Axel nunca tuvo talento.
No era el más inteligente.
No era el más fuerte.
No era el más popular.
Mientras otros avanzaban, él parecía quedarse atrás.
A sus 22 años, su vida era una colección de trabajos temporales, sueños abandonados y promesas que nunca cumplía. Cada día se parecía al anterior: levantarse cansado, trabajar por poco dinero y regresar a casa sintiendo que no estaba llegando a ninguna parte.
Pero una noche todo cambia.
Al escuchar a su madre llorar en silencio por las deudas y los problemas que amenazan a su familia, Axel comprende una verdad dolorosa: nadie vendrá a rescatarlo.
No existe un destino especial.
No existen los milagros.
No existe un camino fácil.
Si quiere una vida diferente, tendrá que construirla con sus propias manos.
Así comienza una batalla que durará años.
Una batalla contra la pobreza.
Contra el cansancio.
Contra el miedo.
Contra los errores.
Y, sobre todo, contra sí mismo.
En el camino conocerá a Sofía, una joven que parece tener la vida bajo control, aunque detrás de su sonrisa también esconde heridas que nadie imagina. Juntos descubrirán que crecer no significa volverse perfecto, sino aprender a seguir adelante incluso cuando todo parece perdido.
Entre fracasos, pequeñas victorias, amistades verdaderas, amores complicados y decisiones que cambiarán su futuro, Axel descubrirá que la disciplina duele, que los sueños tienen un precio y que convertirse en alguien mejor es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Porque la vida nunca estuvo diseñada para ser fácil.
Y cuando el mundo te obliga a jugar en desventaja...
Solo queda una opción.
Activar el modo difícil.
NovelToon tiene autorización de Jan Vilar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 20 - El proyecto final
El proyecto final cambió el ambiente de todo el programa.
De repente, todos parecían más concentrados.
Más serios.
Más competitivos.
Las conversaciones durante los descansos cambiaron.
Las bromas disminuyeron.
Las horas de estudio aumentaron.
Porque ya no se trataba solo de aprender.
Ahora existía una posibilidad real.
Una puerta.
Una oportunidad.
Y todos la veían.
Axel también.
Pero intentaba no obsesionarse.
Intentaba concentrarse en el trabajo.
En el proceso.
En el siguiente paso.
Porque había aprendido algo importante durante los últimos meses.
Cuando pensaba demasiado en el resultado...
Se paralizaba.
Cuando pensaba en la siguiente acción...
Avanzaba.
Así que decidió enfocarse únicamente en eso.
La siguiente acción.
Nada más.
El proyecto era complejo.
Mucho más complejo que cualquier actividad anterior.
Debían analizar una empresa ficticia que enfrentaba problemas de organización, productividad y crecimiento.
Después tenían que presentar soluciones viables.
Con datos.
Con estrategias.
Con argumentos.
No bastaban las ideas.
Había que defenderlas.
Y aquello exigía mucho trabajo.
Durante varias semanas, Diego y Axel prácticamente vivieron entre documentos, apuntes y reuniones.
A veces estudiaban en cafeterías.
A veces en bibliotecas.
A veces en línea hasta altas horas de la noche.
El cansancio comenzó a acumularse.
Y junto con él apareció algo que Axel conocía demasiado bien.
La duda.
Otra vez.
Porque el progreso nunca era una línea recta.
Siempre había momentos difíciles.
Siempre.
Una noche especialmente larga, estaban revisando una presentación.
Por cuarta vez.
O quinta.
Tal vez sexta.
Ninguno estaba seguro.
—Esto no está funcionando.
Diego dejó caer el bolígrafo sobre la mesa.
—Sí funciona.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Ambos permanecieron en silencio.
Luego comenzaron a reír.
Porque estaban agotados.
Completamente agotados.
—Necesitamos dormir.
—Definitivamente.
—Nuestro cerebro ya no funciona.
—Hace horas que no funciona.
Aquella noche terminaron antes de lo habitual.
Y fue una buena decisión.
Porque a veces avanzar también significa descansar.
Algo que Axel todavía estaba aprendiendo.
Dos días después ocurrió algo que no esperaba.
El instructor solicitó una reunión individual.
Otra vez.
Y aunque ya no le tenía el mismo miedo que antes...
Seguía poniéndose nervioso.
—Siéntate.
Axel tomó asiento.
El hombre observó algunos documentos.
Luego levantó la vista.
—¿Cómo va el proyecto?
—Bien.
—¿Bien de verdad o bien por educación?
—Bien de verdad.
El hombre sonrió.
—Perfecto.
Ahí estaba otra vez.
Perfecto.
Bien.
Aquellas palabras parecían perseguirlo.
—Tengo una pregunta.
—Claro.
—¿Qué cambió?
Axel frunció el ceño.
—¿Cómo que qué cambió?
—Sí.
Cuando llegaste aquí casi no hablabas.
Ahora participas constantemente.
¿Qué ocurrió?
La pregunta lo tomó por sorpresa.
Porque nunca se había detenido a analizarlo.
Pensó durante varios segundos.
Finalmente respondió.
—Creo que dejé de intentar parecer inteligente.
—Interesante.
—Antes tenía miedo de equivocarme.
Ahora prefiero aprender.
El hombre sonrió.
Y por alguna razón aquella sonrisa parecía más orgullosa que cualquier felicitación.
—Esa respuesta vale más que cualquier calificación.
Aquella conversación acompañó a Axel durante todo el camino de regreso.
Porque era verdad.
Antes quería impresionar.
Ahora quería mejorar.
Y había una diferencia enorme entre ambas cosas.
Una diferencia que estaba transformando su vida.
La semana de la presentación llegó.
Y con ella regresaron los nervios.
Era inevitable.
Habían trabajado demasiado.
Invertido demasiado tiempo.
Demasiado esfuerzo.
Demasiadas horas.
Ahora todo dependía de una sola presentación.
Una.
Y eso imponía presión.
Mucha presión.
La noche anterior, Axel apenas pudo dormir.
Otra vez.
Aunque esta vez era diferente.
No era miedo al fracaso.
Era expectativa.
Una mezcla rara de emoción y nervios.
Como estar al borde de algo importante.
Muy importante.
Abrió la libreta antes de acostarse.
Una costumbre que ya se había vuelto parte de su vida.
Y escribió:
Mañana daré lo mejor que tengo.
Pensó unos segundos.
Luego añadió:
Y eso será suficiente.
Cerró el cuaderno.
Apagó la luz.
Y por primera vez en mucho tiempo...
Durmió tranquilo.
La mañana de la presentación llegó.
Demasiado rápido.
Como siempre.
El salón estaba lleno.
Participantes.
Instructores.
Representantes de empresas.
Personas tomando notas.
Observando.
Evaluando.
La tensión podía sentirse en el aire.
Diego estaba revisando diapositivas por décima vez.
—Todo saldrá bien.
—¿Lo dices por mí o por ti?
—Por ambos.
—Perfecto.
—Deja de usar esa palabra.
—Nunca.
Ambos soltaron una pequeña risa.
Y eso ayudó.
Un poco.
Cuando llegó su turno, Axel sintió que el corazón intentaba escapar de su pecho.
Pero algo era diferente.
Muy diferente.
Meses atrás habría estado aterrado.
Paralizado.
Convencido de que iba a fracasar.
Ahora no.
Seguía nervioso.
Muchísimo.
Pero también estaba preparado.
Y la preparación genera una forma especial de confianza.
No una confianza arrogante.
Una confianza tranquila.
Silenciosa.
La confianza de quien sabe que hizo el trabajo.
La presentación comenzó.
Primer minuto.
Segundo minuto.
Tercer minuto.
Todo avanzaba.
Y poco a poco los nervios desaparecieron.
Porque algo maravilloso ocurrió.
Entró en ritmo.
Las palabras comenzaron a fluir.
Las ideas conectaban.
Las explicaciones tenían sentido.
Y por primera vez en mucho tiempo...
Disfrutó estar frente a otras personas.
Disfrutó explicar.
Disfrutó compartir.
Disfrutó participar.
Entonces llegó el momento más importante.
Las preguntas.
La misma parte que meses atrás casi lo destruyó.
El mismo escenario.
La misma presión.
Pero un Axel diferente.
La primera pregunta llegó.
Respondió.
La segunda.
Respondió.
La tercera.
Respondió.
No perfectamente.
Pero bien.
Muy bien.
Y cuando terminó...
Escuchó aplausos.
Aplausos reales.
No de cortesía.
No obligatorios.
Aplausos sinceros.
Y durante unos segundos simplemente permaneció allí.
De pie.
Intentando procesarlo.
Aquella tarde regresó al parque.
No porque necesitara correr.
Porque necesitaba pensar.
Porque algo dentro de él acababa de cambiar.
Otra vez.
Encontró a Sofía en su banca habitual.
Como si el universo hubiera decidido mantener ciertas cosas constantes.
—¿Y bien?
Ella cerró el libro.
Axel sonrió.
Una sonrisa enorme.
Probablemente la más grande en meses.
—Creo que lo hice.
—¿Sí?
—Sí.
—Bien.
—Sabía que dirías eso.
—Obviamente.
Ambos comenzaron a reír.
Luego permanecieron observando el parque.
En silencio.
Un silencio cómodo.
Tranquilo.
Después de unos minutos, Sofía habló.
—¿Recuerdas el primer día?
—Claro.
—Cinco minutos corriendo.
—No me dejas olvidar eso.
—Jamás.
Axel negó con la cabeza.
Sonriendo.
—Pensabas que tu problema era la falta de talento.
—Lo sé.
—Y al final nunca fue eso.
Él observó los árboles.
El sendero.
El lugar donde todo había comenzado.
Y comprendió algo.
Su mayor enemigo nunca había sido la pobreza.
Ni la falta de oportunidades.
Ni la mala suerte.
Había sido él mismo.
Sus miedos.
Sus excusas.
Sus límites imaginarios.
Y por primera vez sentía que estaba ganando esa batalla.
No completamente.
Todavía no.
Pero sí claramente.
Y eso era suficiente.
Porque el modo difícil seguía activado.
Pero ahora ya no corría de él.
Ahora avanzaba directamente hacia adelante.
Fin del Capítulo 19