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Amor Entre Murallas Y Mareas

Amor Entre Murallas Y Mareas

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:672
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Manotasflorez

En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.

Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.

Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.

Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.

Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.

NovelToon tiene autorización de Luisa Manotasflorez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 11

El regreso de la luna y el sol

Habían pasado ya tres meses. Tres lunas enteras de noches largas y silenciosas en las que el dolor seguía quemando mi cuerpo y, más aún, mi memoria. Las marcas en mi piel aún estaban frescas, no cicatrizadas del todo; pero las que más pesaban eran las invisibles, las que nadie podía curar con ungüentos ni hierbas.

Y sin embargo… allí estaba él.

James.

Mi gran amor, mi vida, la única razón por la que aún podía reír, aunque fuese un poco, aunque por dentro me sintiera hecha cenizas.

Entró con pasos contenidos, como si temiera romper el aire de la habitación. Se sentó junto a mi lecho, en la silla de siempre. La puerta quedó abierta, vigilada por dos sombras fieles: mi esclava y un joven esclavo que mi madre había ordenado colocar allí. Nadie debía sospechar demasiado de aquellas visitas, pero tampoco podían arrancarme ese instante de consuelo. Sus ojos, los ojos que siempre habían sido mi refugio, eran lo único que me recordaba que seguía viva.

—Tuve tanto miedo de no encontrarte viva… —dijo James, y su voz se quebró apenas. Sus dedos rozaban la madera del asiento, temblando como nunca los había visto temblar. Bajó la mirada un instante, luego volvió a alzarla hacia mí—. Mi querida diosa de la luna y del sol, esos ojos pensé que jamás volvería a verlos.

Sentí sus palabras atravesarme como fuego. Yo lo miré en silencio. Una risa breve, pequeña y rota se me escapó sin querer, como un suspiro. No sabía si reír de alegría o llorar de dolor. Tenía las lágrimas presas detrás de los párpados, pero me negaba a dejarlas caer. No quería más llanto. Quería escucharlo. Quería verlo.

—Lloré por ti —me confesó de pronto, llevándose una mano al pecho como si aún guardara allí el peso de aquellas lágrimas—. Pero cuando apareciste tambaleante, golpeada, cubierta de sangre… no pude llorar. Me quedé helado, bloqueado. Como si el mundo hubiera dejado de girar. No quería asustarte más. No quería añadir más dolor al tuyo. Solo… solo quería sostenerte con la mirada, aunque no pudiera abrazarte.

Lo observé con ternura y con un dolor extraño en el pecho. Ese hombre que siempre había sido invencible, al que jamás vi titubear en la batalla, ahora me hablaba como un niño perdido en la oscuridad. Y al mirarlo, comprendí que él también había sufrido cada instante conmigo.

—Dame un poco de agua —susurré, extendiendo una mano débil—. Y ese polvo que hay en la mesa, por favor.

James se levantó enseguida. Sus manos, que habían blandido espadas con firmeza, ahora parecían frágiles, temblorosas, mientras sostenían la jarra de barro. La inclinó con una paciencia infinita, gota a gota, hasta mis labios resecos. Después tomó el pequeño cuenco con el polvo blanco que mi madre dejaba a la cabecera: hierbas para calmar el dolor. Lo acercó con cuidado, casi con reverencia.

Yo lo miré y sonreí apenas, con esa sonrisa que parecía nacer rota, como si tuviera que atravesar espinas antes de florecer.

—¿Ves? —murmuré con voz débil—. No soy tan fuerte como creías.

Él negó con la cabeza de inmediato, con esa intensidad suya que podía hacer temblar al mundo entero.

—Eres más fuerte que todos nosotros juntos, Selene. Sobreviviste a lo que nadie debería sobrevivir. Eres la luz que me guía, aunque estés rota, aunque sangres. Eres mi luna en la noche más oscura y mi sol al amanecer.

No pude contenerlo más. Cerré los ojos y una lágrima se deslizó por mi mejilla. James la secó con la yema de los dedos, tan suavemente que apenas lo sentí.

Nos quedamos así, sin hablar, respirando en el mismo espacio. Yo, recostada en la cama. Él, inclinado hacia mí como un guardián que llevaba demasiado tiempo esperando. Y aunque el dolor seguía allí, aunque los recuerdos me perseguían como espectros, por un instante, en sus ojos sentí que podía volver a vivir.

—¿Sabes? —susurró James al cabo de un largo silencio—. Cada día de estos tres meses, cada amanecer, me levantaba con el mismo pensamiento: “Hoy la rescataré. Hoy la traeré de vuelta”. No podía dormir. Cerraba los ojos y te veía, encadenada, sangrando. Y yo corría en sueños, pero nunca llegaba a tiempo. Me odiaba por eso.

Su voz se quebró otra vez. Bajó la mirada, como si temiera que lo viera derrumbarse.

—Y entonces… cuando te vi viva, aunque herida… —se detuvo, respiró hondo—. Selene, juro que todo mi ser se partió en dos. La mitad quería abrazarte y no soltarte jamás. La otra mitad quería arrancarle la vida a todos los que te tocaron.

Lo miré fijamente, sintiendo que mi pecho se apretaba. Parte de mí quería tenderle los brazos, hundirme en su pecho y olvidar. Pero otra parte, más oscura, más herida, me gritaba que no podía. Que no quería ser tocada. Que el contacto todavía dolía más que las cicatrices.

—James… —dije con un hilo de voz—. Te amo, pero no puedo… no puedo aún.

Él asintió despacio, con una calma que me desgarró. No protestó, no insistió. Solo me miró con una devoción que dolía más que cualquier herida.

—No necesito tocarte, Selene —respondió con firmeza—. Con verte respirar, con escuchar tu voz, con saber que estás aquí… eso es suficiente para mí. Esperaré. Los días, los meses, los años que hagan falta. Esperaré.

Una oleada de calor y tristeza me atravesó. Quise hablar, pero no pude. Solo cerré los ojos, y en ese silencio comprendí que su amor era mi refugio. Que él era el único capaz de sostenerme sin cadenas, sin prisas, sin exigir nada.

Él era mi luna. Él era mi sol.

Y en su presencia, por primera vez desde aquella noche oscura, sentí que tal vez un día podría volver a ser yo.

Después de todo, él se fue.

Había estado allí, sentado a mi lado como si el tiempo se hubiera detenido, como si el universo entero se hubiera reducido a su respiración contenida y a la mía entrecortada. Pero, al final, recordé lo inevitable: él no era dueño de esa casa, no podía permanecer demasiado tiempo, no podía arriesgarse a ser descubierto. Era un invitado, apenas un huésped que debía retirarse antes de que los murmullos y las sospechas lo alcanzaran.

El silencio que dejó tras de sí se volvió insoportable.

Sentí el vacío en mi cama como si fuese más grande que la propia habitación. El sitio donde antes estuvo su sombra parecía helado, y ese frío se me metía en los huesos. Abrí los ojos apenas, con un gesto cansado, y confirmé lo que mi corazón ya presentía: estaba sola.

Amelia estaba allí, siempre vigilante. Ocupaba la silla cercana, la misma desde donde había visto cada visita, cada palabra contenida, cada sonrisa fugaz que yo me esforzaba por ocultar. Me miró con dulzura, inclinándose apenas hacia mí, como si supiera lo que estaba pasando por dentro de mi pecho.

—¿Qué pasó? —pregunté con la voz áspera, como si hubiese dormido sobre lágrimas invisibles que me rasparan la garganta.

Amelia no respondió enseguida. Se limitó a acomodar un pliegue de la manta que me cubría, a alisar el borde como si ese gesto simple pudiera aliviarme. Luego sonrió, pequeña, resignada, y contestó en un susurro:

—El escocés se fue.

La frase cayó como una sentencia. Nada más. Nada menos.

Me quedé en silencio. Cerré los ojos otra vez, apretándolos con fuerza como si al hacerlo pudiera atrapar el calor que él había dejado en la habitación, el murmullo bajo de su voz, el roce leve de sus manos torpes cuando me dio agua. Quise retenerlo, pero se me escapaba como arena entre los dedos.

—Bueno… —murmuré apenas, aunque dentro de mí no era “bueno”. Era un hueco. Era un eco. Era la ausencia de su mirada, que ahora pesaba más que todas mis cicatrices.

Amelia se quedó observándome, y por primera vez en mucho tiempo sentí que sus ojos, más que compasión, reflejaban una comprensión silenciosa. Se levantó despacio y se acercó a mí, como si no quisiera perturbar el aire.

—Mi señora… —dijo con suavidad—, cuando él está aquí, usted respira distinto. Y cuando se va… vuelve a apagarse.

Abrí los ojos y la miré. Ella, mi confidente, mi guardiana. No podía ocultarle nada.

—Lo sé… —admití en un hilo de voz—. Su presencia me llena, Amelia. Pero al marcharse… me deja rota otra vez. Como si mi alma quedara incompleta.

Amelia inclinó la cabeza, y me acarició la frente con una ternura casi maternal.

—El amor tiene esa fuerza —susurró—. Da vida y también duele. Pero no todos los hombres harían lo que él hace por usted. Se le nota en los ojos. Él no viene por capricho, ni por deseo. Viene porque la ama.

Me mordí los labios, incapaz de responder. El recuerdo de su mirada, de esas palabras suyas donde me llamó luna y sol, se me incrustó de nuevo en el pecho. Quise llorar, pero las lágrimas no salieron. Estaban allí, atascadas, como si mi cuerpo se negara a soltar más de lo que ya había dado.

—Amelia… —susurré al fin, con voz temblorosa—, ¿crees que algún día podré dejar de temblar cuando lo tenga cerca? ¿Crees que pueda volver a ser yo, sin miedo?

Ella sonrió, esa sonrisa serena que siempre tenía para mí, y me tomó la mano con suavidad.

—Sí, mi señora. Pero no será hoy, ni mañana. El corazón tiene su propio ritmo para sanar, y el suyo ha sufrido demasiado. Déjelo venir, déjese mirar. No lo rechace. Él esperará. Y cuando llegue el momento, usted lo sabrá.

Me quedé callada, sintiendo su mano cálida sobre la mía. En ese instante, comprendí que James había dejado algo más que vacío en mi habitación: había dejado una promesa. Una promesa invisible que me acompañaría incluso en sus ausencias.

Cerré los ojos, exhausta, y dejé que el sueño me arrastrara poco a poco.

En mi mente lo vi de nuevo, allí, sentado a mi lado, como si nunca se hubiera ido. Y por primera vez, el recuerdo no me pesó como una carga, sino que me abrazó como un refugio.

Después de un rato, me levanté. El cuerpo aún me pesaba como si cada hueso cargara memorias, pero el deseo de sentir la luz del día pudo más. Quise salir, quise que el sol tocara aunque fuera un fragmento de mi piel, aunque me protegiera tras la delicada sombra de una sombrilla. Amelia caminaba conmigo, siempre cerca, con esa mirada vigilante que mezclaba cariño y preocupación.

Las campanas de las iglesias repicaban a lo lejos, marcando el paso de las horas, y cada campanada era como un recordatorio de que la vida continuaba con o sin mí. Las piedras del camino estaban tibias, y cada paso que daba parecía despertarme un poco más, como si mi cuerpo me susurrara que aún podía moverme, que aún estaba aquí.

Llevaba la sombrilla alta, deteniendo el brillo que me encandilaba, y Amelia me hablaba de cosas pequeñas: de cómo las flores del jardín de mi madre habían vuelto a florecer, de cómo los sirvientes habían visto un cometa en el cielo días atrás, de cómo la fuente de la plaza volvía a tener agua clara. Yo la escuchaba solo a medias; mis oídos estaban atentos al murmullo del pueblo, a las voces que iban y venían, al crujido de las ruedas de los carros, al ir y venir incesante que me parecía tan ajeno.

Y entonces lo vi.

Mi abuelo.

De pie frente a su casa, erguido, con esa presencia que parecía detener el mundo alrededor. Como si hubiera estado aguardando precisamente ese instante, como si supiera que yo llegaría.

—Mi niña… —su voz me alcanzó cálida, vibrante, y todo dentro de mí se estremeció como si volviera a ser la pequeña que corría a esconderse en sus brazos.

Solté la sombrilla sin pensarlo, y corrí hacia él. Olvidé el peso de mis piernas, olvidé la fatiga y la fragilidad. Solo quise alcanzarlo. Y cuando lo abracé, sentí la firmeza de sus brazos, fuertes todavía, capaces de sostenerme como si nada pudiera quebrarme mientras estuviera allí.

Su olor era el de siempre: tierra húmeda, madera recién cortada y un leve aroma a mar, mezcla de los años vividos cerca de la costa. Lo besé muchas veces en las mejillas, como si quisiera recuperar de golpe todos los años perdidos, y él me acarició el cabello con la misma ternura de cuando me cantaba nanas de niña.

—Vamos —dijo sonriendo, con esa sonrisa que podía iluminar lo más oscuro—. Quiero enseñarte algo.

Le hice un gesto a Amelia para que se retirara. Le susurré que podía ir a otro lugar, que tenía mi permiso. Quería quedarme a solas con él, con ese pedazo de mi familia que aún resistía. Amelia se inclinó obediente y se apartó, comprendiendo sin palabras.

Mi abuelo me tomó de la mano y me condujo hasta la puerta de su casa. Una puerta inmensa, hecha de madera oscura, que se alzaba como un guardián silencioso. Era tan grande que debía abrirse en dos hojas. Con un movimiento solemne, empujó hacia dentro, y ambas se abrieron a la vez con un crujido profundo, como si despertaran de un largo sueño.

En cada hoja había tallado un león. Imponentes, orgullosos, con los músculos tensos como si estuvieran vivos. De sus hocicos colgaban grandes aros de hierro en la nariz, pesados y brillantes. Yo los miré fascinada, sintiendo que sus ojos de madera me seguían.

—Son guardianes —dijo mi abuelo con orgullo, posando la mano en uno de ellos—. Para que nada malo entre aquí.

Crucé el umbral con el corazón latiendo fuerte.

La casa era toda de piedra, sólida, noble, como si hubiera nacido de la misma tierra. El aire dentro estaba fresco, con un leve aroma a musgo y flores. El jardín interior se abría como un oasis, amplio, luminoso, lleno de árboles que daban sombra y flores que parecían encenderse de color bajo el sol que se filtraba. Había fuentes que derramaban agua clara en un murmullo constante, un sonido que era paz pura, como si cada gota lavara un recuerdo doloroso.

Los pasillos se extendían hacia varias habitaciones, espaciosas y hermosas, con techos altos y paredes adornadas con tapices de historias antiguas. Cada rincón parecía guardar un secreto, cada piedra un recuerdo.

Yo caminé despacio, con los dedos rozando las paredes frías, y cada paso me arrancaba un suspiro. Era como recorrer un refugio que no sabía que necesitaba.

—Aquí, mi niña, nada puede hacerte daño —susurró mi abuelo, con esa voz firme que siempre había sido verdad.

Y por un instante, allí, entre las flores del jardín y los leones de piedra, sentí que tal vez aún existía un lugar en el mundo donde mi alma cansada podía empezar a curarse.

Mi abuelo suspiró y, tras un largo silencio, comenzó a hablar, como si el peso de la historia lo llamara desde dentro.

—Nuestra vida empezó muy lejos de aquí, Selene. Allá, en la costa de África, donde el sol ardía sobre las aldeas y el mar nos regalaba alimento y canciones. Yo era un niño entonces: corría descalzo sobre la tierra roja, cazaba aves pequeñas, aprendía a pescar con las manos en los ríos. Por las noches nos reuníamos alrededor del fuego, y los mayores nos enseñaban las danzas y los cantos para honrar a los dioses.

Lo escuchaba sin pestañear; podía casi ver aquel fuego ardiendo en sus ojos.

—Pero un día —continuó—, llegaron los barcos. Hombres con armas, con lenguas que no entendíamos. Nos arrancaron de nuestras casas y nos encadenaron. El mar, que antes era sustento, se volvió prisión. Viajamos hacinados en bodegas oscuras, sin aire. Muchos murieron en el trayecto, pero yo sobreviví.

Sus palabras eran cuchillos envueltos en calma.

—Nos trajeron como esclavos. Nos vendían en plazas, nos marcaban como ganado. Éramos manos para trabajar, nada más. Pero aunque nos humillaban, había algo que no podían quitarnos: la memoria de quiénes éramos. Y esa memoria nos mantuvo vivos.

Yo apreté su mano, temblando al imaginarlo.

—Poco a poco —siguió—, algunos lograron la libertad. Unos comprándola con el sudor de su trabajo, otros porque sus dueños se lo concedieron por lealtad o conveniencia. Fue un camino lleno de humillaciones, pero cada paso hacia la libertad era una victoria.

Su voz cambió, se hizo más firme, más orgullosa.

—Cuando al fin nos liberamos, empezamos de nuevo. Ya no como esclavos, sino como hombres libres. Nos llamaron criollos, y muchos nos miraban con recelo, pero aprendimos a comerciar. Tus abuelos y yo invertimos en lo que conocíamos: especias, maderas, telas, pesca. El mar que antes nos había condenado, se convirtió en nuestra ruta de riqueza.

Hizo una pausa, recordando con un brillo en los ojos.

—Con los años, tuvimos dinero. No tanto como los grandes nobles, pero suficiente para ser respetados. Una familia comerciante, próspera. Y aunque nunca dejaron de vernos como hijos de África, nosotros demostramos que no solo podíamos sobrevivir: podíamos prosperar.

Yo lo miraba con lágrimas, entre orgullo y desgarro.

—¿Y mi madre? —pregunté con voz quebrada.

Él sonrió, con ternura.

—Ella nació ya libre, en esta tierra. Creció con las comodidades que nosotros habíamos ganado, pero también con las raíces de su abuela chamana. Sabía de las plantas que curan, de los dioses antiguos, de los conjuros que protegen. Pero lo practicaba en secreto, Selene. Aquí bastaba un rumor de brujería para condenar a alguien. Ella usaba su sabiduría solo para la familia, para protegerlos, para sanar.

Me estremecí.

—Tu madre nunca olvidó —añadió—. Podía sonreír en la iglesia, hablar con señoras en la plaza, y al llegar a casa, encender una vela en honor a los dioses antiguos. Ese doble mundo era su fuerza… y ahora es el tuyo.

Me tomó el rostro entre sus manos ásperas, con una firmeza llena de amor.

—Ese legado está en ti. Nuestra familia fue arrancada de África en cadenas, pero hoy camina libre, comerciante, con respeto ganado a pulso. Nunca lo olvides, Selene: tu historia no es solo de dolor. También es de resistencia, de riqueza y de dignidad.

Yo cerré los ojos, sintiendo que cada palabra de mi abuelo era un pilar que me sostenía, un puente entre el pasado de esclavitud y el presente de libertad.

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Iliana Curiel
me encantó tu inició 🥰🥰🥰
Luisa Manotasflorez: Gracias
total 1 replies
Iliana Curiel
Hola autora me marca error no me deja dar like
Luisa Manotasflorez: No sé , será por el internet que tienes o la señal no sé disculpa me🤭🤣🥰
total 2 replies
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