⚠️✅️Sam y Norman comienzan a saciar su sed de aventura, lejos de su amada familia. El camino comienza a dificultarse, pero cuatro almas sellan sus destinos.✅️⚠️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Creo que tuve suerte
La mañana siguiente al festival en Lindenia, el aire en la habitación de la posada todavía se sentía cargado de una energía extraña. Sam no había podido pegar ojo en toda la noche. Sus dedos no dejaban de juguetear con la piedra carmesí que había encontrado sobre la mesa. No era un rubí ordinario. Al tacto, la piedra parecía latir suavemente, como si tuviera un corazón propio sincronizado con el suyo.
-¿Vas a seguir mirando eso como si fuera a hablarte, o vamos a desayunar?- Preguntó Norman, bostezando mientras se estiraba. Sus cabellos rubios estaban más revueltos que de costumbre.
Sam guardó la piedra en un bolsillo secreto de su túnica, justo a la altura del pecho.
-No es solo una piedra, Norman. Se siente... pesada. No por el peso físico, sino por lo que significa. Alguien sabe quién soy, o al menos, quién se supone que debo ser.-
Norman se puso serio por un momento, guardando su diario en la mochila.
-Ese "alguien" te salvó de la bestia y te dejó un regalo digno de un rey. Sea lo que sea, parece que tu "sombra" tiene gustos caros. Pero recuerda nuestra misión, Sam: las piedras del océano para los viejos. El mapa de Lin dice que si seguimos el río hacia el sur, llegaremos a la Costa antes del anochecer.
Sam asintió, tratando de sacudirse la sensación de ser observado. Pero en el fondo, tener esa piedra contra su piel le daba una confianza que nunca antes había sentido. Se sentía más fuerte, más alerta. Sus instintos de cazador, esos que sus padres siempre decían que eran un regalo de los dioses, estaban a flor de piel.
Caminaron durante horas. El paisaje cambió del verde intenso de los bosques a una llanura salpicada de rocas blancas y arbustos bajos que olían a sal. A medida que avanzaban, el sonido del mundo parecía ser reemplazado por un rugido lejano y rítmico: el mar.
-¡Escucha eso, Sam!- Gritó Norman, corriendo un poco más adelante -¡Es el océano! ¡De verdad existe!-
Para dos chicos que habían pasado toda su vida rodeados de montañas y sembradíos, el primer avistamiento del mar fue un choque que les robó el aliento. Desde un acantilado, vieron la inmensidad azul extendiéndose hasta el infinito. Las olas rompían contra las rocas con una fuerza brutal, levantando una espuma blanca que el viento esparcía.
Norman se sentó de inmediato en una roca y empezó a escribir, con los ojos brillando de emoción: "El mundo es más grande de lo que imaginé. El agua no tiene fin y el horizonte es una línea que parece invitarte a saltar. Sam dice que se siente pequeño, pero yo creo que nos vemos gigantes frente a tanta belleza. Hemos llegado a la Costa".
Bajaron a una pequeña cala protegida del viento. Era el lugar perfecto para buscar las piedras que les habían prometido a sus padres. Sam se quitó las botas y caminó por la orilla, dejando que el agua helada le mojara los pies.
-Tienen que ser perfectas, Norman.- Decía Sam, agachándose para recoger una piedra azulada y lisa -Mi padre quiere que su jardín sea el más envidiado de la aldea. Y mi madre... ella necesita algo que brille cuando le dé el sol, para que sepa que estoy bien.-
Mientras Norman se distraía con un grupo de gaviotas, Sam se alejó hacia una zona de cuevas naturales donde las olas golpeaban con más fuerza. Allí, entre las grietas de las rocas negras, vio algo que brillaba intensamente: una piedra blanca, casi transparente, que parecía un pedazo de luna caída.
-Esa es la de mi madre.- Susurró Sam para sí mismo.
Pero para alcanzarla, debía trepar por una roca resbaladiza justo cuando la marea empezaba a subir. Sam, llevado por su valentía impulsiva, no lo pensó dos veces. Trepó con agilidad, pero cuando su mano rozó la piedra blanca, una ola gigante, mucho más grande que las anteriores, se alzó como una pared de cristal oscuro frente a él.
-¡Sam, cuidado!- Gritó Norman desde la distancia, pero estaba demasiado lejos.
Sam perdió el equilibrio. El agua lo golpeó con la fuerza de un mazo y lo arrastró hacia las profundidades de la cueva. El frío fue instantáneo, robándole el aire de los pulmones. Golpeó contra la arena del fondo, desorientado, mientras otra ola lo empujaba más adentro, hacia la oscuridad total de la caverna submarina.
Justo cuando pensó que sus pulmones iban a estallar y que su aventura terminaría antes de empezar, sintió un brazo poderoso rodeando su cintura.
No era el agarre de Norman. Era una fuerza descomunal, firme y segura. Sam fue sacado del agua con una rapidez sobrenatural. En cuestión de segundos, se encontró depositado sobre la arena seca, en lo más profundo de la cueva, lejos del alcance de las olas.
Tosió, expulsando el agua salada, y trató de enfocar la vista. La cueva estaba en penumbra, pero frente a él, recortada contra la poca luz que entraba, estaba la figura que había visto en sus sueños y alucinaciones.
Alaric estaba allí. Sus hombros anchos parecían ocupar todo el espacio de la cueva. Llevaba una capa larga y oscura que goteaba agua, pero su rostro... su rostro era de una belleza que dolía mirar. Sus ojos, aunque ahora intentaban simular un color humano, brillaban con una intensidad dorada que delataba su origen.
-¿Estás loco?- La voz de Alaric retumbó en las paredes de piedra. Era profunda, aterciopelada y cargada de una furia que solo nacía de un miedo profundo por perderlo -Casi mueres por un pedazo de roca.-
Sam se quedó mudo. No sentía miedo, lo cual era absurdo. Sentía una conexión eléctrica, como si cada célula de su cuerpo reconociera a ese hombre. La piedra carmesí en su pecho empezó a quemar, vibrando en respuesta a la presencia de Alaric.
-Yo... se la prometí a mi madre.- Logró decir Sam, con la voz temblorosa por el frío.
Alaric soltó un suspiro frustrado y se acercó. Sam instintivamente retrocedió un paso, pero Alaric fue más rápido. Lo tomó por los brazos, manteniéndolo firme. Sus manos estaban frías, pero Sam sintió que ese frío era el único lugar donde quería estar.
-Tu vida vale más que todas las piedras de este océano.- Dijo Alaric, pronunciando su nombre como si fuera una oración sagrada.
-¿Cómo sabes mi nombre?- Preguntó Sam, mirándolo directamente a los ojos. En la oscuridad, pudo ver cómo las pupilas de Alaric se dilataban, y por un segundo, el rojo volvió a brillar en ellas -Tú eres el de la noche... el de la bestia. Tú me dejaste la piedra.-
Alaric no respondió de inmediato. En cambio, extendió su mano y, de entre los pliegues de su capa, sacó la piedra blanca que Sam había intentado alcanzar. Se la entregó, dejando que sus dedos se rozaran durante un segundo eterno.
-Sigue coleccionando tus recuerdos, pequeño príncipe.- Susurró Alaric, acercándose tanto que Sam pudo oler el aroma a lluvia y a algo antiguo, como incienso y sangre -Pero no vuelvas a poner en riesgo tu vida. Si tú desapareces, este mundo no tiene ninguna razón para seguir existiendo para mí.-
-¿Quién eres?- Insistió Sam, sintiendo un impulso irresistible de tocar el rostro de ese extraño -¿Por qué me sigues? ¿Eres un ángel o un demonio?-
Alaric dejó escapar una sonrisa triste que le partió el corazón a Sam.
-Soy solo alguien que ha esperado demasiado tiempo para que me mires así.-
En ese momento, la voz de Norman empezó a resonar cerca de la entrada de la cueva.
-¡Sam! ¡Sam! ¿Dónde estás?-
Alaric retrocedió hacia las sombras más profundas de la cueva.
-No le hables de mí todavía. No entendería. Quédate con la piedra blanca... y guarda el rubí cerca de tu corazón. Nos volveremos a ver, Sam. En cada sombra, estaré yo.-
Antes de que Sam pudiera decir algo más, Alaric se desvaneció, literalmente, fundiéndose con la oscuridad. Norman entró corriendo, con la cara pálida.
-¡Sam! ¡Gracias a los dioses! Pensé que el mar te había tragado.- Norman lo abrazó, temblando -¿Cómo saliste de allí? ¿Cómo llegaste aquí arriba?-
Sam miró la piedra blanca en su mano y luego tocó el rubí en su pecho. Su corazón latía con una fuerza nueva. Ya no era solo un campesino buscando aventuras, era alguien que tenía un protector que desafiaba la realidad misma.
-No lo sé, Norman.- Mintió Sam, aunque su voz sonaba ausente -Creo que tuve suerte.-
Esa noche, mientras acampaban frente al rugido del mar, Norman escribía sobre el milagroso rescate de su amigo. Pero Sam se quedó mirando las brasas del fuego, sintiendo todavía el frío de los dedos de Alaric en sus brazos.
En su mente, la aventura ya no se trataba de ver paisajes o coleccionar piedras. Se trataba de descubrir quién era ese hombre y por qué, cada vez que estaba cerca, Sam sentía que por fin había encontrado su hogar.
A lo lejos, en lo alto de un acantilado, Alaric observaba el fuego del campamento. Sabía que Lin y los cazadores estaban solo a un par de días de distancia, atraídos por el rastro de magia que Norman estaba empezando a dejar sin querer. La paz de los chicos estaba por terminar, y el Rey Vampiro tendría que decidir pronto si se mantenía en las sombras o si revelaba su verdadera forma para proteger lo que era suyo.