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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 12

Narrador: Mateo Ubicación: Torre Financiera "Eclipse" / Despacho de Enrique García

El archivo de audio tenía nombre de inocencia: Fiesta_01.mp3. Pero pesaba como una lápida.

Estábamos en el salón de mi casa. Sí, mi casa. Mis padres habían salido temprano hacia el club de campo, probablemente para evitar mirarme a la cara después del espectáculo en el despacho del director. Aproveché el vacío para colar a Leo y a Clara. Necesitábamos un "cuartel general" con aire acondicionado y una cafetera decente.

Clara estaba sentada en el sofá de cuero blanco, con mi portátil sobre las rodillas, reproduciendo el audio por quinta vez.

...Mi padre sabe lo que le conviene saber. Yo lo he hecho posible...

La voz de Bruno, distorsionada y metálica, llenó el silencio aséptico del salón.

—Es bueno —dijo Clara, pausando la grabación. Se quitó las gafas y las limpió con el borde de su camiseta—. Es muy bueno. Se escucha la premeditación. Se escucha la arrogancia. Legalmente, es una confesión de parte.

—Entonces, ¿lo subimos? —preguntó Leo. Estaba de pie junto a la ventana, vigilando por si aparecía el coche de mis padres. Se le veía nervioso, mordiéndose las uñas—. ¿Lo ponemos en Twitter, en Instagram, se lo mandamos a los periódicos?

—No —dije, sirviendo tres tazas de café negro—. Si lo subimos ahora, perdemos el control.

Me senté en el sillón frente a Clara. Me dolía todo el cuerpo por la huida de anoche. Tenía rasguños en los brazos y un moretón feo en la cadera donde me golpeé contra el muro, pero la mente me funcionaba a una velocidad vertiginosa, fría y calculadora.

—¿Cómo que perdemos el control? —Leo se giró, frustrado—. Mateo, nos han expulsado. Bueno, a mí me han expulsado y a ti te han suspendido. No tenemos nada que perder.

—Tenemos mucho que perder, Leo. —Di un sorbo al café. Estaba ardiendo—. Si publicamos esto, se hará viral, sí. Pero en dos horas, el equipo legal del padre de Bruno alegará que es una grabación ilegal, que está manipulada o sacada de contexto. Dirán que violamos su privacidad al entrar en su casa. Nos demandarán por allanamiento, por daños a la propiedad —señalé mis rodillas raspadas— y por difamación. El escándalo durará una semana, pero el juicio durará años. Y tu madre no tiene dinero para abogados.

—¿Entonces de qué nos sirve? —preguntó Leo, dejándose caer en una silla del comedor—. Arriesgamos el cuello anoche para nada.

—No es para nada. Es una palanca. —Miré a Clara—. Clara, ¿puedes limpiar el audio? Quitar el ruido de fondo, subir la voz de Bruno. Que suene cristalino.

—Puedo hacer que suene como si te lo estuviera susurrando al oído en una biblioteca —aseguró ella, tecleando ya con rapidez—. ¿Qué vas a hacer?

—Voy a venderlo.

—¿Venderlo? —Leo me miró con horror—. ¿Vas a pedir dinero?

—No, Leo. Voy a vender mi silencio. Voy a vendérselo al único comprador que tiene el capital para pagar el precio que necesitamos: Enrique García. El padre de Bruno.

—Estás loco —susurró Clara sin dejar de mirar la pantalla—. Ese tipo desayuna gente como tú. Es uno de los promotores inmobiliarios más grandes del país. Tiene conexiones con jueces, policías y políticos. Si intentas chantajearle, te enterrará en los cimientos de su próximo edificio.

—No si el edificio ya tiene grietas —repliqué—. El señor García es un hombre de negocios. El negocio es la reputación. Bruno es un activo tóxico ahora mismo. Si yo hago público esto, no solo cae Bruno. Cae la imagen de la "familia perfecta". Cae la influencia del padre en el consejo escolar. Cae el respeto de sus socios.

—Es peligroso, Mateo —dijo Leo, acercándose y poniendo una mano sobre la mía—. Muy peligroso. Anoche casi nos matan unos jugadores de rugby borrachos. Este hombre... este hombre firma los cheques de esos jugadores.

—Lo sé. Por eso no voy a ir como un niño asustado. Voy a ir como un socio comercial.

Saqué el teléfono de mi padre, que se había dejado olvidado en la mesa del recibidor. Busqué en su agenda. García, Enrique (Móvil).

—¿Vas a llamarle ahora? —preguntó Clara, deteniendo su tecleo.

—El domingo es el día del Señor, pero también es el día en que los ricos revisan sus inversiones antes de que abra la bolsa el lunes.

Marqué el número. Puse el altavoz. El tono de llamada sonó tres veces. Seco. Autoritario.

—¿Sí? Roberto, te dije que nos veríamos en el hoyo nueve a las once.

La voz de Enrique García era profunda, rasposa por el tabaco.

—No soy Roberto —dije, manteniendo la voz firme—. Soy Mateo. Su hijo.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio denso.

—Mateo Velázquez —dijo García, con un tono que mezclaba sorpresa y desprecio—. Tienes agallas para llamar a mi teléfono personal después de lo que hiciste anoche en mi casa. Tengo a la policía en espera para reportar el incendio y el allanamiento. ¿Llamas para confesar antes de que te arresten?

—Llamo para negociar, señor García.

—Yo no negocio con vándalos. Pásame a tu padre.

—Mi padre no está. Y créame, usted quiere escucharme a mí, no a él. Porque mi padre no tiene lo que yo tengo.

—¿Y qué tienes tú, aparte de una suspensión escolar y un futuro carcelario?

Hice una seña a Clara. Ella le dio al play.

...Solo les di la excusa que necesitaban... Mi padre sabe lo que le conviene saber...

Dejé que sonara diez segundos. Luego Clara lo cortó.

El silencio al otro lado de la línea se alargó. Podía imaginar a García en su terraza, mirando sus jardines, con el teléfono apretado en la mano.

—¿De dónde has sacado eso? —su voz había cambiado. Ya no era despreciativa. Era fría. Alerta.

—De la fuente original. Su hijo tiene la mala costumbre de jactarse de sus crímenes cuando bebe su whisky, señor García.

—Es una grabación ilegal. Inadmisible en un juicio.

—Quizás. Pero muy admisible en YouTube. Y en el grupo de WhatsApp de las madres del San Lorenzo. Y en la bandeja de entrada del decano de la universidad a la que quiere mandar a Bruno el año que viene.

Escuché el sonido de un mechero encendiéndose al otro lado. Una calada profunda.

—¿Qué quieres?

—Una reunión. Hoy. Ahora.

—Ven a mi casa.

—No. Su casa tiene demasiados perros guardianes. Quiero un lugar neutral. Su oficina en la Torre Eclipse.

García soltó una risa breve y seca.

—¿En domingo? El edificio está cerrado.

—Usted tiene llave. Y yo tengo prisa. En una hora, señor García. Si no estoy allí, el archivo se envía automáticamente a una lista de contactos que incluye a tres periódicos locales y al canal de noticias de la competencia.

Colgué antes de que pudiera responder.

Me temblaban las manos. Me dejé caer hacia atrás en el sillón, exhalando todo el aire que tenía en los pulmones.

—Dios mío —dijo Leo, mirándome como si fuera un alienígena—. Lo has hecho. Le has colgado al dueño de media ciudad.

—Ahora viene la parte difícil —dije, levantándome—. Tengo que ir allí y salir con vida. Y con tu expulsión anulada.

—Voy contigo —dijo Leo inmediatamente.

—No. Tú te quedas abajo. En el vestíbulo.

—Mateo...

—Escucha, Leo. Esto es el seguro de vida. —Le pasé mi propio teléfono—. Clara te va a pasar el archivo. Tú te quedas en la puerta del edificio. Si en cuarenta y cinco minutos no he bajado, o si te mando un mensaje con la palabra "ROJO", le das a enviar a todo. Sin dudar.

Leo cogió el teléfono como si fuera una granada sin anilla.

—¿Y si te hace algo?

—No me hará nada físico. Es demasiado listo para mancharse las manos en su propia oficina. Intentará comprarme o asustarme.

—Ten cuidado —dijo Clara, entregándome un pendrive pequeño y negro—. Aquí tienes el archivo original y la versión mejorada. Es tu única munición. No la malgastes.

Me vestí con mi propia ropa: unos vaqueros oscuros y una camisa blanca, remangada. Quería parecer limpio, serio. Nada de disfraces, nada de ropa prestada. Quería que me viera como a un igual, aunque solo tuviera diecisiete años.

El viaje en taxi hasta el centro financiero fue silencioso. La ciudad pasaba por la ventanilla, indiferente a nuestra guerra.

La Torre Eclipse se alzaba como una aguja negra contra el cielo azul intenso. Cincuenta pisos de poder.

—Aquí me quedo —dijo Leo cuando bajamos del taxi frente a las puertas giratorias de cristal. El vestíbulo estaba desierto, salvo por un guardia de seguridad aburrido.

—Mira el reloj —le dije, agarrándole por los hombros—. Cuarenta y cinco minutos. Ni uno más.

—Si no bajas... subo y quemo el edificio —dijo Leo, intentando bromear, pero sus ojos estaban llenos de miedo.

Le di un abrazo rápido, fuerte.

—Volveré.

Entré en el edificio. El guardia me miró, pero antes de que pudiera decir nada, el teléfono de su mostrador sonó. Contestó, asintió y me hizo un gesto para que pasara.

—El señor García le espera en el ático. Ascensor B. No necesita tarjeta, ya está desbloqueado.

El ascensor subió tan rápido que se me taponaron los oídos. Las puertas se abrieron directamente en un vestíbulo privado. Moqueta gris, arte moderno incomprensible y una puerta doble de caoba.

La puerta estaba abierta.

El despacho de Enrique García era inmenso. Tres paredes eran de cristal, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad que hacía que todo lo demás pareciera insignificante. En el centro, un escritorio que parecía la cubierta de un portaaviones.

García estaba de pie, mirando por la ventana. Llevaba ropa de golf: un polo azul y pantalones beige. Parecía inofensivo, un padre cualquiera en un domingo cualquiera. Pero cuando se giró, vi la mirada de reptil.

—Pasa, Velázquez. Siéntate. ¿Quieres agua? ¿Un refresco?

—No, gracias. Estoy bien de pie.

—Como quieras. —Caminó hacia su escritorio y se sentó en un sillón de cuero que crujió bajo su peso. No me ofreció la mano—. Tienes cuarenta minutos antes de que mi paciencia se agote y llame a seguridad para que te saquen a patadas. Habla.

Saqué el pendrive del bolsillo y lo puse sobre la superficie brillante del escritorio. El pequeño sonido clac resonó en la habitación.

—Ese pendrive contiene la grabación completa de la conversación de su hijo anoche. Y también contiene fotos de la "droga" que colocaron en la taquilla de Leo, comparada con el bicarbonato que se usa en el laboratorio del colegio. Misma marca, mismo grano.

—¿Y? —García entrelazó los dedos, impasible—. ¿Esperas que me impresione tu trabajo de detective aficionado?

—Espero que entienda la gravedad de la situación. Su hijo ha cometido un delito federal. Colocación de pruebas falsas, difamación, conspiración. Y usted... bueno, usted ha usado su influencia para presionar al director Sánchez basándose en pruebas falsificadas. Eso se llama corrupción.

García sonrió. Una sonrisa cansada, condescendiente.

—Eres muy joven, Mateo. Ves el mundo en blanco y negro. Crees que la palabra "corrupción" significa algo para la gente que construye esta ciudad. Yo construyo escuelas, Mateo. Construyo hospitales. ¿Crees que a alguien le importa si mi hijo hizo una broma pesada a un chico becado?

—No fue una broma. Fue un intento de destruir una vida.

—Fue una medida correctiva. —García se inclinó hacia delante—. Tu amigo... ese tal Candelario... es una distracción. Tú eres una distracción. Bruno tiene un futuro brillante. Necesita estar centrado. Y vosotros dos sois ruido. Ruido estático que había que silenciar.

—Pues ahora el ruido tiene un altavoz —señalé el pendrive—. Si esa grabación sale, Bruno pierde su capitanía. Pierde su entrada en la universidad. Y usted... usted tendrá que explicar a la junta de accionistas por qué su apellido está en todos los tabloides asociado a un escándalo de acoso y drogas falsas. ¿Cuánto vale eso en la bolsa, señor García? ¿Un cinco por ciento de caída? ¿Un diez?

García dejó de sonreír. Sus ojos se entrecerraron. Había tocado hueso. El dinero.

—Eres un pequeño bastardo inteligente. Te pareces a tu padre más de lo que crees.

—No me insulte. No he venido a hablar de mi padre. He venido a hacer un trato.

—¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Un coche nuevo para compensar el exilio?

—Quiero que se anule la expulsión de Leo. Inmediatamente. Quiero que el director Sánchez emita un comunicado diciendo que hubo un error en el análisis de la sustancia, que era inocuo. Quiero que Bruno se mantenga a cincuenta metros de Leo y de mí hasta que nos graduemos. Y quiero que usted retire cualquier presión sobre mi familia para enviarme a un internado.

García soltó una carcajada. Se echó hacia atrás en el sillón.

—¿Eso es todo? ¿Quieres que reescriba la realidad para ti?

—Quiero que limpie la mierda que su hijo esparció.

—Te diré lo que va a pasar, Mateo. —García abrió un cajón y sacó una carpeta. La lanzó sobre la mesa—. Informe de seguridad de anoche. Daños estimados en cincuenta mil dólares. Incendio provocado en la caseta de la piscina. Allanamiento de morada. Intimidación. Tengo a tres testigos que dirán que tú y tu amigo el pirómano entrasteis con cócteles molotov.

—Eran fuegos artificiales.

—Serán lo que yo diga que eran. Si publicas ese audio, yo presento cargos criminales contra Leonardo Candelario. Irá a un reformatorio juvenil. Tú te librarás, tal vez, porque tu padre tiene buenos abogados, pero tu amigo... ese chico se pudrirá en el sistema. ¿Estás dispuesto a sacrificarle para ganar tu pequeña guerra moral?

Me quedé helado. Sabía que jugaría sucio, pero no esperaba que fuera tan directo.

—Si Leo cae, Bruno cae conmigo —dije, intentando mantener la voz firme.

—Sí. Bruno tendrá unos meses malos. Tal vez le mande a Europa un tiempo. Sobrevivirá. Pero el chico Candelario... su vida se acabará. Su madre perderá el trabajo, te lo aseguro. Tengo influencia en la panificadora donde trabaja.

Sentí una náusea repentina. Tenía el poder de destruirnos con una llamada. Mi audio era una pistola; él tenía un ejército.

—Entonces, ¿qué propone? —pregunté, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—Un intercambio. —García se levantó y caminó hacia la ventana, dándome la espalda—. Mutua destrucción asegurada, o mutua salvación.

—Le escucho.

—Uno: Tú me das el pendrive y borras todas las copias. Quiero ver cómo lo haces. —Dos: Yo llamo a Sánchez. Le diré que el laboratorio externo ha confirmado que el polvo era azúcar glass o alguna tontería de repostería. Candelario será readmitido mañana. Sin mancha en el expediente. —Tres: Tú... tú te vas.

—¿Cómo que me voy?

—Del San Lorenzo. —García se giró—. No puedo tenerte allí pavoneándote como si hubieras ganado. Bruno necesita recuperar su espacio. Tú pedirás el traslado voluntario. A otro instituto de la ciudad, si quieres. O al extranjero. Me da igual. Pero el lunes, cuando Candelario vuelva, tú no estarás.

Me quedé en silencio. ¿Irme? ¿Dejar a Leo solo allí?

—Eso no es un trato justo.

—Es el único trato que hay. —García miró su reloj—. Te quedan veinte minutos para bajar y decirle a tu amigo que pare el envío. O puedes salir por esa puerta sin acuerdo, y mañana por la mañana la policía estará tocando en la puerta azul de San Antonio. Tú eliges. ¿Quieres ser un mártir, o quieres salvar a tu amigo?

Mi mente corría a mil por hora. Si me iba del San Lorenzo, Bruno iría a por Leo.

—Si me voy... —empecé, calculando—. Si me voy, ¿quién me garantiza que Bruno no volverá a atacarle?

—Yo —dijo García—. Porque si Bruno vuelve a meterse en un lío así, seré yo quien le envíe al internado militar. Estoy cansado de limpiar sus desastres. Le leeré la cartilla esta noche. Candelario será invisible para él. Te doy mi palabra.

—Su palabra no vale mucho para mí.

—Es lo que hay. Tómalo o déjalo.

Miré el pendrive. Miré la ciudad a mis pies. Pensé en Leo, esperando abajo, asustado. Pensé en su madre. Pensé en sus dibujos.

Si publicaba el audio, ganaba la verdad, pero Leo perdía su futuro. Si aceptaba el trato, Leo recuperaba su vida, pero yo le perdía a él. Al menos en el colegio.

Era un sacrificio. El tipo de sacrificio que se hace en las novelas, no en la vida real. Pero mi vida se había convertido en una novela desde que bajé del avión.

—Acepto —dije. La palabra salió con sabor a bilis.

—Sabia decisión. —García extendió la mano—. El teléfono, por favor. Y el pendrive.

Saqué mi teléfono (el de mi padre, en realidad, que usaba para llamar). Llamé a Leo.

—¿Mateo? —contestó al primer tono—. Quedan cinco minutos. ¿Le doy al botón?

—No —dije, mirando a García a los ojos—. No, Leo. Bórralo.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque hemos ganado. —Mentí. O tal vez no—. Hemos ganado, Leo. Todo está arreglado. Borra el archivo y espera ahí. Bajo ahora.

—Pero...

—Hazlo, Leo. Confía en mí.

Colgué.

Le entregué el pendrive a García. Él lo cogió, lo miró un segundo y lo dejó caer en una trituradora de papel que tenía junto al escritorio. El sonido del plástico rompiéndose fue definitivo.

—Llamaré a Sánchez ahora mismo —dijo García, volviendo a ser el hombre de negocios aburrido—. Puedes irte. Y Mateo...

Me detuve en la puerta.

—Dime.

—Tienes futuro en los negocios. Sabes cuándo perder una batalla para ganar la guerra. Saluda a tu padre de mi parte.

Salí del despacho sin responder. El ascensor bajó igual de rápido, pero esta vez sentía que me hundía hacia el infierno.

Al llegar al vestíbulo, Leo corrió hacia mí.

—¡Mateo! —Me agarró los brazos, escrutando mi cara—. ¿Estás bien? ¿Te ha hecho algo? ¿Qué ha pasado?

—Está hecho —dije, forzando una sonrisa que me dolió—. Ha llamado al director. Van a decir que fue un error. Mañana vuelves a clase. Sin expulsión. Sin mancha.

—¿En serio? —Leo abrió los ojos como platos. Una sonrisa enorme, radiante, iluminó su cara. Fue como ver salir el sol—. ¡Dios mío, Mateo! ¡Lo conseguiste! ¡Le doblaste la mano!

Me abrazó, saltando un poco. Yo le abracé de vuelta, sintiendo el peso de mi secreto. No le dije que yo no volvería con él. No le dije que el precio de su libertad era mi exilio.

—Sí —susurré contra su pelo—. Lo conseguí.

—Tenemos que celebrarlo. Vamos a por helado. Vamos a decirle a mi madre. —Leo me tiraba de la mano hacia la salida, eufórico.

—Sí, vamos —dije, dejándome arrastrar.

Salimos de la Torre Eclipse. El sol brillaba, la gente caminaba, los coches pasaban. Todo parecía normal. Pero yo sabía que el mundo había cambiado.

Había salvado a Leo. Pero…

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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