¿Cómo puede alguien a quien nunca habías visto conocer cada rincón de tu cuerpo? Lía está a punto de descubrir que su divorcio es el menor de sus problemas, y que algunos sueños no vienen a buscarte... vienen a cazarte.
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capitulo 12
La noticia del embarazo debería haber sido el sello final de su felicidad, pero para Lía Montero, la vida nunca había sido un plano lineal. El pequeño trozo de plástico con las dos líneas rosadas descansaba sobre la cómoda de caoba, brillando bajo la luz matutina de la cabaña del lago. Lía se llevó la mano al vientre, todavía plano, sintiendo una mezcla de asombro y un pánico sordo que no lograba sacudirse. ¿Cómo podía traer una vida a un árbol genealógico cuyas raíces estaban tan podridas?
Dante entró en la habitación con dos tazas de café humeante, pero al ver la expresión de Lía, dejó las tazas sobre la mesa de noche y la envolvió en un abrazo protector.
—Sigues asustada —no fue una pregunta, sino una observación en ese tono barítono que solía ser su ancla.
—Mi padre fue un monstruo, Dante. Mi hermana está en prisión y mi exmarido es un sociópata. ¿Qué clase de sangre le estoy heredando a este bebé? —Lía ocultó el rostro en el pecho de él, aspirando su aroma a sándalo.
—Le estás dando tu sangre, Lía. La de la mujer que enfrentó a una junta directiva corrupta y que tuvo el valor de destruir una mentira de veinte años para salvar a otros. Este niño no hereda culpas, hereda una nueva oportunidad.
Dante la besó con una ternura que siempre lograba desarmarla. Sus manos bajaron a sus caderas, atrayéndola hacia él. A pesar de la inquietud, el deseo entre ellos seguía siendo una fuerza gravitatoria. El embarazo parecía haber agudizado los sentidos de Lía; cada roce de la piel de Dante contra la suya se sentía como una corriente eléctrica más intensa, una necesidad de reafirmar que estaban vivos, que eran reales y que eran dueños de su propio placer.
Sin embargo, la burbuja de paz en el lago estaba a punto de reventar.
...
El regreso a la ciudad fue un choque térmico. La nueva sede de Alba Arquitectura bullía con la actividad de los nuevos proyectos sostenibles, pero en el despacho de Lía esperaba un sobre de color sepia, sin remitente, que no había pasado por el filtro de la recepción.
Lía lo abrió con un presentimiento amargo. Dentro no había una carta, sino una serie de recortes de periódicos antiguos, de un país extranjero, y una fotografía borrosa de un hombre que se parecía asombrosamente a Dante, pero con una mirada cargada de una oscuridad que Dante no poseía. Al reverso, una frase escrita a mano con una caligrafía que Lía reconoció de inmediato. Era la letra de Julián.
"No eres la única que tiene secretos en el árbol genealógico, querida. Pregúntale a tu amante por qué su padre huyó realmente del lago. No fue por el incendio de tu padre. Fue por lo que él escondía en el sótano."
Lía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Justo en ese momento, Dante entró en la oficina, radiante tras una audiencia exitosa. Al ver el sobre y el rostro pálido de Lía, su sonrisa se evaporó.
—¿Qué es esto? —preguntó él, tomando el sobre.
Lía observó cómo la mandíbula de Dante se tensaba y cómo sus ojos se oscurecían hasta volverse dos pozos de obsidiana. No hubo sorpresa en su rostro, solo una resignación dolorosa que la hirió más que cualquier mentira.
—¿Dante? ¿De qué está hablando Julián? —preguntó ella, su voz apenas un susurro.
Dante se dejó caer en el sofá de cuero negro, tapándose la cara con las manos. El silencio en la oficina se volvió asfixiante. Las 2,000 palabras de este capítulo necesitaban explorar este abismo que se abría entre ellos.
—Mi padre no era solo el cuidador de la finca vecina, Lía —comenzó Dante, sin mirarla—. Eso fue lo que yo te dije, y lo que yo mismo quise creer durante mucho tiempo. Pero la verdad es que mi padre era un hombre que huía de su propio pasado en los Balcanes. Antes de llegar al lago, antes de conocernos, él estuvo involucrado en cosas... militares, políticas. Cosas que dejan manchas que el agua de ningún lago puede lavar.
Lía se sentó frente a él, sintiendo que la imagen del niño del muelle se fragmentaba.
—¿Julián sabe esto?
—Julián ha estado rascando en las sombras desde que entró en la constructora —respondió Dante, levantando la vista. Sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y vergüenza—. Mi padre no huyó solo por la extorsión de tu padre, Lía. Huyó porque Alberto Montero había descubierto quién era él realmente y amenazó con entregarlo a las autoridades internacionales si no le cedía las tierras. Tu padre usó el pasado criminal de mi padre para robarle su futuro.
Lía sintió una náusea violenta. Todo su mundo era un castillo de naipes construido sobre chantajes cruzados. El amor de su infancia, su salvador, el padre de su hijo... todo estaba conectado por una cadena de pecados que no les pertenecían, pero que los arrastraban.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó ella, con lágrimas de indignación—. Hemos pasado por juicios, por cárcel, por intentos de asesinato... ¿Y todavía me ocultas cosas?
—¡Porque quería que fueras feliz! —estalló Dante, poniéndose en pie y caminando hacia el ventanal—. Quería que por una vez en tu vida, el hombre a tu lado fuera un héroe y no otro monstruo con archivos ocultos. Quería que nuestra historia fuera pura, aunque nosotros no lo fuéramos.
Lía se acercó a él, obligándolo a girarse. La tensión sensual que siempre los unía se transformó en una confrontación cruda.
—No quiero un héroe de papel, Dante. Quiero al hombre real. Si vamos a criar a un niño en este caos, necesito saber en qué suelo estoy pisando. Julián no va a dejar de atacar. Desde la cárcel, él sigue moviendo hilos. Este sobre es solo el principio. Él quiere que yo desconfíe de ti, quiere que me sienta sola de nuevo.
Dante la tomó de los hombros, su toque ahora era urgente, casi desesperado.
—Lía, mi padre murió hace años. Esas deudas están pagadas. Lo que Julián tiene son retazos de una vida que ya no existe. Pero tiene razón en algo: mi sangre también tiene sombras.
—Entonces iluminémoslas juntos —dijo ella, rodeando su cuello con los brazos.
A pesar de la revelación, o quizás a causa de ella, la necesidad de cercanía física se volvió imperativa. Era su forma de comunicarse cuando las palabras fallaban, de sellar grietas que la lógica no podía cerrar. Dante la besó con una pasión que era mitad súplica y mitad posesión. La llevó hacia el escritorio de caoba, apartando los planos del proyecto del lago con un movimiento brusco.
En la penumbra de la oficina, mientras la ciudad continuaba su ritmo indiferente fuera de los cristales, ellos se buscaron con una intensidad renovada. Fue un acto de reafirmación, una batalla contra los fantasmas que Julián intentaba invocar. Cada caricia de Dante parecía pedir perdón, y cada respuesta de Lía era una promesa de que no se rendiría. El placer fue intenso, casi doloroso, un recordatorio de que su conexión no era solo un sueño de infancia, sino una alianza forjada en el fuego de la realidad más sucia.
...
Horas más tarde, tras la tormenta emocional y física, Lía revisaba los documentos que Julián había enviado. Había algo que no cuadraba. Entre los recortes, había una mención a un depósito bancario en Suiza que nunca fue reclamado tras la muerte del padre de Dante.
—Dante —llamó ella, mientras se abrochaba la camisa—. Si tu padre huyó y tu familia perdió todo... ¿por qué Julián tiene interés en esta cuenta bancaria?
Dante se acercó, ajustándose la corbata, con el rostro de nuevo convertido en la máscara de piedra del abogado implacable.
—Porque Julián no quiere solo destruirme emocionalmente, Lía. Él sabe que la constructora —tu empresa— está pasando por una crisis de liquidez debido a las indemnizaciones que estás pagando por lo de tu padre. Él cree que si puede vincular ese dinero "sucio" de mi padre con la financiación de Alba Arquitectura, el Estado confiscará todo lo que tienes.
Lía miró el sobre sepia. El veneno de Julián era sutil y letal. No buscaba matarlos físicamente esta vez; buscaba la muerte civil. Quería que Lía terminara en la calle, con un hijo en brazos y el nombre de Dante Valerios arrastrado por el fango del criminalismo internacional.
—No vamos a dejar que eso pase —dijo Lía, sus ojos brillando con la determinación de la loba que protegía a su camada—. Victoria tiene que ver esto. Pero esta vez, no jugaremos a la defensiva.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó Dante, sorprendido por el tono de ella.
—Julián cree que tiene una carta de triunfo. Pero se olvida de que Sara está en la cárcel y tiene mucho tiempo para pensar. Ella sabe cosas de Julián que él cree que murieron con su lealtad. Es hora de hacerle una visita a mi hermana, pero no como la "santa" Lía, sino como alguien que tiene algo que ofrecerle a cambio de la cabeza de Julián.
Lía tomó su bolso y caminó hacia la puerta. Se detuvo y miró a Dante.
—Y Dante... no vuelvas a ocultarme nada. Ni una cicatriz, ni un nombre, ni una sombra. Si vamos a arder, arderemos juntos. Pero te prometo que este bebé nacerá en un mundo limpio, aunque tengamos que quemar hasta el último rincón de nuestro pasado para lograrlo.
Dante asintió, sintiendo un respeto renovado por la mujer en la que Lía se había convertido. El capítulo terminaba con Lía saliendo de la oficina, dejando atrás a la mujer que soñaba para convertirse en la mujer que ejecutaba. La guerra no había terminado con el juicio; simplemente se había trasladado a un tablero más oscuro.