Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.
Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.
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En el Parqueo del FBI
CAPÍTULO 12: En el Parqueo del FBI
El parqueo del edificio federal olía a asfalto caliente y a peligro. Margaret McCormick bajó de su auto con la mano derecha dentro del bolsillo de su chaqueta, donde descansaba su arma reglamentaria. Pero no la sacó.
Laura estaba a veinte metros junto a Salvatore Rizzo. El mismo de las fotos del expediente que según los informes, servía como enlace entre Dragunov y los inversionistas incautos. La mano de Rizzo que sostenía la pistola, descansaba en la espalda de Laura muy cerca del riñón.
—Señora McCormick —dijo Rizzo, con una sonrisa irónica—. Qué honor. Su nuera me ha estado contando cosas muy interesantes de usted.
Margaret no le devolvió la sonrisa. Miró a Laura buscando alguna señal que le indicara, si estaba allí por voluntad propia o bajo amenaza. Laura tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula apretada, pero sus ojos estaban secos. No había miedo en ellos, había mucha rabia. Y algo más que Margaret reconoció, porque ella misma lo había sentido cientos de veces: determinación.
—Laura —dijo Margaret, ignorando a Rizzo—. ¿Qué significa esto?
—Significa que su hijo está metido en un lío más grande, de lo que usted cree —respondió Laura, con una voz tan firme que sorprendió a su propia suegra—. Y que este señor —señaló a Rizzo con un movimiento de cabeza— no es solo un socio comercial. Es el brazo derecho de Viktor Dragunov. Y vino a mi casa esta mañana para hacerme una oferta que no puedo rechazar.
Rizzo soltó una risa corta.
—Oferta es una palabra muy fea, señora McCormick. Yo prefiero llamarlo oportunidad de negocio. Su nuera es una mujer inteligente. Habla inglés perfecto, entiende de finanzas, y además es la supervisora general de una compañía de limpieza, que tiene contratos en medio Wisconsin. Esa es una posición muy valiosa.
— ¿Valioso para qué? —preguntó Margaret, aunque ya lo sabía.
—Para ampliar nuestras operaciones, por supuesto. Los camiones de limpieza pasan desapercibidos. Entran
y salen de almacenes, oficinas, puertos. Nadie mira dos veces a una señora de la limpieza. ¿Se imagina todo lo que podríamos mover, si tuviéramos alguien como Laura en nuestra nómina?
Margaret sintió que la sangre le hervía, y dio un paso al frente.
—Mi nuera no va a trabajar para usted. Mi hijo va a retirar su dinero de sus empresas fantasmas. Y usted Salvatore Rizzo va a desaparecer de sus vidas, antes de que yo misma lo meta en una celda por extorsión.
Rizzo no se inmutó. Al contrario, la amenaza de Margaret le pareció divertida.
—Señora McCormick usted es del FBI, y yo soy un empresario sin antecedentes. Mis empresas están registradas, yo pago mis impuestos y doy empleo a cientos de personas. ¿Con qué pruebas va a meterme a una celda? ¿Con las sospechas de su expediente secreto? Olvídese de eso por favor. Nosotros llevamos años operando, y nadie ha podido tocarnos.
—Porque no hemos dado el golpe correcto —dijo Margaret—. Pero ese día llegará.
—Puede que llegue —admitió Rizzo, ajustándose la corbata—. Para ese entonces, su hijo y su nuera ya no estarán aquí para verlo. Porque si Laura no acepta nuestra oferta, y usted sigue entrometiéndose en lo que no le importa, lo que va a recibir su hijo Alfred no va a ser una citación judicial, sino va a ser una caja de pino.
Laura desenroscó los brazos. Había estado esperando ese momento.
—Ya escuchó la amenaza, Margaret —dijo Laura mirando a su suegra—. Ahora entiende por qué la llamé. No es por mí. Es por Alfred y por Sofía. Porque si algo nos pasa a su hijo a mí, esa niña se queda sola con Valeria y esta gente.
El nombre de su nieta fue como una puñalada para Margaret. Sofía era la única persona en el mundo, por la que estaría dispuesta a matar o a morir, y también estaba en peligro. Rizzo pareció percibir el cambio en el semblante de Margaret, porque ya no sonreía.
—No quiero que le pase nada a nadie —dijo, levantando las manos en un gesto de falsa paz—. Solo quiero que Laura haga lo que le pido. Que mantenga los ojos abiertos en sus rutas de limpieza, y me avise si ve algo raro. Nada ilegal señora Margaret. Lo único que pretendo es cierta información. Y si Laura cumple todo
el mundo queda contento.
—Información sobre qué —preguntó Margaret.
—Sobre los movimientos de la competencia, nada más.
Lo que Rizzo afirmó era Mentira, y eso todos lo sabían.
Laura respiró hondo. Había planeado esta conversación desde la noche anterior, cuando Rizzo apareció en la puerta de su casa con dos matones y una sonrisa de tiburón. Alfred estaba en la ducha por eso no escuchó nada. En ese momento Laura salió al jardín, cerró la puerta tras de sí, y enfrentó al mafioso sola.
—No voy a trabajar para usted —le dijo esa noche—. Pero puedo hacer que parezca que sí.
— ¿Cómo así? —preguntó Rizzo, curioso.
—Mi suegra trabaja en el FBI, y si usted me presiona ella lo va a cazar. Pero si yo finjo que acepto puedo darle información falsa, mientras ella consigue pruebas reales para hundirlos a todos. En ese caso usted gana tiempo, y nosotros ganamos seguridad. ¿Qué le parece el trato que le propongo?
Rizzo la miró largamente. Era una jugada arriesgada pero Laura era una mujer hermosa, inteligente y con acceso a información privilegiada.
—Trato hecho —dijo—. Pero si me miente su esposo muere, y usted también.
Esa noche, Laura no durmió. Y ahora frente a Margaret, era el momento de revelar su plan.
—Margaret —dijo Laura, usando el nombre de pila de su suegra por primera vez—. Voy a hacer lo que este hombre me pide, pero no porque tenga miedo. Lo voy a hacer porque así voy a poder darle a usted, la información que necesita para atraparlos.
Margaret parpadeó al captar al instante, que su nuera le proponía ser una infiltrada. Una agente encubierta del FBI sin entrenamiento, sin respaldo, y sin chaleco antibalas.
—Eso es una locura —dijo Margaret—. Ellos te van a matar.
—Me van a matar si no lo hago —respondió Laura—. Y también a Alfred y a usted, porque esta gente no perdona.
Rizzo observaba el intercambio con una sonrisa, que empezaba a tensarse. No le gustaba que hablaran como si él no estuviera presente.
—Las mujeres McCormick son más duras de lo que pensaba, y eso me gusta —dijo, sacando un cigarrillo—. Laura tienes una semana para demostrarme, que realmente vas a colaborar. Necesito un informe de todas las rutas de limpieza, que pasan por el puerto de Milwaukee. Direcciones, horarios, nombres de los conductores. Si me das algo útil tu esposo vive. De lo contrario...
Dejó la amenaza flotando en el aire. Se dio la vuelta y caminó hacia una limusina negra. Antes de subir, se giró una última vez.
—Ah, señora McCormick del FBI —dijo, mirando a Margaret—. No intente seguirme. Tengo amigos en lugares que usted ni se imagina, y de todas maneras me voy a enterar.
La limusina arrancó y desapareció. Laura se quedó temblando, pero no de miedo. Sino por la cantidad de adrenalina, que estaba invadiendo su cuerpo.
— ¿Estás bien? —preguntó Margaret, acercándose a ella.
—No —admitió Laura—. Pero voy a estarlo.
Se sentaron en el auto de Margaret, con las ventanas cerradas. Laura le contó todo: la llamada del auditor,
la noche en que Rizzo apareció en su casa, el trato que había fingido aceptar para ganar tiempo. No omitió ningún detalle, ni siquiera sus propios miedos.
Margaret escuchó en silencio. Cuando Laura terminó, la madre de Alfred hizo algo que jamás había hecho con otra mujer: le tendió la mano.
—No me caes bien —dijo Margaret—. Eres demasiado joven, demasiado bonita y demasiado lista. Mi hijo no
te merece.
—Eso ya lo sé —respondió Laura—. Pero lo quiero igual.
—Por eso voy a ayudarte. No por él, sino por ti y por mi nieta Sofía.
Ambas apretaron las manos en un pacto incómodo, pero sincero.
— ¿Por dónde empezamos? —preguntó Laura.
Margaret arrancó el auto.
—Primero vamos a poner a Alfred a salvo. Luego, vamos a cazar a Dragunov. Y si Rizzo se interpone, lo sacamos de circulación.
Mientras el auto salía del parqueo, ninguna de las dos vio al hombre que las observaba, desde el techo del edificio contiguo. Un hombre delgado, de cabello oscuro y ojos helados, que hablaba por un micrófono oculto en el cuello de su camisa.
—El contacto con la madre del FBI está confirmado —susurró—. Procedemos con el plan B.
Del otro lado de la línea, Viktor Dragunov sonrió.
—Me encanta el plan B —dijo—. Es más divertido.
El hombre del techo guardó el micrófono y desapareció en las sombras. Abajo, el auto de Margaret se perdía en la calle. Laura sin saberlo, se había convertido en una pieza clave del juego operativo, que Margaret como oficial del FBI estaba ideando en su cabeza. ¡Pero tampoco sabía que el plan B de la mafia rusa, apenas comenzaba! ¡Un plan concebido por gente traicionera y desalmada, que ponía en peligro la integridad física de toda su familia!