A Bárbara Lopes le rompieron el corazón, vio sus sueños truncados y aprendió, de la peor manera, que confiar tiene un alto costo. Aun así, su lema es seguir intentándolo, incluso cuando no hay salida, porque nunca tuvo otras opciones.
Gustavo Medeiros, heredero de vastas tierras y empresario nato, vive recluido, aislado por los traumas del pasado y por la responsabilidad de criar solo a su hija. Acostumbrado a controlar cada aspecto de su vida a través del trabajo, cree que así puede mantener el control de su mundo, aunque eso signifique mantenerse alejado de los demás.
Cuando los caminos de Bárbara y Gustavo se cruzan, dos mundos opuestos chocan. Entre heridas abiertas, decisiones difíciles y sentimientos inesperados, él empieza a ver cómo se le escapa el control, mientras ella se enfrenta a la difícil decisión de volver a confiar.
Una historia de nuevos comienzos, decisiones y el valor de volver a confiar, incluso cuando el pasado sigue doliendo.
NovelToon tiene autorización de Mary Mendes para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
- Bárbara
Entro en la pensión despacio, sintiendo el cuerpo aún débil. Apenas cierro la puerta detrás de mí, escucho el ruido apresurado de pasos.
—¡Madre Santísima! —Dona Lurdes exclama al verme—. Niña, ¿qué te pasó?
Viene rápido, asegura mis brazos, me examina como quien busca una herida invisible. Veo mi reflejo en el espejo de la sala: rostro pálido, ojos hundidos, cabello recogido de cualquier manera. No necesito responder para saber que estoy lejos de verme bien.
—Me desmayé en el trabajo —digo, intentando sonar tranquila, pero la voz falla—. Fue en la plantación.
Dona Lurdes abre los ojos y me jala hasta una silla.
—Siéntate. Ahora. —Ordena, ya yendo a buscar agua—. Tú no eres de caerte así por nada.
Obedezco. Cuando ella vuelve, el vaso tiembla un poco en mi mano.
—Hacía mucho calor… —continúo—. La supervisora no me dejó beber agua. Dijo que era solo en el intervalo.
—Crueldad —murmura ella, moviendo la cabeza—. Eso no es trabajo, es castigo.
Respiro hondo antes de seguir. Necesito contar todo, de principio a fin.
—Intenté aguantar. Necesitaba ese dinero. Pero el cuerpo no respondió… —mi garganta se aprieta al recordar la caída, el suelo girando, el vacío—. Desperté con el dueño de la hacienda a mi lado. El señor Gustavo.
Dona Lurdes se detiene, atenta.
—Fue él quien me socorrió. Me llevó a la casa de la hacienda, me cuidó… —Una sonrisa nerviosa se escapa—. Y me ofreció otro trabajo.
—¿Otro trabajo? —pregunta ella, sorprendida.
—Niñera de su hija. —Digo eso casi en un susurro, como si aún estuviera intentando creerlo—. Él dijo que no me dejará volver a la plantación. Que mañana temprano me esperará.
El silencio se instala por unos segundos. Dona Lurdes me observa con cuidado, como si estuviera evaluando algo más allá de mis palabras.
—Entonces te caíste… y alguien resolvió sostenerte —dice, por fin—. Eso no es poca cosa, Bárbara. El doctor Gustavo es un hombre bueno, un poco cerrado pero es un hombre honrado y siempre está dispuesto a ayudar a mi niña—.
Trago saliva.
—Yo solo sé que necesito este empleo —confieso—. Y, por primera vez desde que llegué aquí, no siento que estoy siendo tratada como un peso.
Dona Lurdes suspira, se acomoda el paño en el hombro y toca mi rostro con cariño.
—Ve a descansar. Mañana piensas en el resto. —Ella sonríe, dulce—. Pero, por lo que veo, alguien allá en esa hacienda vio más que una mano para trabajar.
Sigo hacia el cuarto con el corazón apretado y confuso. Me acuesto despacio, sintiendo el cuerpo cansado, pero la mente despierta.
Cierro los ojos intentando dormir…
pero la imagen de los ojos marcantes del señor Gustavo insiste en quedarse.
Y, por primera vez en mucho tiempo, el mañana no me asusta tanto.
El sueño me vence sin pedir permiso.
Y, cuando llega, no trae descanso.
Estoy corriendo.
El suelo es oscuro, irregular, mis pies descalzos resbalan en la tierra mojada. El aire pesa en los pulmones, cada respiración quema. Sé que no puedo parar. Nunca puedo parar.
—Bárbara…
La voz viene de atrás. Baja. Demasiado conocida.
Mi cuerpo se congela por un segundo, y ese segundo es todo lo que él necesita.
—¿De verdad creíste que podías huir?
Mi corazón se dispara. El sonido de sus pasos resuena más cerca, más cerca. Intento gritar, pero la voz no sale. Intento correr, pero las piernas parecen presas al suelo.
Siento el olor antes de verlo. Fuerte. Enfermizo. El mismo olor que aprendí a temer.
—Yo solo quiero conversar…
Miente. Siempre miente.
Una mano asegura mi brazo con fuerza. El apretón duele, pero el miedo duele más. Intento soltarme, araño, pataleo, pero él ríe —una risa baja, enferma.
—Eres mía, ¿recuerdas?
No. No lo soy.
—¡Suéltame! —consigo gritar, la voz rasgando la garganta.
El mundo gira. El aire se va. El apretón aumenta.
—Nadie te va a oír…
Despierto sobresaltada, sentándome en la cama, el pecho en llamas, el cuerpo entero temblando. El cuarto está oscuro, silencioso demás. Mis manos van directo a los brazos, como si necesitaran confirmar que estoy sola.
Lo estoy. Yo sé que lo estoy.
Pero el miedo no lo sabe.
El sudor escurre por la nuca, el corazón aún late descompasado. Demoro largos segundos para conseguir respirar sin ahogarme.
—Fue solo un sueño… —murmuro para mí misma, pero la voz sale débil, sin convicción.
Solo que no fue solo un sueño.
Fue un recuerdo disfrazado. Fue el pasado recordándome que aún existe. Que aún sabe mi nombre. Que aún me busca.
Me encojo en la cama, abrazando mis propias rodillas, sintiendo aquella sensación antigua y cruel: la de que no importa cuánto corra, algunas sombras saben esperar.
Y, en aquella madrugada silenciosa, hago una promesa muda.
Esta vez, no voy a caer. No voy a esconderme. No voy a dejar que él me encuentre de nuevo.
Aunque eso signifique luchar despierta.