🚩🔞⚠️Tras cinco años de injusto exilio en las heladas estepas del norte, el implacable General Yan Jincheng regresa a la capital con un solo objetivo: vengarse de la dinastía Li. Para salvar a su familia biológica de la ejecución pública, el Segundo Príncipe, Li Xiaowei, acepta un destino humillante: convertirse en el consorte cautivo de su antiguo amor.
En un palacio militar donde el rencor y los secretos dictan las reglas, Xiaowei soportará el dolor de la servidumbre y la crudeza del cautiverio en un silencio frío. Sin embargo, lo que el general ignora es que el príncipe sacrificó su propia reputación para mantenerlo con vida.
¿Podrá el remordimiento de Jincheng sanar un cuerpo y un alma destrozados cuando la verdad salga a la luz en medio de un imperio en cenizas? Una historia BL oscura de traición, redención y amor incondicional.
HAY SUFRIMIENTO. SI NO ESTÁN LISTOS, NO LO LEAN.⚠️🔞🚩
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Extra - Luz
El viento del norte que soplaba sobre las tejas doradas de la capital no arrastraba el olor a hierro de la guerra ni el eco de tambores de guerra, sino el aroma dulce de los perales en flor y el murmullo pacífico de los mercados que cobraban vida bajo el sol de la mañana. En este universo, la Ciudad Prohibida no era una jaula de piedra blanca salpicada por la carnicería, sino un santuario de arte, refinamiento y paz. La dinastía Li gobernaba con una justicia benevolente que se ganaba la devoción del pueblo a cada paso, y los pasillos del palacio imperial estaban inundados por la luz del sol, la música de cítaras y el tintineo de las horquillas de jade de una corte que prosperaba en armonía.
En este mundo, las intrigas palaciegas y las mentiras venenosas no existían. La familia real no albergaba monstruos sedientos de poder político. El viejo Emperador no era un monarca decrépito consumido por la paranoia y la sospecha, sino un padre sabio y afectuoso que vigilaba el bienestar de sus hijos con una mirada serena. Y la Princesa Li Xue'er no era la serpiente manipuladora que falsificaba cartas de alta traición en la penumbra de los sótanos; era una hermana mayor vivaz, protectora y profundamente devota de la felicidad de su hermano menor, el Segundo Príncipe.
Li Xiaowei no conocía el significado de una celda secreta, el ardor de los azotes en la espalda ni el dolor lacerante y punzante de un desgarro interno. Sus muñecas, libres de los vendajes que en el pasado ocultaban las heridas de los grilletes de hierro tosco, lucían limpias y de una palidez traslúcida que hacía honor a su reputación como el hombre más hermoso de la corte. Su anatomía delgada se movía con una simetría y una gracia divinas; su andar no cargaba con el peso de una cojera sutil ni con la rigidez estructural de una cadera rota por la fuerza física. Xiaowei era la encarnación de la pureza y la primavera, un príncipe amado que recorría los pasillos de laca roja con una sonrisa sutil que iluminaba sus ojos.
A su lado, Yan Jincheng no era el demonio de la guerra de las estepas heladas, un general rebelde con la mirada feroz y el alma corrompida por años de exilio y congelamiento. Su rostro carecía de la cicatriz profunda en la mejilla izquierda que en otra vida le regalaron los bárbaros del norte. Seguía siendo el joven y brillante Comandante Supremo de la Guardia Imperial, un oficial de porte imponente, hombros anchos y una mirada limpia, cargada de una devoción incondicional que nunca había sido empañada por la amargura de una traición inventada. En este palacio, Jincheng no entraba con el acero desenvainado a reclamar un botín de guerra mediante una intervención posesiva; entraba con la cabeza en alto, luciendo su uniforme negro y placas de bronce pulidas que reflejaban la luz del día, respetado por los ministros y adorado por la familia que lo había acogido como a un hijo más.
En la tarde del festival del equinoccio, el Salón de la Armonía Suprema se preparaba para un banquete que rompería todas las barreras del protocolo tradicional, pero que la corte celebraba con una aceptación unánime y alegre. Los ministros refinados no se mantenían de rodillas con el pánico del protocolo pegado al suelo pulido; conversaban entre risas, alzando copas de vino de jade y disfrutando de los platillos de loto salvaje y jengibre que los sirvientes distribuían con presteza.
El viejo Emperador presidía la mesa imperial desde su sitial de honor, luciendo sus pesadas túnicas doradas. A su derecha, sentada en una banqueta de sándalo, la Princesa Li Xue'er lucía un vestido de seda rosa bordado con crisantemos de plata. Sus ojos brillaban con una astucia pícara mientras observaba la entrada de los dos hombres más importantes de su vida.
—Padre, mira —dijo Xue'er, dando un sutil golpe con su abanico de marfil sobre la mesa para llamar la atención del monarca—. El Comandante Yan finalmente ha logrado convencer a nuestro tierno príncipe de dejar la biblioteca del palacio periférico. Ya era hora de que el futuro compañero del imperio se mostrara ante la corte sin esconder sus intenciones.
El Emperador soltó una carcajada melodiosa que resonó con calidez en todo el salón, desprovista de cualquier rastro de la hipocresía que en otro universo destruyó la paz de los amantes.
—Jincheng ha demostrado una paciencia infinita con la terquedad de tu hermano, Xue'er —respondió el monarca con una sonrisa benevolente—. Un matrimonio dinástico no se construye con edictos imperiales forzados, sino con el respeto mutuo que estos dos jóvenes se profesan desde su juventud. Mi corona está segura sabiendo quién protegerá el lecho y el trono de Xiaowei en el futuro.
Li Xiaowei y Yan Jincheng avanzaron por el pasillo central del salón, caminando al mismo ritmo, con un paso perfectamente coordinado y firme. El príncipe vestía unas túnicas sencillas de seda celeste inmaculada, el color del cielo de primavera, un atuendo que flotaba a su alrededor como el agua de un manantial limpio. Jincheng caminaba a su lado, manteniendo su mano limpia entrelazada de forma pública con la de Xiaowei, uniendo sus dedos con una firmeza suave que no pretendía poseer por la fuerza, sino sostener la existencia del joven con una ternura infinita.
Al llegar frente al trono del monarca, ambos hombres doblaron una rodilla de forma ceremoniosa, realizando el saludo del protocolo con una solemnidad impecable.
—Majestad —comenzó Jincheng, y su voz dominante, desprovista de la ronquera militar del frío del norte, era un murmullo claro que infundía respeto—. Las fronteras del este están pacificadas y las provincias del sur han enviado sus tributos. Vengo a entregar mi informe militar, pero también a solicitar su bendición para la ceremonia que unirá nuestros linajes al inicio de la próxima luna.
El Emperador se levantó de su sitial, descendió los tres escalones del altar imperial y colocó sus manos arrugadas sobre los hombros de los dos jóvenes, obligándolos a incorporarse.
—La bendición ya la tienen desde el día en que sus miradas se encontraron en el jardín de las garzas blancas —anunció el soberano, y su voz clara recorrió todo el salón, silenciando el murmullo de los ministros—. La dinastía Li no necesita buscar emperatrices en las familias del sur para asegurar la sucesión mientras el acero de Jincheng y la pureza de Xiaowei mantengan este imperio en pie. Promulgo hoy mismo el decreto del amor: el Comandante Supremo Yan Jincheng queda nombrado formalmente como el único compañero legítimo de mi segundo hijo. La corte registra su lealtad, y este palacio celebra su unión con alegría.
Los ministros de la corte se postraron de inmediato, entonando un cántico de larga vida que no nacía del miedo de las lanzas del norte, sino del júbilo real de ver restablecido el orden natural de un imperio gobernado por la armonía. Xue'er se acercó a su hermano, rodeando su cuello con un abrazo afectuoso y dejando un beso suave en su mejilla pálida, susurrándole al oído palabras pícaras sobre la noche de bodas que hacían que el príncipe se sonrojara de forma encantadora, sin que ningún trauma viniera a nublar su mente.
Al caer la medianoche, el bullicio del banquete oficial y las felicitaciones de los sabios de la corte quedaron atrás. Los dos amantes se retiraron hacia el jardín privado, el mismo rincón de sauces llorones y estanques de loto que en este universo nunca había sido el escenario de un colapso físico ni de una agresión violenta en la penumbra.
El aire de la noche era templado, cargado de la fragancia de los crisantemos que florecían bajo la luz plateada de la luna llena. Los sauces mecían sus ramas verdes sobre el agua cristalina del estanque, donde los pétalos flotaban en una danza pacífica y sin prisas.
Xiaowei caminaba al lado de Jincheng sobre la grava del sendero, sintiendo el calor de la mano del general envolviendo la suya. Se detuvieron en el centro del puente de piedra tallada que cruzaba el agua. Jincheng metió la mano en su túnica y sacó el amuleto de jade blanco, el objeto que él mismo había tallado con sus propias manos en su juventud. El jade estaba inmaculado, liso, blanco como la nieve virgen, carente de las grietas rotas rellenas de oro y de las manchas oscuras de sangre vieja que en otra realidad testificaron la carnicería de su amor.
—Es para ti —susurró Jincheng, colocando el amuleto entero sobre la palma de la mano del príncipe, mirándolo hacia abajo como si fuera lo más sagrado —. Una promesa de que mi espada y mi vida te pertenecerán eternamente. No hay deudas entre nosotros, ni pasados que olvidar. Solo este futuro que tu familia nos regala con generosidad.
Xiaowei tomó el amuleto de jade, sintiendo el frescor de la piedra fina contra su piel limpia. Una sonrisa pura, libre de la fijeza fría del jade muerto y de la desconfianza eterna de un prisionero herido, iluminó su rostro celestial. Levantó sus ojos hacia el general, entrelazando sus brazos alrededor del cuello firme de Jincheng, sin que ningún espasmo de pánico o recuerdo de abuso hiciera que su cuerpo retrocediera.
—Nuestra historia nació de la luz —dijo Xiaowei, con una melodía suave que borró cualquier asomo de melancolía—. Y la luz no deja cenizas. El amor que te tengo no conoce el miedo, y este jardín siempre será nuestro refugio. Estamos juntos, y nuestro imperio no conoce más que la primavera eterna.
Xiaowei inclinó el rostro, entreabriendo sus labios para buscar la boca del general. El beso que compartieron sobre el puente de piedra fue la consumación de su felicidad: un roce largo, cálido, limpio y sumamente tierno que unió sus almas sin el peso del remordimiento ni la tortura. Jincheng lo estrechó contra su pecho con una fuerza que pretendía adorar la pureza de su cuerpo, protegiendo al joven de un viento invernal que en este universo nunca llegaría a soplar.
El sol del nuevo día comenzó a vislumbrarse en el horizonte, tiñendo las nubes de un color púrpura y dorado que iluminó el Palacio de la Primavera Eterna. El amor de un general brillante y un príncipe celeste no necesitaba el Trono de Cenizas para brillar, gobernando juntos en un imperio de jade y luz donde la paz era perpetua y la inocencia nunca llegaba a romperse.
Final feliz.
⚠️✨️Espero que este capítulo extra en otro universo les haya gustado tanto como el desarrollo principal de la historia.😘🤟 Dejen sus comentarios y calificaciones, mis Chickis. Nos vemos en otras creaciones. Besito en la frente.✨️⚠️