Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El olor que no podía encontrar
Aria salió de la oficina con su bolso colgado del hombro y el teléfono en la mano.
Miró la hora.
—No puede ser…
Había trabajado mucho más de lo que pensaba.
Bajó rápidamente por el ascensor y salió del edificio.
La calle estaba mucho más vacía que unas horas antes.
Aria caminó hasta la parada de autobús y miró hacia ambos lados.
Nada.
Revisó la aplicación del transporte.
Después de unos segundos, soltó un suspiro.
—Perfecto.
El último autobús acababa de pasar.
—¿Problemas?
Aria se giró.
Dante estaba detrás de ella.
Había salido del edificio unos minutos después, todavía con el saco puesto y las manos en los bolsillos.
—Perdí el autobús.
—Te llevo.
Aria arqueó una ceja.
—¿Tú?
—Sí.
—Eso no parece muy propio de un jefe intimidante.
Dante la miró fijamente.
—¿Estás diciendo que no soy intimidante?
—Estoy diciendo que los jefes intimidantes normalmente dejan que sus empleados sufran un poco antes de ofrecer ayuda.
Por primera vez en toda la noche, la comisura de los labios de Dante se movió.
—Sube al auto, Aria.
—Sí, señor jefe intimidante.
Ella caminó hacia el vehículo antes de que él pudiera responder.
...****************...
El trayecto comenzó en silencio.
No era un silencio incómodo.
Solo… extraño.
Aria miraba por la ventana mientras las luces de la ciudad pasaban frente a sus ojos.
Dante conducía con una mano sobre el volante.
—¿Siempre trabajas hasta tan tarde? —preguntó él.
—Solo cuando alguien me da siete días para revisar un proyecto que claramente necesita más de siete.
—Podrías haber dicho que necesitabas más tiempo.
—Y tú podrías haberme dado más.
Dante la miró brevemente.
—Tienes respuesta para todo.
—Me pagan por pensar.
—Te pagan por trabajar.
—Pensar es parte del trabajo.
—Depende de a quién le preguntes.
Aria soltó una pequeña risa.
—Entonces ya entiendo por qué la empresa necesita una becada que les diga cuándo están perdiendo dinero.
Dante negó ligeramente con la cabeza.
—Eres imposible.
—Eso ya me lo habías dicho.
—Y sigues demostrando que tengo razón.
Aria sonrió.
Por unos segundos, todo pareció normal.
Una conversación cualquiera.
Dos personas hablando después de un día de trabajo.
Pero entonces Aria frunció ligeramente el ceño.
Algo había cambiado.
Llevó discretamente una mano hacia su nariz.
No sabía qué era.
Era una sensación extraña.
Como si hubiera algo en el aire.
Un olor.
Pero no conseguía identificarlo.
Era apenas una sombra.
Una presencia que aparecía durante un segundo y desaparecía antes de que pudiera atraparla.
Aria respiró un poco más profundo.
Nada.
Volvió a intentarlo.
Otra vez.
Ahí estaba.
Muy débil.
Casi inexistente.
—¿Pasa algo? —preguntó Dante.
Aria apartó la mirada de la ventana.
—No.
—Estás haciendo algo extraño.
—¿Qué?
—Estás respirando como si intentaras recordar un olor.
Ella se quedó quieta.
—¿Tanto se nota?
—Sí.
Aria volvió a mirar hacia delante.
—Es raro.
—¿Qué cosa?
—No lo sé.
Se quedó pensando.
—Es como si pudiera oler algo… pero no pudiera encontrarlo.
Dante apretó ligeramente el volante.
Su expresión cambió.
Porque él conocía demasiado bien aquella sensación.
Solo que para él llevaba años siendo ausencia.
Nada.
Vacío.
Silencio.
Pero aquello…
Aquello no era silencio.
Dentro de Dante, su lobo se despertó de golpe.
Ella.
La palabra apareció en su mente con una fuerza brutal.
Dante tensó la mandíbula.
—¿Qué hueles?
Aria cerró los ojos durante un instante.
—No estoy segura.
Volvió a respirar.
La sensación estaba allí.
Débil.
Cálida.
Extrañamente familiar.
—Es… agradable.
El corazón de Dante dio un golpe fuerte.
Su lobo comenzó a moverse dentro de él.
Quería acercarse.
Quería reconocer.
Quería encontrar.
Dante apretó más las manos sobre el volante.
—Probablemente sea algo de la calle.
—Sí.
Aria pareció aceptar la explicación.
Pero unos segundos después volvió a respirar profundamente.
—No.
Dante la miró de reojo.
—¿No?
—No viene de afuera.
Su lobo casi rugió.
Dante tuvo que contenerlo con toda su fuerza.
No podía perder el control.
No allí.
No con ella sentada a su lado.
Aria volvió a girar la cabeza hacia él.
—¿Tú no sientes nada?
Dante tardó un segundo demasiado largo en responder.
—No.
La respuesta salió más fría de lo que pretendía.
Aria lo observó.
Sabía que algo había cambiado.
—¿Tu olfato sigue igual?
Dante volvió la mirada hacia la carretera.
—Sí.
—Lo siento.
—No tienes que sentirlo.
Aria guardó silencio.
Después de unos segundos, habló con suavidad.
—Debe ser extraño.
Dante no respondió.
—Quiero decir… perder algo que siempre tuviste.
Él respiró lentamente.
—Lo es.
Aria bajó la mirada.
—Yo me volvería loca.
—Te acostumbras.
—No creo que quisiera acostumbrarme.
Dante la miró otra vez.
Ella estaba mirando por la ventana.
No había lástima en su rostro.
Solo curiosidad.
Y algo parecido a preocupación.
Su lobo volvió a empujar.
Acércate.
Dante lo contuvo.
Cállate.
Pero el lobo no obedeció.
Porque cuanto más tiempo permanecía Aria cerca…
Más fuerte se hacía aquella sensación.
Y por primera vez en años, Dante tuvo la impresión de que su cuerpo estaba intentando devolverle algo que había perdido.
Un olor.
Una presencia.
Una respuesta.
Aria.
Ella volvió a respirar.
Y esta vez Dante también lo sintió.
No como un olor definido.
No todavía.
Era apenas una sombra.
Un rastro imposible.
Pero estaba allí.
Dante giró ligeramente la cabeza.
Aria seguía mirando por la ventana, completamente ajena a la batalla que estaba ocurriendo dentro de él.
Su lobo estaba despierto.
Demasiado despierto.
Y por primera vez desde que había perdido el olfato…
Dante no estaba seguro de querer volver a dormirlo.