esta hermosa novela se trata de una mujer que dejó de vivir sus sueños juventud por dedicarse a sacar adelante a sus hermanos también nos muestra que que no importa la edad para conseguir el amor.
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capítulo 17
Victoria sintió cómo el corazón se le hundía en el pecho al enterarse de que Enrique había sabido de su embarazo y aún así se había ido. Solo había estado ahí mientras ella permanecía inconsciente, y no haber quedado ni un minuto más confirmaba lo que temía: nunca había sido importante para él, solo una carga que había tenido que resolver en el momento.
Mientras sus hermanos hablaban a su alrededor —José intentando mantener la calma, Fernanda preguntando con ingenuidad sobre quién podría ser el padre—, Victoria tuvo que agarrarse con fuerza al borde de la cama para no mostrar lo que realmente sentía. Cada palabra que pronunciaba suponía un esfuerzo, cada sonrisa fingida un golpe en el pecho. Tenía que contener las lágrimas, controlar la rabia y el dolor, sobre todo por Fernanda. Su hermana no sabía nada de lo ocurrido entre ella y Enrique: de las tardes en la hacienda, de las palabras compartidas, de cómo él se había presentado como un hombre sencillo llamado Quintero para ganarse su confianza.
Al entrar Franco en la oficina, Gustavo se levantó de un salto, lo miró directamente y luego fijó la vista en Enrique, preguntándole con la mirada si el hombre llevaba rato escuchándolos. Pero no había sido así: Franco se sentó con elegancia, cruzó las piernas y, a pesar de tener a Enrique frente a sí, lucía una enorme sonrisa en los labios. Estaba radiante.
Gustavo volvió a sentarse, con voz aparentemente serena:
—¿Qué te trae por aquí? No me digas que dinero, porque te entregué el cheque hace unas 15 días.
—No vine por eso —respondió Franco—. Vine a visitarte, pero no pensé encontrar a este inútil en tu despacho.
—¿En serio me llamas inútil? —contestó Enrique, aunque no parecía irritado; al contrario, lucía sorprendentemente tranquilo.
—Pues déjame decirte, Franco, que ese "inútil" es quien evitó que la empresa que tú llevaste a la quiebra termine en la ruina —intervino Gustavo.
Franco amplió su sonrisa:
—En este momento nada me puede cambiar el humor. Estoy de excelente ánimo: acabo de encontrarme con la mujer que amo. Antes, por tonto y maduro, la perdí… pero esta vez la voy a recuperar, porque me di cuenta de que no la he dejado de amar ni por un instante.
Enrique golpeó fuertemente la mesa, haciendo temblar los objetos sobre ella:
—¿Qué acabas de decir? ¿De qué mujer estás hablando?
—No la conoces, Enrique —dijo Franco con calma—. Es un amor del pasado.
A pesar de la ira que lo consumía, Enrique se contenía: sabía que Franco no tenía idea de que él conocía a Victoria, ni de lo sucedido entre ambos. Se puso de pie de un salto.
—Creo que es momento de irme —dijo, saludando con un breve gesto a Gustavo antes de salir de la oficina a paso rápido.
Al llegar a la calle, sintió la urgente necesidad de encender un cigarro, pero hacía años que había dejado el hábito. Apretó los puños para reprimir la ansiedad, hasta que el sonido de su celular lo sacó de sus pensamientos. Contestó con voz controlada.
—Hola.
—Mi amor, ¿cómo estás? —sonó la voz de Melissa, su esposa, con un tono seductor—. Esperaba tu llamada desde hace horas. Te cuento que hoy tuve una mañana muy tranquila: fui al spa, luego compré algunas cosas para la casa… y me puse ese vestido rojo que tanto te gusta.
Enrique se apoyó contra el coche, intentando seguir la conversación con calma mientras en su mente solo giraban las palabras de Franco y la imagen de Victoria.
—Eso suena bien, cariño —respondió, aunque su voz sonaba distante—. ¿Y el resto de tu día?
Al subirse al coche, Andrés puso en marcha el motor. Durante casi media hora no dijo nada, solo observaba a Enrique por el retrovisor hasta que finalmente habló:
—¿Qué pensaste?
—¿Sobre qué? —preguntó Enrique, haciéndose el inocente.
—Sobre Victoria y los niños.
Enrique calló un instante antes de responder:
—Tienes razón. Debo cuidar de ellos, es mi responsabilidad.
—¿Y cómo lo vas a hacer estando tan lejos? —repuso Andrés—. ¿Qué pasará cuando tu esposa se entere de que tienes dos hijos con otra mujer? Sabes lo posesiva que es; estoy seguro de que intentará destruir a Victoria.
—Lo entenderá —dijo Enrique con convicción—. Es una mujer comprensiva.
Andrés no dijo más, pero mientras manejaba sabía que Enrique veía a Melissa como una persona amable y comprensiva… sin darse cuenta de que no conocía su verdadera cara.