En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio
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Capítulo 23
Con la amenaza del demonio neutralizada, Astrid y Mason se encontraron a cargo de un mundo que habían ayudado a sanar.
El silencio que siguió a la desaparición de Fili y el sacrificio de Balin no fue un silencio de vacío, sino de alivio. La Isla de la Convergencia, antes un campo de batalla de fuerzas cósmicas, comenzó a transformarse ante los ojos de los supervivientes. Las cenizas grises que el demonio supremo había dejado a su paso se disolvieron, dando lugar a brotes de una hierba que brillaba con una luz interna, de un color azulado que recordaba al cielo antes de que la guerra lo manchara.
Astrid permanecía en pie, con las manos aún entrelazadas con las de Mason. Sus ojos buscaban entre los escombros el lugar donde su hermano había desaparecido. No había rastro de Balin, ni del Anclaje de Eterio, solo un fragmento de cristal transparente que latía débilmente en el suelo.
—Se ha ido, Astrid —dijo Mason suavemente, su voz cargada de una compasión que solo alguien que ha vivido milenios de pérdida podría entender—. En el último momento, eligió ser el arquitecto que se suponía que debía ser. No permitió que el caos devorara lo que él, a su manera retorcida, amaba.
Astrid se soltó y caminó hacia el fragmento. Al recogerlo, sintió una punzada de tristeza que le recorrió el alma.
—Pasamos tantas vidas huyendo de él, odiándolo por lo que nos quitó... y ahora que no está, siento un vacío que no esperaba. Era la última pieza de nuestro pasado original, Mason. El último que recordaba el Plano donde todo empezó.
Mason se acercó y puso una mano en su hombro. El aura índigo que los rodeaba ahora era estable, una parte natural de su ser.
—Ya no necesitamos recordar el pasado para saber quiénes somos. El pasado era una carga. El presente es nuestra creación.
Ronan, Faelan y Nimue se acercaron lentamente. El caballero tenía la armadura abollada y el rostro sucio, pero sus ojos brillaban con una devoción renovada. Se arrodilló ante ellos, no como se arrodilla un súbdito ante un rey, sino como un hombre que reconoce la divinidad en la tierra.
—Mi señora, mi señor... —dijo Ronan con voz ronca—. El mundo está cambiando. He sentido el pulso de la tierra mientras bajábamos del templo. Las sombras que acosaban a los pueblos se han desvanecido. Pero la gente tiene miedo. Han vivido bajo el yugo de Balin tanto tiempo que no saben qué hacer con la libertad.
Faelan, el elfo, asintió solemnemente. —Los bosques están despertando, pero las criaturas están confundidas. El equilibrio es un regalo, pero también una responsabilidad. Necesitan guías, no solo leyendas.
Astrid miró a su alrededor. Vio la belleza del templo restaurado y la inmensidad del horizonte. Sabía lo que eso significaba. No podían simplemente retirarse a vivir su amor en privado; el mundo que habían salvado necesitaba ser reconstruido desde sus cimientos.
—No seremos gobernantes como Balin —declaró Astrid, su voz proyectándose con una autoridad celestial que hizo que incluso el viento se detuviera—. No habrá tronos de obsidiana ni decretos de hierro. Este mundo volverá a ser lo que fue: un lugar de fantasía antigua, donde la magia fluya libremente pero con responsabilidad. Mason y yo seremos los guardianes del nexo, pero el destino de cada raza estará en sus propias manos.
Los meses siguientes fueron una epopeya de sanación. Astrid y Mason viajaron por todo el continente, desde las aldeas costeras donde Freydis los recibió con lágrimas de alegría, hasta las profundidades de las montañas donde los gnomos celebraron el regreso de la luz con festivales que duraron semanas.
Dondequiera que iban, Astrid usaba su poder para purificar las fuentes de agua y restaurar la fertilidad de los campos. Mason, por su parte, se convirtió en el pacificador. Su presencia imponía respeto incluso a las criaturas más salvajes. Aquellos que habían servido a Balin por miedo encontraron en Mason a alguien que entendía la oscuridad, pero que había elegido la redención.
—¿Te cansa esto? —preguntó Astrid una noche, mientras descansaban en un claro del Bosque de los Susurros. El fuego de la hoguera era innecesario, pues su propia presencia iluminaba el entorno.
Mason, que estaba tallando una figura de madera para un niño de la aldea cercana, levantó la vista. Sus ojos ámbar estaban llenos de una paz que ella nunca había visto en sus siete mil años de historia.
—Por primera vez en todas mis vidas, no siento que estoy corriendo hacia una tumba. Construir es mucho más agotador que destruir, pero ver cómo un árbol crece donde antes había ceniza... es un tipo de cansancio que me hace sentir vivo.
—A veces me pregunto si Balin nos está mirando desde algún lugar —susurró ella, mirando las estrellas—. Si puede ver que el equilibrio que tanto temía es lo que finalmente salvó su legado.
—Si nos mira, espero que vea que no le guardamos rencor —respondió Mason, dejando la talla y acercándose a ella—. El rencor es otra forma de cadena, y nosotros ya hemos roto todas las nuestras.
La era de la fantasía antigua floreció de una manera que superó todas las expectativas. Los elfos y los humanos establecieron rutas comerciales que no solo intercambiaban bienes, sino también conocimientos mágicos. Los enanos abrieron sus minas para proporcionar los materiales necesarios para reconstruir las ciudades destruidas. Bajo el liderazgo espiritual de Astrid y Mason, la armonía no fue impuesta, sino cultivada.
Aprendieron que la luz absoluta es tan cegadora como la oscuridad total. Por ello, permitieron que las sombras existieran en los rincones del mundo, como recordatorio y como parte del ciclo natural. Mason se encargó de que esas sombras nunca se convirtieran en malicia, enseñando a las nuevas generaciones que la oscuridad interior es una herramienta, no una maestra.
En el décimo aniversario de la caída de Balin, se erigió un monumento en el centro del continente. No era una estatua de Astrid o Mason, sino una representación del Espejo de las Verdades Ocultas, rodeado de agua y fuego. En su base, una inscripción rezaba: "A los que recordaron para que nosotros pudiéramos empezar de nuevo".
Esa noche, mientras el mundo celebraba, Astrid y Mason se retiraron a la cima de la Montaña Blanca. El mundo debajo de ellos era una constelación de luces de aldeas y ciudades en paz.
—Lo logramos, Mason —dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro.
—No, Astrid —corrigió él, besando su frente—. Empezamos. El legado no es lo que dejamos atrás, sino lo que permitimos que florezca.
Bajo su liderazgo, la era de la fantasía antigua floreció, marcada por la paz y la armonía entre todas las criaturas.