Luna es una creadora de contenido y diseñadora UX que se hace pasar por su hermana Sol para contraer un matrimonio arreglado con Gael, un fundador de ciberseguridad al que todos llaman "lobo de negocios". Pero él ya sabe la verdad – su fachada feroz es solo para proteger a los suyos – y juntos hacen un pacto para investigar las amenazas que acechan a la empresa de su hermana.
Mientras trabajan en equipo, las reglas de su mentira empiezan a romperse: descubren una pasión compartida por la tecnología con propósito, y cada día se acercan más. En un mundo donde la imagen parece todo, tendrán que decidir si seguir fingiendo o atreverse a ser ellos mismos – porque el único código que nunca falla es el del amor construido sobre la autenticidad.
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capitulo 5
Me levanté y me dirigí a mi habitación, desvestiéndome del vestido de novia y poniéndome una camiseta grande de algodón que había traído en mi maleta – tenía estampado el logo de una banda de rock que me gustaba mucho. Me metí en la cama, que era cómoda y cálida, y cerré los ojos. Pero no podía dormir – mi mente seguía pensando en Gael, en Sol, en las amenazas, en todo lo que había pasado ese día.
Pasé un rato así, mirando el techo en la oscuridad, hasta que escuché un ruido suave en la puerta de mi habitación. Me senté en la cama, alertada, y vi cómo se abría la puerta ligeramente y aparecía la cabeza de Gael.
“Perdón – ¿estás dormida?” preguntó en voz baja.
“No. ¿Qué pasa?”
Él entró en la habitación y se quedó de pie cerca de la cama, con una manta enrollada en los brazos.
“Vi que habías dejado la ventana del salón abierta”, dijo, pasándose una mano por el pelo. “Y hace un poco de frío. He venido a cerrarla, pero también… bueno, quería decirte algo más.”
“¿Qué?”
“Cuando te hablé de las reglas, dije que no preguntaríamos por asuntos personales. Pero quiero que sepas que si alguna vez necesitas hablar de algo – de cualquier cosa – puedes venir a mí. No tienes que estar sola en esto.”
Me sentí como si alguien me hubiera dado un abrazo cálido. Bajé la cabeza para que no viera cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
“Gracias, Gael. De verdad.”
Él asintió y luego extendió la manta que llevaba en los brazos.
“También he traído esto. Por si tienes frío.”
Le cogí la manta con las manos temblorosas y se la eché sobre las piernas. Era suave y cálida, y llevaba el aroma de su perfume – algo fresco, como madera y limón.
“Buenas noches, Luna”, dijo, dándome una última sonrisa antes de salir de la habitación y cerrar la puerta con cuidado.
Me acurruqué bajo la manta y cerré los ojos de nuevo. Esta vez, sí pude dormir – soñé con códigos que se convertían en flores, con un hombre que sonreía mientras escribía en un ordenador, y con una ciudad que brillaba como un diamante bajo la luz del sol. Sabía que el día siguiente sería difícil, que tendría que seguir siendo Sol para todos los demás, pero también sabía que ya no estaría sola – que tenía a Gael de su lado, y que juntos encontrarían la forma de resolver los problemas de Sol y de proteger todo lo que ella había construido.
Me desperté con el aroma de café y tostadas que se colaba por la puerta de mi habitación. Miré el reloj: eran las ocho y media de la mañana. Me sentí un poco mareada – había dormido más de lo que esperaba, y mi cabeza seguía procesando todo lo que había pasado la noche anterior. Me levanté de la cama, me puse una sudadera de color gris y salí a la sala de estar, donde encontré a Gael en la cocina pequeña, preparando desayuno con la misma seriedad con la que hablaba de ciberseguridad.
“Buenos días”, dijo sin girarse, mientras revolvía unas huevos revueltos en una sartén. “La abuela llamó hace unos minutos – vendrá a las diez con el desayuno casero, así que mejor estemos listos.”
“Ya voy a arreglarme”, respondí, acercándome a la barra de la cocina. En la mesa había dos tazas de café, zumo de naranja y un plato con tostadas con mermelada de fresa. “¿Desde cuándo sabes cocinar?”
“Desde que me fui de casa para estudiar. Mi madre es una excelente cocinera, pero cuando estás solo en un piso de estudiantes, tienes que aprender a cuidarte a ti mismo.” Me sirvió los huevos en un plato y se sentó frente a mí. “Además, creo que la comida es una forma de conectar con la gente – como la tecnología, pero más tangible.”
Me quedé mirándolo mientras comíamos en silencio por un rato. El sol entraba por las ventanas del salón, iluminando el sofá de terciopelo azul y las plantas que había en las esquinas. Era extraño pensar que apenas llevábamos conocidos dos días, y sin embargo ya estábamos compartiendo desayuno como si lo hiciéramos desde hace años.
“Mi equipo llegará a las once”, dijo Gael cuando terminamos de comer. “Vamos a ir a las oficinas de VerdeFuturo en Sevilla – tienen una sucursal pequeña allí, ¿no?”
Asentí. Sol me había contado que la empresa tenía su sede central en Madrid, pero una oficina en Sevilla para atender los proyectos en el sur del país.
“Sí – está en la zona de la Alameda. Sol me dijo que es un espacio pequeño pero funcional.”
“Bien. Antes de irnos, tenemos que hablar de algo más – de cómo actuarás en la empresa. Tienes que conocer los procesos básicos, los nombres del equipo local y los proyectos que están desarrollando allí. No puedo llevarte conmigo si no sabes ni cómo se llama la secretaria.”
Me puse nerviosa. Había estudiado mucho los materiales que Sol me había dado, pero aún así me sentía como si me faltara algo.
“Sol me dejó unos apuntes en mi maleta”, dije. “Podemos repasarlos antes de que llegue tu equipo.”
“Perfecto. Mientras tanto, voy a preparar el informe inicial para mi equipo – necesito que conozcan todos los detalles de las amenazas antes de llegar.”
Me fui a mi habitación a buscar los apuntes de Sol y volví al salón, donde me senté en el sofá con el cuaderno en las manos. Empecé a repasar los nombres y datos: “María López – jefa de la oficina de Sevilla; Carlos Ruiz – responsable de proyectos; Ana Méndez – secretaria y encargada de recursos humanos”. También había detalles sobre los proyectos que estaban desarrollando en la zona: un cultivo de pimientos en una finca cerca de Jerez, un proyecto de investigación sobre aguas subterráneas en Cádiz.
Mientras estudiaba, escuché el sonido del teclado de Gael, que estaba sentado en la mesa del salón escribiendo en su ordenador portátil. De vez en cuando, me levantaba para coger algo del frigorífico o para mirar por la ventana, pero siempre volvía a su trabajo con la misma concentración. Me pregunté cómo sería trabajar con él – seguro que era un jefe exigente, pero también alguien que se preocupaba por su equipo.
A las nueve y media, sonó el timbre. Gael fue a abrir la puerta y apareció la abuela, con una cesta grande en la mano que olía a pan recién horneado, tortilla de patatas y pasteles caseros.
“¡Mis queridos!” dijo, abrazándonos a ambos. “He traído todo lo que más os gusta. ¡Venid a comer un poco más!”
abuela extendió la comida sobre la mesa del salón, hablando sin parar de cómo había madrugado para hacer el pan y de cómo su vecina doña Rosa le había enseñado la receta de los pasteles de almendra. Me senté junto a ella y la escuché, respondiendo con las frases que Sol usaría, sonriendo y asintiendo en los momentos adecuados. Gael se sentó al otro lado de la mesa, ayudándome a servir la comida y haciendo preguntas sobre la familia para que la abuela se mantuviera distraída.
“¿Y cuándo vais a Madrid?” preguntó la abuela, metiéndose un trozo de tortilla en la boca. “Sol me dijo que la empresa necesita que esté allí más tiempo ahora que el proyecto está en marcha.”
“Nos vamos dentro de dos días”, respondí, recordando lo que Sol me había enseñado a decir. “Gael tiene que estar en su oficina para supervisar algunos proyectos importantes, y yo necesito estar cerca de la sede central para coordinar las cosas.”
“¡Qué bien! Así podré visitaros en Madrid – he oído que hay un mercado de flores precioso cerca de la plaza Mayor. Me encantaría conocer vuestra casa.”
Me miré las manos, nerviosa. No teníamos una casa en Madrid – no teníamos nada juntos más que este acuerdo. Gael se dio cuenta de mi malestar y cogió mi mano sobre la mesa, apretándomela suavemente.
“Claro que puedeLas venir a visitarnos, abuela”, dijo con una sonrisa. “Nuestro piso está en el barrio de Chamberí – es pequeño, pero tiene un balcón donde podemos poner algunas plantas.”
La abuela sonrió contenta y siguió hablando de sus planes para visitar Madrid. Cuando terminó de comer, se levantó para irse, abrazándonos de nuevo y deseándonos lo mejor. Antes de salir, se giró hacia mí y me puso una mano en la mejilla.
“Mi niña”, dijo con voz tierna. “Sé que la vida no siempre es fácil, pero creo que has encontrado a alguien que te va a cuidar bien. Gael es un buen hombre – yo lo sé.”