Camilo Casadiego es heredero único ,de los CASADIEGO con una gran responsabilidad, Pero sin intenciones de dejar herederos, su padres intervendrán para asegurar su legado.
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Planes
—Sabes, señorita… es un gusto. Bienvenida a la familia.
Camilo sonrió con naturalidad mientras se acomodaba el saco.
—Me encantaría quedarme a platicar, pero tengo una reunión importante. Llegaré temprano a casa.
Luego sacó una tarjeta y se la entregó a su madre.
—Mamá, ¿quieres por favor instalarla en su habitación? Les dejo esta tarjeta.
—Está bien, hijo —respondió Laura, notablemente contenta.
Camilo estaba por marcharse cuando Laura volvió a hablar.
—Ah, quería pedirte algo. ¿Puedes decirle a tu amigo que se comunique conmigo? Me gustaría hablar con él.
Camilo frunció el ceño.
—¿Sergio, mamá? ¿Y eso?
Laura sonrió con entusiasmo.
—Bueno… él se casará pronto. Me gustaría proponerle una boda doble.
Sol levantó la mirada sorprendida.
—¿No es muy rápido, señora? —dijo con cautela.
Laura negó con la cabeza.
—No, no lo es.
Camilo soltó una pequeña risa.
—Como tú quieras, mamá.
Miró el reloj.
—Bueno, me voy. Nos vemos en la tarde.
Cuando ya estaba saliendo, se volvió hacia su madre.
—Ah, casi lo olvido. La clave de la tarjeta es el día de mi cumpleaños.
Luego salió de la casa con una expresión llena de picardía y satisfacción, como un niño que acaba de conseguir exactamente lo que quería.
Mientras caminaba hacia su auto, una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Esa chica me enloquece… —pensó.
Pero enseguida se tranquilizó.
—Será solo por un tiempo. Me divertiré un poco, tranquilizaré a mi madre… y quizás pronto me divorcie.
Ignoraba por completo el acuerdo que su padre había hecho con Sol. Ni siquiera se preguntó cómo había llegado la joven a conocer a Guillermo o por qué su padre la había llevado a la casa.
La verdad… no le importaba demasiado.
Horas más tarde, Camilo y Sergio se encontraban en una de sus oficinas. Ambos revisaban documentos y celebraban las buenas noticias: la apertura de nuevos locales de venta.
—Esto es excelente —dijo Sergio—. Vamos a necesitar contratar mucho más personal.
Tomó el teléfono.
—Susan, ¿puedes venir un momento?
Segundos después, la secretaria entró al despacho.
Susan tenía cuarenta años, era madre soltera y una mujer muy profesional. Su presencia siempre imponía respeto.
—¿Sí, señor?
Sergio le entregó unos documentos.
—Lleva esto a recursos humanos. Que comiencen a trabajar en las nuevas vacantes.
—Claro, señor.
—Ah, y pide algo para comer. Puede ser comida china.
—¿Trabajarán hasta tarde? —preguntó ella—. ¿Debo quedarme?
—No, solo Camilo y yo. Puedes salir a tu hora habitual.
—Perfecto. Con permiso.
Cuando la puerta se cerró, Sergio tomó un trago de su vaso y miró a su amigo.
—Ahora sí… dime. Hoy te veo demasiado entusiasmado. ¿Qué estás tramando?
Camilo sonrió con cierta malicia.
—Me voy a casar.
Sergio casi se atragantó con el trago.
—¡¿Qué?!
La tos que le provocó el alcohol fue terrible.
Cuando logró calmarse, lo miró fijamente.
—Estás bromeando, ¿verdad? Ni siquiera tienes novia.
Camilo se recostó en la silla con tranquilidad.
—Te equivocas. Ya tengo una.
—Espera… espera… ¿de dónde la sacaste?
—De tu fiesta de compromiso.
Sergio abrió los ojos con incredulidad.
—¿La acabas de conocer y ya te vas a casar? No me digas que es la chica la que estuviste molestando. Javier me contó que acosaste a una mesera.
Camilo sonrió.
—Sí. Ella.
—¿Estás loco?
Camilo se encogió de hombros.
—Tal vez.
Luego se puso serio por un momento.
—Mis padres están insistiendo mucho con el tema del matrimonio y los herederos. Tú estabas conmigo cuando mi padre contó cómo empezó la empresa. Entiendo por qué le preocupa tanto.
Sergio suspiró.
—Pero podrías haber buscado una mujer de nuestro círculo social.
Camilo negó lentamente.
—¿Para qué? Esas mujeres solo se fijan en el dinero. Te miden por los ceros en tu cuenta bancaria.
—¿Y esta chica es diferente?
Camilo pasó su mano por el labio inferior, donde aún quedaba la marca del golpe que Sol le había dado.
—No lo sé —admitió—. Pero me gusta.
—¿Ella también siente algo por ti?
Camilo soltó una carcajada.
—No lo creo. Más bien pienso que me odia.
Sergio negó con la cabeza.
—Amigo… esto puede salir muy mal.
Camilo se encogió de hombros con indiferencia.
—La usaré para mi imagen. Así mi padre estará tranquilo mientras encuentro a la verdadera madre de mis herederos.
Sergio lo miró con seriedad.
—¿Y si ella se embaraza?
Camilo sonrió con frialdad.
—La llevaré a un chequeo médico. Le pediré a la doctora que le dé anticonceptivos sin que ella lo sepa.
Sergio lo observó sorprendido.
—Así mis padres pensarán que ella es estéril —continuó Camilo—. Y para entonces, tal vez ya haya encontrado a la mujer perfecta.
Sergio suspiró.
—Creo sinceramente que esa mujer no existe. Tienes estándares imposibles.
Camilo se rió.
—Tal vez- debe existir alguna .
—Van a vivir en la mancion con tus padres después del matrimonio, o volverás a tu apartamento.
—No lo sé. Por ahora mis padres se están encargando de todo.
En ese momento tocaron la puerta.
—Señor, la comida china.
—Pasa.
Susan entró y dejó los paquetes sobre una mesa.
—Que aprovechen —dijo antes de retirarse.
Sergio se levantó.
—Bueno, comamos. Aún tenemos mucho trabajo.
Luego miró a Camilo con una sonrisa.
—Y creo que hoy tampoco irás a casa.
Camilo tomó uno de los recipientes de comida y se encogió de hombros.
—Tal vez no.
Pero, en el fondo de su mente, la imagen de Sol seguía apareciendo una y otra vez.
Y eso… comenzaba a inquietarlo más de lo que estaba dispuesto a admitir.