⚠️🔞🚫La Trampa de la Dulzura.
Christopher es impecable. Cocina para Tayler, lo cuida durante sus celos y lo defiende. Tayler se enamora perdidamente. Sin embargo, detrás de cámaras, el alfa está destruyendo las rutas de suministro del padre de Tayler y manipulándolo para que confiese secretos de la organización "sin querer". El maltrato aquí es la mentira: Christopher desprecia la inocencia de Tayler, viéndola como una debilidad de la sangre de un asesino. CONTIENE MALTRATO EMOCIONAL.🚫🔞⚠️
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Nada le dolía
La marca en el cuello de Tayler no era una cicatriz de amor, sino una quemadura de propiedad que supuraba un dolor constante. Ocho años de resistencia habían terminado en una noche de nieve y sangre. Ahora, el vínculo biológico entre alfa y omega estaba sellado, pero algo andaba mal. Christopher, quien debería estar celebrando su victoria absoluta, se encontraba caminando de un lado a otro en su despacho, apretándose el pecho con una mano temblorosa.
A través del vínculo, el alfa esperaba sentir la sumisión de Tayler, su miedo, o incluso su odio. Cualquier cosa habría sido mejor que lo que recibía: nada.
Tayler era un agujero negro emocional. Desde que Christopher hundió sus colmillos en su carne y asesinó a Verónica y Roman, el alma del omega parecía haberse evaporado . Lo que quedaba en la cama de la torre era un cuerpo que respiraba, que abría los ojos, pero que no emitía ni una sola nota de sentimiento.
Christopher entró en la habitación. El aroma a nieve y pino que antes dominaba el lugar ahora se sentía rancio, como si el frío se hubiera vuelto contra su dueño. Tayler estaba sentado frente al ventanal, mirando la nieve que seguía cayendo sobre el lugar donde los cadáveres de sus únicos amigos habían sido arrastrados.
-Tayler- Dijo el alfa, su voz sonando extrañamente insegura por primera vez en su vida -Mírame.-
El omega no se movió. No hubo un escalofrío, no hubo un rastro de las violetas que antes florecían con el miedo. Tayler simplemente existía en un espacio donde el alfa no podía alcanzarlo.
Christopher se acercó y lo tomó por los hombros, obligándolo a girar. El rostro de Tayler era una máscara de porcelana blanca. Sus ojos, que alguna vez fueron pozos de esperanza y luego de terror, ahora eran dos canicas de vidrio opaco.
-Te he marcado, Tayler.- Siseó el alfa, intentando provocar una reacción -Eres mío. Tu cuerpo me pertenece, tu aroma es el mío. ¡Reacciona! ¡Ódiame si quieres, pero no te quedes así!-
Christopher lo sacudió con una violencia que habría hecho llorar al Tayler de hace unos días. Pero el omega de ahora solo dejó que su cabeza se balanceara, inerte. El maltrato emocional había dado un giro perverso: Christopher, el verdugo, ahora necesitaba desesperadamente que su víctima sintiera algo para validar su poder. Si Tayler no sentía nada, Christopher no era nadie.
Frustrado, Christopher lo lanzó contra el colchón y se abalanzó sobre él. Sus manos recorrieron el cuerpo de Tayler con una posesividad enfermiza, manoseando su piel con una fuerza que buscaba arrancar un gemido, un grito, lo que fuera. Apretó sus muñecas contra la cama, mordió sus hombros, inhaló el aroma neutro de su cuello marcado.
-Dime algo…- Suplicó el alfa contra su oído, su voz rompiéndose en un gruñido -Pídeme que pare. Miénteme de nuevo. Dime que me amas como lo hacías cuando era el "novio sustituto".-
Tayler finalmente habló, pero su voz no era humana. Era un susurro seco bajo el hielo.
-No hay nadie aquí, Christopher.- Dijo Tayler, mirando al techo con ojos vacíos -Mataste a la última persona que quedaba en este cuerpo cuando mataste a Verónica. Ahora solo tienes carne. Disfruta de tu carne.-
Chico se congeló. El impacto de esas palabras, amplificado por el vínculo de la marca, lo golpeó como un rayo. Por primera vez en su vida de venganza, el mafioso sintió un miedo real. No miedo a la muerte, sino miedo a la soledad absoluta que él mismo había construido. Había ganado la guerra, había destruido a los Michelle, había marcado a su trofeo… y sin embargo, nunca se había sentido más derrotado.
Se apartó de Tayler, sintiendo que el aroma a nieve lo asfixiaba. Salió de la habitación y cerró la puerta, pero el silencio de Tayler lo siguió por el pasillo.
Esa noche, Christopher intentó ahogar el vacío con alcohol, pero a través de la marca, solo recibía una estática gris y gélida. Tayler no estaba planeando escapar, no estaba llorando, no estaba sufriendo. Simplemente se había apagado.
En la habitación, Tayler seguía inmóvil. En su mente, ya no buscaba la isla. Había comprendido que la isla era una mentira que Christopher le permitió creer para poder destruirlo mejor. Ya no había refugio. Solo quedaba una idea, una pequeña y afilada astilla de hielo que empezó a crecer en su interior.
Si Christopher quería carne, Tayler le daría carne. Si Christopher quería un omega marcado, Tayler sería el omega perfecto. Sería tan perfecto, tan obediente y tan vacío, que Christopher terminaría por volverse loco buscando al hombre que una vez amó y torturó. La mayor venganza de Tayler no sería matarlo, sino ser el espejo donde Christopher vería su propia monstruosidad cada día, por el resto de sus vidas, sin recibir nunca más una sola lágrima.
Tayler se levantó y caminó hacia el espejo. Miró la marca roja en su cuello. Ya no le dolía. Nada le dolía.
-El invierno es tuyo, Christopher.- Susurró Tayler a su reflejo -Pero yo soy el hielo. Y el hielo no siente el frío.-