¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?
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capitulo 7
Dante me miró con una ceja arqueada, claramente sorprendido por mi intervención. Mi padre, derrotado, firmó los documentos con manos temblorosas.
Al salir del edificio, la lluvia había cesado. Dante caminaba a mi lado, sus pasos sincronizados con los míos.
—Has estado muy callada ahí dentro —dijo mientras subíamos al coche.
—No había mucho que decir. Mi padre es un mal administrador y tú eres un tiburón. Solo he acelerado lo inevitable.
—Tienes instinto para los negocios, Zoe. Elena habría pasado todo el tiempo quejándose de que el aire acondicionado estaba demasiado fuerte o de que su café no era de marca.
—No me compares con ella, Dante. Ya te dije que somos diferentes.
—Lo sé —murmuró él, y esta vez su tono no tenía rastro de sarcasmo—. Me estoy dando cuenta de que eres mucho más peligrosa que ella. Elena solo quería mi dinero. Tú... tú me obligas a pensar.
Regresamos a la mansión al atardecer. Arthur ya había vuelto y nos informó que la cena estaba servida. Comimos en un silencio inusual, un silencio que ya no se sentía incómodo, sino cargado de una expectativa eléctrica. Al terminar, Dante no se fue a su despacho de inmediato. Se quedó de pie junto al ventanal del comedor, mirando la oscuridad del jardín.
—Mañana salgo de viaje —dijo de pronto—. Tengo que ir a Nueva York para cerrar la adquisición de una tecnológica. Estaré fuera tres días.
Sentí un extraño vacío en el estómago al escucharlo. ¿Por qué me importaba que se fuera?
—Está bien. Aprovecharé para pintar sin que me vigiles —respondí, tratando de sonar indiferente.
Él se giró y caminó hacia mí. Se detuvo a poca distancia, su sombra proyectándose sobre mí.
—No creas que porque no esté aquí dejaré de saber qué haces, Zoe. Arthur me informará de cada paso que des. Y recuerda... no entres en mi despacho. Bajo ninguna circunstancia.
—¿Qué tienes ahí dentro que te asusta tanto, Dante? ¿Cuerpos escondidos?
—Algo mucho peor —dijo él con una sonrisa sombría—. Secretos que podrían destruir este pequeño mundo de fantasía que hemos construido.
Se inclinó y, por un segundo, su mano rozó mi mejilla. Fue un contacto tan ligero que podría haber sido producto de mi imaginación, pero dejó un rastro de fuego en mi piel.
—Buenas noches, esposa sustituta —dijo antes de desaparecer por el pasillo.
Aquella noche, el sueño se me escapó. Me daba vueltas en la cama, pensando en el contrato, en mi madre, en el rostro de decepción de mi padre y, sobre todo, en la mirada de Dante. "Cien días", me repetía a mí misma. Pero ahora que él sabía la verdad, cada día se sentía como una eternidad y, al mismo tiempo, como un suspiro.
Me levanté a medianoche, sedienta. Al bajar a la cocina, pasé por delante del despacho de Dante. La puerta estaba entreabierta, una pequeña rendija de luz escapando desde el interior. Me detuve. Mi corazón latía desbocado. Él me había prohibido entrar, pero la curiosidad es una enfermedad que Zoe siempre había padecido.
Me acerqué a la puerta y empujé apenas un centímetro. La oficina estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por el ventanal y el monitor de un ordenador encendido. No había nadie. Dante debía de haberse ido a dormir.
Entré con sigilo, sintiéndome como una criminal. El despacho olía a él: papel viejo, tecnología y ese aroma masculino que me nublaba la razón. Caminé hacia el escritorio de caoba. Había carpetas apiladas con pulcritud. En el centro, había un marco de fotos dado la vuelta.
Lo tomé con manos temblorosas y le di la vuelta.
Era una foto de una mujer joven, rubia, con una sonrisa radiante y ojos llenos de vida. No era Elena. No era nadie que yo conociera. Pero lo que me heló la sangre fue la nota escrita a mano en el reverso, visible a través del cristal: *"Para Dante, mi único error. Perdóname por no poder amarte como querías"*.
Un ruido a mis espaldas me hizo soltar el marco sobre la mesa con un golpe seco.
—Te dije que no entraras aquí —la voz de Dante llegó desde la oscuridad, fría y cortante como una cuchilla de afeitar.
Me giré, con el corazón en la garganta. Él estaba en el umbral, con una bata de seda negra, su rostro sumido en sombras totales. No podía ver sus ojos, pero sentía su furia envolviéndome como una capa asfixiante.
—Dante, yo... solo buscaba agua —mentí, mi voz apenas un hilo.
—Mientes —dio un paso hacia la luz, y vi que sus facciones estaban contraídas por un dolor antiguo que intentaba ocultar tras la ira—. Has venido a buscar debilidades. Has venido a ver qué hay detrás del hombre que odias.
—No te odio, Dante —dije, y me sorprendí de la honestidad en mi propia voz.
—Deberías —se acercó al escritorio y tomó el marco de la foto, guardándolo en un cajón con un movimiento violento—. Porque ahora que has visto lo que no debías, no voy a dejar que te escapes tan fácilmente.
Me tomó del brazo y me sacó del despacho con una fuerza que me hizo jadear. Me llevó hasta el vestíbulo y me soltó frente a la escalera.
—Vete a tu habitación, Zoe. Y reza para que cuando vuelva de Nueva York, haya encontrado una razón para no enviarte de vuelta al infierno del que vienes.
Subí las escaleras sin mirar atrás, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a quemarme los ojos. Ya no era solo una suplantación. Era una guerra personal. Y en esa guerra, el primer prisionero no iba a ser mi padre ni mi hermana, sino mi propio corazón, que empezaba a latir al ritmo de un hombre que estaba tan roto como yo.
Mañana él se iría, y yo me quedaría sola en esta jaula de oro, con el fantasma de una mujer rubia y el eco de mi nombre pronunciado por unos labios que, a pesar de todo, deseaba desesperadamente volver a sentir cerca de los míos.