Un contrato de sangre. Un matrimonio obligado. Un pecado imposible de ocultar.
Para su padre, ella es solo una pieza de ajedrez en un juego de poder. Para Arturo Rial, el hombre con el que debe casarse por obligación, ella es un frío contrato de negocios.
Pero todo cambia cuando aparece el hermano mayor de Arturo, un hombre que no conoce la palabra "no". Él no quiere un acuerdo; la quiere a ella. Entre los rincones oscuros de la mansión, él la marca, la reclama y la convierte en su mundo, desatando una obsesión que amenaza con destruirlo todo.
En este juego de traiciones, ella es la niña dulce que se convertirá en la caída del hombre más peligroso de la mafia.
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Capitulo 13
La culpa y el miedo eran una combinación asfixiante. Isabella pasó el resto del día encerrada en su habitación, frotándose el brazo donde Arturo la había apretado. La mansión se sentía más fría que nunca, como si las paredes supieran que un secreto terrible se ocultaba entre ellas. Arturo no había regresado para la cena; Vargas le había informado que se quedaría en el club del puerto resolviendo los problemas del cargamento perdido.
A las tres de la mañana, la tormenta estalló afuera. El ruido del viento y la lluvia golpeando los cristales envolvía la habitación en una atmósfera de aislamiento absoluto. Bella estaba en la cama, dando vueltas entre las sábanas de seda, incapaz de cerrar los ojos.
De repente, un clic casi imperceptible rompió el sonido de la lluvia.
La puerta de su habitación se abrió y una silueta inmensa se recortó contra la tenue luz del pasillo antes de cerrarse de nuevo. Isabella se incorporó en la cama, con el corazón dándole un vuelco salvaje. No necesitaba encender la lámpara para saber quién era. El aroma a tabaco, cuero húmedo y lluvia la inundó de inmediato.
Vincenzo caminó descalzo hacia la cama, con la soltura de quien entra en su propio territorio. Llevaba solo unos pantalones oscuros y una camiseta negra ajustada que marcaba cada relieve de sus músculos colosales.
—Vincenzo... qué haces aquí, estás loco —susurró Bella, pegándose al cabezal de la cama, tapándose con la manta hasta el pecho—. Si Arturo regresa... si el servicio te ve...
—Te dije que Arturo está en el puerto. Y aunque estuviera aquí, me importa una mierda —respondió él, su voz profunda y ronca vibrando en la oscuridad.
Se sentó en el borde de la cama, haciendo que el colchón se hundiera bajo su peso grandote. Vincenzo extendió una mano y, con una lentitud tortuosa, tiró de la manta hacia abajo, dejando al descubierto los hombros de Isabella y el camisón de seda blanca que llevaba. Su mirada gris recorrió su piel con una fijeza que la hizo jadear.
—No he podido dejar de pensar en lo que ese infeliz te hizo esta mañana —dijo Vincenzo, acercándose hasta que su aliento cálido rozó las mejillas de ella—. Vine a borrar sus marcas, Bella. Vine a recordarte quién es el único hombre que tiene derecho a tocarte en esta casa.
—Es una traición... me siento mal, Vincenzo —Bella cerró los ojos, intentando luchar contra la sumisión que la empujaba hacia él—. Me voy a casar con él en dos semanas. Esto es un pecado.
—El único pecado aquí es que estés en la cama de mi hermano cuando naciste para estar en la mía —sentenció Vincenzo.
No hubo más palabras. Vincenzo se inclinó y la atrapó contra las almohadas, usando el peso de su cuerpo masivo para inmovilizarla con suavidad pero con una firmeza absoluta. Sus manos grandes rodearon las muñecas de Bella, venciéndolas por encima de su cabeza con un solo movimiento.
Y entonces, la besó.
El beso en la oscuridad fue una explosión de posesión salvaje. Los labios de Vincenzo se apoderaron de los de ella con una intensidad destructiva, devorando sus quejas y transformándolas en gemidos ahogados. Su lengua reclamó cada rincón de su boca con una urgencia implacable, exigiéndole una entrega total que el cuerpo de Bella, traicionando a su mente, le otorgó de inmediato.
Isabella arqueó la espalda, rindiéndose por completo al calor abrasador de Vincenzo. Sus manos, una vez liberadas, subieron por los hombros anchos de él, aferrándose a los músculos rígidos de su espalda como si fuera su único ancla en mitad de la tormenta. El contraste entre la seda blanca de su camisón y la piel áspera y tatuada de Vincenzo la volvía loca. Él bajó el beso por su barbilla, directo hacia su cuello, mordiendo suavemente la piel justo encima de la clavícula, dejando una marca nueva, ardiente y profunda.
—Bella... mi Bella —gruñó Vincenzo contra su piel, su voz arrastrando una obsesión oscura—. Él puede tener tu nombre en un papel, pero yo tengo tu cuerpo, tus gemidos y tu alma. Eres mía. Dilo.
—Tuya... —susurró ella en un jadeo, completamente rota por el deseo y la sumisión hacia el hermano mayor—. Soy tuya, Vincenzo.
Vincenzo sonrió en la penumbra, un gesto de triunfo absoluto. La besó una vez más, un beso lento y cargado de una promesa de destrucción, antes de incorporarse y mirarla desde lo alto. Su silueta imponente se desvaneció en las sombras de la habitación tan rápido como había llegado, dejándola temblando, con los labios hinchados y el corazón latiendo a un ritmo violento.
Isabella se quedó sola en la inmensidad de la cama, escuchando el rugido de la tormenta exterior. La culpa seguía ahí, pero ahora estaba sepultada bajo el peso de una adicción irreversible. Arturo seguía jugando al ajedrez con su poder, sin saber que Vincenzo ya había entrado a su torre a medianoche y le había robado a su reina en la oscuridad.