Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 11: La Verdad en el Fondo de la Copa
El restaurante es un santuario de cristal y penumbra en lo alto de un rascacielos. Desde nuestra mesa, Nueva York parece una maqueta iluminada, ajena al silencio denso que nos envuelve. Julian está frente a mí, impecable en un traje gris marengo que acentúa la frialdad de sus ojos azules. Bebe su vino con una lentitud que me pone nerviosa, su mirada calculadora fija en el horizonte urbano.
Me siento pequeña en este vestido de seda. Mis manos, acostumbradas al tacto de la harina, juguetean con la servilleta bajo la mesa. Soy la misma chica asustadiza de siempre, la que prefiere callar antes de molestar.
—Estás demasiado tensa, Benerice —dice Julian. Su voz barítona vibra en el aire, demandante—. No estamos en una junta de accionistas.
—Lo siento —susurro, bajando la mirada—. Es solo que… no suelo salir así. A solas.
Julian deja la copa y se inclina hacia delante. La luz de la vela proyecta sombras sobre su mandíbula marcada, dándole un aire de masculinidad peligrosa y solitaria.
—A veces olvido que para ti todo es un campo de minas. Pero esta noche, el único peligro soy yo, y hoy no tengo ganas de pelear.
El camarero sirve el segundo plato y se retira. El silencio vuelve a instalarse, pero esta vez es diferente. Hay una electricidad estática entre nosotros que me eriza el vello de la nuca. Tomo un poco de vino, buscando el valor que siempre me falta.
—Julian… —mi voz tiembla— ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué aceptaste este matrimonio por contrato cuando Isabella se fue? Podrías haber tenido a cualquier mujer. A alguien como Elena, o alguien tan brillante como Cekania.
Julian se tensa. Sus ojos se oscurecen, volviéndose dos pozos de amargura inteligente. Se queda callado tanto tiempo que pienso que va a ignorar mi pregunta, como hace tantas veces en el desayuno.
—Porque el mundo de los negocios es un desierto, Benerice —responde finalmente, su voz ronca—. Y yo estaba cansado de buscar oasis falsos. Isabella era un activo perfecto, una aliada de hierro. Pero tú… —hace una pausa, y su mirada recorre mi rostro con una intensidad que me hace contener el aliento— tú eras la única persona que no quería nada de mí. Eras la única que me miraba con miedo, pero con verdad.
—¿Con verdad? —repito, confundida.
—Todos en este círculo social llevan máscaras de éxito, como las de Silas y Elena o Leo y Brida. Tú no sabes mentir, Benerice. Eres transparente en tu timidez. Y en mi soledad, preferí tu silencio honesto que el ruido falso de cualquier otra.
Me quedo helada. No esperaba esa confesión. Julian, el hombre calculador y dominante, admite que buscaba algo real en medio de su imperio de cristal.
De repente, Julian extiende su mano sobre la mesa. Sus dedos largos y fuertes rozan los míos. El contacto es mínimo, pero la descarga de adrenalina me recorre la columna. No me retiro. Por primera vez, sostengo su mirada.
En ese momento, la atmósfera del restaurante cambia. Siento una presión en el pecho, un presentimiento oscuro. Julian también lo nota; su instinto de depredador se pone en alerta. Se endereza, soltando mi mano, y sus ojos se clavan en la entrada del salón.
Una figura se acerca a nuestra mesa. Es un hombre de unos cincuenta años, con un aire de elegancia decadente y una mirada cargada de un odio antiguo. Reconozco a Lord Alistair, un antiguo rival de la familia Blackwood que desapareció tras un escándalo financiero hace años.
—Julian Blackwood —dice el hombre, su voz es un susurro sibilante que me pone la piel de gallina—. Veo que has encontrado un reemplazo para la perfecta Isabella.
Julian se levanta con una parsimonia letal. Su presencia llena el espacio, volviéndose una muralla de frialdad protectora frente a mí.
—Alistair. Pensé que estabas pudriéndote en alguna isla sin extradición.
—Los fantasmas siempre vuelven, Julian. Especialmente cuando dejas cabos sueltos —el hombre me mira, y su sonrisa es una mueca de veneno—. Una Moretti de nuevo. ¿Acaso no aprendiste la lección con la primera? El azúcar siempre termina amargando, y esta parece que se quiebra con solo mirarla.
Siento que el aire se congela a mi alrededor. La mención de "la lección" con Isabella me hace temblar. Julian da un paso hacia él, su masculinidad dominante emanando una amenaza física que hace que los comensales cercanos se giren.
—Si vuelves a dirigirle la palabra a mi esposa, Alistair, me aseguraré de que tu próximo destino no sea una isla, sino el fondo del Hudson —la voz de Julian es un murmullo pícaro y letal—. Vete. Ahora.
Alistair retrocede, pero sus ojos brillan con una promesa de caos antes de desaparecer entre las sombras del restaurante.
Julian se gira hacia mí. Su rostro es una máscara de amargura y furia contenida. Ve mi estado, mis manos temblando violentamente, mi respiración agitada. No dice nada. Simplemente rodea la mesa, me toma del brazo con una firmeza que no es brusca, pero sí absoluta, y me obliga a levantarme.
—Nos vamos —sentencia.
En el ascensor, el silencio es absoluto, pero la tensión entre nosotros es tan alta que casi puedo oír los latidos de su corazón mezclados con los míos. Julian me tiene acorralada contra la pared del elevador, su cuerpo cerca del mío, protegiéndome incluso cuando el peligro ya pasó.
Al mirarlo, veo una grieta en su armadura. Sus ojos azules no están en los informes de la oficina; están fijos en mis labios. El miedo al extraño se mezcla con un deseo nuevo y aterrador que me recorre el cuerpo. Julian es un hombre solitario y difícil, pero en este espacio cerrado, siento que soy la única persona que realmente puede tocar su alma amargada.