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La Menor De Los Sergeyev

La Menor De Los Sergeyev

Status: En proceso
Genre:Mafia / Omegaverse / Romance
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: milu carrera

Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.

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capitulo 12

La mañana en Moscú no era amable.

  La luz entraba pálida por los ventanales altos de la mansión Sergeyev, reflejándose sobre la nieve intacta del jardín. El mundo parecía limpio. Silencioso. Ordenado.

  Pero dentro de la casa, el equilibrio había cambiado.

  Isabella abrió los ojos antes de que sonara el reloj. No había dormido profundamente. Su mente había pasado la noche reconstruyendo la escena bajo el roble, las palabras dichas, el “sí” susurrado por Sasha.

  Su omega.

  La palabra todavía vibraba en su pecho.

  Giró la cabeza.

  Sasha dormía a su lado, boca arriba, respiración tranquila, el cabello oscuro desparramado sobre la almohada. No se habían tocado durante la noche. No había sido necesario. La tensión entre ambas era algo más profundo que contacto físico.

  Era elección.

  Isabella la observó en silencio.

  Por primera vez desde la muerte de su abuela, el recuerdo no dolía con culpa. Dolía con nostalgia.

  “No seas débil, pequeña alfa.”

  La voz de su abuela aún vivía en su memoria.

  Y ahora Isabella entendía.

  Ser fuerte no era endurecerse.

  Era decidir.

  Un golpe suave en la puerta rompió el momento.

  —Señorita Isabella —la voz de un asistente—. Su padre la espera en el despacho.

  Por supuesto.

  El invierno no daba treguas.

  Isabella se incorporó lentamente. Sasha abrió los ojos.

  —¿Ya empezó la guerra? —preguntó con voz aún adormilada.

  Isabella sonrió apenas.

  —Siempre estuvo empezada.

  Sasha se sentó también.

  —¿Querés que vaya?

  La pregunta no era insegura. Era estratégica.

  Isabella la miró.

  —No todavía.

  Sasha sostuvo su mirada unos segundos, evaluando.

  —Entonces no vayas como hija.

  —¿Cómo voy?

  —Como heredera.

  Eso arrancó una chispa en los ojos de Isabella.

  —Me gusta cómo pensás.

  —Por eso me trajiste —respondió Sasha con media sonrisa.

  Isabella se inclinó y apoyó su frente contra la de ella apenas un segundo.

  Un gesto simple.

  Pero firme.

  —Espérame.

  —Siempre.

  El despacho de Aleksander Sergeyev olía a cuero, madera oscura y poder antiguo.

  Su padre estaba de pie frente a la ventana cuando Isabella entró. No se giró de inmediato.

  —No informaste tu regreso —dijo con voz calma.

  —No pedí permiso para irme.

  Aleksander se giró lentamente.

  Sus ojos grises eran idénticos a los de ella.

  —No eres una niña.

  —Nunca lo fui.

  Un silencio cargado se instaló entre ambos.

  —Trajiste a alguien —continuó él.

  —Sí.

  —¿Es importante?

  Isabella no dudó.

  —Sí.

  —¿Para ti o para esta familia?

  —Para mí.

  Aleksander la observó largo rato.

  —Eso puede convertirse en lo mismo.

  Isabella sostuvo la mirada sin bajar la cabeza.

  —Lo sé.

  Su padre caminó hasta el escritorio y apoyó ambas manos sobre la superficie.

  —Milan no se mueve sin estrategia. Si vino contigo y no lo detuviste, significa que aprobó tu decisión.

  —No necesito su aprobación.

  —Pero la tienes.

  Eso no era una pregunta.

  Aleksander respiró profundo.

  —El apellido Sergeyev no se vincula sin consecuencias.

  —No estoy vinculando negocios.

  —Estás vinculando poder.

  Isabella avanzó un paso.

  —Estoy eligiendo.

  El silencio se volvió más pesado.

  —¿La quieres? —preguntó finalmente Aleksander.

  La pregunta no era sentimental.

  Era táctica.

  Isabella no titubeó.

  —Sí.

  Aleksander asintió apenas.

  —Entonces habrá pruebas.

  Isabella sonrió apenas.

  —Lo esperaba.

  Mientras tanto, en el ala este de la casa, Sasha caminaba por el pasillo principal acompañada por la madre de Isabella.

  La mujer tenía una presencia elegante, pero no frágil. Era una omega que había aprendido a sobrevivir en un mundo de alfas dominantes sin perder dignidad.

  —No pareces intimidada —dijo la madre sin mirarla directamente.

  —No lo estoy.

  —Eso es bueno. O peligroso.

  Sasha sonrió levemente.

  —Depende de quién esté mirando.

  La mujer se detuvo.

  —Mi hija no elige con el corazón vacío. Si te trajo aquí, no fue por capricho.

  —No soy un capricho.

  Los ojos de la madre se posaron finalmente en ella.

  —Lo sé.

  Ese reconocimiento cambió algo.

  —Pero debes entender algo —continuó la mujer—. En esta familia no solo se ama. Se protege. Y proteger a veces significa destruir.

  Sasha sostuvo su mirada.

  —Yo no vine a debilitarla.

  —Más te vale.

  El silencio no fue hostil.

  Fue advertencia.

  El almuerzo fue formal.

  Demasiado formal.

  Milan observaba con interés clínico. Alexei permanecía callado, analizando dinámicas. Aleksander mantenía el control de la conversación.

  Hasta que finalmente habló.

  —He recibido noticias de que uno de nuestros antiguos aliados cuestiona nuestra estabilidad —dijo sin rodeos.

  Isabella entendió al instante.

  Una prueba.

  —¿Quién? —preguntó.

  —Volkov.

  El apellido cayó como una pieza de ajedrez movida con precisión.

  Un viejo aliado. Ambicioso. Impaciente.

  —Cree que tu desaparición fue debilidad —añadió Aleksander.

  Isabella apoyó los codos en la mesa.

  —Entonces cree mal.

  Aleksander la miró.

  —Demuéstralo.

  Sasha no habló.

  Pero estaba escuchando cada palabra.

  —¿Qué propone? —preguntó Isabella.

  —Una reunión esta noche.

  Milan levantó apenas una ceja.

  —Eso es provocación.

  —Es desafío —corrigió Aleksander.

  Isabella entendió.

  Y sonrió.

  —Entonces vayamos.

  La madre de Isabella miró a Sasha.

  —¿Y tú?

  Sasha sostuvo su mirada.

  —Yo voy con ella.

  El silencio fue inmediato.

  Aleksander evaluó la escena.

  —¿Con qué rol?

  Sasha no dudó.

  —Con el que ella me dé.

  Todos miraron a Isabella.

  El momento era crucial.

  Podía presentarla como acompañante.

  Como aliada.

  Como algo menor.

  Pero Isabella no retrocedió.

  —Como mi futura omega.

  El impacto fue real.

  No explosivo.

  Pero sí definitivo.

  Milan apoyó la espalda en la silla, satisfecho.

  Alexei dejó de fingir desinterés.

  La madre de Isabella observó con atención renovada.

  Aleksander no parpadeó.

  —Eso nos compromete públicamente.

  —Lo sé.

  —¿Estás segura?

  Isabella miró a Sasha.

  Y Sasha sostuvo su mirada sin miedo.

  —Sí.

  Aleksander asintió una sola vez.

  —Entonces esta noche no solo defenderás tu apellido.

  Defenderás tu elección.

  Horas después, el salón principal estaba preparado para la reunión.

  Volkov llegó puntual.

  Alto. Seguro. Con una sonrisa que no llegaba a los ojos.

  —Isabella Sergeyev —dijo al verla entrar—. Pensé que eras un rumor.

  —Los rumores sobreviven porque nadie los enfrenta —respondió ella con calma.

  Volkov recorrió la sala con la mirada.

  Hasta que vio a Sasha a su lado.

  Su sonrisa cambió.

  —Interesante.

  Isabella dio medio paso al frente.

  —Cuidado con el tono.

  Volkov alzó las manos en gesto diplomático.

  —Solo observo.

  —Observa bien —respondió Isabella—. Porque no volveré a repetirlo.

  La reunión avanzó entre palabras afiladas y silencios estratégicos.

  Volkov tanteaba terreno.

  Intentaba medir la estabilidad del liderazgo.

  Pero cada vez que intentaba insinuar debilidad, Isabella respondía con precisión.

  Y cada vez que intentaba incomodarla mirando a Sasha, Isabella dejaba claro que no era un punto vulnerable.

  Era una decisión firme.

  Finalmente, Volkov sonrió con resignación.

  —Parece que Rusia no perdió a su heredera.

  Isabella sostuvo su mirada.

  —Nunca la perdió.

  Cuando Volkov se marchó, el silencio quedó suspendido en el salón.

  Milan fue el primero en hablar.

  —Eso fue elegante.

  Alexei asintió.

  —Y contundente.

  Aleksander observó a su hija unos segundos más.

  Luego habló.

  —Aprobada.

  No era solo la reunión.

  Era su regreso.

  Y su elección.

  Esa noche, ya sin testigos, Isabella salió nuevamente al jardín.

  Sasha la siguió.

  La nieve brillaba bajo la luna.

  —Estuviste impresionante —dijo Sasha.

  —No lo hice sola.

  Sasha sonrió apenas.

  —No me uses como escudo.

  Isabella se giró hacia ella.

  —No lo hago.

  El aire estaba frío, pero la tensión entre ellas era cálida.

  Isabella dio un paso más cerca.

  —Hoy te presenté como mi futura omega.

  —Lo noté.

  —No me retractaré.

  Sasha la observó en silencio.

  —Entonces no me sueltes cuando se complique.

  Isabella levantó la mano y rozó suavemente su mejilla.

  —No lo haré.

  Sasha respiró hondo.

  —Entonces que Rusia lo sepa.

  Isabella apoyó su frente contra la de ella.

  —Rusia lo sabrá.

  Y mientras el invierno cubría Moscú de blanco, la alianza entre alfa y omega dejó de ser promesa.

  Se convirtió en realidad.

  Pero en el mundo de los Sergeyev, toda realidad trae consecuencias.

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