"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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Sangre y pólvora
El regreso a la mansión fue un viaje a través de la neblina veneciana que parecía filtrarse hasta el alma de Alessandra. No pronunció una palabra. En su mente, la firma de su padre en aquel documento se repetía como una sentencia. Él tiene un plan, se decía a sí misma, aunque la voz en su cabeza sonaba cada vez más débil. Solo está ganando tiempo, usando a los Falier para fortalecerse.
Al entrar en el vestíbulo, el ambiente no era el habitual. El silencio elegante de la casa había sido sustituido por un caos controlado. Varios hombres armados subían y bajaban las escaleras, y el olor a café cargado y pólvora flotaba en el aire.
—¿Qué está pasando? —preguntó Alessandra, saliendo de su estupor.
Damian no tuvo tiempo de responder. Un hombre joven, de unos veinticinco años, con el cabello más claro que el de Damian y una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha, bajó los escalones de tres en tres. Vestía una chaqueta de cuero y llevaba un arma enfundada de manera visible en la cintura.
—¡Damian! Por fin —exclamó el joven con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, los cuales eran de un gris mucho más salvaje—. Los Falier están moviendo piezas en el puerto norte. Creen que porque les diste las rutas de Giorgio, ahora pueden pasearse por nuestro territorio.
Damian se tensó visiblemente y dio un paso al frente, bloqueando la línea de visión del joven hacia Alessandra.
—Stefan, te dije que te quedaras en Belgrado hasta que yo te llamara —dijo Damian, su voz cargada de una advertencia que Alessandra nunca le había escuchado usar con Irina.
—Y yo te dije que no iba a dejar que te quedaras con toda la diversión —Stefan se asomó por encima del hombro de su hermano, fijando su mirada en Alessandra. Sus ojos recorrieron el cuerpo de ella con una falta de respeto que hizo que a Alessandra se le erizara la piel—. Así que esta es la famosa joya de los Cavalli. Entiendo por qué no quieres soltarla, hermano. Es mucho más hermosa de lo que decían los informes.
—Stefan, vete al despacho. Ahora —ordenó Damian, su tono volviéndose mortalmente peligroso.
Stefan levantó las manos en señal de rendición, pero su sonrisa se ensanchó.
—Tranquilo, solo admiro el inventario. Alessandra, ¿verdad? Ten cuidado, mi hermano tiene la costumbre de guardar bajo llave las cosas que le gustan demasiado.
Cuando Stefan se alejó, el aire pareció volver a los pulmones de Alessandra. La mirada de ese hombre era distinta a la de Damian; donde Damian había deseo y control, en Stefan había una violencia impredecible.
—¿Quién es él? —susurró ella.
—Mi hermano menor —respondió Damian, girándose hacia ella. Sus manos se cerraron en puños—. Y es la razón por la que, a partir de este momento, no vas a salir de esta casa sin mí. Ni siquiera al jardín. Stefan no entiende de matices ni de contratos. Él solo entiende de lo que puede tomar por la fuerza.
Alessandra sintió un escalofrío. Estaba atrapada entre la ambición de su padre, la amenaza de los Falier y ahora la impulsividad de un Volkov que parecía no tener límites.
—¿Me estás protegiendo de tu propia familia? —preguntó ella, con una nota de ironía en su voz herida.
Damian dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que sus cuerpos casi se tocaban de nuevo. La intensidad del despacho regresó, pero esta vez con un matiz de urgencia real.
—Te estoy protegiendo de todo lo que no soy yo, Alessandra —dijo él, tomando su barbilla para obligarla a mirarlo—. Incluyendo a mi propia sangre. Tu padre te ha dejado a la deriva en un mar lleno de tiburones, y Stefan es el que tiene más hambre.
Alessandra quiso apartarse, pero la cercanía de Damian era lo único que se sentía sólido en un mundo que se caía a pedazos. El odio seguía ahí, pero el miedo a lo que había fuera de los brazos de Damian empezaba a ser más fuerte.
—Mi padre vendrá —repitió ella, más para convencerse a sí misma que a él.
—Reza porque lo haga antes de que los Falier o mi hermano decidan que tú eres el único lenguaje que Giorgio Cavalli entiende —respondió Damian, soltándola con brusquedad—. Ahora, sube. No quiero que Stefan te vea de nuevo esta noche.
Alessandra subió las escaleras, pero al llegar al primer descanso, miró hacia abajo. Vio a Damian y Stefan discutiendo en susurros violentos. Se dio cuenta de que su situación acababa de cambiar: ya no era solo una deuda que cobrar, era el centro de una guerra que apenas estaba comenzando.