A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Capitulo 7 cicatriz de miel
La mansión estaba decorada con la frialdad geométrica que caracterizaba el estilo de Eliah: líneas limpias, mármol blanco y una iluminación tenue que hacía que cada invitado pareciera una estatua en una galería de arte. Era el cumpleaños número 27 del arquitecto más brillante de su generación, pero el aire se sentía cargado, denso, como la calma que precede al colapso de una estructura.
Eliah, vestido con un traje a medida que resaltaba su imponente porte de Delta, buscaba frenéticamente a Ian entre la multitud. Llevaba días sin sentir su aroma de forma clara y la desesperación empezaba a filtrarse por las grietas de su autocontrol. Cuando finalmente lo vio, el aliento se le escapó de los pulmones.
Ian no llevaba la ropa suave que solía usar en casa. Vestía un conjunto de seda negra, profundo como el vacío, con cadenas de plata cayendo sobre su pecho y el cabello azabache perfectamente peinado hacia atrás, resaltando la palidez de su piel y el azul eléctrico de sus ojos. No parecía un omega; parecía una deidad del desamor.
Sin decir una palabra a Eliah, Ian subió al pequeño escenario dispuesto para la orquesta. El murmullo de los invitados cesó de inmediato. Marc, desde una esquina, apretaba su copa de champán con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos, cumpliendo su promesa de no intervenir, aunque sus ojos quemaban en dirección al Delta.
Ian se sentó frente al piano. No hubo introducciones, solo el primer acorde menor que vibró en las paredes de mármol.
— Esta canción se titula "Cicatriz de Miel" —dijo Ian por el micrófono. Su voz no tembló; era un hilo de seda negra que envolvió a todos los presentes—. Es un regalo para el hombre que me enseñó que no importa cuán alto construyas, si el suelo es mentira, todo caerá.
Empezó a cantar. La melodía era una evolución de lo que Eliah conocía, pero la letra era un cuchillo. Cada palabra hablaba de las horas de espera, de la persistencia que Eliah había llamado "cansancio" y del dolor de ser un destino aceptado por obligación. Eliah sentía que el suelo se movía bajo sus pies. Intentó dar un paso hacia el escenario, pero la intensidad de la voz de Ian lo ancló al sitio. Era la voz de un hombre que ya se había ido, aunque su cuerpo siguiera allí.
Cuando Ian alcanzó el clímax de la canción, con ese grito desgarrador que exigía que Eliah buscara lo que quedaba de él en las cenizas, no quedó un alma en el salón que no sintiera el peso del lazo roto.
El silencio que siguió a la última nota fue sepulcral. Ian se puso de pie con una elegancia gélida. Bajó del escenario con pasos lentos, ignorando los aplausos que empezaban a surgir, y caminó directamente hacia Eliah, quien estaba pálido, con los ojos empañados por una realización tardía.
Ian se detuvo a escasos centímetros de él. El aroma de Eliah —cedro y tormenta— intentó envolverlo, pero Ian ya no respondía al llamado. Con una sonrisa triste que no llegaba a sus ojos, Ian hizo una reverencia perfecta, lenta y teatral.
— Gracias, Eliah —susurró Ian, lo suficientemente alto para que los amigos de Eliah, los mismos del bar, escucharan—. Gracias por haberme elegido este año. Aunque ahora sé que fue solo por lástima, o por la pereza de no luchar contra el destino.
Eliah sintió que el aire se le escapaba.
— Ian, no...yo no...
Ian levantó una mano, deteniéndolo con una autoridad que hizo que el instinto del Delta retrocediera.
— No construyas más excusas, ya no hay planos que revisar. Me diste un lugar en tu casa, pero nunca uno en tu orgullo. Así que te libero. Te libero de la carga de ser mi destinado y de la molestia de mi insistencia.
Ian se acercó un poco más, rozando el oído de Eliah con sus labios por última vez.
— Disfruta de la "suavidad" que buscabas. Yo me llevo mi rigidez a un lugar donde el talento valga más que el molde en el que intentaste encajarme. Adiós, Delta.
Ian se dio la vuelta sin mirar atrás. Caminó hacia la salida principal con la frente en alto. Marc lo esperaba en la puerta, entregándole las llaves de su coche y un pequeño bolso con sus documentos.
— El coche está en marcha. El vuelo sale en dos horas —dijo Marc, dándole un apretón en el hombro que contenía todo el apoyo que no podía expresar con palabras.
— Gracias, hermano. No dejes que me siga —respondió Ian.
Eliah finalmente reaccionó y corrió hacia la puerta, gritando su nombre, pero Marc se interpuso en su camino como una muralla de hierro.
— Ni un paso más, Eliah. Ya hiciste suficiente daño a mi hermano.
Desde el portal, Eliah vio cómo las luces traseras del coche de Ian desaparecían en la noche. En ese momento, en medio de su fiesta, rodeado de lujo y de la gente que lo admiraba, Eliah se dio cuenta de que su edificio más importante acababa de colapsar, y que no importaba cuántos rascacielos construyera en el futuro, nunca volvería a tener el cimiento de ese omega que lo había amado más que a su propia dignidad.
Ian, mientras tanto, conducía hacia el aeropuerto. Se limpió una sola lágrima que rodaba por su mejilla y la cambió por una mirada de determinación. El Espectro de Terciopelo estaba naciendo, y el mundo pronto olvidaría su nombre como omega, para recordarlo como una leyenda.