Rosalie murió en un trágico accidente de tránsito, atrapada en una vida que detestaba y consumida por su desesperación. Su último deseo fue simple: tener una segunda oportunidad.
Cuando abre los ojos, ya no está en su mundo… ni en su cuerpo. Ha reencarnado en Cristal Lawnig, la villana de una novela romántica que leyó en su juventud: "Señorita Letty". Una mujer despreciada, condenada a una muerte cruel e ignorada por todos.
Rosalie no piensa repetir esa historia.
Dispuesta a cambiar su destino, tomará decisiones impensables, enfrentará enemigos ocultos y se transformará en una nueva versión de sí misma. Ya no será una víctima. Ya no será la villana. Será una nueva clase de protagonista… una que está dispuesta a romper las reglas del juego.
¿Logrará Rosalie reescribir el destino de Cristal Lawnig y conquistar una vida digna, libre y feliz?
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📅 Creada desde el 16/08/2022
🛠️ Editada desde el 15/06/2025
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Capitulo 13: El ataque
—Cristal... —La voz de Eleonoro me llamaba, lejana, entre el eco de mis propios latidos.
No podía moverme. El aire ardía. La energía seguía chispeando alrededor, como si mi cuerpo aún no comprendiera que el peligro había pasado. O quizás no había pasado del todo.
El huevo seguía intacto entre mis brazos, cálido, palpitante. Mis rodillas tocaron el suelo y una oleada de debilidad me obligó a inclinarme hacia adelante. Eleonoro corrió hacia mí, rodeándome con sus brazos antes de que pudiera caer.
—¡Cristal, responde! ¿Estás bien?
Intenté hablar, pero mis labios estaban resecos, mi garganta cerrada. Solo pude asentir débilmente.
—Ese fuego… lo creaste tú. —No era una pregunta. En sus ojos no había miedo, sino una mezcla de desconcierto y algo más profundo. ¿Admiración?
Me ayudó a ponerme de pie, rodeándome con su brazo para sostenerme. Miré a mi alrededor: la tarima había desaparecido, reducida a cenizas y grietas. Algunos civiles se acercaban poco a poco, temerosos, mientras otros seguían huyendo. En medio del caos, varios niños corrían, llorando, sin un adulto a la vista.
—¡Eleonoro! —Mi voz finalmente salió, rota pero urgente—. ¡Los niños!
Él giró la cabeza justo a tiempo para ver cómo una criatura demoníaca emergía del callejón, corriendo directamente hacia el grupo de pequeños.
—¡Maldición! —me soltó de inmediato y corrió sin dudarlo.
Me quedé en el lugar, apretando el huevo contra mi pecho, luchando contra el mareo. Cada parte de mí gritaba por descanso, pero mis ojos no se despegaban de Eleonoro mientras él embestía a la criatura, protegiendo a los niños.
Fue en ese instante que lo sentí.
Un estremecimiento en el aire.
Un nuevo peligro.
Giré lentamente la cabeza, y entonces lo vi.
Una criatura aún más grande, distinta a las anteriores. Su cuerpo parecía tejido con sombras vivas, como si su carne no fuese más que un caparazón que contenía una oscuridad vibrante. Sus ojos, dos pozos rojos, estaban fijos… en mí.
Y antes de que pudiera reaccionar, ya estaba saltando.
No había tiempo. Instintivamente me acurruqué alrededor del huevo, protegiéndolo con mi cuerpo.
Pero el impacto nunca llegó.
Una ráfaga de viento me envolvió.
Abrí los ojos apenas unos segundos más tarde y vi fuego. No el mío… sino una barrera que no venía de mí, sino de una figura que se interponía entre la criatura y yo.
El demonio yacía clavado al suelo por una espada. Una figura de armadura plateada, envuelta en una capa negra, permanecía erguida entre las cenizas, con una máscara de dragón que cubría su rostro por completo. Su respiración era serena, como si el acto de salvarme hubiese sido tan simple como espantar el polvo de su hombro.
Nuestros ojos se encontraron, aunque no pude ver los suyos. Aun así… lo sentí. Esa energía. Esa familiaridad.
El silencio duró apenas un segundo.
Y luego todo volvió a moverse.
Más hombres aparecieron, vestidos de forma sencilla, pero sus movimientos eran letales. Se dispersaron entre las calles eliminando criaturas, cubriendo los flancos sin esfuerzo, como si conocieran cada rincón de la ciudad.
Eleonoro regresó en ese momento, jadeando, con uno de los niños en brazos.
—¿Cristal…? —Su voz se quebró al verme de pie, protegida por aquel extraño caballero.
Pero antes de que pudiera acercarse, uno de los soldados lo interceptó, colocándose frente a él.
—La señorita está bajo resguardo directo. Por orden del Alto Mando, nadie debe acercarse.
—¿Qué demonios están diciendo? ¡Yo la traje aquí! ¡Yo la protegí!
—Y ahora ella nos pertenece —respondió una segunda voz, más suave, más peligrosa. Provenía del caballero de la máscara.
Una presión abrumadora cayó sobre mí. Quise protestar, moverme, pero mis piernas ya no respondían. El fuego que me había rodeado desapareció tan rápido como había llegado, y la oscuridad volvió a filtrarse en los bordes de mi visión.
—Cristal… —escuché por última vez la voz de Eleonoro, frustrada, impotente.
Y después, nada.
— Oficina del Duque Lawnig —
El silencio en la oficina solo era interrumpido por el suave sonido de la porcelana cuando la sirvienta dejó la bandeja sobre la mesa. Una tetera humeante, bocadillos cuidadosamente dispuestos… Era un intento inútil de mantener la apariencia de normalidad.
—Puede retirarse —ordené sin levantar la vista.
Cuando la puerta se cerró tras ella, por fin levanté los ojos. El hombre frente a mí, vestido de negro, se mantenía en pie, rígido, con las manos cruzadas tras la espalda. Su presencia era una sombra constante desde hacía días, pero ahora… se sentía como una advertencia viviente.
—Solo ha pasado medio mes desde la visita del enviado imperial —dije finalmente, tomando la taza—. Y ya están aquí otra vez. No me digas que ha sido por simple cortesía.
—No, Duque. Esta vez no hay diplomacia de por medio. Hay una emergencia —respondió él, sin rodeos—. El ataque ha comenzado.
Entrecerré los ojos.
—¿Dónde?
—En las afueras de la ciudad baja. Justo durante el festival.
Apoyé la taza sobre el platillo con más fuerza de la necesaria.
—¿Cómo lograron entrar?
—Los demonios no cruzaron las montañas, duque… atravesaron la barrera mágica.
Mis dedos se crisparon.
—¿La barrera fue vulnerada?
—La barrera se quebró, no fue vulnerada. Algo o alguien ha provocado una alteración en la magia de contención. El Norte no pudo preverlo. Tampoco detenerlo.
Me puse de pie.
—¿Y qué tiene eso que ver conmigo? Esa es responsabilidad del Alto Norte. Es su territorio. Su lucha.
—¿Cree usted que los demonios distinguen entre reinos o linajes? —Su mirada se afiló como una daga—. Esta no es una invasión… es un desbordamiento. Y ha empezado en su casa, en su ciudad. Si el linaje Lawnig no actúa ahora, no habrá a quién gobernar.
—Basta de insinuaciones. Si está aquí para pedir algo, hable claro.
El hombre asintió con lentitud.
—En nombre del señor del Norte, solicitamos el cumplimiento del acuerdo con el Imperio. Uno de sus hijos será enviado al frente. No por prestigio, ni por diplomacia… sino por necesidad.
Mis labios se endurecieron.
—No tengo un hijo entrenado para una guerra mágica. Ni siquiera uno al que confiarle una espada en campo abierto.
—Entonces más razón para actuar rápido. El emperador ha aprobado el envío de un mediador de la Casa Serescero. Ellos evaluarán el linaje mágico de su descendencia. Si el resultado es positivo, recibirá entrenamiento… y será enviado como refuerzo.
—¿Y si me niego?
—Entonces el Imperio asumirá que ha roto el pacto con el Norte, y todas las concesiones de su casa, incluidas las tierras y el derecho a portar escudo, serán anuladas.
Me senté lentamente, sintiendo cómo la sangre me hervía en silencio.
—¿Quién… autorizó esta locura?
—El hombre que se apareció hoy durante el ataque… no solo era un caballero imperial. Era el comandante enmascarado de la Tercera Orden del Norte. Y su objetivo era recuperar a la descendiente con resonancia mágica del linaje Lawnig.
Mis ojos se abrieron apenas un poco. Pero el gesto no pasó desapercibido.
—Así es, Duque. Ya saben que existe. Y que estuvo en la plaza hoy.
—No es posible. ¿Cómo…?
—¿De verdad pensó que podría ocultarla por siempre?
Me puse de pie otra vez, empujando la silla hacia atrás con un golpe seco.
—¡Eso no lo decide usted!
El hombre no se inmutó.
—No. Pero alguien ya lo decidió por todos nosotros. El linaje ya despertó… y ahora el Imperio tiene los ojos puestos sobre usted.