Despertar en época moderna
"Viví dieciocho años en una jaula de oro, creyendo que el desprecio de mi esposo era mi única realidad. Fui la esposa sumisa, la dama que lavaba los pies de su suegra y la mujer que ocultaba sus lágrimas tras un abanico."
Lorena Casas, la hija de una familia prestigiosa, lo sacrificó todo por un hombre que consideraba un erudito brillante. Pero mientras ella se consumía en la soledad de la mansión Vila, su esposo Marco tejía una red de mentiras, traiciones y malversaciones, planeando reemplazarla con su amante y hundir a su familia.
Todo habría sido perfecto para él... si no hubiera nacido Aurora.
Mi hija no es una bebé común. Con una mente que desafía la lógica y la capacidad de leer los secretos más oscuros de quienes nos rodean, ella es la única que sabe lo que Marco hace en las sombras.
Mientras Marco cree que estamos atrapadas en su red, Aurora está moviendo los hilos. Desde su cuna, esta bebé genio me guía, revelando los fraudes, exponiendo a los espía
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Capítulo 13: La Sentencia de la Seda Azul
El salón principal de la Mansión de Bronce era una oda al exceso industrial. Candelabros alimentados por éter destilaban una luz ámbar que hacía brillar las joyas de la aristocracia, mientras que pequeñas máquinas autómatas servían copas de vino sin derramar una gota. Sin embargo, para Lorena, la belleza del lugar no era más que un decorado para la farsa que Marco intentaba sostener.
La Princesa Real ocupaba el asiento de honor, su mirada era tan cortante como el filo de una espada. A su lado, la Baronesa Madre —Doña Vila— intentaba mantener una compostura aristocrática que, a ojos de los verdaderos nobles, se sentía forzada y rústica.
—Es un evento magnífico, Barón —dijo la Princesa, dejando su copa sobre la mesa de cristal—. Pero noto que los guardias de la frontera parecen... inusualmente activos esta noche. ¿Hay algún problema con el suministro de éter que no se nos haya informado?
Marco, que hasta ese momento mantenía una sonrisa ensayada, sintió que un sudor frío le recorría la nuca. El peso del dispositivo oculto en el bolsillo de su abrigo de terciopelo azul parecía haberse triplicado.
—En absoluto, Alteza. Solo medidas de precaución. La seguridad de la ciudad es nuestra prioridad —respondió Marco, haciendo una venia.
«Él está temblando», pensó Vespera desde la cuna, que estaba situada estratégicamente cerca de la mesa principal. «No es miedo a la Princesa, es miedo a que el emisor dentro de su abrigo se active antes de tiempo. Si lo hace, la frecuencia de resonancia destruirá los cristales del salón».
Lorena, sentada a su lado, observaba cada micro-movimiento de su marido. Hilda, la hermana de Marco, se acercó a ellos, ajena a la tensión, buscando la aprobación de Lorena.
—Cuñada, ¿no es maravilloso? La Princesa ha elogiado el diseño del banquete. Dijo que es... moderno —susurró Hilda con una sonrisa genuina.
Lorena le dedicó una caricia en la mano. «Tan inocente», pensó. «Tan ignorante de la red de mentiras que su hermano ha tejido bajo nuestros pies».
Entonces, ocurrió.
El Capitán de la Guardia Real, un hombre de hombros anchos y mirada severa, se acercó a la mesa. No pidió permiso; simplemente se detuvo frente al Barón.
—Barón Kaelen —anunció el Capitán, y el salón quedó en un silencio sepulcral. Incluso la música de vapor se detuvo—. Hemos recibido un informe de actividad no autorizada de resonancia en este sector. Protocolo de inspección inmediata.
Marco intentó retroceder, pero fue bloqueado por dos guardias.
—Esto es un ultraje —exclamó, aunque su voz carecía de convicción—. Soy un alto funcionario del Gremio. No pueden registrarme frente a Su Alteza.
—Las órdenes de la Corona no distinguen rangos, Barón —replicó el Capitán.
El Capitán extendió la mano hacia el abrigo azul. Marco se tensó, preparándose para evitar que tocaran el dispositivo, pero el movimiento del Capitán fue rápido y preciso. Con un tirón, el abrigo de terciopelo azul fue retirado de los hombros de Marco.
El dispositivo cayó sobre la mesa de mármol con un sonido metálico y seco. Era una pieza de ingeniería prohibida, una "caja de resonancia" diseñada para interrumpir las señales de seguridad de la ciudad, un crimen castigado con el destierro o la muerte.
Un murmullo de horror recorrió el salón. La Princesa Real se puso en pie, su rostro reflejando una ira helada.
—¿Qué es esto, Barón? —preguntó la Princesa, su voz resonando en cada rincón del salón—. ¿Por qué un oficial del Gremio porta tecnología de sabotaje de grado militar durante el bautizo de su propia hija?
Doña Vila ahogó un grito, y Hilda, horrorizada, llevó sus manos a su boca. Marco, derrotado, miraba el dispositivo como si fuera una serpiente que acababa de morderlo.
—Yo... eso no es mío... —balbuceó Marco, mirando desesperadamente a Lorena—. ¡Lorena! ¡Tú sabes que esto no es mío! ¡Diles que alguien me lo ha plantado!
Lorena se levantó lentamente. No había rastro de lágrimas en sus ojos, ni de la sumisión que él esperaba. Caminó hacia el centro del salón, donde la luz de las lámparas de éter la bañaban por completo, convirtiéndola en la figura de autoridad que realmente era.
—¿Que alguien te lo ha plantado, mi señor? —la voz de Lorena fue clara, firme y cortante—. Es un dispositivo complejo. Siendo tú quien revisa todos los suministros de éter de nuestra mansión... ¿cómo es posible que no supieras que lo llevabas encima?
Ella se giró hacia la Princesa, haciendo una reverencia profunda pero elegante.
—Alteza, mi marido ha estado muy ocupado últimamente. Quizás, en su afán por gestionar la "seguridad", se ha olvidado de quién es el verdadero dueño de esta mansión.
«Es el principio del fin para él», susurró Vespera. «Ya no puede huir».