Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 12 — Entre café y nervios
Samantha
Los sábados comenzaban más temprano de lo que me gustaría. Especialmente cuando trabajaba en el primer turno de la cafetería.
Apenas eran las ocho de la mañana y ya estaba con el delantal puesto, preparando café para personas que, al igual que yo, se movían por inercia más que por energía real. El local se llenaba rápido a esa hora. Padres con niños, parejas de paso, estudiantes buscando su dosis de cafeína para sobrevivir al fin de semana.
Yo servía mesas, organizaba bandejas, sonreía más de lo que mi cara quería. Pero el movimiento me ayudaba a no pensar demasiado. O eso intentaba.
Clara y yo no teníamos clases juntas ese día. Solo me quedaba una materia por la tarde, de esas obligatorias que no motivan a nadie, y que solo cursaba porque si no, no podría avanzar el cuatrimestre. Ella se burló cuando le conté.
—¿Una sola clase un sábado? Eso es una trampa del sistema, amiga —dijo la noche anterior por mensaje—. Si yo fuera tú, no iría.
Pensé en hacerle caso. Pero no podía darme el lujo de faltar. Así que me mentalicé: trabajo por la mañana, clase por la tarde, y después… libertad.
A las doce y media, faltando solo media hora para que terminara mi turno, lo vi entrar.
El profesor Herrera.
Vestía una camisa clara, con las mangas remangadas, y cargaba una carpeta delgada bajo el brazo. Entró con paso tranquilo, como si conociera cada rincón del lugar. Yo estaba limpiando una mesa cercana y por poco no derramé el café que acababa de servir.
Me vio. Sonrió. Esa sonrisa serena, que parecía genuina y que no sabía bien cómo interpretar.
—Hola, Samantha —saludó con naturalidad.
—Hola —respondí, algo sorprendida de que recordara mi nombre con tanta soltura.
—¿Mucho trabajo hoy?
—Como siempre los sábados —dije, encogiéndome de hombros.
Pidió un café para llevar y se fue a sentar al rincón de siempre. Esa parte del local donde la luz entra más suave y la música de fondo parece más lejana. Lo vi sacar su libreta y escribir, igual que la vez anterior. Cada tanto, levantaba la vista y nuestras miradas se cruzaban por segundos fugaces.
Mi turno terminaba a la una, y a esa hora salía casi corriendo para llegar a la universidad a tiempo. A las doce cincuenta ya estaba sacándome el delantal, atándome el cabello de nuevo y recogiendo mis cosas del pequeño casillero del personal.
Cuando pasé junto a su mesa, ya con la mochila al hombro, él levantó la vista.
—¿Vas a clase ahora?
Asentí, algo avergonzada. No estaba segura de cómo empezar a hablarle fuera del aula o del mostrador.
—Me toca una sola materia hoy —dije—. Un castigo del destino, supongo.
Él rió suavemente. Guardó su libreta y terminó lo poco que le quedaba de café.
—¿Quieres que te lleve?
Lo miré, entre confundida y en pánico.
—¿Cómo?
—Voy hacia el campus. Tengo una reunión en la biblioteca —explicó—. Te puedo acercar, si quieres.
Quise decir que no. Por cortesía. Por vergüenza. Por todo. Pero la realidad era que me iba a tomar un colectivo lleno y tenía el tiempo justo.
—Bueno… si no es molestia.
—En absoluto.
Caminamos en silencio hasta su auto, que estaba estacionado a media cuadra. No era ostentoso, pero estaba impecable. Al subirme, me esforcé por sentarme sin hacer ruido, sin mover mucho el asiento, sin ocupar más espacio del necesario. Estaba tan consciente de mi cuerpo como si lo llevara por fuera, expuesto.
Él puso música suave. Jazz instrumental. Y por un momento, me pareció que el aire dentro del auto era distinto. Más liviano.
—¿Trabajas todos los fines de semana? —preguntó mientras doblaba hacia la avenida.
—Sí. Bueno, casi siempre. Es un trabajo flexible y me gusta el ambiente.
Asintió, sin mirar.
—Es un lugar muy tranquilo. Me gusta cómo atienden.
Me ruboricé.
—Gracias… trato de hacer lo mejor posible.
Pasamos unos segundos sin hablar. Pero no era incómodo. Solo era raro. Como si hubiéramos cruzado una línea invisible, donde ya no éramos solo estudiante y profesor, cliente y camarera.
—¿Estás disfrutando la carrera? —preguntó después.
—Sí. Me gusta mucho. Diseño gráfico es lo único que me hace sentir que puedo crear algo propio… algo que diga quién soy, aunque no diga nada con palabras.
Se quedó callado un momento, como si realmente lo pensara.
—Eso es lo más importante, ¿no? Que uno pueda reconocerse en lo que hace.
Sonreí. Apenas. Pero sí.
Llegamos a la universidad pocos minutos después. Se estacionó justo frente al edificio principal.
—Gracias por el viaje —dije, bajando con cuidado.
—Nos vemos en clase —respondió él, y esta vez no sonrió… pero su mirada fue cálida, sin prisa.
Lo vi irse. Me quedé quieta, con la mochila colgada al hombro y las manos algo sudadas.
Entré al edificio sin mirar atrás.
No sabía si esto era algo…
Pero definitivamente no era nada.