Un matrimonio forzado. Un contrato escrito con odio. Un hombre que juró no sentir nada.
Para salvar a su familia, Aria acepta convertirse en la esposa de Dante Volkov, el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad. Las reglas de Dante son claras: "En público, la esposa perfecta; en privado, no eres nada".
Lo que él no esperaba es que Aria no nació para ser sometida. Entre miradas cargadas de tensión, secretos oscuros y una atracción inevitable, la línea entre el odio y la obsesión comenzará a borrarse.
¿Quién caerá primero en su propio juego?
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El verdadero botín
Dante sostuvo la mirada de Aria, buscando desesperadamente en sus ojos la sombra de la mujer manipulable que creyó haber comprado. No la encontró.
La verdad detrás del sacrificio de Aria tenía un solo nombre: Sofia.
Sofia era su media hermana, fruto de una aventura de su padre con una mujer mucho más joven que terminó abandonando a la bebé a los pocos meses de nacer. Aria, sintiendo que la pequeña no tenía la culpa de la podredumbre de su familia, la asumió como su propia hija desde el primer día.
Pero la crueldad de Fernando no tuvo límites. Cuando se volvió a casar con una mujer ambiciosa y manipuladora, la nueva esposa exigió sacar a la "bastarda" y a la rebelde de la casa. Ambas terminaron en la calle.
Fue Mateo quien les tendió la mano en aquellos días oscuros. Aria estaba apenas a la mitad de su carrera universitaria de Administración de Empresas, pero no se rindió. Con una disciplina feroz, dos años y medio después se graduó con honores. Fue en ese momento cuando ejecutó su jugada maestra: cobró un fondo de inversión secreto que su madre le había dejado antes de morir, protegido de las garras de su padre. Con ese dinero y la visión táctica de Mateo, fundó la Terminal Central de Transportes y la red de restaurantes.
Cuando Fernando cayó en bancarrota, intentó manipular a Aria para que se casara con Dante y salvara su imperio. Al recibir un "no" rotundo, el cobarde de su padre aprovechó un descuido y se llevó a la pequeña Sofia, amenazando con enviarla a un internado en el extranjero o entregarla a gente peligrosa si Aria no firmaba el contrato de matrimonio.
Aria cedió únicamente para ganar tiempo.
Durante los primeros días de su encierro en la mansión Volkov, mientras aparentaba ser la esposa sumisa, usó a Mateo para coordinar un operativo silencioso. Esa misma mañana, Sofia había sido sacada del país bajo una identidad falsa, rumbo a un internado de élite en Suiza, con custodia privada las veinticuatro horas y pagado por los fondos secretos de la terminal.
Sofia estaba finalmente a salvo. El chantaje de su padre había muerto.
—¿Qué es lo que ya tienes, Aria? —la voz de Dante la trajo de vuelta al presente, baja y cargada de una sospecha punzante.
Aria dio un paso atrás, apartándose de él con una elegancia serena. Se sacudió una brizna de polvo invisible de la manga.
—Lo único que me importaba en este mundo —respondió ella con una sonrisa helada—. A mi hermana menor.
Dante frunció el ceño. Sabía de la existencia de la niña, pero sus informes indicaban que estaba bajo el cuidado de Fernando en la finca familiar.
—Sofia está en la finca de tu padre —dijo él.
Aria dejó escapar una risa suave, llena de un triunfo amargo.
—Sofia estaba ahí hasta las ocho de esta mañana, Dante. En este preciso momento está volando sobre el Atlántico hacia un lugar donde ni mi padre ni tus enemigos podrán tocarle un solo cabello jamás.
La mandíbula de Dante se tensó de golpe. Un destello de comprensión y asombro cruzó sus ojos grises. La mujer frente a él no había sido una víctima acorralada; los había manipulado a todos. Usó el matrimonio con Dante como una cortina de humo para distraer a su padre mientras orquestaba el rescate de la niña.
—Usaste mi apellido y mi seguridad para ganar tiempo —dedujo Dante en un susurro peligrosamente fascinado.
—Uso las herramientas que tengo a mi alcance, Volkov —corrigió Aria, dando un paso decidido hacia las escaleras—. Mi padre ya no tiene nada con qué chantajearme. Y tú... tú te quedaste sin la única palanca que tenías sobre mí. Así que si quieres romper el contrato y enviarlo a la cárcel, adelante. Yo misma le abriré la puerta de la celda.
Dante la observó subir los primeros escalones. La furia que lo consumía minutos atrás por la computadora destrozada se transformó en algo mucho más peligroso: el reconocimiento de que tenía frente a él a la única rival que había logrado jugarle en jaque en su propio terreno.
—El contrato no se rompe, Aria —retumbó la voz de Dante desde el fondo del vestíbulo.
Aria se detuvo en el descanso de la escalera y lo miró de reojo.
—¿Ah, no? ¿Y para qué me quieres aquí si ya no puedes controlarme?
Dante caminó hasta el pie de la escalera, alzando la mirada hacia ella con una sonrisa oscura que le heló la sangre.
—Porque antes te tenía aquí por un acuerdo de negocios... pero ahora, querida esposa, me muero de ganas de descubrir quién eres realmente. Y no me voy a detener hasta quitarte cada una de tus máscaras.