🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.
No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.
Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.
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CAPÍTULO 16
El cerrojo de la puerta al cerrarse resonó como un disparo en el silencio de la habitación. Fabián no soltó su agarre en la cintura de Kassandra, sus dedos hundiéndose con posesión en la tela del vestido, como si temiera que, de aflojarlos, ella pudiera desvanecerse entre sus manos. Kassandra sintió el peso de su cuerpo contra el suyo, la calor húmeda de su respiración en la nuca, y cada terminación nerviosa se le erizó en alerta.
—Kassandra… —La voz de él era un arrullo envenenado, baja y aterciopelada, pero con ese filo metálico que siempre le helaba la sangre—. ¿Sabes cuál es tu problema? —No esperaba respuesta. Nunca la esperaba. Sus labios rozaron el lóbulo de su oreja, y ella contuvo el escalofrío que le recorrió la columna—. Que te importa más esa vieja que tú misma. Eso es una debilidad. —La última palabra la escupió como si le dejara un mal sabor en la boca—. Y me pregunto… —Una pausa calculada, el dedo índice de su mano libre trazando círculos lentos sobre su cadera—. ¿Por qué habrían querido cambiarla de hospital?
El corazón de Kassandra se estrelló contra sus costillas. Lo sabe. La certeza la golpeó como un puño en el estómago, dejándola sin aire. O quizá solo lo sospechaba, jugaba con ella como un gato con un ratón herido. Pero el modo en que sus ojos se clavaron en los suyos, oscurecidos por algo que no era solo lujuria sino triunfo, le dijo que no era una pregunta al azar. Había olfateado la traición. Y ahora la acorralaba.
Fabián no esperó a que ella balbuceara una excusa. Su mano en la cintura se tensó, arrastrándola contra él hasta que el borde duro de su cinturón se clavó en su vientre. Kassandra sintió el bulto de su erección, implacable, presionando contra su muslo, y el asco le subió por la garganta como bilis. Pero no retrocedió. No podía. Sus piernas eran dos columnas de mármol frío, incapaces de obedecerle.
—Esto es lo que pasa cuando me desobedeces —susurró él, y el aliento le quemó la piel—. Yo dejo de ser amable… —La palabra la pronunció como si fuera un regalo que le hubiera otorgado y ella hubiera pisoteado—. Y te recuerdo lo que eres.
Sus dedos se enlazaron en su cabello, tirando con fuerza suficiente para que el cuero cabelludo le ardiera. Kassandra ahogó un gemido, los párpados temblorosos, pero no cerró los ojos. No le daría esa satisfacción. No le mostraría el miedo que le carcomía las entrañas como ácido.
—Mía —siseó él, acercando sus labios a los de ella sin llegar a besarla, dejando que el veneno de sus palabras se filtrara entre ellos—. Solo mía.
La risita que escapó de su garganta fue un sonido roto, casi un sollozo contenido.
—¿Y tú cumples con respetarme? —logró escupir, la voz quebrada por el esfuerzo de no romperse. El sabor a sangre le inundó la boca; se había mordido el interior del carrillo sin darse cuenta.
La sonrisa de Fabián fue un cuchillo desenvainado.
—Eres mi esposa —dijo, como si eso lo explicara todo. Como si ese título le diera derecho a arrancarle la piel a tiras—. Eres mía. —Sus dedos se apretaron más, los nudillos blancos bajo la tensión—. Completamente mía.
Kassandra sintió el mundo inclinarse. No por las palabras—las había escuchado mil veces—, sino por el modo en que su pulgar se deslizó hacia abajo, rozando el pliegue entre sus nalgas con una intimidad grotesca. El vestido, ya de por sí ceñido, no le dejó espacio para escapar. Solo pudo quedarse allí, rígida, mientras él exploraba su cuerpo como si fuera un territorio conquistado, sus dedos avanzando hacia el calor entre sus muslos.
—Últimamente te dejé en paz, Kassandra —murmuró, y su voz era un latigazo—. Pero deberías cumplir tu deber de esposa.
El dedo medio de él se coló bajo la tela, encontrando el encaje de sus bragas, y Kassandra contuvo la respiración hasta que los pulmones le ardieron. No reacciones. Si jadeaba, si se estremecía, sería peor. Serían días de "puta" susurrado al oído mientras la obligaba a arrodillarse, de "zorra" gritado entre empujones contra la pared del baño. Pero su traicionero cuerpo ya respondía, el calor inundándole el vientre, la humedad delatadora entre sus piernas. No es deseo, se dijo, clavando las uñas en las palmas. Era miedo. Era supervivencia. Era el instinto animal de complacer al depredador para que la matara rápido.
—Eres una mentirosa —continuó él, y el dedo se deslizó más abajo, encontrando el inicio de su humedad. Kassandra apretó los dientes hasta que le crujieron—. Pero tu cuerpo nunca miente.
Ella quería vomitar. Quería gritar. Quería morderle la mano hasta hacerle sangrar los nudillos. Pero solo pudo quedarse allí, inmóvil, mientras él la violaba con los dedos, con las palabras, con esa sonrisa que le decía que disfrutaba cada segundo de su sumisión.
—Dime que soy tu dueño —exigió, y su voz era un filtro de miel envenenada.
Kassandra cerró los ojos. Una lágrima escapó, quemándole la mejilla. Pero no dijo nada.
El golpe llegó antes de que pudiera prepararse. No fue un cachetazo—Fabián nunca dejaba marcas visibles—. Fue su mano enredándose en su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás con tanta fuerza que el cuello le crujió. El dolor le nubló la visión por un segundo, y cuando recuperó el enfoque, él estaba allí, sus ojos oscuros como pozos sin fondo.
—Dímelo —repitió, y esta vez no había paciencia en su tono. Solo el filo de una amenaza.
Kassandra respiró hondo. El sabor a cobre en su boca se hizo más intenso.
—Eres mi esposo —consiguió decir, y cada palabra le sabía a derrota—. Eso es todo lo que eres.
Por un segundo, vio algo cruzar su rostro. No era ira. Era algo peor: decepción. Como si hubiera esperado más lucha, más fuego. Como si su sumisión le aburriera.
Entonces la soltó..El cuerpo de Kassandra se tambaleó, pero no cayó. Se quedó allí, temblando, mientras él se alejaba y la dejaba sintiéndose torpe, sucia.
La puerta se cerró tras él. Solo entonces permitió que las lágrimas cayeran..Se deslizó por las paredes hasta sentarse en el suelo, el vestido arrugándose alrededor de sus rodillas. El dolor entre las piernas era un recordatorio obsceno de su derrota, pero más allá de eso, más allá del asco y la humillación, algo ardía en su pecho. No era esperanza. Era rabia. Una rabia blanca, cegadora, que le susurraba que esto no era el fin. Que él había cometido un error al subestimarla.
Se limpió la cara con el dorso de la mano, respirando entrecortadamente. Sobrevive. No cedas. Resiste.
El teléfono de la mesita de noche sonó..Kassandra lo miró como si fuera una serpiente. El timbre agudo taladraba sus sienes, pero no se movió. Hasta que el sonido se volvió insoportable.
Con manos que apenas respondían, alargó el brazo y descolgó.
—Señora Álvarez de Tudela—la voz al otro lado era profesional, impersonal, pero algo en su tono la alertó—. Soy la enfermera López, del Hospital San Vicente. Lamento informarle que… —una pausa, un suspiro tembloroso— doña Soledad falleció hace media hora. Lo siento mucho.
El auricular se le resbaló de los dedos. El mundo se detuvo. No hubo gritos. No hubo lágrimas. Solo un silencio tan profundo que Kassandra juró que podía escuchar el sonido de su propio corazón rompiéndose en mil pedazos. Nana.
Se quedó allí, con las rodillas contra el pecho, el vestido manchado de lágrimas y algo más oscuro entre los muslos, y por primera vez en años, no sintió nada. Ni dolor. Ni rabia. Ni siquiera el frío que siempre la acompañaba.
Solo un vacío tan vasto que amenazaba con tragársela entera. Y entonces, desde las profundidades de ese abismo, una voz susurró: Ahora no tienes nada que perder.