quise decir que me gustaría llevarte.
Demasiado tarde. No por la frase. Por todo lo que acababa de ver.
Valentina acomodó la correa de la bolsa en el hombro.
—En tu mundo, Sebastián, una mujer como yo siempre termina debiendo algo.