Gabriel es un excelente médico, pero vive un amor silencioso por su compañero de trabajo.
¿Logrará Gabriel vivir este amor?
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Capítulo 23
Rafael ya dormía hacía más de una hora.
La lámpara azul de su cuarto aún iluminaba un pedacito del pasillo.
Pero la casa estaba en silencio.
En la sala, Gabriel apoyó la cabeza en el hombro de Miguel.
Los dos estaban en el sofá, pies descalzos, vino en las manos, el cuerpo levemente apoyado — piel con piel, como si el mundo allá afuera no existiera más.
Miguel pasó la punta de los dedos por el muslo de Gabriel, despacio, como quien explora terreno ya conocido, pero siempre nuevo.
— Estás tan quieto — murmuró.
— Te estoy sintiendo.
Y cuando te siento así… me callo.
Miguel giró el rostro.
Miró a Gabriel a los ojos.
El vino aún brillaba en sus labios.
— Te amo de un modo que a veces me asusta.
— Entonces siente.
No pienses.
Y él besó.
Primero lento, después más profundo.
Un beso de quien necesita.
De quien desea.
De quien esperó la noche entera para tener al otro entero.
Las manos de Gabriel subieron por debajo de la camiseta de Miguel, tanteando piel caliente, músculos tensos.
— Quítatela — pidió, jadeante.
La camiseta cayó al suelo.
Miguel lo empujó contra el sofá, con el cuerpo encima, encajándose con precisión.
Las caderas se encontraron en un roce sutil.
Suficiente para hacer que Gabriel suspirara y mordiera el labio.
— ¿Tienes idea de lo que me causas cuando me miras así?
— ¿Y tú… sabes cómo tiemblo cuando me tocas así?
Miguel sujetó su rostro con las dos manos.
— Eres mi hogar, Gabriel.
Pero a veces necesito devorarte solo para recordar que aún soy tuyo.
El beso siguiente fue urgente.
Las lenguas danzaban con deseo crudo.
Las manos sabían dónde ir.
Piel contra piel, calor sobre calor.
Fueron quitándose la ropa como quien se despojaba de certezas.
Se acostaron en la alfombra de la sala, donde la manta caída sirvió de abrigo.
Y allí, entre respiraciones aceleradas y toques demorados, ellos se perdieron uno en el otro.
Miguel recorrió el cuerpo de Gabriel con los labios.
El beso en el cuello, la mordida en la clavícula, el deslizar caliente entre las caderas.
Gabriel arqueó el cuerpo, los ojos cerrados, el cuerpo pidiendo más.
— Siénteme — susurró Miguel.
Y él sintió.
Cada movimiento.
Cada suspiro.
Cada palabra sin voz.
El deseo entre ellos no era vulgar.
Era feroz y sagrado al mismo tiempo.
Y cuando llegaron al clímax, jadeantes, pegados, sudados y exhaustos, Gabriel enterró el rostro en el cuello de Miguel y dijo, casi sin aliento:
— Eres el único lugar donde me olvido del dolor.
Miguel respondió besando su frente.
— Porque ahora solo existe amor.
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Después, acostados, las manos aún entrelazadas, Gabriel rio bajo.
— La alfombra no es tan confortable como la cama…
— Pero tu cuerpo lo es. Y hoy era donde quería estar.
La madrugada cayó con un silencio diferente.
Gabriel se despertó primero.
Sintió el cuerpo caliente apoyado al suyo, la respiración aún calma, el cuarto oscuro, el reloj marcando las 2h47.
Pero había algo errado.
Un ruido… fraco. Un gemido.
Se levantó despacio, caminando descalzo por el pasillo.
Al abrir la puerta del cuarto de Rafael, el sonido quedó claro: una respiración corta y baja, como llanto ahogado.
Gabriel encendió la luz con cuidado.
— ¿Rafael?
El niño estaba encogido, la frente mojada de sudor, el rostro muy caliente.
— Amor… tienes fiebre — murmuró, arrodillándose al lado de la cama.
Rafael abrió los ojos lentamente, llorosos.
— Papá…
Gabriel sintió el pecho apretar.
— Estoy aquí, hijo.
Estoy aquí.
Miguel apareció en la puerta, aún somnoliento.
— ¿Qué pasó?
— Tiene fiebre. Tiembla un poco.
No habló nada. Solo gimió bajito…
Miguel se acercó, inmediatamente en alerta.
— Vamos a medir. Yo tomo el termómetro. Y el remedio.
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Dos horas después, la fiebre cedía poco a poco.
Rafael estaba acostado entre los dos en la cama de matrimonio, pequeño y sudado, pero más calmo.
Gabriel alisaba sus cabellos.
Miguel pasaba un paño húmedo en la frente.
— Él me llamó — susurró Gabriel, como si aún estuviera procesando. —
Por primera vez, en el susto… él llamó “papá”.
Miguel lo miró.
— Porque él confía.
Porque ahora, cuando duele… él tiene a quién llamar.
Gabriel parpadeó, y una lágrima resbaló.
Pero no de dolor.
De gratitud.
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Más tarde, Rafael dormía en medio de la cama.
Gabriel y Miguel, uno de cada lado, sin espacio, pero llenos.
— Vamos a pasar muchas noches así — dijo Miguel, susurrando en la oscuridad.
— Lo sé.
Y quiero cada una de ellas.
Las fiebres. Los llantos. Los miedos.
Porque por primera vez, yo tengo para quién despertar en medio de la noche.
Miguel sonrió y tocó su rostro con la punta de los dedos.
— Eres un padre increíble, ¿sabías?
— Y tú eres el hogar que sostiene todo esto de pie.
Ellos se besaron allí, despacio.
Con Rafael entre los dos, durmiendo tranquilo, respirando mejor.
Y cuando volvieron a cerrar los ojos, cansados pero en paz,
entendieron que ahora, cuando alguien llamara en la oscuridad…
ellos estarían allí. Siempre.
Porque ser padre no es solo amar.
Es estar presente.
Aún sin sueño.
Aún con miedo.