El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 12
Sofía
Santiago seguía cojeando.
Pero eso no significaba que estuviera débil.
Al contrario.
Tenía toda la energía del mundo para discutir… y para molestarme.
Íbamos en la camioneta camino a nuestra casa.
Decir eso en mi cabeza todavía sonaba extraño. Incómodo. Incluso un poco absurdo.
Santiago y yo éramos mejores amigos durante años. Crecimos juntos, peleamos juntos, nos defendimos de medio mundo cuando éramos niños.
Para mí, durante mucho tiempo, él había sido como ese amigo gay que no es gay, el que todas las chicas tienen, el que entiende todo, el que escucha y luego se burla de ti.
Y ahora…
Íbamos a vivir juntos.
Casados.
La vida realmente tenía un sentido del humor bastante particular.
—Deja de hacer esa cara —dijo Santiago mientras conducía.
—¿Qué cara?
—La cara que haces cuando piensas demasiado.
—No estoy pensando demasiado.
—Claro que sí.
Rodé los ojos y miré por la ventana.
Cuando la camioneta giró finalmente hacia la calle donde estaba la casa, mi respiración cambió ligeramente.
Era hermosa.
Una de esas casas clásicas de la ciudad que sobreviven entre edificios modernos: fachada de ladrillo antiguo, balcones de hierro forjado y grandes ventanales con marcos blancos.
La puerta principal era de madera oscura, enorme, con detalles tallados.
Entramos.
Y el interior era aún mejor.
El piso del primer nivel era de madera pulida, con techos altos sostenidos por vigas visibles. Grandes ventanales dejaban entrar la luz natural que iluminaba todo el espacio.
Pero lo mejor estaba atrás.
El patio.
Era amplio, con un jardín que necesitaba cuidado pero que tenía un enorme potencial. Un árbol viejo dominaba el centro del espacio, rodeado por una terraza de piedra donde ya podía imaginar una mesa grande, cenas al aire libre y noches tranquilas.
Era perfecta.
Santiago caminó lentamente por el lugar mientras yo miraba todo con ojos brillantes.
—¿Entonces? —preguntó.
—Es perfecta.
El diseñador de interiores ya nos esperaba en la sala.
Era un hombre elegante, con gafas redondas y una libreta llena de bocetos.
—Bienvenidos —dijo con entusiasmo—. He preparado algunas propuestas.
Nos mostró varias muestras sobre una gran mesa.
—Podemos ir en varias direcciones —explicó—. Clásico renovado, contemporáneo cálido o boho chic.
Levanté inmediatamente una muestra.
—Boho chic.
Santiago tomó otra.
—Clásico.
Lo miré.
—¿Pero qué tan clásico?
—Clásico… clásico.
—Eso suena muy aburrido.
Santiago cruzó los brazos.
—Me gusta ese estilo para esta casa.
—Pero esta casa necesita vida.
—El estilo clásico tiene vida.
—No, tiene historia. Y polvo.
El diseñador nos miraba en silencio.
—Busquemos algo más ameno —dije.
Santiago suspiró.
—Sofía…
—¿Qué?
—No todo tiene que ser beige, cojines y plantas colgantes.
—¡Eso es elegante!
—Eso es caótico.
Empezamos a discutir sobre colores, texturas, cortinas, muebles y hasta sobre las lámparas.
—Eres muy infantil para tener treinta años —le dije finalmente.
Santiago me miró con incredulidad.
—¿Infantil?
—Sí. Infantil.
Él hizo ese gesto arrogante que tanto me irritaba.
Ese gesto que decía: voy a destruir tu argumento en tres segundos.
Abrió la boca para responder…
Pero su teléfono empezó a vibrar.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió ligeramente.
—Un momento —dijo alejándose.
Yo suspiré y seguí revisando las muestras sobre la isla de la cocina.
Elegí algunas tabletas de colores claros para las paredes.
Lino, blanco cálido, tonos arena.
Mi teléfono empezó a sonar.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Demasiadas.
Estaba sobre el mostrador de la cocina.
Lo tomé.
La pantalla decía: Luciano.
Contesté.
—¿Qué pasa?
Pero la voz que escuché al otro lado… no era la de siempre.
Luciano nunca lloraba.
Jamás.
Ni siquiera cuando éramos niños.
—Sofi…
Mi estómago se cerró.
—¿Qué pasó?
Hubo un silencio roto por una respiración temblorosa.
—Mataron a papá.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué?
Las palabras salieron como un susurro.
—No… no puede ser.
Mis piernas se debilitaron.
El teléfono empezó a resbalar de mis manos.
De pronto Santiago estaba frente a mí.
No sé en qué momento llegó.
Tomó el teléfono de mi mano.
—Luciano.
Su voz era fría.
Dura.
Escuchaba mientras caminaba unos pasos lejos.
Yo no escuchaba nada.
El sonido de la sangre golpeando mis oídos era lo único que existía.
Santiago volvió a mi lado.
Me rodeó con sus brazos.
Sentí sus labios en mi cabeza.
Un beso suave.
Protector.
—Tranquila —murmuró.
Pero su voz sonaba diferente.
No tranquila.
Furiosa.
—Voy para allá —dijo finalmente al teléfono.
Colgó.
Yo seguía sin poder hablar.
—Sofía —dijo él suavemente.
Lo miré.
—Tenemos que irnos.
Asentí.
Pero mis manos temblaban.
Mi mundo… acababa de romperse.
Y en el fondo de los ojos de Santiago…
Había algo mucho más peligroso que la tristeza.
Había guerra.