Sol ha sobrevivido diez años sin nombre, sin recuerdos y sin más compañía que el dolor. Desde que despertó a los dieciocho sin saber quién era, su vida se convirtió en golpes y tortura. Pero todo cambia cuando llega al castillo del rey demonio... Y él, sin explicación alguna, le pide matrimonio.
¿Acaso ya se conocen? Quizás, el secreto de su recuerdos sean la respuesta porque él la ama tanto.
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Capitulo 10
Ricardo ya tenía todo su equipaje listo cando una joven de cabellos dorados se interpuso entre él y el carruaje.
— ¡Papá! ¡Espéreme, voy con usted! —exclamó ella, cargando una maleta enorme.
Ricardo frunció el ceño.
— Lilith, ya lo hablamos. Voy solo.
— ¡Por favor! Quiero conocer ese reino. No haré nada inapropiado, lo prometo.
Él soltó un suspiro pesdo.
— De acuerdo… pero no tardes.
Lilith levantó la maleta como si fuera un trofeo.
— Ya está lista.
El carruaje comenzó a rodar, y dentro de él, Ricardo habló sin mirarla.
— Quería que te quedaras en el palacio. Necesito que vigiles el Árbol del Ocaso.
— Ese árbol está a salvo —respondió Lilith con seguridad—. La gente te teme. Mientras siga siendo así, el árbol seguirá creciendo… y pronto recibirás tu bendición.
Ricardo sonrió con orgullo enfermizo.
— Tiene que ser así. Durante diez años he alimentado ese árbol con el sufrimiento de Mandrágor. Esa maldita deidad se negó a darme un don… pero yo me cobraré la deuda. Seré temido no solo en este reino, sino en todo el continente.
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En los jardines del reino demonio
Sol, Lumiel y Alejandro conversaban en calma bajo la sombra de los árboles. Noel jugaba con las flores, ajeno a todo.
— Así que viviste como esclava todo este tiempo… —murmuró Alejandro, observando las cicatrices en los brazos de Sol—. Te maltrataron con crueldad.
— No fui la única —respondió Sol—. Había niñas más pequeñas que recibían el mismo castigo. Si tuviera la oportunidad para ayudarlas… podría salvarlas, igual que hice con Noel.
Alejandro asintió, pensativo.
— Esa casa está en territorio de Ricardo. Gael ha salvado a tantos como puede, pero si Ricardo descubre que él viene de este reino, podría usarlo como excusa para invadirnos. No te angusties, Sol… conozco una forma de liberar a Mandrágor.
Lumiel se levantó entonces y se colocó frente a Sol. Ella lo miró, confundida.
Él se arrodilló.
Sol se sobresaltó y quiso detenerlo, pero Lumiel ya sostenía un pequeño cofre. Lo abrió con suavidad. Dentro, una perla brillante descansaba incrustada en un anillo de plata.
La voz de Lumiel fue firme, sin dudas.
— Sol… sé que ahora no deseas casarte. No te culpo, soy un desconocido para tí. Pero te prometo que te haré feliz si aceptas este anillo como símbolo de nuestro compromiso. Te protegeré a cualquier costo. Cumpliré cada uno de tus deseos y conocerás la única parte de mí dispuesta en amar.
Sol sintió un estremecimiento inexplicable. No había doble intención en su mirada. Solo sinceridad. Su mano se alzó casi por instinto. Lumiel colocó el anillo en su dedo con delicadeza.
— Es… una perla —susurró Sol, intentando ocultar su sonrisa.
Lumiel la miró con orgullo.
— ¿Te gusta? Si quieres otra piedra, puedo buscar una más preciosa.
— No. Esta es perfecta. La perla es mi favorita. Tiene una buena intuición.
Lumiel carraspeó.
— Así es.
Alejandro lo observó con sospecha, pero Lumiel evitó su mirada. Un sirviente se acercó para darle un mensaje al oído. Lumiel asintió.
— Lord Alberich, ha llegado la hora.
Alejandro se levantó.
— Fue un honor conversar con usted, señorita Sol. Ojalá pueda verla nuevamente.
— ¿Ya se va? —preguntó Sol con sorpresa.
— Sí. Debo llevarme a mi hija. Y disculpe el comportamiento de Antonieta. A su regreso recibirá un castigo.
Sol negó suavemente.
— Por favor… no sea severo. Estaba cegada por los celos. No ocurrió nada grave. Prefiero que no tenga más motivos para odiarme.
Las palabras de Sol parecieron despertar un recuerdo en Alejandro. Sonrió con nostalgia.
— Te pareces tanto a Violeta… —murmuró sin darse cuenta—. Pensaré en un castigo menos duro.
Lumiel y Alejandro se retiraron. Sol se quedó paralizada.
“¿Me parezco a Violeta? ¿Quién?... Ese nombre es de la difunta reina. Debe ser casualidad."
Estaba tan absorta, que no notó cuando alguien la golpeó suavemente en la cabeza.
Sofía estaba detrás de ella, con su sonrisa habitual.
— Princesa… pensar tanto deja la cabeza pesada. Yo no pienso nunca y mira qué bien me va.
Sol la miró, sorprendida pero alegre.
— Sofía… me alegra verte.
— Pues ven. Ruth y Catrina te esperan en la mansión.
— ¿Para qué?
— ¿Ya no quieres estar con nosotras? —respondió Sofía, fingiendo ofensa.— Se que nos conocemos desde ayer, y que la reina casi nos mata por tu culpa, pero me caes muy bien.
Sol agitó las manos, nerviosa.
— No, no. Me encanta su compañía. Gracias por… todo. Tú también me caes bien.
— Excelente —sonrió Sofía—. Vamos entonces.
— ¡Noel! —llamó Sol.
El niño salió del campo de flores y corrió hacia ellos.
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Dentro del castillo
Antonieta se observaba en el espejo. Le quedaban pocos minutos antes de entrar en la corte para finalizar el divorcio.
Su expresión era oscura. Su orgullo, herido.
Entró a la sala y esperó. Quince minutos después, Lumiel llegó acompañado del juez… y de un invitado inesperado.
Antonieta abrió los ojos con incredulidad.
— …Papá.
Alejandro no se sentó cerca. La miraba con frialdad, como a una desconocida.
El juez se colocó frente a ellos.
— Bien. Esto será rápido. Ambas partes ya firmaron.
— ¡Yo jamás firmé nada! —estalló Antonieta.
El juez desenrolló una hoja.
— ¿No es esta su firma, señora Antonieta?
Ella apretó los dientes.
— El rey me engañó.
— Sea como sea, es su letra. Ahora solo falta la segunda firma para completar el divorcio.
Lumiel firmó primero.
Antonieta se negó a tomar la pluma… hasta que sintió un escalofrío detrás de la nuca. Vio a su padre, con el ceño fruncido, y entendió la advertencia.
Chasqueó la lengua, tomó la pluma y firmó con rabia. Apenas terminó la última letra, la arrojó sobre la mesa y salió sin mirar atrás.
Alejandro se despidió de Lumiel y siguió a su hija.
Lumiel, al fin libre, preguntó al juez con una sonrisa casi infantil.
— ¿Le importaría ser el padre de mi boda hoy?
El juez lo miró sorprendido.
— Avanza muy rápido, majestad.
— Cuando algo es importante… no hay por qué esperar. Le pagaré el doble.
— Bien. Acepto.
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En la mansión de las flores.
Sofía, Ruth y Catrina llevaron a Sol y Noel a almorzar. Luego, Catrina habló con emoción desbordante.
— ¡Es hora de mostrarle su vestido!
— ¿Mi qué? —preguntó Sol.
Ruth tapó la boca de Catrina rápidamente.
— Sol, vamos a tu alcoba para arreglarte —dijo con calma.
Sol aceptó, pues necesitaba un baño. Al salir con la bata puesta, vio a Catrina acercarse con maquillaje, adornos y un cepillo.
— No dolerá —aseguró Catrina con una sonrisa demasiado amplia.
— ¿Eh? ¡Ehh…!
Ruth había escuchado rumores. Ya están aquí los nobles.
— ¡Los invitados!
Sol aún no comprendía… hasta que vio el vestido sobre la cama.
Un vestido de novia. Sencillo, a su medida, perfecto para los gustos de la futura reina. Con ayuda de las criadas la vistieron con delicadeza. Ruth y Catrina la miraban emocionadas. Sol, nerviosa, se observó en el espejo. Luego vio el anillo. Recordó la promesa de Lumiel. Y por primera vez desde que lo conoció… sonrió.
"Quiero conocerlo mejor… quiero conocer al hombre que será mi esposo. Le daré una oportunidad si esto significa una vida tranquila"