Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
NovelToon tiene autorización de Jesse25 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
9
Acto I: La Pieza
Capítulo 9: La invitación
—
Las semanas siguientes fueron un entrenamiento en la paciencia.
En la oficina, todo seguía igual: llamadas, agendas, cafés para los jefes, miradas de reojo de las otras secretarias. Pero por las noches, en el estudio, mi vida era otra.
Preparar la exposición de octubre se había convertido en mi obsesión. Ocho piezas. Tenía que elegir, rehacer, mejorar. Helga me escribía cada dos días con sugerencias, preguntas, ánimos.
Mi tía Lucía llamaba los domingos para saber cómo iba.
Y yo pintaba. Horas y horas. Hasta que las manos me dolían y Blanca protestaba porque no le hacía caso.
Pero siempre, siempre, estaba él.
Marcos aparecía donde menos lo esperaba. En el ascensor, en la máquina de café, en la puerta de mi mesa con una pregunta tonta sobre algún informe. Siembre correcto. Siempre profesional. Pero siempre mirando.
Y yo, idiota, siempre notándolo.
—
El sobre llegó un jueves por la tarde.
Estaba sobre mi mesa, sin remite, con mi nombre escrito a mano en tinta negra. Letra cuidada, elegante, de alguien que aprendió a escribir con pluma.
Lo abrí con el corazón acelerado.
Dentro, una tarjeta blanca. Papel grueso, caro. Y un texto breve:
"Irene,
Me gustaría invitarte a cenar en mi casa este sábado. Hablaremos de arte. Solo tú y yo.
Confirma con Sergio si puedes venir.
Marcos"
—¿Qué es eso?
Levanté la vista. Encarna estaba detrás de mí, con una carpeta en
las manos y la curiosidad pintada en la cara.
—Nada —dije, cerrando la tarjeta—. Una nota.
—¿Del jefe?
—¿Por qué lo dices?
—Porque llevas dos semanas rara. Y porque cuando él pasa, tú te pones tensa.
—No me pongo tensa.
—Te pones tensa. Yo tengo veinte años aquí. He visto llegar y irse a cien secretarias. A ti te pasa algo.
—No me pasa nada.
Encarna me miró con esa mezcla de escepticismo y sabiduría que solo tienen las mujeres que han visto demasiado.
—Ten cuidado, Irene. Los hombres como él no invitan a cenar por arte.
Se fue. Yo me quedé con la tarjeta en las manos.
—
Esa noche, Laura vino al estudio.
Le enseñé la tarjeta. La leyó en silencio. Luego la dejó sobre la mesa como si quemara.
—No vas.
—¿Cómo que no voy?
—No vas. Es tu jefe. Te invita a su casa. Solo tú y él. ¿Te parece normal?
—Dice que para hablar de arte.
—Y un cuerno. ¿Desde cuándo los jefes invitan a sus secretarias a cenar para hablar de arte?
—Desde que la secretaria pinta.
—Él no sabe que pintas de verdad.
—Sabe que pinto. Se lo dije.
—¿Cuándo?
—En la entrevista. Y luego... en alguna conversación.
—¿Y qué sabe exactamente?
—Que estudié Bellas Artes. Que dibujo. Nada más.
—Entonces no sabe lo importante. No sabe lo de Berlín. No sabe que vas a exponer.
—No.
—¿Y por qué iba a querer hablar de arte contigo?
—Porque... no sé. Porque quizá quiere conocer a alguien que entienda.
—O quiere conocerte a ti.
Laura se levantó y empezó a pasear por el estudio. Blanca la siguió con la mirada, acostumbrada a sus nervios.
—Mira —dijo—. Yo no digo que sea mal tipo. No lo conozco. Pero los tíos ricos, los tíos poderosos, están acostumbrados a conseguir lo que quieren. Y si lo que quieren eres tú...
—No sabe si soy algo que quiere.
—Claro que lo sabe. Lleva semanas apareciendo en tu vida como si fuera casualidad. Te compró un billete a Berlín. Te mira como si fueras un cuadro. Y ahora te invita a su casa. A cenar. Solos.
—Dice que para hablar de arte.
—Y si fuera para hablar de arte, ¿por qué no en la oficina? ¿Por qué no en un restaurante? ¿Por qué en su casa?
No supe responder.
—
El viernes, en la oficina, Sergio se acercó a mi mesa.
—¿Vas a la cena?
—No lo sé.
—El señor Moncada me pidió que confirmaras. Quiere saber si necesita preparar algo especial. ¿Alguna alergia? ¿Comida que no te guste?
—No, nada.
—Entonces, ¿vas?
Lo miré. Su cara era un libro cerrado.
—Sí —dije—. Voy.
—
El sábado, a las ocho de la tarde, estaba frente al espejo del estudio sin saber qué ponerme.
Laura había venido a ayudarme, porque "si vas a hacer una idiotez, al menos que sea con estilo".
—No es una idiotez.
—Es una idiotez. Pero bueno.
Rebuscó en mi armario (pobre, triste, lleno de ropa vieja) y sacó un
vestido azul marino que había comprado hacía dos años para una boda y no había vuelto a usar.
—Este.
—Es muy...
—¿Muy qué?
—No sé. Muy de ir a cenar a casa de tu jefe millonario.
—Eso es lo que buscas, ¿no? Póntelo.
Me lo puse. Me miré al espejo. No era yo. O era una versión de mí que no conocía.
—El pelo suelto —ordenó Laura—. Maquillaje, pero poco. Nada de pintarte mucho. Que parezca que no has puesto esfuerzo.
—Es que no he puesto esfuerzo.
—Pues eso.
Cuando estuve lista, Laura me miró de arriba abajo y asintió.
—Estás bien. Ahora, escúchame.
—Siempre te escucho.
—Vas a su casa. Vas a cenar. Vas a hablar de arte. Pero si en algún momento te sientes incómoda, te vas. Le dices que te duele la cabeza, que tienes que irte, lo que sea. Y te vas.
—Vale.
—Y no bebas mucho. Un vino, como mucho. Nada más.
—Vale.
—Y si pasa algo, me escribes. Da igual la hora. Me escribes.
—Vale.
Me abrazó fuerte.
—Vuelve entera.
—
La dirección que me dio Sergio era en el Barrio de Salamanca. Una calle ancha, arbolada, con porteros de uniforme en cada portal. El edificio de Marcos ocupaba una esquina entera: fachada de piedra, balcones de hierro forjado, y una puerta de madera maciza que parecía sacada de una película.
Llamé al timbre. Una voz de hombre contestó:
—Adelante, Irene. Quinto izquierda.
El ascensor era de madera y espejos, con olor a limpio y a flores. Subió sin ruido, como si no quisiera molestar.
La puerta del quinto a la izquierda se abrió antes de que llamara.
Él estaba ahí.
Vestía pantalón oscuro y una camisa blanca, sin corbata, con los primeros botones desabrochados. El pelo, un poco revuelto. Los ojos, azul oscuro, fijos en mí.
—Irene. Pasa.
Entré.
Y la puerta se cerró a mis espaldas.