En un pequeño estudio, bajo el sudor y la luz tenue, comienza la historia de un grupo destinado a brillar con fuerza inigualable.
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Capítulo 19
La oscuridad en el backstage de un estadio no es una oscuridad vacía; es una entidad densa, eléctrica, que parece pulsar con el mismo ritmo que el corazón de los miles de personas que esperan afuera. En ese limbo de sombras, antes de que los focos devoren el anonimato de los chicos, ocurre algo que las cámaras nunca logran captar. Es el momento de la verdad absoluta.
Era la última parada de la gira en Los Ángeles. El aire estaba saturado del olor a ozono de las máquinas de chispas y el aroma dulce y pegajoso del maquillaje fijado con laca. Los ocho miembros de ATEEZ estaban alineados en la plataforma que los elevaría al escenario. En ese espacio confinado, apenas podían verse las siluetas los unos a los otros, pero no necesitaban luz para saber exactamente dónde estaba cada uno.
Hongjoong, el capitán, respiraba de manera rítmica, tratando de bajar sus pulsaciones. A su lado, Yeosang estaba inusualmente inquieto, ajustándose el auricular por décima vez. La presión de esa noche era distinta; era el cierre de un ciclo, y el cansancio acumulado de semanas de viaje amenazaba con pasar factura.
—Yeosangie —susurró Hongjoong en la penumbra.
Yeosang dejó de tocarse el auricular y giró la cabeza hacia la voz de su líder. Sus ojos se encontraron en la escasa luz filtrada por las rendijas del escenario.
—¿Y si me quedo sin aliento a mitad de "Inception"? —preguntó Yeosang, su voz apenas un hilo—. Siento que mis pulmones están llenos de arena, hyung.
Hongjoong no respondió con una frase motivacional vacía. En su lugar, extendió la mano y apretó el brazo de Yeosang con firmeza, dejando que su calor humano hablara por él.
—Si te quedas sin aliento, respira de mi aire —dijo Hongjoong con una gravedad que erizó la piel del menor—. No estás solo ahí arriba. Nunca lo has estado. Mírame a mí, mira a Seonghwa. Si sientes que te caes, busca nuestras miradas. Ahí es donde está tu fuerza.
En otro punto de la plataforma, San y Wooyoung compartían un silencio cargado de significado. San tenía la mirada perdida, entrando en ese estado de trance que lo convertía en una fuerza de la naturaleza sobre las tablas. Wooyoung, siempre observador, notó cómo los dedos de San temblaban ligeramente. No era miedo, era una sobrecarga de adrenalina que buscaba salida.
Wooyoung se acercó hasta que sus hombros se tocaron. No dijo nada, pero sus miradas se cruzaron en la oscuridad. En ese breve contacto visual, se comunicaron todo lo que las palabras no podían: *"Estoy aquí. No te excedas hasta romperte. Yo te cubro las espaldas"*. San asintió casi imperceptiblemente, y el temblor de sus manos se detuvo. Esa conexión, esa mirada encontrada en la negrura, era el ancla que evitaba que San se perdiera en su propio fuego.
Mingi y Yunho, los dos pilares de altura del grupo, intercambiaban una sonrisa cómplice. Mingi estaba lidiando con un nudo en el estómago, un viejo conocido que aparecía antes de los shows más importantes. Yunho, al sentir la tensión de su amigo, comenzó a tararear una melodía interna, un ritmo que solo ellos dos compartían desde sus días de escuela.
—¿Listo para dominar el mundo otra vez, Mingi? —preguntó Yunho, inclinando la cabeza.
—Solo si tú marcas el paso —respondió Mingi, y por un segundo, la oscuridad del estadio desapareció y volvieron a ser dos adolescentes en una sala de baile polvorienta, soñando con lo que ahora era su realidad.
Seonghwa, por su parte, observaba a Jongho. El menor del grupo estaba concentrado, cerrando los ojos y visualizando cada nota alta, cada movimiento. Seonghwa se sentía como el guardián de ese círculo. Miró a cada uno de sus hermanos en la penumbra y sintió una oleada de amor tan pura que le oprimió el pecho. Eran sus niños, sus compañeros de armas.
—Cinco segundos —anunció una voz por los auriculares.
En ese último instante de oscuridad, ocurrió la magia. Como si fuera un instinto animal, los ocho buscaron las miradas de los demás. Fue un barrido rápido, una confirmación silenciosa de que el vínculo seguía intacto. En la oscuridad, sus ojos brillaban con una determinación feroz. No eran ocho individuos; eran un solo organismo que se preparaba para explotar.
—8 makes 1 team —susurraron al unísono, un mantra que resonó más fuerte que los gritos del público.
La plataforma comenzó a subir. La oscuridad fue rasgada por mil rayos láser y el rugido ensordecedor de veinte mil personas. El cambio de la calma del backstage al caos del escenario fue como un choque eléctrico. Pero mientras las luces cegadoras los envolvían, ellos seguían buscando esas miradas. En medio de la coreografía más exigente, en el clímax de una nota alta, siempre había un momento en que dos de ellos se cruzaban en el escenario y se dedicaban una mirada de apoyo, un guiño o una sonrisa fugaz.
Esas miradas encontradas eran su lenguaje secreto. Eran el recordatorio de que, bajo los trajes costosos y las luces de colores, seguían siendo los mismos chicos que se prometieron lealtad en un sótano. El escenario podía ser un lugar solitario si se miraba hacia el público, pero para ATEEZ, el escenario era el lugar más seguro del mundo porque siempre tenían siete pares de ojos en los que refugiarse.
Simplemente es perfecto la manera en que estos chicos se apoyan.
Solo puedo decir que el comienzo siempre resulta difícil y doloroso, aunque el mañana podría ser mejor...no conozco al grupo, pero creo que todo resulta bastante realista.
Seguir un sueño que no sabes si se hará real es bastante inquietante y a la vez perturbador.