Tras la muerte de Salvatore Vindicta, el imperio criminal queda en el aire. Contra todo pronóstico, Chiara debe asumir el control del negocio familiar. Muchos capos no aceptan que una mujer lidere la organización, y las traiciones comienzan a surgir desde dentro.
Mientras intenta mantener unido el imperio de su padre, la guerra con las familias rivales se intensifica. Markus Becker permanece a su lado, pero su relación también se ve puesta a prueba por el poder, los secretos y las decisiones que Chiara debe tomar para sobrevivir.
En este libro, Chiara pasa de ser la hija del capo a convertirse en una líder temida, mientras su mundo literalmente arde entre violencia, alianzas rotas y sacrificios que podrán en juego su nuevo imperio.
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Capitolo 12
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Había cosas que el tiempo no podía borrar. Podía cubrirlas, esconderlas, disfrazarlas con rabia o con indiferencia… pero no eliminarlas. El olor de Chiara Vindicta era una de ellas.
Apenas se acercó a la puerta de la habitación, lo sintió.
Ese aroma a laurel, suave pero inconfundible, que en otro tiempo lo había desarmado más rápido que cualquier arma.
Se quedó quieto unos segundos.
Escuchando, Respirando, Recordando.
Luego la vio. De espaldas.
Intacta.
Como si la guerra no pudiera tocarla.
Markus avanzó en silencio, como había aprendido a hacerlo toda su vida. Sin ruido, sin duda, sin error. Levantó el arma y la apoyó contra su cuello.
Un movimiento limpio.
Perfecto.
Pero en el instante en que ella giró…
Todo se rompió.
Sus ojos.
Azules.
Los mismos.
Fríos… pero llenos de algo más.
Markus sintió el impacto sin recibir ningún golpe.
Durante meses había acumulado odio hacia ella. Lo había alimentado, repetido, convertido en una razón para seguir adelante.
Pero al verla…
Nada de eso fue suficiente.
El mundo desapareció.
Los disparos dejaron de existir.
El ruido se volvió lejano.
Solo estaba ella.
Y eso lo hizo vulnerable.
Más de lo que estaba dispuesto a aceptar.
Cuando Chiara se fue, no la detuvo.
No porque no pudiera.
Sino porque no supo cómo.
Su cuerpo no reaccionó.
Su mente tampoco.
Solo se quedó allí… viendo cómo desaparecía entre la guerra que ambos habían creado.
Y en ese momento sintió algo peor que el dolor.
Vacío.
Un vacío frío, seco, que se le instaló en el pecho.
—¿La besaste?
La voz de Volker lo devolvió a la realidad.
Markus ni siquiera lo miró al principio.
Su hermano se colocó a su lado, observándolo con una mezcla de curiosidad y certeza.
—Ella me detesta… —murmuró Markus finalmente—Perdí al amor de mi vida.
Volker soltó un suspiro corto.
—Era obvio, hermano. Le mataste a su padre.
Directo.
Sin rodeos.
—Está resentida. Lass sie in Ruhe (dejala)
Markus negó lentamente.
—No es tan simple.
Miró hacia el pasillo, como si aún pudiera verla.
—Esto no va a terminar.
Volker se tensó.
—Claro que no. Ella quiere la cabeza de nuestro padre… y toda su familia también.
Hizo una pausa.
—Quieren venganza por Salvatore. Por todo lo que pasó.
Markus apretó la mandíbula.
—Dos guerras —dijo en voz baja—Y todos sabemos cómo terminan.
—Con alguien muerto —respondió Volker—Y no precisamente el más débil.
El sonido de pasos firmes interrumpió todo.
Bruno Becker apareció.
Acompañado.
Furioso.
Su presencia llenó el espacio como una tormenta.
Sin decir nada, se acercó a Markus y lo agarró de la camisa, tirando de él con fuerza.
— ¿¡Cómo carajos se te escapa Chiara Vindicta teniéndola enfrente, idiot!?
La rabia en su voz era incontrolable.
Markus lo miró sin reaccionar.
—No la vi.
Mentira.
Fría.
Perfecta.
Bruno lo observó fijamente.
—Mis hombres dicen lo contrario.
—Están equivocados, padre.
Silencio.
Tenso.
—Revisa las cámaras.
Bruno chasqueó la lengua.
—No puedo. Las destruyeron.
Pidió un cigarrillo. Lo encendió sin apartar la mirada de su hijo.
—Más te vale que no me estés mintiendo.
El humo salió lentamente de su boca.
—Porque la próxima vez… no seré tan comprensivo.
Markus no respondió.
No tenía que hacerlo.
Bruno lo soltó con desprecio.
—Vamos a reconstruir esto. No me moveré de aquí.
Sus ojos ardían.
—Esa maldita cree que puede tocarme… está equivocada.
Se giró.
Y se fue.
Markus caminó hacia su habitación.
Sin hablar.
Sin pensar en nada más que en ella.
Entró al baño.
Abrió la ducha.
Y dejó que el agua cayera sobre su cuerpo.
Primero caliente.
Luego más caliente.
Como si pudiera borrar algo.
Pero no podía.
Cerró los ojos.
Y la vio otra vez.
Su rostro.
Su voz.
Su cercanía.
Ese instante en el que estuvieron a centímetros…
Y no hizo nada.
Apretó la mandíbula con fuerza.
Giró la llave.
El agua se volvió fría.
Helada.
Pero ni eso lo sacó de su cabeza.
Salió de la ducha.
Con una toalla en la cintura.
El cuerpo húmedo.
La mente en otro lugar.
Y entonces la vio.
Adelaide quien traía un vestido de flores
Se acercó a él.
Intentó besarlo.
Pero Markus giró el rostro.
Evitándola.
Se apartó.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Nada.
Seco.
Distante.
—Estoy cansado Adelaide, todo lo que ha pasado hoy me tiene exhausto quiero descansar.
Adelaide lo observó con atención.
—La casa está destruida… pensé que estabas muerto.
Silencio.
—¿Quién fue?
Markus la miró.
—Los Vindicta.
Su tono no cambió.
—Vinieron desde Lombardía. Intentaron matar a mi padre… y a mí.
Una pausa.
—Pero fallaron porque solo mataron a unos de nuestros hombres y a otros heridos.
Adelaide sostuvo su mirada.
—¿Te encontraste con ella?
Markus no respondió con palabras.
Pero asintió.
Y eso fue suficiente.
Ella entendió.
Todo.
Sin necesidad de más.
Se quedó en silencio.
Mientras él…
Seguía en esa habitación pensando en chiara.
En el aire…
Lejos de Berlín…
Chiara regresaba.
Sentada en el helicóptero.
Callada.
Con la mirada fija en la nada.
La misión había sido un éxito parcial.
Un golpe.
Un mensaje.
Pero no el final.
Y en su mente…
Solo había una imagen.
Markus.
Su cercanía.
Su voz.
Su mirada.
Chiara apretó la mandíbula.
Molesta.
Porque algo dentro de ella…
No estaba completamente muerto.
Pero lo estaría.
Porque esta vez…
No iba a equivocarse.
No otra vez.
Nunca más.
...CONTINUARÁ…...