Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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2. Un pasado que la hace dudar
Estrella cerró los ojos y, como si su mente se negara a aceptar el final, la llevó de vuelta a esa tarde hace cinco días.
La suite presidencial del “The Ritz-Carlton” olía a jazmín y a sexo. Lucio estaba arrodillado entre sus piernas, su lengua trabajando con una habilidad que la hacía arquearse contra las sábanas de seda egipcia.
- "Dios, mi reina…", había murmurado contra su intimidad, "cada vez que te como, juro que saboreas mejor".
Ella había respondido agarrándole el pelo, castaño, con pocas mechas grises que él odiaba pero que a ella le volvían loca y empujando su cara más adentro, hasta sentir su nariz rozando su botón hinchado.
- "Más. Lámeme como si fuera la última vez", le había ordenado, y él lo había hecho, devorándola con un hambre que la dejó sin voz, mordisqueando su entrada hasta que ella gritó, corriéndose en su boca con un gemido que sonó casi como un sollozo.
Después, cuando él se había tendido sobre ella, su cuerpo sudoroso pegado al suyo, Estrella había trazado con los dedos las cicatrices en su espalda, restos de un accidente de años atrás.
-;"Un día", le había dicho, mordiéndole el lóbulo de la oreja, "te presentaré formalmente a mis hijos. Quiero que vean cómo me haces sentir."
Él se había reído, ese sonido ronco que siempre la hacía sonrojar, y le había respondido con un beso tan profundo que sintió sus dientes rozando los suyos.
- "Tienen suerte de tenerte como madre. Pero yo tengo más suerte aún”, dijo Lucio.
Ella sonrió y suavizó su mirada, más allá del cuerpo deseoso y satisfecho, cuando él acaricia su mejilla directamente.
-;“Te amo”, expresó Lucio mirándola fijamente.
Ella se quedó absorta sin decir respuesta, el único otro hombre que también le dijo te amo fue su ex esposo Gustavo, y la historia de ese amor no tuvo un felices para siempre, que cuando era una jovencita había buscado.
Ahora, atrapada en el auto, con el metal gimiendo bajo su peso, Estrella apretó los puños hasta que las uñas le dibujaron medias lunas en las palmas, se culpó de no decirle que también lo amaba.
Estrella pensó que ahora sus hijos, nunca conocerían que Lucio la había hecho amar de nuevo.
Sabe que Alex, tomaría con pinzas esa relación, Estrella ya había salido antes con un hombre que era veinte años menor que ella, una relación que la encendió de pasión, pero que no le llenó el alma, su joven amante la admiraba, pero un error fue suficiente para el debacle; que para colmo, era el hermano de su nuera; aquella historia había minado la relación con sus hijos, e incluso fue el detonante que reveló el problema psicológico de Camila, su hija menor era su mayor preocupación.
Lucio era tan diferente, un empresario exitoso de cuarenta años que no nació en cuna de oro, a punta de esfuerzo, dedicación, determinación y un coraje de acero a creado su propio reino, que a diferencia de Estella no teme perder, porque está seguro de que volverá a construirlo, que la vida no se mide por las derrotas, sino en disfrutar lo que da en el camino.
...Lucio Salvatierra...
Lucio Salvatierra no era un hombre fácil de intimidar. Apuesto, millonario, seguro de cada paso que daba, había aprendido a moverse en el mundo de los negocios, pero había un punto vulnerable, su pequeño Liam. El pequeño tenía seis años, ojos grandes, y era la única persona ante la que Lucio bajaba la voz. Marjorie, la madre del niño, lo sabía, siempre lo supo. Durante años había administrado la custodia con habilidad. No necesitaba enfrentamientos abiertos; bastaban insinuaciones, pequeños recordatorios legales, sonrisas estratégicas. Gracias a Liam, su vida seguía orbitando en restaurantes exclusivos, viajes pagados y tarjetas sin límite. Lucio era generoso, hasta que apareció Estrella Portugal.
Marjorie no necesitó verla muchas veces para entender el peligro. Una mujer como ella no era un capricho pasajero, tenía poder, influencia y era estrategia pura. Si Estrella decidía intervenir, podría convencer a Lucio de hacer lo impensable, disputar la custodia completa. Y entonces, su mina de oro desaparecería. Lo que Marjorie ignoraba, mientras ensayaba discursos frente al espejo y fingía preocupación maternal, era que no estaba moviendo las piezas sola. Su actual pareja susurraba ideas con apariencia de consejos, alimentaba su miedo, afinaba su indignación y la guiaba, no por amor, sino por guerra. Y entre los nombres escritos en esa guerra silenciosa, brillaba uno con letras doradas, el de Estrella Portugal, la reina Midas de los negocios.
Un sonido agudo, como huesos rompiéndose, vino desde el capó. El tronco estaba cediendo. Estrella contuvo la respiración, sus ojos fijos en el precipicio. Podía saltar. Intentar agarrarse a las ramas, trepar hasta la carretera. Pero incluso si lo lograba, ¿qué? Los Agnelli no la dejarían viva. Y si por milagro sobrevivía, ¿qué vida sería esa sin él? Sin las manos de Lucio en su cintura cada mañana, sin su risa cuando ella lo montaba en la ducha, sin la forma en que la miraba como si fuera la única mujer en el mundo; Lucio no solo le entendía la piel, le daba calidez, cariño, amor a alguien que creía ya no merecerlo.
Entonces sintió otro crujido. Más fuerte esta vez.
- "Maldita sea", susurró, y entonces, sin pensarlo dos veces, estiró la mano hacia el tablero. El botón de encendido aún funcionaba. Con un último suspiro, lo presionó.
El motor rugió a la vida. Y el mundo explotó en llamas.