Renace en un mundo mágico para cobrar venganza.
* Novela parte de un gran mundo mágico *
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Contrato 1
Cuando Cora se sentó frente al escritorio, Jason Evenson cerró el libro que estaba leyendo y, sin prisa, tomó un documento de entre los papeles ordenados a su lado. Lo deslizó por la superficie pulida de la mesa hasta dejarlo justo frente a ella.
—Lea —dijo.
Cora tomó el contrato, pero apenas lo sostuvo entre los dedos. Sus ojos se deslizaron primero hacia el título, y antes de que pudiera evitarlo, una ceja se alzó con incredulidad.
—¿Quiere que se lo explique? —preguntó, más por costumbre que por arrogancia.
Jason soltó una risa breve, baja.
—No —respondió—. Sé que lo entiende perfectamente.
Cora volvió a bajar la mirada al documento.
—Es un contrato de trabajo —continuó él, con tono casual—. Trabajará para mí y con eso pagará su deuda.
Alzó el mentón, observándola con atención.
—Por supuesto, recibirá un sueldo. No soy un ladron. Y aceptando este contrato… la deuda quedará completamente saldada.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Cora parpadeó, sorprendida.
[¿Trabajar… para él?]
Alzó la vista lentamente, clavando los ojos en los del duque. Su expresión era controlada, demasiado serena para resultar tranquilizadora. Ese hombre de mirada de depredador no parecía, ni por un segundo, alguien dispuesto a actuar por simple generosidad.
—¿Y espera que confíe en eso? —preguntó con frialdad—. No parece precisamente… magnánimo.
Jason sonrió apenas, ladeando la cabeza.
—No lo soy.
La respuesta fue directa, sin adornos.
—Esto no es caridad, lady Morgan. Es eficiencia.
Cora apretó los labios, volviendo a mirar el contrato. Sus dedos recorrieron el borde del papel, sintiendo el peso invisible de lo que implicaba. Trabajar para el duque significaba estar bajo su mirada, bajo su control. Significaba deberle algo más que dinero.
Y eso la inquietaba más que cualquier cifra.
—¿Por qué yo? —preguntó finalmente—. Podría cobrarme de mil formas distintas.
Los ojos de Jason se oscurecieron apenas.
—Porque es inteligente —respondió—. Porque entiende números que otros no. Y porque ya ha demostrado que no le teme a jugar con fuego.
El silencio volvió a instalarse.
Cora sostuvo su mirada, desconfiada. Sabía reconocer una trampa cuando la veía, aunque aún no distinguiera dónde estaba exactamente.
[Este hombre no regala nada, Y si me ofrece trabajo… es porque espera algo más.]
Aun así, no apartó el contrato.
Cora bajó la vista y comenzó a leer con atención.
La primera hoja era clara, precisa, casi tranquilizadora. Trabajo de oficina. Administración del ducado. Supervisión de la mansión Evenson, revisión de contratos, cuentas, registros. Nada que no pudiera hacer. Nada que no hubiera hecho ya, incluso sin reconocimiento.
[Bien.. eso puedo hacerlo.]
Incluso sintió una chispa de orgullo. Aquello no era servilismo; era responsabilidad real. Poder real.
Pasó la página.
La segunda hoja la golpeó como un puñetazo en el pecho.
Sus ojos se detuvieron en una línea específica. La leyó.
Luego volvió a leerla.
Y una tercera vez, más despacio, como si las palabras fueran a cambiar si las observaba con suficiente fuerza.
CASARSE con el duque Jason Evenson.
El mundo pareció inclinarse.
El papel tembló levemente entre sus dedos.
—Esto… —murmuró—. Esto tiene que ser una broma.
Alzó la vista de golpe, incrédula, con los ojos muy abiertos.
—Dígame que esto es una broma —exigió.
Jason Evenson no sonreía.
Estaba recostado en su silla, las manos entrelazadas frente a él, observándola con la misma seriedad imperturbable de siempre.
—No lo es —respondió—. Todo el contrato es completamente legal.
Las palabras fueron dichas sin énfasis, sin dramatismo. Como si estuviera hablando del clima.
Cora sintió cómo la sangre le subía al rostro.
—¿Está diciendo… —empezó, pero se detuvo—. ¿Está diciendo que no solo quiere contratarme, sino que pretende…?
No pudo terminar la frase.
Se levantó de la silla de golpe, el movimiento brusco haciendo rechinar la madera contra el suelo.
—Esto es absurdo —dijo, caminando unos pasos—. ¡Yo no soy una mercancía! ¡No puede saldar una deuda obligándome a casarme!
Jason no se movió.
—No la estoy obligando —respondió con calma—. Le estoy ofreciendo una solución.
Cora se giró hacia él, el pecho subiendo y bajando con rapidez.
—¿Una solución? —repitió—. ¿Llamas solución a encadenarme de por vida a un hombre que apenas conozco?
El duque ladeó la cabeza, evaluándola.
—No es de por vida —dijo—. Es un matrimonio contractual.
Eso no la tranquilizó en absoluto.
Cora apretó los puños, el corazón latiéndole con fuerza. En su mente se superponían imágenes: el anciano de sus sueños, el altar forzado, la sonrisa de su padre, los golpes ocultos. El matrimonio impuesto había sido una condena en la vida de la verdadera Cora.
—No —dijo con firmeza—. No voy a hacerlo.
Jason se levantó entonces.
La diferencia de altura y presencia volvió a sentirse abrumadora. Se acercó lo suficiente para que ella tuviera que alzar la mirada.
—No he terminado —dijo—. Lea el resto.
Cora dudó. Cada instinto le gritaba que aquello era una trampa. Pero su orgullo, su necesidad de entender el tablero completo, la obligaron a volver a la mesa. Tomó el contrato con manos tensas y pasó las hojas siguientes.
Cláusulas. Condiciones. Salvaguardas.
Y poco a poco, su expresión cambió.
No hablaba de obediencia ciega.
No hablaba de sumisión.
Era un matrimonio político y administrativo. Con derechos claros. Con deberes delimitados. Con una independencia que no había esperado encontrar.
Cora levantó la vista lentamente.
—Esto… —dijo con voz más baja— no es un contrato de esposa común.
Jason la observó en silencio.
—No —confirmó—. Porque usted no es una mujer común.
El silencio volvió a envolver la oficina.
Cora entendió entonces la verdadera dimensión de lo que estaba frente a ella.
No era solo un trabajo.
No era solo una deuda.
Era una propuesta peligrosa.
Una alianza.
Y aunque le repugnaba admitirlo… también era una oportunidad que jamás volvería a repetirse.