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La Sustituta Del Don Viudo

La Sustituta Del Don Viudo

Status: Terminada
Genre:Mafia / Tú no me amas / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Edna Garcia

Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.

Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.

Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.

Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.

NovelToon tiene autorización de Edna Garcia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

El galpón del crematorio estaba silencioso esa tarde.

Cajas antiguas ocupaban estanterías olvidadas, registros polvorientos de historias concluidas. Para el empleado nuevo, aquello era solo trabajo burocrático: papeles, nombres, direcciones, fechas.

Nada más.

Al abrir uno de los baúles lacrados, encontró una urna simple, acompañada de documentos antiguos. El nombre llamó su atención: Bruna Mendes.

En el formulario, había una observación escrita a mano, ya amarillenta por el tiempo:

"Cenizas mantenidas bajo responsabilidad. No entregar al familiar".

Pero el empleado no conocía aquella historia. No sabía de órdenes antiguas, ni de dolores guardados a la fuerza. Para él, aquello parecía solo un error administrativo.

—Extraño... —murmuró, verificando los datos—. La dirección está aquí.

Mansión Mendes.

Sin pensar mucho, siguió el procedimiento estándar.

Tres días después, una caja discreta llegó a la portería de la mansión.

—Entrega para el señor Álvaro Mendes —dijo el repartidor.

Rubens recibió el paquete y frunció el ceño al ver el remitente.

—Voy a llevarlo personalmente.

Álvaro estaba en el despacho cuando Rubens entró.

—Ha llegado un paquete —dijo, colocando la caja sobre la mesa.

—Yo no he pedido nada —respondió Álvaro, sin apartar los ojos de los documentos.

Rubens observaba en silencio.

—Viene del crematorio.

El aire cambió.

Álvaro levantó la mirada lentamente.

—¿De qué?

Rubens no respondió. Solo se alejó un paso.

Álvaro se levantó con rigidez y abrió la caja con las manos que comenzaban a temblar.

Cuando vio la urna, el mundo pareció contraerse a su alrededor.

—No... —murmuró—. Esto no... ¡estás aquí!

La tapa cayó al suelo.

El nombre grabado era inconfundible.

Bruna.

El sonido del pasado invadió todo.

El olor del galpón.

El cuerpo frío.

El grito que nunca salió de la garganta.

Álvaro sujetó la urna con fuerza, como si temiera que desapareciera nuevamente.

—Volviste... —susurró—. Volviste a casa.

Rubens sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Señor... —intentó decir—. Voy a llamar a Cláudio.

—No —interrumpió Álvaro, seco—. Sal.

Rubens titubeó.

—Álvaro...

—¡Sal! —gritó, algo raro demasiado para no asustar.

Rubens salió.

Álvaro cerró la puerta del despacho y permaneció allí por horas.

Hablaba bajo.

Pasaba los dedos por la urna.

Apoyaba la frente en ella.

—Mintieron... —murmuraba—. Intentaron quitarte de mí otra vez.

Ayslan pasó por el corredor más tarde y le extrañó el silencio absoluto. Llamó a la puerta del despacho.

—¿Álvaro?

Ninguna respuesta.

Intentó girar el pomo.

Cerrado con llave.

—Álvaro, soy yo...

Del otro lado, él susurraba algo que ella no conseguía oír claramente.

Pero una frase atravesó la puerta como una lámina:

—Ahora está todo completo... volviste.

A Ayslan sintió el cuerpo helarse.

Cuando él finalmente salió del despacho, horas después, era otro hombre.

La mirada perdida.

La postura rígida.

La presencia pesada.

—¿Dónde estabas? —ella preguntó, intentando mantener la calma.

Álvaro pasó por su lado sin responder, llevando la urna consigo.

—Álvaro... —insistió—. ¿Qué es eso?

Él se detuvo lentamente y la encaró.

—Es mi esposa —dijo, con la voz vacía—. La verdadera.

El mundo de Ayslan pareció derrumbarse.

—Necesitas descansar... —ella intentó.

—No hables —él interrumpió—. Tú nunca entenderás.

Él subió las escaleras con la urna en los brazos.

Ayslan permaneció parada, sintiendo el corazón dispararse.

Algo estaba mal.

Muy mal.

Aquella noche, ella lo oyó hablando solo en el cuarto.

Hablando con alguien que no estaba allí.

Y, por primera vez desde que llegara a aquella casa, Ayslan sintió miedo de verdad.

No por ella.

Sino por el hijo que llevaba.

Y, en aquel instante, sin aún admitirlo, ella supo:

El hombre que estaba mejorando...

...había desaparecido.

Y el pasado, que nunca debería haber vuelto, ahora dominaba todo.

El cuarto estaba listo.

Cada detalle había sido pensado con cuidado. Las paredes en tonos claros, la cuna de madera delicada, el sillón próximo a la ventana, la luz suave que entraba al final de la tarde. Había juguetes organizados, ropas dobladas con celo, el olor limpio de algo nuevo.

Era un cuarto de esperanza.

Ayslan entró despacio, como hacía todos los días. Le gustaba quedarse allí algunos minutos en silencio, imaginando el futuro, sintiendo al bebé moverse levemente en su vientre.

Pero aquella tarde, algo estaba diferente.

El aire parecía pesado.

Ella dio algunos pasos más... y paró.

En el centro del cuarto, sobre la cómoda blanca, había una urna.

Oscura.

Sólida.

Extraña en aquel lugar.

El corazón de Ayslan se disparó.

—No... —murmuró, casi sin voz.

Álvaro estaba allí.

De pie, de espaldas a ella, sujetando la urna con ambas manos, como si fuera algo precioso demasiado para ser soltado. La mirada fija en la cuna.

—Álvaro... —ella dijo, sintiendo las piernas temblar—. ¿Qué es eso?

Él se giró lentamente.

—Es donde ella debe quedar —respondió, con naturalidad aterradora.

A Ayslan sintió el suelo huir bajo sus pies.

—¿"Ella" quién?

Álvaro pasó los dedos por la tapa de la urna.

—Bruna —dijo—. Aquí es el lugar correcto.

—Álvaro... este es el cuarto de nuestro hijo —Ayslan habló, la voz fallando—. De nuestro bebé.

Él inclinó la cabeza, como si reflexionase.

—Justamente —respondió—. Ella debería haber conocido al hijo. Ahora... va a estar cerca.

A Ayslan llevó la mano al vientre instintivamente, como si quisiera proteger al bebé de aquel ambiente.

—Esto no es normal —dijo, en un hilo de voz—. Necesitas ayuda.

La mirada de Álvaro se oscureció.

—No digas eso —respondió—. Tú no entiendes lo que es perder todo.

—Yo entiendo el dolor —ella replicó, con coraje trémulo—. Pero esto aquí... esto es demasiado.

Álvaro dio algunos pasos por el cuarto, observando los detalles.

—Me equivoqué al intentar olvidar —dijo—. Me equivoqué al creer que podía seguir adelante. Todo esto... —apuntó hacia la cuna— fue una ilusión.

A Ayslan sintió las lágrimas escurrirse.

—Nuestro hijo no es una ilusión —dijo—. Él es una vida.

Álvaro se acercó a la cuna y apoyó la mano en la madera.

—Él es lo que restó —respondió—. Lo que debería haber sido de ella.

El silencio que se siguió fue devastador.

A Ayslan respiraba con dificultad.

Allí, en aquel cuarto perfecto, algo se había roto de forma irreversible.

—Quita eso de aquí —ella pidió, casi implorando—. Por favor.

Álvaro la encaró.

—No —respondió, frío—. Aquí es el lugar de ella.

A Ayslan retrocedió un paso.

No discutió más.

No lloró alto.

No imploró de nuevo.

Ella entendió.

No había espacio para ella allí.

Ni para el bebé.

Aquel cuarto, que antes representaba futuro, ahora era un altar para el pasado.

Y en aquel instante, Ayslan supo con una claridad dolorosa:

Si se quedaba...

...su hijo crecería siendo una sombra.

Ella salió del cuarto en silencio.

Álvaro permaneció allí, solo, delante de la cuna y de la urna.

Y lo que él no percibió —o no quiso percibir— era que, al colocar a Bruna en aquel cuarto...

...él había expulsado a Ayslan de su propia vida.

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