Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 21
La revelación de que la madre de Azkarion podría estar viva en algún lugar de los Alpes suizos cayó sobre nosotros como una tormenta de nieve, apagando el fuego de la victoria que acabábamos de saborear en la sala de juntas. El sobre rojo, con su sello de cera que parecía una herida abierta, descansaba sobre el escritorio de cristal como una sentencia. Miré a Azkarion y vi cómo su mundo se reconstruía y se destruía al mismo tiempo. Sus ojos, antes gélidos y calculadores, estaban perdidos en una nebulosa de incredulidad y una esperanza dolorosa que me partió el alma.
—No puede ser —susurró, y su voz sonó tan pequeña que apenas la reconocí—. El informe forense... las cenizas... yo mismo estuve en el funeral.
—Azkarion, los Valois no juegan con la verdad, juegan con la realidad —le dije, acercándome y rodeando su cintura con mis brazos. Necesitaba que sintiera que no estaba solo en este nuevo abismo—. Si ellos dicen que está viva, es porque ella es su última moneda de cambio. La llave de oro no es un regalo, es un anzuelo.
Él me apretó contra su pecho con una fuerza desesperada, escondiendo el rostro en mi cuello. Podía sentir el latido errático de su corazón contra mis costillas. El hombre que hace una hora había desmantelado un imperio criminal con una mirada, ahora era un niño buscando refugio en medio de una pesadilla.
—Tengo que irme, Alexa. Tengo que tomar el primer vuelo a Ginebra.
—Iremos juntos —corregí, separándome un poco para mirarlo a los ojos—. El contrato dice que somos socios. Y después de lo que pasó anoche en la mansión, no vas a dejarme atrás para que los restos de la red de Valois me usen como blanco.
Él dudó, su instinto de protección luchando contra la necesidad de tenerme cerca. Finalmente, asintió y me besó la frente con una ternura que me hizo vibrar.
—Prepárate. Salimos en dos horas en el jet privado. No quiero que nadie, ni siquiera mi equipo de seguridad habitual, sepa a dónde vamos. Esto es personal.
El viaje a través del Atlántico fue un interludio de calma tensa. En la cabina del avión, rodeados de lujos que me parecían insultantes dada la situación, Azkarion no dejó de estudiar la llave y la pequeña nota. Yo intentaba leer un informe financiero para distraerme, pero mis ojos volvían constantemente a él. La sensualidad que siempre flotaba entre nosotros se había transformado en algo más profundo, una intimidad forjada en la tragedia compartida.
—Ven aquí —dijo él, extendiendo su mano desde el sofá de cuero del jet.
Me senté a su lado y él me rodeó con su brazo, atrayéndome hacia su calor. El ronroneo de los motores era el único sonido en la cabina oscura. Azkarion empezó a desabrochar lentamente los botones de mi blusa de seda, no con la urgencia del deseo carnal, sino con una devoción casi religiosa, como si necesitara confirmar que mi piel era real en medio de tantas mentiras.
—Me das miedo, Alexa —confesó, sus labios rozando mi hombro—. Me da miedo lo mucho que te necesito para no volverme loco.
—Entonces no te vuelvas loco, Azkarion. Solo déjate llevar.
Sus manos, grandes y marcadas por la pelea de la noche anterior, recorrieron mi espalda con una delicadeza que me cortaba la respiración. Me besó con una pasión contenida, una caricia de lenguas que sabía a despedida de nuestra antigua vida y a bienvenida a este caos. En la penumbra del avión, nos perdimos el uno en el otro, permitiendo que el deseo fuera el único idioma que hablábamos. Sus besos bajaron por mi pecho, encendiendo incendios que solo él sabía apagar, mientras yo me aferraba a su cabello, sintiendo que en ese espacio cerrado, a diez mil metros de altura, éramos libres por primera vez de los contratos y las venganzas.
Llegamos a Ginebra al amanecer. El aire era cortante, con un aroma a pino y nieve que me despejó la mente de golpe. Un coche discreto nos esperaba para llevarnos hacia las montañas. A medida que ascendíamos por las carreteras serpenteantes, el paisaje se volvía más salvaje y desolador. La dirección nos llevó a una villa aislada, incrustada en la ladera de un desfiladero, rodeada por muros de piedra antigua y cámaras de seguridad camufladas.
Azkarion sostenía la llave de oro con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Al bajar del coche, el silencio de los Alpes era casi ensordecedor. Caminamos hacia la entrada principal, una pesada puerta de roble que parecía guardar siglos de secretos. Introdujo la llave y el mecanismo giró con un clic metálico que resonó en el valle.
Al entrar, no nos recibió un ejército, sino el olor a lavanda y a pintura al óleo. La villa estaba decorada con una elegancia minimalista, pero lo que me llamó la atención fueron las paredes. Estaban cubiertas de cuadros, todos con el mismo estilo que los que Azkarion guardaba en su habitación cerrada. Paisajes de Nueva York, pero vistos desde una perspectiva de nostalgia y pérdida.
—Madre... —susurró Azkarion, su voz quebrándose.
En el fondo del salón, junto a un ventanal que ofrecía una vista infinita de los glaciares, una mujer estaba sentada de espaldas a nosotros. Tenía el cabello blanco, fino como la seda, y sus manos se movían con agilidad sobre un lienzo. Al escuchar la voz de Azkarion, se quedó inmóvil. El pincel cayó al suelo, manchando la alfombra de un azul cobalto.
Se giró lentamente. Sus ojos eran idénticos a los de Azkarion, pero en lugar de hielo, contenían una tristeza que parecía haber cristalizado con el tiempo.
—Azkarion... mi pequeño león —dijo ella, su voz era un susurro que parecía venir de otra época.
Él corrió hacia ella y se arrodilló a sus pies, sollozando como nunca lo había visto hacer. Ella le rodeó el rostro con sus manos, acariciando sus mejillas con una devoción que me hizo lagrimear. Me quedé en la entrada, sintiéndome como una intrusa en un reencuentro que había costado veinte años de dolor.
—¿Cómo es posible? —preguntó Azkarion cuando pudo hablar—. Me dijeron que habías muerto en el incendio. Vi las pruebas, madre.
—Los Valois necesitaban que estuvieras muerto en vida, hijo mío. Sabían que si pensabas que yo estaba viva, nunca dejarías de buscarlos. Me trajeron aquí, me dijeron que tú habías muerto y que Arthur Hills se había quedado con todo. Me dieron este lugar para pintar mi agonía mientras ellos usaban el nombre de los DArgent para lavar sus pecados.
Azkarion se tensó, y su mirada se desvió hacia mí. La mujer también me miró, y su expresión se suavizó.
—¿Quién es ella? —preguntó su madre.
—Ella es Alexa Hills, madre. La hija de Arthur —Azkarion tomó mi mano y me obligó a acercarme—. Y es mi esposa.