novela juvenil de romance que demuestra que tanto se puede esperar a una persona por amor , también lo que es capaz de hacer una persona por proteger a ser que ama desde la niñez en sus vidas habrá mucho tropiezos y tendrá que salir de ese mundo oscuro para llegar a la persona que siempre la espero
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Versiones bajo juramento
La delegación olía a café frío y papeles viejos.
Eros estaba sentado frente a un escritorio metálico, las manos entrelazadas. Esta vez no había rabia desbordada.
Había consecuencias.
A su derecha estaba Mia , firme, con una carpeta abierta y la mirada calculadora.
Cerca de la puerta, Nehemia observaba en silencio.
Minutos después llegaron Diego y Mihjail r. No dijeron nada. Solo se ubicaron detrás, como respaldo.
El oficial comenzó.
—Se le acusa de agresión grave contra el señor Franco.
Eros respiró profundo.
—Sí lo golpeé.
Mia levantó la vista, pero no lo interrumpió. Habían acordado decir la verdad. Toda.
—Entré a la casa y lo golpeé —continuó Eros—. No voy a negarlo.
El oficial tomó nota.
—¿Motivo?
Eros sostuvo la mirada sin titubear.
—Violencia doméstica.
El bolígrafo se detuvo un segundo.
Explique.
Y entonces lo hizo.
Contó lo que vio.
Los moretones.
El niño encerrado.
Las amenazas.
Pero no se detuvo ahí.
—Y no es lo único.
El oficial levantó la vista.
—Hace casi dos años golpee a otro hombre. Primo de Franco.
El silencio en la sala fue total.
Mia no intervino. Era parte de la estrategia: adelantarse antes de que lo usaran en su contra.
—Está en coma —continuó Eros—. Yo fui responsable del golpe que lo dejó inconsciente.
El oficial intercambió miradas con su compañero.
—¿Está confesando otro delito?
—Estoy diciendo la verdad —respondió Eros con calma inesperada.
Tragó saliva.
—Y si a Franco realmente le importara su primo, sabría perfectamente dónde está hospitalizado.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
Nunca lo ha ido a ver.
Esa afirmación quedó flotando.
—Nunca preguntó por él. Nunca pagó nada. Nunca apareció en la clínica.
Mihjail apretó la mandíbula, pero se mantuvo en silencio.
—Lo único que hizo fue usarlo como amenaza —agregó Eros—. Como todo lo demás.
Mia intervino por primera vez.
—Mi cliente está dispuesto a colaborar plenamente. Pero también vamos a presentar una contradenuncia por chantaje, amenazas y violencia doméstica.
El oficial asintió con seriedad.
La situación ya no era una simple pelea.
Era algo más grande.
Mientras tanto…
En la casa, Amber terminaba de ponerse un abrigo. A su lado estaban Aslan , listos para acompañarla.
Sus manos temblaban, pero su voz no.
—Vamos.
El trayecto a la delegación fue silencioso.
Cuando llegó, pidió hablar con un oficial distinto al que llevaba el caso de Eros.
Quiero poner una denuncia —dijo con firmeza—. Contra mi esposo.
Nombró a Franco sin vacilar.
Relató todo.
Los golpes.
Las amenazas.
El video íntimo.
El chantaje constante.
La presión para casarse.
El oficial la escuchó con atención.
—¿Tiene pruebas del video?
Amber bajó la mirada un segundo.
No. Él lo tiene.
—¿Ha visto el archivo recientemente?
—No.
Se hizo una anotación.
En otra sala de la misma delegación, Franco ya había sido entrevistado.
Su versión era distinta.
—No existe ningún video —dijo con tono ofendido—. Eso es mentira. Me quiere arruinar porque la dejé.
Negó el chantaje.
Negó las amenazas.
Negó todo.
Y mi primo —añadió con falsa indignación—. Lo dejaron tirado y ahora quieren culparme.
Pero cuando le preguntaron si lo había visitado en el hospital, dudó apenas una fracción de segundo.
Suficiente para que el oficial lo notara.
Horas después, ambos procesos quedaron oficialmente abiertos.
Eros no pasaría la noche en la celda.
Quedaría bajo investigación, con medidas cautelares.
Amber salió de la oficina con la denuncia firmada.
Era la primera vez que el miedo no dictaba su decisión.
La guerra ya no era solo emocional.
Ahora estaba escrita.
Y aunque Franco negara la existencia de cualquier video…
Todos sabían algo.
Si realmente no existiera, no lo habría usado durante tanto tiempo como arma.
__________
La delegación comenzaba a vaciarse cuando les permitieron verse unos minutos.
Amber entró a la pequeña sala con los ojos hinchados. No era solo el cansancio.
Era el peso de años callando.
Eros estaba sentado al otro lado de la mesa. Cuando la vio, se puso de pie de inmediato.
Por un segundo ninguno habló.
Luego Amber se acercó.
Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera controlarlas.
—Perdóname… —susurró.
Eros frunció el ceño.
—¿Por qué estás pidiendo perdón tú?
Ella negó con la cabeza.
—Porque todo esto… llegó demasiado lejos.
Respiró hondo, intentando ordenar las palabras.
—Yo sabía que lo que estaba haciendo le estaba haciendo daño a nuestro hijo… —su voz se quebró—. Lo estaba aislando. Lo estaba acostumbrando al miedo.
Eros apretó los puños, pero no dijo nada.
—Franco me amenazaba con el video… y también con lo que sabía de ti, de su primo. Yo tenía miedo de que te denunciara. Tenía miedo de que te llevaran preso
Lo miró directamente.
—Y tenía tanta vergüenza… que preferí quedarme callada. Preferí aguantar. Pensé que así los protegía.
Eros retrocedió un paso.
Por un momento, la rabia volvió a encenderse.
—¡No tenías que lidiar con eso sola! —su voz salió más fuerte de lo que pretendía.
Amber se estremeció.
—Tenías que decírmelo. Tenías que confiar en mí.
Ella bajó la mirada.
No es que no confiara… —susurró—. Es que tenía miedo.
Silencio.
Eros respiraba agitado, pero ya no era furia contra ella.
Era frustración.
—¿Pensaste que yo no iba a soportarlo? —preguntó más bajo.
Amber negó.
—Pensé que ibas a hacer exactamente lo que hiciste… —dijo con dolor—. Ibas a perder el control.
Eso lo dejó sin respuesta.
Porque era verdad.
Pasaron unos segundos largos.
Luego Eros dio un paso hacia ella.
Y la abrazó.
Con cuidado de no tocarle los moretones.
—No vuelvas a cargar algo así sola —murmuró contra su cabello—. Nunca más.
Amber se aferró a él como si el mundo dependiera de ese abrazo.
—Eros… —su voz temblaba—. Puedes ir a la cárcel.
La palabra quedó suspendida entre ellos.
Él se apartó apenas para mirarla.
Sus ojos verdes ya no estaban encendidos de rabia.
Estaban firmes.
—Confiaremos en lo que diga la justicia.
Amber negó suavemente, angustiada.
—¿Y si te hacen pagar por lo del primo?
Eros sostuvo su rostro con delicadeza.
—Si tengo que pagar, pago.
No había orgullo en su voz.
Solo responsabilidad.
Pero no voy a permitir que sigas viviendo con miedo.
Amber lloró en silencio.
Por primera vez, no era un llanto de impotencia.
Era un llanto de liberación.
Habían cometido errores.
Habían guardado secretos.
Pero en ese momento, frente a frente, entendieron algo esencial:
El enemigo no era la verdad.
Era el silencio que los había separado.
Y esa noche…
Por fin estaban del mismo lado.