NovelToon NovelToon
Deseo Prohibido

Deseo Prohibido

Status: En proceso
Genre:Romance / Yaoi / CEO / Viaje a un juego / Romance oscuro / Completas
Popularitas:784
Nilai: 5
nombre de autor: Morgh5

Deseo Prohibido narra el encuentro entre dos mundos opuestos: Diego, un hombre rico, poderoso y emocionalmente inaccesible, que vive bajo control y rechaza el amor; y Elías, un joven inocente, criado entre afectos sinceros y que cree en la seguridad del amor.
La atracción silenciosa entre ellos despierta un sentimiento prohibido que desafía límites, certezas y promesas personales. Mientras Elías enfrenta la inevitable pérdida de su inocencia, Diego se ve obligado a confrontar una vulnerabilidad que siempre había evitado.
Entre deseo, silencio y negación, la historia explora un amor que nace en el lugar equivocado y el alto precio de sentir aquello que nunca debería permitirse.

NovelToon tiene autorización de Morgh5 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

Dejé la taza sobre la mesa con cuidado, como si cualquier ruido fuera innecesario en ese momento. Incliné la cabeza hacia atrás en la silla, sintiendo el respaldo sostener el peso del día, y cerré los ojos por unos segundos. Era raro, pero necesitaba ese intervalo mínimo para reorganizar todo por dentro.

No duró.

La puerta de la sala se abrió sin prisa. No necesité mirar para saber quién era. Mi padre siempre entró así —postura recta, pasos firmes, presencia que ocupaba el ambiente antes incluso de decir cualquier palabra. Oí la puerta cerrarse tras él y, a continuación, el sonido seco del sillón de cuero cuando se sentó.

Abrí los ojos despacio. Ya se servía whisky, el gesto preciso, casi ritualístico. Giró el vaso una vez antes de mirarme fijamente.

—Y entonces —dijo, con la voz baja y controlada —, ¿cómo fue la reunión?

Me enderecé en la silla y respiré hondo antes de responder.

—Salió como esperaba —empecé—. Milán presionó por plazos más flexibles. Verona intentó modificar las condiciones de pago. Ninguno de los dos quería asumir el aumento de volumen sin alguna concesión.

Él no interrumpió. Solo escuchó.

—Mantuve el contrato exactamente como está —continué—. Dejé claro que el volumen solo se sustenta con previsibilidad. Sin ajustes, sin excepciones. Las copias ya estaban con ellos, todo por correo electrónico. No di margen para renegociación.

Mi padre se llevó el vaso a los labios, atento.

—Hubo resistencia —añadí—, pero cedieron. Milán aceptó los plazos. Verona aceptó las condiciones. Firma presencial marcada para el 18 de mayo, aquí.

Él inclinó levemente la cabeza, como quien registra mentalmente cada detalle.

—Ellos estuvieron de acuerdo —finalicé—. Sin alteraciones.

Por algunos segundos, el único sonido en la sala fue el hielo golpeando levemente en el vaso de whisky. Mi padre apoyó el brazo en el sillón, aún observándome.

Por algunos segundos, permaneció en silencio, girando el vaso de whisky con calma, como si estuviera pesando cada pensamiento antes de dejarlo escapar. Entonces, para mi sorpresa, levantó la mirada y asintió despacio.

—Lo has hecho bien. —Muy bien.

Aquellas palabras, viniendo de él, tenían un peso diferente. Me enderecé en la silla, atento.

—Los compradores respetaron los límites porque no dudaste —continuó—. Eso no se enseña. Se aprende con el tiempo… y tú ya lo tienes.

Dio un sorbo al whisky y se recostó en el sillón de cuero, el semblante un poco más relajado de lo habitual.

—Dentro de un tiempo —añadió—, vas a asumir totalmente el mando de la empresa. No tiene sentido aplazar lo que ya está claro.

Me quedé en silencio, absorbiendo aquello.

Soltó una media sonrisa, rara, casi cansada.

—Ya me estoy haciendo viejo, Diego —dijo, con una franqueza inesperada—. Quiero disfrutar de la vida. Viajar más, estar con tu madre, vivir sin esa presión constante.

Apoyó el vaso en el brazo del sillón y me miró fijamente una vez más.

—La empresa está en buenas manos —concluyó—. Y eso me da libertad.

En aquel instante, entendí que no era solo un elogio. Era un paso silencioso de responsabilidad —dicho sin ceremonia, pero definitivo.

Mi padre vació el vaso con un último sorbo lento. A continuación, se inclinó hacia delante y dejó el vaso vacío sobre la mesita lateral, el sonido seco resonando discretamente por la sala. Se levantó con la misma postura firme de siempre, se arregló la chaqueta y me lanzó una última mirada —no dura, pero cargada de algo próximo a la confianza.

Sin decir nada más, caminó hasta la puerta, la abrió y salió. El pasillo engulló sus pasos mientras seguía hacia su propia sala, justo al lado de la mía.

La puerta se cerró otra vez, y el silencio volvió a ocupar el espacio. Permanecí sentado por algunos instantes, sintiendo el peso de aquel momento acomodarse. No había anuncio oficial, ni ceremonia. Solo la certeza de que, a partir de allí, nada sería exactamente como antes.

Con la salida de mi padre, quedó claro que el día había llegado al fin. Ya no había más compromisos, ni decisiones pendientes. Cerré una a una las ventanas abiertas en el ordenador, observé la pantalla oscurecer hasta reflejar mi rostro por algunos segundos y apagué el monitor.

Apagué las luces de la sala, comprobé si no estaba olvidando nada y salí. Así que pasé por la recepción avisé:

—Puedes irte. El expediente acabó por hoy.

Ella sonrió, visiblemente aliviada, agradeció y empezó a juntar las cosas.

En el estacionamiento, mi moto me esperaba. Me puse el casco y seguí en dirección a mi antigua casa. El viento de la noche ayudó a desmontar el peso del día. Hacía días que no aparecía por allí.

La Mansión Del Toro surgió al frente con las luces encendidas. Aparqué, quité el casco y entré.

Apenas atravesé la sala de estar y ya encontré a mi madre sentada en el sofá, conversando animadamente con dos amigas de la alta sociedad, del mismo círculo que el nuestro. Copas en la mano, risas controladas —hasta que me vieron.

—¡Diego Del Toro! —la voz de mi madre resonó antes que todo.

No dio tiempo ni a reaccionar. Doña Aitana se levantó, vino hasta mí y me tiró de la oreja sin la menor ceremonia.

—¿Has olvidado que tienes madre ahora?

—Madre… —intenté protestar, riendo.

Ella me jaló para un abrazo apretado luego en seguida, de aquellos que solo ella sabía dar, mezclando regaño y cariño en la misma medida.

—Desapareces por días sin darme una llamada y crees que está todo bien —murmuró, aún agarrándome.

Me senté en el sofá al lado de ella, y fue ahí que una de las amigas —cuyo nombre yo claramente no recordaba— pasó a analizarme sin pudor alguno.

—Pero qué hombre guapo te has vuelto, Diego —dijo, sonriendo demasiado—. Siempre has sido encantador, pero ahora…

Antes de que ella continuara, mi madre giró el rostro lentamente.

—Quita el ojo, querida —dijo, áspera—. Mi hijo no es para tu pico.

Yo, obviamente, no ayudé.

—¿Pero puedo analizar el contenido? —provoqué, abriendo una sonrisa.

Lo que vino en seguida fue una secuencia de toques rápidos en mi brazo: de mi madre, de la amiga ofendida e incluso de la otra señora que reía de la situación. En segundos, todos estábamos carcajeando, el clima completamente fuera de control.

Fue el ruido que denunció nuestra presencia.

Oí pasos apresurados en la escalera y, luego, Sarai apareció en lo alto, en pijama, con el pelo suelto y la expresión curiosa.

—¿Qué está sucediendo aquí? —preguntó mi hermanita, mirando de un rostro para el otro.

Sonreí inmediatamente.

—Buenas noches, hermanita —dije, abriendo los brazos.

Ella rodó los ojos, pero bajó los escalones sonriendo. La casa estaba llena de risas, voces sobrepuestas y vida. Y, en aquel momento, supe que había llegado exactamente a donde necesitaba estar.

Mi madre miró por encima de mi hombro, en dirección a la puerta de entrada, como si esperara que alguien o algo surgiera a cualquier instante.

—¿Y tu padre, hijo? —preguntó, aún mirando para la puerta—. ¿No vino contigo?

Balanceé la cabeza, acomodándome mejor en el sofá.

—No. Cuando yo salí, él aún estaba en la empresa.

Ella frunció levemente la frente, cogió el celular casi por reflejo y marcó. Colocó el aparato en el oído, esperó algunos segundos.

—Gonzalo… —murmuró, pero la llamada cayó directo en el buzón de voz.

Intentó de nuevo. Y tuvo como respuesta la voz electrónica.

Aitana bajó el celular despacio. Por algunos instantes, el ambiente se puso extraño demasiado para una casa que hasta poco antes estaba llena de risas. Las amigas intercambiaron miradas discretas, Sarai percibió el clima y se quedó quieta —lo que, viniendo de ella, era una señal clara.

Resolví romper aquello del modo más simple posible.

—Madre… —dije, inclinándome para delante—. ¿Hay comida en esta casa o voy a tener que pedir socorro?

Ella me miró fijamente por un segundo y entonces soltó una risita corta, de aquellas que deshacen la tensión.

—Claro que hay —respondió—. Como si esa casa funcionara sin comida.

Se giró y llamó a la empleada:

—Puede servir la cena, por favor.

Poco después, nos encaminamos para la sala de jantar. Mi madre tomó su lugar en la cabecera, como siempre. Me senté a la izquierda de ella, Sarai se quedó delante de mí. Las amigas se acomodaron: la más habladora —la de los elogios— se sentó a mi lado, y la otra se quedó al lado de Sarai.

La cena comenzó leve. Sarai, finalmente abre la boca, y no tardó en dominar la conversación.

—Ustedes no van a creer en lo que sucedió en la facultad hoy —empezó gesticulando—. La profesora simplemente canceló el desfile porque una niña apareció con un vestido hecho de plástico reciclado creyendo que era “conceptual demasiado”.

Todos cayeron en la risa. Ella contaba todo con tanta expresión que era imposible no reír junto. Mi madre balanceaba la cabeza, fingiendo reprobación, pero claramente orgullosa. Yo solo observaba, aprovechando aquel sonido que yo sentía falta sin percibir: la casa viva.

Cuando la cena terminó, las amigas de madre se levantaron, aún riendo, se despidieron con besos y comentarios animados. La puerta se cerró tras ellas, y la mansión volvió a ser solo nuestra.

—Vamos para mi cuarto —dijo mi madre—. Hace tiempo que no hacemos eso.

Subimos los tres. Ella escogió una película antigua, de aquellas que asistíamos cuando éramos pequeños. Sarai se tiró en la cama y acabó apoyando la cabeza en el hombro de mi madre. Yo me acosté atravesado, colocando la cabeza en el colo de ella en el automático.

Madre comenzó a pasar los dedos por mi pelo, despacio, haciendo caricias como hacía cuando yo era niño.

Nos quedamos allí, los tres, en silencio confortable, dividiendo recuerdos que no necesitaban ser dichos en voz alta. Por algunas horas, no había empresa, contratos o responsabilidades. Solo nosotros tres reviviendo memoria.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play