Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 24
El motor del Merodeador se extinguió con un último estertor metálico, dejando tras de sí un silencio que pesaba más que el propio blindaje. Dentro de la cabina, el cambio fue instantáneo. Sin el zumbido constante de la maquinaria, el frío del exterior comenzó su asedio silencioso, filtrándose por las juntas del acero como un espectro hambriento.
—Detengámonos aquí —ordenó Saori. Su voz sonó pequeña en la penumbra, apenas un susurro que el metal frío pareció devorar.
Al exhalar, el vaho de su respiración chocó contra el tablero de control, convirtiéndose en una neblina blanquecina que se disipaba lentamente. Cada vez que uno de los ocupantes respiraba, el aire cálido de sus pulmones luchaba un segundo contra la atmósfera gélida antes de rendirse. Saori miró por el cristal reforzado; el mundo afuera era un océano blanco y hostil donde la visibilidad era nula. Sabía que los callejones cercanos debían estar atestados de cuerpos congelados y mutantes esperando el amanecer, amontonados unos sobre otros para conservar un rastro de calor vital. El Merodeador se sentía como una pequeña caja de metal perdida en medio de un vacío absoluto.
—Hace un rato saqué los abrigos térmicos —dijo Saori, su voz vibrando levemente por un escalofrío—. Pónganselos todos. No podemos permitirnos una neumonía ahora.
Naoko asintió mientras ayudaba a los niños a envolverse en las pesadas capas de plumón y fibra sintética. Aunque Naoko poseía una habilidad sanadora incipiente, ambas sabían que la magia médica consumía energía que preferían reservar para heridas de combate. En este nuevo mundo, enfermarse de algo tan común como una gripe podía ser una sentencia de muerte indirecta.
—No percibo nada cerca —continuó Saori, cerrando los ojos para concentrarse en su mapa mental—. Los animales mutantes y los zombis han evolucionado, pero su instinto de preservación sigue siendo primario. Ahora mismo, cualquier cosa que respire está escondida en túneles o sótanos.
La idea de esos lugares —estaciones de metro o callejones estrechos— le provocó una náusea súbita. Se los imaginaba como hormigueros de carne muerta y congelada, esperando el primer rayo de sol para reactivarse.
Con un movimiento fluido, Saori activó el mecanismo para inclinar los asientos. El espacio era reducido, una coreografía de extremidades y telas gruesas, pero pronto todos se acomodaron para dormir abrazados, compartiendo el calor corporal como la única moneda de cambio contra la hipotermia.
—Haruto, acércate —llamó Saori.
El cuerpo de Haruto emitía un calor natural sutil pero constante. Para él, el ambiente bajo cero se sentía como una brisa fresca de primavera. Por eso, sin dudarlo, Naoko le entregó a la pequeña Tesha. La bebé, envuelta en mantas, encontró refugio en el pecho cálido del joven usuario de fuego y dejó de sollozar casi al instante.
—Si usara mi habilidad ahora mismo para calentarlos... —comenzó Haruto, mirando el techo bajo del vehículo.
—Sería un suicidio —lo cortó Saori—. Consumirías el poco oxígeno que nos queda en este espacio cerrado y el humo nos asfixiaría. Tenemos que aguantar así.
La calefacción del Merodeador permanecía apagada por una razón lógica y cruel: el combustible era oro líquido. Aunque Saori había drenado los tanques de cada vehículo abandonado en la autopista, cada litro estaba estrictamente reservado para garantizar que llegaran a la Ciudad Z-2. No podían desperdiciar ni una gota en comodidad.
Para mitigar el desánimo, Saori se concentró en su Almacenamiento. Un parpadeo mental y, de la nada, aparecieron varios termos humeantes.
—Chocolate caliente —anunció, y por primera vez en horas, hubo una chispa de alegría en los ojos de los niños.
Era una ironía deliciosa y amarga a la vez. Semanas atrás, ese chocolate granulado habría sido parte de los suministros médicos básicos o un simple capricho de despensa; ahora, era el combustible místico que mantenía a Saori funcionando y el único recordatorio de que alguna vez fueron humanos que disfrutaban de las cosas simples. El dulce aroma del cacao inundó la cabina, mezclándose con el olor a cuero y metal frío.
Una vez terminaron de beber, el silencio regresó, pero esta vez era más tolerable.
—Yo haré la primera guardia —sentenció Saori, mirando a Max—. El perro y yo podemos notar cualquier signo de vida a gran distancia. Somos los sensores de esta caja de acero.
Max, el enorme perro mutante, abrió un ojo y emitió un suspiro profundo, acomodando su cabeza sobre las piernas de Saori. Sus instintos estaban alerta; el animal podía sentir las vibraciones del suelo incluso a través del chasis blindado.
—Duerman —susurró Saori—. Mañana el desierto nos recibirá con su propia versión del infierno, y Alexander Walker no es alguien que espere a los cansados.
Mientras los demás caían en un sueño pesado y entrecortado, Saori se quedó mirando la escarcha que comenzaba a formarse en el interior de la escotilla. El frío era el mayor peligro, sí, pero también era su protección. Mientras la Ola mantuviera a los monstruos congelados en sus nidos, ellos tenían una oportunidad.
Apoyó la cabeza contra el cristal frío, sintiendo la inmensidad del apocalipsis afuera. Ella era la arquitecta de este viaje, la que había robado el destino de una novela para salvar a este grupo de personas. Y mientras el chocolate caliente seguía quemando suavemente en su estómago, se prometió que, sin importar cuántos Alexander Walker o monstruos de hielo encontraran, esa pequeña caja de metal llegaría a su destino.
El eco de los pasos de Haruto resonaba contra las paredes de metal corrugado del almacén abandonado. El aire aquí dentro estaba estancado, cargado de un olor a aceite rancio y polvo acumulado por décadas, pero era un refugio sólido. Al fondo, la silueta masiva de un camión de transporte pesado, reforzado con planchas de acero improvisadas, brillaba débilmente bajo la luz de sus linternas. Era el vehículo que necesitaban para cruzar el páramo antes de que la nieve negra lo cubriera todo.
—Abran el portón trasero —ordenó Haruto, su voz cortante y desprovista de la calidez que solía tener en su "otra" vida—. Metan el coche pequeño en la zona de carga. No dejaremos nada atrás.
El grupo se movió con una eficiencia mecánica. Habían pasado la tarde saqueando suministros en una zona comercial cercana, donde Amaya, haciendo gala de su habilidad de almacenamiento, había hecho desaparecer estanterías enteras de comida enlatada y herramientas. Era útil, sí, pero Haruto no podía evitar sentir que cada objeto que ella guardaba era un hilo más en la red que ella intentaba tejer a su alrededor.
—Prepararé la cena —anunció Megumi, dejando caer su mochila con un suspiro de cansancio.
Haruto solo asintió, apoyándose contra una columna de hormigón mientras observaba el mapa táctico en su mente.
—¡Yo te ayudaré! —exclamó Amaya con una energía que resultaba forzada en medio de aquel silencio sepulcral.
Con un movimiento grácil, Amaya activó su habilidad. En un parpadeo, una pequeña cocinita de gas de camping, utensilios relucientes y bolsas de verduras frescas aparecieron sobre una caja de madera. Era una demostración de poder innecesaria, un recordatorio de que ella poseía la "llave" de su supervivencia.
Daichi se acercó a Haruto, cruzándose de brazos. Había estado observando a su amigo durante horas, notando la tensión en su mandíbula y la frialdad de su mirada.
—Hace rato que te veo algo extraño, Haru —murmuró Daichi lo suficientemente bajo para que los demás no escucharan—. Sucede algo? Estás... diferente.
Haruto soltó una risa seca, carente de humor, que erizó el vello de los brazos de su amigo.
—¿Además de que el mundo se fue a la mierda, Daichi? No, la verdad nada más puede ser peor.
Daichi hizo una mueca de disgusto. Conocía a Haruto desde la infancia y sabía que ese cinismo era su armadura cuando algo le carcomía las entrañas. Lo que Daichi no sabía era que Haruto no estaba solo preocupado por los zombis, sino por el guion de una novela que ya había terminado una vez en tragedia por culpa de la mujer que ahora picaba cebollas a pocos metros.
—¡Ah! —el chillido de Amaya rompió la calma del almacén.
El sonido fue agudo, una nota de puro drama que hizo que Nami se pusiera en guardia y Megumi soltara la cuchara de madera. Todos giraron la cabeza hacia la improvisada cocina.
—¡Lo siento! —exclamó Megumi, aunque su rostro no mostraba mucha culpa, sino más bien desconcierto.
Al parecer, mientras Megumi servía unas verduras salteadas, un pequeño trozo había caído sobre el dorso de la mano de Amaya. La chica retrocedió, sujetándose la muñeca como si hubiera sido alcanzada por metralla, con los ojos anegados en lágrimas que parecían brotar a voluntad.
Haruto se acercó lentamente, su mirada fija en la supuesta herida. Miró su mano; apenas tenía un leve enrojecimiento por un trozo de verdura. No había ampollas, no había hinchazón, ni siquiera salía humo. Era una marca insignificante que desaparecería en cinco minutos, pero Amaya la sostenía como si estuviera a punto de perder el miembro.
Mai, que estaba sentada afilando un cuchillo, dejó escapar un suspiro de fastidio que resonó en todo el almacén.
—Siéntate, Amaya —dijo Mai sin siquiera mirarla—. Solo estás estorbando a Megumi.
—Yo... solo quería ser útil... —balbuceó Amaya, su voz temblando en un vibrato calculado.
Ignorando el comentario de Mai, Amaya buscó con la mirada a Haruto. Se acercó a él con pasos cortos, encogiéndose, con una mirada lamentable que en su vida pasada habría hecho que Haruto corriera a consolarla, a maldecir a Megumi y a prometerle protección eterna. Pero esta vez, el truco era demasiado burdo. La manipulación se sentía como una lija raspando su paciencia.
—Lo siento, Haruto... —murmuró ella, extendiendo la mano levemente enrojecida—. No puedo ayudar... soy una carga, ¿verdad?
Haruto realmente se estaba molestando. Solo habían pasado unos pocos días desde el colapso, y esta chica no dejaba de traer problemas innecesarios y actuar de forma victimizada. En la novela original, este era el momento en que ella consolidaba su papel de "corazón del grupo", la damisela que todos debían cuidar. Ahora, bajo la lente de su segunda vida, Haruto solo veía a una actriz mediocre en un escenario desolado.
—Si no puedes ayudar con la comida, ve a revisar el inventario de las mantas —respondió Haruto, su voz fría como el hielo que empezaba a formarse afuera—. Y Amaya... deja de llorar. No tenemos agua que desperdiciar en lágrimas por una zanahoria tibia.
Amaya se quedó paralizada. El rechazo fue directo y cortante. Daichi miró a su amigo con sorpresa; nunca había visto a Haruto tratar a la hermana de su mejor amigo con tanta indiferencia.
—Vayan a descansar —sentenció Haruto, dándoles la espalda—. Mañana cruzaremos la frontera del sector. Necesito que todos estén alertas, no distraídos por tonterías.
Se alejó hacia la oscuridad del fondo del almacén, sintiendo el calor de su propia habilidad de fuego bullendo bajo su piel. En su mente, una notificación del sistema parpadeó débilmente, recordándole que su cuerpo necesitaba adaptación. Pero más que el dolor físico de sus nuevas habilidades, lo que más le pesaba era el asco de saber que, por ahora, su supervivencia dependía de la mujer que más despreciaba.
Se prometió a sí mismo que, en cuanto encontraran a otro usuario con almacenamiento en los refugios de la Ciudad Z, Amaya sería historia. Pero mientras tanto, tendría que soportar el teatro, asegurándose de que, esta vez, el "protagonista" no cayera en la misma trampa de miel y espinas.
Afuera, el viento comenzó a aullar, anunciando la llegada de la nieve gris. Dentro, el grupo comía en un silencio tenso, dándose cuenta de que el mundo no era lo único que había cambiado; su líder se estaba convirtiendo en algo mucho más peligroso que cualquier mutante.
El motor del camión de transporte pesado rugía en el interior del almacén, pero Haruto apenas lo oía. Se encontraba sentado en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en el tablero polvoriento mientras el resto del grupo terminaba de cargar los suministros. En el exterior, el cielo se teñía de un violeta fúnebre y los primeros cristales de nieve negra comenzaban a golpear las chapas de metal del techo con un repiqueteo incesante.
Sin embargo, para Haruto, el frío no provenía del invierno nuclear que se avecinaba, sino de una marea de recuerdos que amenazaba con ahogarlo.
Haruto cerró los puños hasta que sus nudillos blanquearon. El dolor físico del agarre era lo único que lo mantenía anclado al presente. Había comprendido la verdad hacía apenas unos días: su existencia no era un simple accidente cósmico. En su primera vida fue Haruto, el protagonista ciego y manipulable de una historia de tragedia. En la segunda, fue el heredero de una familia acomodada que leyó esa misma historia impresa en papel, odiando cada decisión de aquel "héroe" sin saber que se odiaba a sí mismo. Ahora, ambas existencias se habían fusionado. El conocimiento del lector y el trauma del superviviente colisionaban en un solo hombre.
Recordó con una nitidez dolorosa la confesión de Amaya en su vida pasada. Sucedió años después del colapso, cuando los zombis ya no eran la mayor amenaza y la "civilización" intentaba gatear sobre las cenizas. Una noche, bajo los efectos del alcohol y una falsa sensación de seguridad, ella se lo contó todo. Sus ojos brillaban de orgullo mientras admitía haber empujado a Yuna hacia los zombis o haber entregado a Megumi a esos hombres.
—Cada palabra era un puñal —susurró Haruto para sí mismo, sintiendo una náusea profunda—. Ella no era una sobreviviente; era un monstruo disfrazado de víctima.
El flashback lo golpeó con la fuerza de un impacto sónico. En su mente, volvió a ver la puerta del búnker cerrándose. Saori golpeando el metal desde el otro lado, pidiendo auxilio. Amaya, con lágrimas de cocodrilo, gritando que Saori había sido mordida, que ya era demasiado tarde. Aquella mentira no solo condenó a Saori a la soledad, sino que rompió el vínculo con Sora, quien abandonó el grupo con el corazón destrozado. Haruto, en su estupidez "heroica", abrazó a la mentirosa para consolarla.
Sintió el peso de la culpa oprimiéndole el pecho. Se sentía responsable por cada vida perdida, por cada aliento extinguido. ¿Cómo no lo vio? ¿Cómo pudo llamar amor a esa necesidad enfermiza de proteger a quien lo estaba destruyendo todo desde dentro?
—¿Haruto? ¿Estás bien? —La voz de Daichi lo trajo de vuelta. Su mejor amigo lo miraba con preocupación desde el suelo del almacén.
Haruto respiró hondo, tratando de estabilizar su ritmo cardíaco. Necesitaba espacio para respirar, para no dejar que el odio lo consumiera antes de tiempo.
—Solo estoy pensando en la ruta, Daichi. No te preocupes.
Pero el silencio solo permitía que las sombras volvieran. Recordó a Yuna. Ella siempre había sido la más fuerte, la más reacia a confiar en extraños, pero aceptó acompañar a Amaya a "revisar el perímetro" solo porque no quería dejarla sola. Amaya la empujó directamente hacia una horda de caminantes. Yuna se dobló el tobillo al caer; Haruto aún podía imaginar el sonido del hueso rompiéndose y el grito de su amiga siendo devorada mientras él, a kilómetros de distancia, pensaba que Amaya era "demasiado valiente".
Y luego estaba Megumi. Haruto siempre cargó con la culpa de su muerte, creyendo que ella había sido víctima de una disputa que él mismo tuvo con un líder de banda en un refugio. Pero la verdad era mucho más sucia. Amaya la emborrachó a propósito y la metió en la habitación de aquel sujeto, sabiendo lo que pasaría. Megumi murió degollada tras ser denigrada por cuatro hombres, y Amaya regresó con Haruto sollozando, diciendo que "no pudo llegar a tiempo para salvarla".
Incluso Nami, la mujer con la que mejor se llevaba Haruto, no escapó de la purga. Amaya le llenó la cabeza con mentiras, diciéndole que Haruto la rechazaba porque estaba enamorado de ella. Cuando Nami bajó la guardia, Amaya la sedó y la llevó a un salón en mitad de un bosque. Cuando Nami despertó, estaba amarrada a un cable, obligada a correr mientras los zombis la cazaban como a un animal de feria. Mientras eso pasaba, Haruto dormía plácidamente en una cama tibia, arrullado por la mujer que acababa de asesinar a su mejor apoyo.
Finalmente, Mai. La única que siempre sospechó, la única que cuestionó el relato de la mordedura de Saori. Cuando ambas fueron secuestradas, Haruto solo encontró a Amaya con vida. Ella le contó una historia épica de cómo los secuestradores ejecutaron a Mai frente a sus ojos. Mentira. Amaya la mató porque Mai sabía demasiado.
Haruto abrió los ojos y miró a través del parabrisas. Amaya estaba allí afuera, ayudando a acomodar unas cajas con esa sonrisa dulce y servil que ahora le resultaba repulsiva. Cada vez que la miraba, veía los fantasmas de sus amigos rodeándola, reclamando justicia.
—Había perdido a alguien importante de nuevo... —murmuró, recordando el momento en que se quedó solo con ella en su vida anterior.
Pero esta vez, el final no sería el mismo. Haruto ya no era el protagonista idiota sediento de heroísmo barato. Era un hombre roto, sí, pero un hombre que conocía la trama. Había salvado a Near, había cambiado el destino de Saori y Sora, y ahora tenía a su grupo —Daichi, Yuna, Megumi, Nami y Mai— vivos y despertando sus habilidades.
El sentimiento de culpa era su motor. No podía perdonarse por lo que hizo en el pasado, pero podía redimirse asegurándose de que, en esta línea temporal, Amaya fuera la que terminara bajo la nieve negra.
—Haruto, ya estamos listos —anunció Megumi, acercándose al camión. Ella estaba viva. Estaba radiante con su nueva habilidad de plasma, ajena al destino atroz que Haruto le había ahorrado.
Haruto asintió y arrancó el motor. El vehículo rugió, desafiando la tormenta que se avecinaba.
—Escuchen todos —dijo Haruto por el intercomunicador, su voz cargada de una determinación gélida—. Vamos a la Ciudad Z. Nadie se queda atrás. Nadie se aparta del grupo. Y sobre todo... no confíen en las lágrimas de nadie. El mundo ha cambiado, y nosotros también.
Mientras el camión salía del almacén y se adentraba en la blancura letal del exterior, Haruto miró por el retrovisor a Amaya. Ella le devolvió una mirada de supuesta adoración, pero él ya no veía a una mujer. Veía un monstruo que necesitaba ser contenido hasta que encontrara el momento de su eliminación. La deuda de sangre de su vida pasada estaba empezando a cobrarse, y él sería el verdugo.
El eco de la tormenta de nieve golpeaba las paredes metálicas del almacén con una violencia rítmica, como si el mundo exterior intentara reclamar el último refugio de calor que les quedaba. Dentro, la atmósfera no era menos gélida. Haruto permanecía de pie, observando el camión de transporte que acababan de asegurar. Su respiración creaba pequeñas nubes de vaho que se disipaban frente a sus ojos, pero su mente estaba en otra parte: en una vida que ya había terminado con un cuchillo hundido entre sus omóplatos.
—Tu único trabajo es guardar todo —sentenció Haruto, rompiendo el silencio con una voz que no admitía réplica—. No hagas nada más. Solo almacena cosas y no estorbes.
Haruto la miró con una frialdad que helaba más que la tormenta exterior. No había rastro del chico que alguna vez la protegió con una devoción ciega. Sin embargo, en la mente retorcida de Amaya, aquellas palabras se filtraron a través de un prisma de delirio. Para ella, que Haruto le ordenara no hacer nada no era un desprecio, sino una señal de que era demasiado valiosa para arriesgarse; una prueba de que él seguía bajo su hechizo.
Lo que ella no veía era el recuerdo que quemaba la garganta de Haruto. En su vida pasada, tras escuchar la confesión de cómo ella había asesinado uno a uno a sus amigos, él la había sacudido con una furia desesperada. No llegó a golpearla, pero el asco lo consumía de tal forma que decidió darle la espalda para marcharse, para alejarse de aquel monstruo. Fue entonces cuando sintió el acero frío.
"Todo fue por nuestro amor, cariño", le había susurrado ella mientras él caía de rodillas, con la sangre empapando su camisa. "Parece que ya no podemos estar juntos en esta vida, pero lo estaremos en la otra".
El presente regresó de golpe cuando Daichi, que conocía a Haruto mejor que nadie, notó el veneno en su voz. Daichi se cruzó de brazos, apoyado contra el chasis del camión, y cruzó una mirada de complicidad con su amigo. No necesitaba que Haruto le explicara nada; el instinto de Daichi siempre había sido su mayor fortaleza. Bajo la fachada de "niño bueno" que Haruto proyectaba hacia el resto del grupo, Daichi podía ver las grietas de una rabia homicida.
Sabía que su amigo estaba al límite de cometer un asesinato, pero también sabía que sin ese almacenamiento, todos morirían antes de llegar al refugio.
—Ella tiene razón en una cosa, Haru —murmuró Daichi, acercándose lo suficiente para que solo él lo oyera—. Es una carga, pero es una carga necesaria. Si la cortas ahora, nos quedamos sin suministros en mitad de la Ola.
Haruto apretó los dientes, sintiendo cómo el fuego de su habilidad de Logia pulsaba bajo su piel, deseando manifestarse y reducir a cenizas a la mujer que sonreía con falsa modestia a unos metros de distancia. Su mano derecha picaba, un tic nervioso que aparecía cada vez que pensaba en el cuchillo que ella le clavó en el pasado.
—Lo sé —respondió Haruto, con un tono tan bajo que pareció parte del viento—. Pero en cuanto encuentre a alguien más con esa habilidad... en cuanto vea a otro usuario de almacenamiento en la Ciudad Z, se acaba el teatro.
Daichi asintió con una seriedad que rara vez mostraba. Él también percibía que algo no encajaba con Amaya. Su habilidad de sonido le permitía captar las sutiles variaciones en el ritmo cardíaco de las personas, y el corazón de Amaya nunca latía con miedo, sino con una excitación enfermiza cada vez que había tensión en el grupo.
—La cena está lista —anunció Megumi, rompiendo la tensión.
El aroma del guiso de verduras, aunque sencillo, inundó el espacio. Se acomodaron en un círculo alrededor de una pequeña hoguera que Haruto mantenía encendida con su propia energía. No era una llama grande, solo lo suficiente para mantener el lugar a una temperatura habitable sin consumir el oxígeno del almacén.
Megumi sirvió las porciones con manos cuidadosas. Sus ojos, ahora teñidos por el poder del plasma, brillaban con una vitalidad que Haruto juró proteger a toda costa. Miró a Yuna, que comía con la eficiencia de un atleta, y a Nami, cuyas orejas de tigre se movían ante cada crujido del techo. Estaban vivos. Todos ellos. En su vida pasada, para esta fecha, la mitad ya habrían sido "accidentados" por las maquinaciones de Amaya.
—Mañana salimos al amanecer —ordenó Haruto, ignorando la mirada de adoración que Amaya intentaba lanzarle desde el otro lado del fuego—. Sora y Near nos llevan ventaja por la ruta principal, pero este camión tiene la potencia para alcanzarlos si no nos detenemos.
—El mundo realmente se siente diferente ahora —dijo Nami, acariciando el mango de su arma—. Como si las reglas hubieran cambiado.
—Han cambiado —sentenció Haruto, mirando fijamente las llamas—. La supervivencia ya no depende de la fuerza física, sino de quién conoce mejor los secretos de este infierno.
Haruto se recostó contra una caja de suministros, cerrando los ojos pero sin bajar la guardia. Sabía que Amaya lo observaba, planeando cómo volver a ser el centro de su universo. Pero él ya no era el protagonista de su novela. Era el verdugo de su propio destino. Cada latido de su corazón era una cuenta regresiva para la mujer que creía que la muerte era un acto de amor.
Mientras el grupo caía en un sueño inquieto, protegido por el calor de Haruto y el oído absoluto de Daichi, la tormenta afuera arreciaba. La Ciudad Z estaba cerca, y con ella, el encuentro con Alexander Walker. Haruto se prometió que, para cuando llegaran a las puertas del laboratorio, el grupo estaría limpio de traidores, incluso si eso significaba mancharse las manos con la sangre que el destino le debía desde su vida anterior.