Laura dejó la universidad y su país por amor. Creyó que Michel era el hombre de su vida, pero su madre, Maritza, la humilló hasta hacerla huir. Sola, sin dinero y sin papeles, Laura empezó desde abajo: limpiando pisos y durmiendo en un albergue. Hasta que un hombre llamado Alfred McCormick vio en ella algo que nadie más había visto: talento, inteligencia y una fuerza indomable.
Ahora Laura es economista, esposa de un CEO, y el rostro de una empresa millonaria. Pero el precio de su amor ha sido alto. La mafia rusa, un exnovio arrepentido, una suegra que la odia, y una misión encubierta en Cuba pondrán a prueba todo lo que ha construido. Porque cuando el pasado regresa, no siempre viene solo. A veces trae balas.
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Bienvenidos a Wisconsin
Capítulo 4: Bienvenidos a Wisconsin
El avión aterrizó en el aeropuerto internacional de Milwaukee, con una hora de retraso. Laura miró por la
ventanilla y sintió un nudo en el estómago. Afuera todo era gris: el cielo, las pistas de aterrizaje, los edificios de la terminal. Nada que ver con el azul intenso de La Habana.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Michel, apretándole la mano.
—Un poco —admitió ella—. Es la primera vez que salgo de Cuba.
—Tranquila. Mi madre nos va a recoger y todo va a salir bien.
Laura quiso creerle, pero algo en su interior le decía que no iba a ser así. Maritza no había sido amable con ella en las llamadas telefónicas. ¿Por qué iba a serlo ahora que estaban en su territorio? Bajaron del avión y pasaron por control migratorio —Laura mostró su visa de turista con manos temblorosas— y recogieron sus maletas. En la sala de espera, una mujer de unos cincuenta años, de cabello teñido de rubio y mirada dura, los aguardaba con los brazos cruzados.
—Mami —dijo Michel, corriendo a abrazarla—. ¡Por fin!
Maritza lo abrazó con fuerza, pero sus ojos estaban fijos en Laura. La recorrieron de arriba abajo, paraluego hacer un gesto de desprecio.
—¿Cómo te sientes Laura? —Preguntó Maritza sin sonreír, solo por decir algo—
—Por el momento bien señora —respondió Laura, extendiendo la mano con ingeniudad.
Maritza no se la estrechó. En lugar de eso, se dio la vuelta y caminó hacia la salida.
—Vamos, que el auto está en el estacionamiento, y no quiero pagar más tiempo del necesario.
Laura retiró la mano y sintió que la sangre le hervía. Michel la tomó del brazo y le susurró al oído:
—No le hagas caso, que ese es su carácter. Al final vas a ver lo bien que se van a llevar.
—Su carácter es grosero —respondió Laura en voz baja—. Y yo no le debo nada para tratarme así.
—Por favor, Laura. Hazlo por mí.
Ella calló, pero apretó los dientes.
El auto de Maritza era un sedán azul de varios años, limpio pero modesto. Laura se sentó en el asiento trasero, mientras Michel iba delante con su madre. Durante el trayecto Maritza no paró de hablar, pero todo iba dirigido a su hijo.
—Michel, te preparé la habitación que da al jardín. Y eso incluye una cama nueva`````````````````Y el fin de semana vamos a hacer una barbacoa para que conozcas a mis amigos del trabajo.
—¿Y Laura? —preguntó Michel—. ¿Dónde va a dormir?
Maritza hizo una pausa incómoda.
—Hay un sofá cama en la sala. Por ahora puede quedarse ahí.
Laura sintió que el suelo se le hundía. Había viajado miles de kilómetros, había dejado su carrera, su país, a su madre... para dormir en un sofá cama.
—Está bien —dijo, aguantando la rabia por la humillación.—. El sofá estará bien.
Maritza la miró por el espejo retrovisor.
—Me alegra que lo entiendas, porque Las cosas no son fáciles aquí. Y yo no voy a mantener a nadie que no trabaje.
—Yo voy a trabajar — Aseguró Laura con mucha convicción—
—Ya veremos —dijo Maritza, y aceleró.
La casa de Maritza era pequeña pero ordenada, en un barrio de clase trabajadora en las afueras de
Milwaukee. Había un jardín delantero con césped mal cortado, una cocina con electrodomésticos viejos, y una sala con un televisor enorme, que parecía el artículo más valioso de la casa.
Laura se instaló en el sofá cama, que resultó ser tan incómodo como sonaba. El colchón era fino, los resortes se clavaban en su espalda, y no había privacidad porque la sala daba directamente a la cocina y al baño. Cada vez que alguien pasaba, Laura tenía que levantarse, doblar las sábanas y guardarlas en una bolsa. Michel mientras tanto, dormía en una habitación con cama queen, aire acondicionado, y un televisor propio.
—No es justo —le dijo Laura la tercera noche, mientras él la visitaba en el sofá—. Tu madre me trata como a una criada.
—No exageres —respondió Michel, bostezando—. Es que apenas te conoce así que dale tiempo.
—¿Tiempo? Me llama "¨Gatica caliente, o la cubana" en lugar de utilizar mi nombre. Me pidió que lavara los platos después de cenar, y cuando terminé revisó cada uno para ver si estaban limpios. ¡Como si yo fuera una niña!
—Esa es su manera de ser—dijo Michel justificando la hostilidad de su madre—, Y tenemos que tragar buches amargos sin decir nada, mientras estemos en su casa.
Laura lo miró incrédula.
—¿No te das cuenta? —Expresó Laura mientras dos lágrimas silenciosas, rodaban por sus mejillas— Tu madre no quiere que yo esté aquí, y me sigue viendo como si yo le fuera a quitar el amor de su hijo.
—Eso no es cierto —dijo Michel, pero su voz no sonaba convencida—. Lo que sucede es que mi mamá está acostumbrada a mandar, y ahora además de ceder poder, tiene que sacrificar su espacio. Ya se le pasará.
Laura quiso discutir más, pero estaba tan cansada que las palabras se le murieron en la garganta. Esa
noche, mientras Michel roncaba en su habitación, ella lloró en silencio en el sofá tapándose la boca con la almohada, para que nadie la escuchara. Una semana después, Maritza consiguió trabajo para Michel en un almacén de Amazon. Era un empleo pesado de doce horas diarias, pero pagaba bien. Laura en cambio, no recibió ninguna oferta y la reclamó.
—Michel no te ha dicho las razones porque la que no te he gestionado un trabajo, porque teme que vayas la vayas a echar la culpa del acuerdo al que nosotros llegamos—le expresó Maritza una mañana, mientras Laura desayunaba un tazón de cereal—.
—¿A qué acuerdo ustedes llegaron sin contar conmigo, y por qué Michel piensa de esa manera? —Preguntó Laura sospechando que le habían dado un golpe bajo—
—Nosotros decidimos que te quedes trabajando en la casa, para que atiendas a tu hombre
cuando llegue cansado del trabajo. Para eso estás aquí.
—Pues se equivocaron porque yo no vine a Estados Unidos para ser ama de casa —respondió Laura, a punto de perder la paciencia—. Yo vine a trabajar y a progresar en la vida.
—¿Y qué tu sabes hacer? ¿Limpiar? —Preguntó Maritza con sarcasmo—Te hice es pregunta porque tus estudios de economista aquí no te sirven de nada. Aparte de eso me imagino, que tampoco sepas hablar inglés.
Laura estaba choqueada. Por la mala comunicación que había entre ambas, su suegra no se había enterado de que ella hablaba inglés desde los doce años, gracias a una profesora particular que su madre había pagado con grandes esfuerzos. Mucho menos que su nivel era avanzado, casi bilingüe. Pero eso Maritza no lo sabía, y tampoco le importaba saberlo.
—Mi inglés es bueno —dijo Laura en inglés, con una pronunciación clara y fluida—. Mucho mejor que el suyo, si me permite decirlo.
Maritza abrió la boca, pero ella no salió ninguna palabra. Michel, que estaba atándose los zapatos para ir al trabajo, los miró a ambos con incomodidad.
—¡Mami Laura habla el inglés mejor que yo!
—¿Ah, sí? —Maritza recuperó el aliento—. Pues entonces que se busque un trabajo ella sola, porque yo no voy a mover un dedo por alguien que me responde de esa manera.
—No le respondí mal —se defendió Laura—. Solo le dije la verdad.
La tensión en la habitación era tan grande, que el ambiente se tornaba enrarecido. Michel suspiró.
—Ya paren de discutir. Laura, hoy voy a preguntar en Amazon si tienen otra vacante. Tal vez puedas entrar conmigo y de esa manera salimos a la misma hora.
—No quiero trabajar en Amazon —respondió Laura—. Quiero algo relacionado con la economía, o al menos con números.
—Con números —se burló Maritza—. La niña quiere trabajar con números. Mira princesa, aquí los números los manejan los americanos. La latina se dedica a limpiar o a servir mesas. Así es como funciona este país.
Laura apretó los puños. Por primera vez en mucho tiempo, sintió ganas de gritar. Pero se contuvo. No iba a darle el gusto a Maritza de verla derrumbarse.
—Eso lo veremos —dijo, levantándose de la mesa—. Yo le voy a demostrar que una latina puede hacer más que limpiar.
Salió al jardín y se sentó en el césped, mirando el cielo gris de Wisconsin. Las lágrimas amenazaban con salir, pero las contuvo. No iba a llorar. No delante de esa mujer.
Las semanas siguientes fueron un infierno cotidiano. Maritza encontraba defectos en todo lo que Laura hacía. La comida estaba demasiado salada, la ropa mal doblada, el baño nunca quedaba limpio. Ningún esfuerzo de parte de Laura, era suficiente.
—En mi casa se hacen las cosas así —Decía Maritza en la cocina, señalando con el cepillo de fregar hacia el platero, donde estaba la loza acaba de fregar—. Y si no te gusta vas a tener que hacer lo que yo te diga, porque es con eso que tu pagas lo que te comes ¿Tu me entendiste o necesitas que te lo dibuje?
Laura aguantaba en silencio, pero todas las noches a escondidas, llamaba a su madre por teléfono mientras Michel dormía.
—Mami, no puedo más —sollozaba—. Me trata como a una sirvienta. Me insulta. Me humilla.
—Hija —respondía Andrea, con la voz quebrada—. No tienes por qué aguantar eso. Sal de allí. Busca un trabajo, haz amistades, hazte de tu propio dinero para que no dependas de ellos.
—Pero Michel...
—Michel no te defiende porque le teme a su madre, y por eso permite que ella te maltrate. Ese no es un hombre Laura, eso es un niño manipulable que nunca se va a poner de tu parte.
Laura sabía que su madre tenía razón, pero el miedo la paralizaba. ¿A dónde iba a ir? No conocía a nadie en Wisconsin. No tenía dinero, ni tenía documentos. Pero una noche, todo cambió. Michel llegó del trabajo más temprano de lo habitual. Era un jueves, y Maritza había salido a hacer unas compras. Laura estaba en el jardín leyendo un libro de economía, que había encontrado en una biblioteca pública, cuando escuchó la puerta sonar.
—¿Laura? —gritó Michel—. ¿Qué preparaste de comer?
—En esta casa hoy no se cocinó—Aseguró Laura con marcada frialdad—.
—¿Y eso por qué?—Preguntó él en tono desafiante—.
—Porque a tu madre se le olvidó, o no le dio la gana de darme dinero, por eso no pude ir a hacer las compras.
— Podrías haber ido con tu dinero.
—¿Mi dinero? —Laura soltó una risa amarga—. ¿Qué dinero? El que gané dando clases particulares en Cuba, se fue todo en el pasaje y los otros trámites. Aquí no he trabajado porque tu madre no me deja.
—Eso no es culpa de mi madre.
—¿De quién es entonces? ¿Mía por estar con un hombre que no me defiende?
Michel se acercó a ella con los ojos inyectados en sangre.
—No empieces, Laura. Estoy cansado. Trabajo doce horas al día y llego a la casa y no hay comida. ¿Qué clase de mujer eres?
Laura sintió como si le hubieran dado una bofetada. Pero esa no fue la única.
—¿Qué clase de mujer? —repitió, con la voz temblorosa—. Soy la mujer que dejó su carrera, su país y su madre por seguirte. La mujer que duerme en un sofá, porque a tu madre no le da la gana de que yo duerma en tu habitación. La mujer que limpia tu casa, lava tu ropa y aguanta tus insultos. ¡En eso me convertido!
Michel no respondió. En lugar de eso, se dio la vuelta y se fue a su habitación dando un portazo. Laura se quedó en la sala temblando. Y en ese momento, Maritza entró por la puerta principal.
—Ya me enteré —dijo, dejando las bolsas de la compra en el suelo—. Mi hijo está enojado porque no preparaste la cena, y tiene razón. ¿Para qué te traje, si no sirves ni para eso?
—Su hijo está enojado, porque usted no me dio dinero para comprar comida —respondió Laura con ironía—¡Y como todavía no he pasado el curso de maga por Internet, no tengo la varita mágica para llenar las ollas de comida!
—¡No me levantes la voz! —gritó Maritza, acercándose a ella—. Tú estás en mi casa, bajo mi techo. Comes de mi comida. Si no te gusta te vas. Pero no me faltes el respeto.
—La que siempre me falta el respeto es usted —dijo Laura, levantándose—. Desde que llegué, me ha tratado como a una sirvienta. Me ha insultado. Me ha humillado. Y lo peor de todo es que su hijo, no ha hecho nada para detenerla.
Maritza enrojeció de ira.
—¡Mi hijo es un buen hombre! ¡Tú eres la que lo has vuelto loco!
—No —dijo Laura—. Usted es la que lo tiene dominado. Y él es demasiado débil para darse cuenta.
Fue entonces cuando Michel salió de la habitación, porque lo había escuchado todo.
—Laura —dijo, con una voz fría e imperativa—. Lárgate de mi casa.
—¿Qué? —Laura no podía dar crédito a lo que escuchó, porque afuera estaba nevando—
—Que te largues te dije. No quiero verte. No quiero oírte. Vete de esta casa.
Laura pensó en reclamarle algo, pero al final desistió. Al sentirse traicionada miró a Michel, luego a Maritza que sonreía celebrando su triunfo. Y entendió que había perdido una batalla, pero no la guerra.
—Está bien —dijo, y fue a recoger su maleta.
No lloró. No suplicó. No le pidió que la perdonara. Solo metió su ropa en la maleta, cogió su pasaporte y sus pocas pertenencias, y caminó hacia la puerta.
—Laura, espera —dijo Michel, arrepentido al instante—. No quise decir eso.
—Sí quisiste —respondió ella, sin mirarlo—. Y yo también quiero irme.
Salió a la calle. El aire frío de Wisconsin le recordó que estaba prácticamente desabrigada, pero no sintió nada. Solo un inmenso vacío, imposible de explicar con palabras. Caminó sin rumbo durante horas, hasta que llegó a una tienda de conveniencia. Adentro, una muchacha mexicana de unos veinticinco años la miró con compasión.
—¿Estás bien, amiga? —Le preguntó en Español—. Te veo perdida.
—Lo estoy —respondió Laura, y las lágrimas que había contenido durante meses finalmente brotaron.
La muchacha salió de detrás del mostrador y la abrazó.
—Tranquila —dijo—. Yo me llamo Rosa. ¿Necesitas ayuda?
Laura asintió, sin poder hablar. Rosa le ofreció un vaso de agua y un asiento en la trastienda. Y esa noche, mientras afuera nevaba sobre Milwaukee, Laura le contó todo a una desconocida. Y esa desconocida le ofreció una esperanza.
—Mi hermana trabaja en una compañía de limpieza —dijo Rosa—. Buscan gente y tienen un albergue para las empleadas. No es un hotel cinco estrellas, pero es mejor que la calle.
Laura levantó la vista.
—¿Me puedes llevar?
—Mañana mismo —respondió Rosa—. Pero primero, tienes que prometerme algo.
—¿Qué?
—Que no vas a volver con ese idiota. Te mereces algo mejor.
Laura esbozó una sonrisa por primera vez en mucho tiempo.
—¡Te lo prometo!